Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Jesucristo

Pascua con ojos niños

Hay un breve poema del colombiano Rafael Pombo titulado “El alma y el niño” y publicado nada  menos que  en 1873, que dice mucho más que grandes  tratados de teología:

«¿Dónde está Papá Divino?
Preguntó a su niño el ama;
Te daré un dulce en la cama
Si me respondes con tino».

Y él, con sonrisa de cielo.
Repúsole: «Y yo, bah! bah!
Te daré un rizo de pelo
Si dices dónde no está».

Los niños están continuamente contemplando el rostro de Dios, porque aún viven dentro de él. Antes de que los maliciemos son ángeles que nos devuelven la esperanza en el ser humano, porque viven cerca de nuestro origen, la luz de donde salieron: el “Papá Divino”. Por eso, nada mejor que celebrar la Pascua desde los ojos abiertos y puros de un niño, nuestro niño, el que fuimos y volveremos a ser de nuevo en la casa del Padre. Mientras, de camino, Jesús nos propone la tarea para pertenecer a su reino y resucitar, retornar al niño.

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Mi última cena

MI ÚLTIMA CENA

En esta noche tibia, quieta y llena
de un temblor de palabra y despedida,
de soledad y amor, el alma herida,
celebras tú, Jesús, la última cena.

Compartes con el pan esa honda pena
del sin sentido, la angustiosa vida
que es fracaso, dolor, obra incumplida,
y el vino de tu sangre nazarena.

En esta hora de la confidencia,
cuando Judas se hunde en su amargura
y Pedro negará con su despecho

cuanto aprendió a tu lado de dulzura,
déjame que ahonde en la experiencia
de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.

Pedro Miguel Lamet
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Palabras de María

PALABRAS DE MARÍA DOLOROSA
A SU HIJO MUERTO EN LA CRUZ

¿Qué te han hecho, Jesús, hijo del alma?
¿A dónde el odio y la envidia te han traído,
que tu cuerpo te sangra malherido
y una espada atraviesa mis entrañas?

¿Dónde fueron las risas de aquel niño
que jugaba en la puerta de mi casa?
¿Dónde partió mi joven carpintero,
dónde, muerto José, mi único amigo?

Te ha matado el poder, la fuerza bruta
que no sabe de luz, que solo mata.
Ya no puedo escuchar tu voz bendita
ni puedo acariciarte con mis nanas.

El tiempo se ha parado, todo es noche,
tus discípulos todos han huido.
No hay consuelo ni alivio. Pon tu calma
en medio del dolor, mira qué frío

llena al mundo de miedo y pesadumbre.
Todo pide que vuelvas con tu Pascua.
Resucita, Jesús, en tus hermanos
vuelve otra vez a tus campos y tu barca.

Siembra entre los hombres el alivio
de saber que la vida es tu Palabra.
Repártenos tu Pan, danos tu Vino,
confirma que el Amor todo lo salva.

¡Vuelve a mostrar de nuevo tu camino!
¡Ven, Jesús, resucita! ¡Maranatha!

Pedro Miguel Lamet

Dedico este poema a todas las madres, esposas, hijos e hijas de las víctimas de la injusta e inexplicable agresión bélica de la Rusia de Putin a Ucrania, cuando esta Semana Santa nuestro pueblo paseará de nuevo las imágenes de la Dolorosa por nuestras calles para enjugar todas las lágrimas.
Foto: “Nuestra Señora de los Dolores”. ©PMLamet
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Sobre todo somos Adviento


Tiene el Adviento un sabor a ir de camino, a viaje, a imaginar la llegada, como traqueteo del tren cuando vuelves a casa, o la ilusión de hacer la maleta para unas deseadas vacaciones.
Trae el Adviento el anhelo de las flores por el rocío, el entusiasmo del escalador por alcanzar la cima, el presentir el mar después de un recodo de la carretera, el ansia por descubrir la casita encendida después de mucho caminar por el bosque.


Me acerca el Adviento al sábado que sueña ser domingo, a las ganas de acabar el colegio, al abrazo soñado de la persona querida y a la sensación día a día de terminar un libro.
Pero sobre todo me acerca a la vida, mucho más que la Cuaresma o la Pascua, porque la vida es caminar y para caminar hace falta un sueño, una ciudad prometida, una ilusión, un puerto hacia donde hinchar nuestras velas de esperanza.
Y, ¿cómo no? El Adviento me transporta a María, la aldeana de Nazaret, esperando siempre: a Dios en la oración, a José que vuelva del trabajo, a terminar las tareas de la casa, y sobre todo al Niño que viene en la noche de nuestra cueva para hacerse también caminante como nosotros, que no somos otra cosa que Adviento.


