Siempre hace buen tiempo

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No digas nunca «no»; di «más»

 Para ser feliz -te dijeron- encuentra al amor de tu vida; márchate de tu país; vete al campo, a vivir junto al mar, rompe con todo.          

  Quizás lo hiciste, quizás te ayudó. Y cuando comenzaste de nuevo allá lejos, comprendiste enseguida que nada había cambiado porque te llevabas a ti mismo con tus maletas. 

            El ego es indestructible, no lo puedes aniquilar. 

            Solo lo podemos ensanchar como el que hace obra en casa y convierte el viejo ventanuco en una inmensa vidriera abierta al mar. 

            Eso sí. Cuando el cristal está  bien iluminado no se perciben las manchas en el vidrio, es como si no existieran.

   No digas nunca ‟no», di siempre ‟más». 

            Ya no dependerá de dónde estés, qué tengas o quién te acompañe. Incluso viviendo entre los deseos y hasta frustraciones de tu yo pequeño, puedes descubrir el Yo real que eres. 

            Jesús lo llamaba el Reino de los Cielos y dijo: 

            ‟Dentro de vosotros está». 

            Basta con estar atento y hacer silencio para que aflore. 

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El invierno de la vida

Terracota de Asís. (© P.M.Lamet)

La vida, como las estaciones, tiene su invierno, que coincide con la vejez, una etapa que, en nuestro mundo de hoy, la verdad, no tiene muchos partidarios. En los tiempos antiguos el “senior” solía ser aceptado por su sabiduría y consejo. De ahí surgió el término Senado en Roma, y en las tribus indígenas el jefe suele ser un hombre mayor, porque se le considera con capacidad de mirar más allá, desde la experiencia y el desprendimiento que dan los años

Ahora nadie quiere envejecer y no hay mayor valor para nuestra sociedad que la juventud, incluso cuando es violenta e insensata. Propósito inútil por ley de vida, pese a la cirugía estética, que consigue inexpresivos rostros de plástico y los pretendidos elixires de la “eterna juventud”.

Es verdad que, por marginación en residencias, enfermedades, soledad -recordemos la reciente tragedia de muchos durante la pandemia- hemos conseguido aumentar la tristeza de los ancianos. Pero ¿quién no ha conocido viejos jóvenes, personas maravillosas que han levantado nuestro ánimo solo con sentirlos cerca?

Quizás la clave esté en la manera de afrontar la cercanía de la muerte. Hasta un pagano como Cicerón creía en la inmortalidad del alma en su entrañable libro «De senectute», y la consideraba un proceso natural, del que deberíamos hablar sin miedo. O como le cantaba Ernesto Cardenal al místico Thomas Merton en el día de su muerte:  “Solo amamos o somos al morir, el gran acto final de dar todo el ser”. “Nuestras vidas que van a dar a la vida”, añadía.

Así el franciscano de la foto. ¡Qué dulzura, qué aceptación, qué blanda flexibilidad de fruta madura! ¿Por qué vive con plenitud su ancianidad? Porque hace mucho tiempo que reside en la Vida.

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Masoquismo ambiente


Veo la tele, oigo la radio, leo los periódicos y percibo detrás de las noticias un secreto masoquismo. Es cierto que todos los manuales de periodismo explican que noticia es lo que rompe la normalidad, “el hombre que muerde al perro” y no viceversa.
Pero enciendes la pantalla, y la guerra, el disturbio, el asesinato, el terrorismo, la pandemia, la violencia de género, la pederastia, la locura de algunos políticos, la sangre, la muerte y el dolor sobrenadan encima de todo lo demás. O nos anuncian nuevas crisis, prohibiciones, Brexit, muros, regodeo de los famosos en sus desgracias y desavenencias.

Recuerdo la historia de un maestro espiritual que insistía en que una de las principales causas de la infelicidad en el mundo es el secreto placer que las personas experimentan en sentirse miserables.
Y refería el caso de un amigo suyo que le dijo a su mujer:
-¿Por qué no sales y te diviertes, querida?
Ella le respondió irritada:
-Sabes perfectamente, querido, que nunca disfruto divirtiéndome.

También los creyentes hemos puesto muchas veces el acento en el pecado, la penitencia, el dolor, donde más que el arrepentimiento y el sentirse perdonado, puede la autoflagelación.
Conocí una señora que se confesaba continuamente de una culpa de juventud. Le pregunté:
-Señora, ¿por qué insiste siempre en aquel pecado?
-Porque tengo santo temor de Dios.
-Me parece, señora, que, en vez de Dios, usted se mira a sí misma.
Ese no es el Dios del Evangelio, sino una horrenda caricatura fabricada a imagen y semejanza de su yo pequeño y masoquista.

La felicidad comienza donde termina el pequeño yo y te pierdes en un yo infinito al que perteneces desde siempre.
Porque ese yo sufridor es tan chico que creemos poder controlarlo.
Salir de él y ser libre y feliz, en cambio, nos da miedo.

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Recuperar la Estrella de los Magos

Nunca como ahora en nuestras vidas necesitamos recuperar las estrellas de los Magos, volver a encenderlas en nuestras vidas. Nunca como ahora nos hemos sentido mundialmente ayunos de ilusiones, no solo por el azote del covid, sino por un materialismo que desde hace muchas décadas encauzan los ideales raquíticos hacia el enriquecimiento personal y colectivo de las naciones, los políticos y casi todos los líderes. 

