Siempre hace buen tiempo

Soy mar, soy armonía

SOY MAR

Soy  Mar, en un Cádiz todo horizonte. Dios  quebró mi pierna, me dejó con un pie en el mundo, el otro, el enfermo, en el cielo: S.J. Creo en el hombre, que es un modo de creer en Dios y en la poesía, vestíbulo de la mística, del Jesús amigo.

SOY ARMONÍA

Esta foto de la Vía Láctea tomada una noche de verano  nos evoca a Pitágoras, el filósofo y matemático de Samos, que unos 400 años ante de Cristo,  enseñaba:

  Si se os pregunta ¿en qué consiste la salud?, decid: en la armonía. ¿Y la virtud?, en la armonía. ¿Y lo bueno?, en la armonía. ¿Y lo bello?, en la armonía. ¿Y qué es Dios? Responded aún: la armonía. La armonía es el alma del mundo. Dios es el orden, la armonía, por lo que existe y se conserva el Universo.

Una de las más recientes teorías físicas describe a las partículas elementales no como corpúsculos, sino como vibraciones de minúsculas cuerdas, consideradas entidades geométricas de una dimensión. Sus vibraciones se fundan en simetrías matemáticas particulares que representan una prolongación de la visión pitagórica del universo y la recuperación, en la más moderna visión del mundo, de la antigua creencia en la Música de las Esferas.

Pero no somos el centro de todo eso, ni tan importantes como creemos desde el yo. Nuestra vida es un parpadeo del Universo, una nota musical de la sinfonía. Un parpadeo único, sí, irrepetible y cósmico en miles de años y espacios, pero un solo parpadeo.

Cuando desaparece mi personaje, ese ego mental que creo ser, despierto.

Escribe Willigis Jäger: “Una vez más se me  ha permitido y se me sigue permitiendo experimentar que mi vida no representa otra cosa que un simple golpe de mar en ese acontecimiento cósmico, y que lo que yo soy verdaderamente retornará sin tiempo y sin forma a la infinitud de la que nació mi yoidad”.

Somos pues una nota del pentagrama universal. Encontrar nuestra vibración en el universo nos devuelve nuestro sitio en el Ser.

Cierra los ojos y sumérgete en el instante presente. Conectas con tu realidad sin tiempo. Te das cuenta que eres uno con el cosmos y que todos lo seres son pedazos de ti mismo. Que la muerte no es  muerte, es una transición de forma, un beso con que te besa Dios al retornar a tu ser. Pero no es necesario morir para sentirse besado.

No soy el ciudadano envuelto en las circunstancias fáciles o difíciles, de éxito o fracaso que te rodean. Ya aquí y ahora “somos ciudadanos del cielo” (Flp 3.20).

Por eso es un error convertir la santidad en otra forma de protagonismo para alimentar el ego.

Perderse es encontrarse.

Entonces te percibes uva de racimo, gota entre millones de gotas del mar, chispa de una sola luz, ínfimo lucero de un cielo estrellado. Y cambia tu ser y tu compromiso con el mundo. Como certeramente encesta el mejor baloncestista, da en la diana el arquero, crea el músico, cuando no es él, sino la naturaleza, el Ser, a través de él. 

La armonía es nuestra manera de reencontrarnos, y el Uno, mi olvidado apellido de familia.

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