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Ignacio y Arrupe: Dos mundos, dos profetas

Extraordinario parecido entre Pedro Arrupe e Ignacio de Loyola

El 20 de mayo se cumplen 500 años de la herida que transformó al gentilhombre Íñigo en el futuro Ignacio de Loyola. De la herida de bomba, que le tronchó la pierna derecha, mientras, de forma quijotesca y contra toda esperanza, defendió la desmochada fortaleza de Pamplona contra los invasores franceses y le llevó al borde la muerte, surgió una luz que dura hasta ahora. En la casa-torre de su villa natal y durante la convalecencia de la carnicería que le practicaron lo cirujanos, aprendió los dos sabores del alma que le llevarían al discernimiento. Vacío y desazón mientras evocaba las hazañas que haría por la “señora de sus pensamientos” y la paz y llenumbre que le alegraba el alma cuando pensaba en seguir a Jesucristo a imitación de la vida de los santos que acababa de leer en los libros que proporcionó su cuñada Magdalena de Araoz.

Tras un largo peregrinaje y las luces que, como “un maestro de escuela” Dios le iba dando en sus viajes a pie por España y Europa, nacería la Compañía de Jesús, desde los moldes de una sociedad a caballo entre el medioevo y el Renacimiento, los libros de caballerías y la primera globalización de los viajes transoceánicos, entre la sociedad feudal y el  nuevo mundo cultural de Cisneros, Erasmo y Maquiavelo. Así supo sintetizar la mística y el sentido práctico, el Principio y Fundamento de sus Ejercicios (“En todo amar y servir”) y la eficacia intelectual de la Ratio Studiorum, la conversión de los Evangelios y el descubrimiento cósmico de la unidad de todo de la Contemplación para Alcanzar Amor.

La Historia de la Compañía es fruto de esa síntesis, con sus logros y sus defectos, pero con un indudable fruto: una legión de santos y una presencia eficaz de la Iglesia en el mundo de la teología, la misión, y la cultura.

Pero el mundo cambió y en el siglo XX surge Pedro Arrupe que, incluso con un parecido físico a Ignacio, lee su espíritu y sus Constituciones para el mundo actual, con su valentía de tender un puente entre Oriente y Occidente, el respeto y valoración de otras culturas mediante su “inculturación” y sobre todo la lucha por la justicia en un mundo desigual y desgarrado por las guerras, el hambre, el terrorismo, la injusticia social, las migraciones y el drama de los refugiados. Así la herida que arrojó luz y redescubrimiento del Dios-amor en el siglo XVI se abrió en el XX con el aliento profético de Pedro Arrupe hasta hoy mismo, con un espíritu que alcanza incluso hoy a la Santa Sede, con el providencial advenimiento del papa Francisco.

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El secreto del padre Rubio

San José María Rubio, SJ

Hoy, fiesta de José María Rubio, SJ es un buen día para conocer su «secreto»

Se diría que con el padre Rubio Dios quiso romper su propia baraja, pues como él mismo decía, el Señor “es muy amigo de que no se pongan tasa a sus obras”. Muchos se preguntarán: ¿El padre Rubio no es de otra época? ¿De qué puede servirme la experiencia del nuevo santo José María Rubio para mi propia vida? La respuesta es esta: seguir su camino sencillo hacia la felicidad. He aquí en seis pasos en qué consiste su manera de vivir el cristianismo.

Hacer lo que Dios quiere. ¿Y qué quiere Dios de mi? Dios te lo ha dicho y te lo dice a través de su hijo Jesús. Lee la palabra de Dios y sentirás dentro de ti cuál es esa voluntad de Dios sobre tu vida en concreto. Rubio pensaba que cada cristiano tiene su propio camino que hay que respetar.

. Querer lo que Dios hace. Dios transmite también su voluntad a través de los acontecimientos. Algunos pueden cambiarse, otros no. En todos ellos Dios me habla. No puedes cambiar la muerte de un ser querido o una catóstrofe, algunas enfermedades, etc. Entonces “quiere lo que Dios hace” y permanece en paz. “No busco más que cumplir la voluntad de Dios”, repetía José María.   

 Contempla a Jesús; vaciaras tu corazón y te llenarás de Dios. Él obrará en ti maravillas. Era el gran secreto del padre Rubio, vaciarse de sí mismo hasta el punto de que la fuerza de Dios pasara por él. Y eso él lo hacía “contemplando la humanidad de Jesús”, focalizada sobre todo en su Corazón, “camino, verdad y vida”.

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El arte de creer

Cuenta una vieja leyenda hindú que hubo un tiempo en que todos los hombres eran dioses, pero abusaron de su divinidad y el dios supremo Brahma decidió despojarlos de su ser y poder divinos y ocultarlos donde ningún hombre pudiera encontrarlos. Fue ardua la tarea de encontrar un buen escondite.
Algunos dioses menores convocados a consejo para dar con el lugar adecuado para esconder la divinidad del hombre propusieron ocultarla en lo más hondo de la tierra o arrojarla al fondo de los océanos; otros dijeron que lo más seguro sería elevarla por los aires a la más alta de las atmósferas.
Pero Brahma dijo que él sabía de qué pasta había hecho al hombre y que llegaría un día en que los seres humanos excavarían las entrañas de la tierra, descenderían al suelo de las aguas más profundas y surcarían las bóvedas celestes. Así que podrían reencontrar su divinidad.
Se desalentaron los dioses menores: no había lugar en el mundo donde esconder la divinidad de modo que nadie pudiera encontrarla. Meditó un rato Brahma, y presentó su decisión: escondería la divinidad del hombre en lo más profundo del propio ser de los humanos; era el último sitio donde irían a buscarla.

Como cualquier otro aspecto de nuestra vida, cualquier tipo de fe o religación trascendente es en sí misma ambigua. Religiosos dicen ser los suicidas fedayines que matan indiscriminadamente en nombre de Dios y otros fanáticos más cercanos que confunden fe religiosa con intolerancia, culpabilidad, angustia y miedo.
La religión mal entendida ha fabricado mucha infelicidad y reglamentarismo huero, si no terror y hasta locura. En cambio, la fe auténtica en el Dios-amor, ese que según el citado relato hindú se esconde en lo profundo del corazón humano, ha liberado conciencias, ha hecho crecer al hombre, le ha reportado alegría y capacidad de superar las mayores desgracias, ha engendrado santos tan heroicos como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, el Poverello de Asís o Ignacio de Loyola, Francisco de Javier, o defensores de la paz y la justicia como Gandhi o Ellacuría.


La pregunta, desde esta perspectiva, siempre es la misma: ¿Hasta qué punto la religión o cualquier suerte de fe en algo trascendente nos ayuda en nuestra realización como personas? Parece que la respuesta siempre es la misma: Todo el mundo cree en algo, aunque sea en el amor de su novia o en un ensueño de felicidad futura. Si no, viene el desmoronamiento de la persona.

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Canto a Judas

¡Oh, sálvame, Judas, de mi Judas!
Era de noche y sin embargo el cielo
bajaba a tus pupilas con el tono quebrado
en son de despida con que el maestro había dicho
su adiós.
Chacales parecían los olivos, cuando hundiste
tus pasos en la tierra roja como sangre
en busca de un camino.
¡Ay Judas! ¡Qué cerca estás de mí!
De ese plano inclinado, de esa hambre de cosas,
de este afincarme en algo por si dura,
de esa envidia al que roza el trono del dominio.
Me he quedado con Juan escuchando el latido
o con Pedro confuso en la incierta jofaina de su miedo
y el alma se me escapa tras tus pasos de amigo y
 traidor al mismo tiempo,
de hombre sin más, a fin de cuentas.
Te he querido esta noche a la luz de Nissan,
porque eres mío, tan mío como el mundo
que se siente arrastrado por la oscura querencia
de ser alguien.
Vas a ser cardinal en la tragedia, el segundo
del drama.
Y abandono el cenáculo y salgo como loco
tras tus pasos. Pues contigo me duelo
y con todos los judas que se beben la sangre
de los pobres, los niños, las mujeres, los inútiles.
Detente, que aún es tiempo y al mismo tiempo corre,
que sin ti no es posible la cruz.
¡Oh, sálvame, Judas, de mi Judas!
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Dios sabe lo que me pasa, ¿por qué rezo?

Muchas veces me he preguntado ¿por qué rezar? ¿Para qué pedir a Dios algo que él ya sabe? Es más, según los mejores místicos, ¿para qué pedir a Dios algo que ya tengo, pues soy y estoy en Dios? Durante un tiempo pensaba que la oración de petición es como un guiño que se hace a Dios o una toma de conciencia de mi entronque con él.

Poco a poco fui comprendiendo que hay algo más: la movilización de una energía. Al rezar se mueve algo en un nivel superior, se activa una fuerza que atraviesa el cosmos, gracias al amor, que devuelve la conciencia de unidad y tiene valores terapeúticos, cura.

Varios médicos estadounidenses han estudiado las reacciones en enfermos por los que se rezaba en comparación por los que no se hacía así. Los resultados son sorprendentes. Aquellos por los que se oraban se curaban antes y mejor.

Además rezar, de camino, a mi me cura también, porque me reconecta con la energía del amor de la que estoy hecho. Por eso creo en lo que se llama curación a distancia y en la posibilidad de engancharte a nubes de negatividad (conjunto de pensamientos negativos) o de positividad. Dios está siempre y en todo, es cuestión de actuar su presencia o su ausencia. Cuando desaparece el yo, esa energía, crece. Las religiones muchas veces hablan de la inmortalidad del yo.

Pero lo inmortal no es el yo, sino lo que hay detrás del yo, aquello de lo que el yo es una manifestación. Es es el sentido de “el que no se niega a sí mismo…” de Jesús. Cuando mi ego desaparece la Energía Divina arrasa.

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