La Epifanía es una fiesta que enfoca las conciencias hacia lo universal. La manifestación de Jesús a todas las naciones a través del símbolo de los Magos, que les hace caminar hacia lo imposible para encontrar la Buena Noticia, sigue viva en el corazón de los pequeños que escuchan la música interior del corazón. Solo desde dentro vuelven a aparecer en el horizonte las señales que bis mueven hacia un «más» entusiasmante.

Os ofrezco estos dos poemas que intentan despertar en nosotros el niño dormido:

LA ESTRELLA DE LOS MAGOS

En medio de la noche rumorosa
y en un bosque de brumas ateridas
caminaba sin rumbo solo a oídas
de ese miedo interior que me rebosa,

cuando entre nubes refulgió preciosa,
como bálsamo azul en mis heridas
una estrella entre nubes desleídas
que encendió la ilusión por cada cosa.

De pronto renació en mí el niño huido
que en el cuarto de estar abría la puerta
al regalo de ser, al sueño tierno

de un día de Reyes que perdió el olvido,
y en una bici la sorpresa abierta
de volar de nuevo hacia el amor eterno. 

***  **** *** *** *** ***


DEVUÉLVEME MI ESTRELLA

Ahora que el niño se acurruca en este
gastado cuerpo
y que el mundo va camino de no saber  caminos,
devuélveme la estrella
en su esplendor de estaño,
que anoche he vuelto a escribir cartas a la vida
y no responde nadie.
Ve al buzón de allí cerca
a recoger la mía, la que hace setenta años
deposité a los Magos
pidiéndoles una bicicleta azul 
para dar libertad
a mi cojera,
pues quisiera escuchar aún sus pasos
desde la almohada, el oído semidespierto
a un lejano rumor de dromedarios 
camino de mi casa
y de mi ensueño.
Voy ahora a despertar a mis padres,
a levantarlos de la tumba
para ir en pijama hacia el cuarto de estar
y brincar con ellos de alegría,
pues aún conservo intacta la sorpresa
que ellos supieron sembrar
tragándose las lágrimas.
Desde entonces tomé el oficio
más bello de la tierra:
restaurador de sueños o, si queréis,
perseguidor 
y lustrador de estrellas.

Pedro Miguel Lamet
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Cada día es fin de año


Ni el tiempo es oro, como dicen los ingleses, ni el tiempo existe en realidad.
Nosotros somos el tiempo, los que le prestamos su densidad, su efectividad, su dolor o alegría.
Más que un tiempo para cada cosa, como dice el Eclesiastés, hay un hombre para cada tiempo, porque el reloj que funciona es el interior.
¡Parece que fue ayer”, “cómo vuela el tiempo!” ¡Has visto a fulanito, está hecho un vejestorio!”. Se diría que nacimos ayer y cada vez nuestra percepción del paso de las horas, los días y los años es más fugaz, según nos vamos haciendo mayores. Al contemplar nuestra foto de niño en el rincón del viejo hogar, donde ya algunos de sus habitantes solo son ausencia, te preguntas: “¿Qué guardo yo ahora de aquel chaval?” Todo ha cambiado: la apariencia, las células, los intereses, las aficiones. En este río del tiempo todo sufre continua transformación. El viejo fraile del higrómetro se ha quitado cientos de veces la capucha, y señalado con su bastón miles de borrascas, lluvias, soles y ventiscas. ¿Y qué queda de este soplo, de “este poco de hierba que es y no parece”?
Queda ese sueño que está detrás de los ojos, ese “estar presente” de mí mismo, esa vinculación con el alma del mundo, el “ahora” misterioso infinito. Si desde el principio estuviéramos anclados espiritualmente allí, la vieja foto no nos traería tanta nostalgia, ni miedo insalvable al futuro. Distinguiríamos entre la verdad, el fondo del mar, y la superficie de las turbulentas y cambiantes olas.
Por eso tampoco es fuera sino dentro, donde hace buen o mal tiempo. Dominado o drogados por su reloj tirano (ganar dinero, tener cosas, éxito y placer o lo que cree que es placer), el hombre de hoy no parece tener tiempo para nada. Su ritmo corre tan apresurado que no deglute la vida, la vida se lo come a él.
Los filósofos aseguran que el tiempo es un ente de razón. Pero basta con echar una ojeada a una aldea de montaña o pueblo perdido de pescadores y comparar su tiempo con el de Wall Street o del Metro de Sol a una hora punta para percibir la diferencia.
El hombre de las redes sociales, el móvil, el ordenador, el lunch, la huida del fin de semana, piensa que está conquistando su vida. El crac de la economía de mercado es como un termómetro de su absurda carrera hasta convertir por ambición el dinero en virtual, en nada.
Respira y conecta con el no tiempo.
Ese instante, ese “ahora” te abre al infinito, dondequiera que estés.
Esa es nuestra naturaleza real, la que permanecerá cuando acabe esta película o apariencia de la vida.


MEDITACIÓN DE FIN DE AÑO


Cuando al mirarme en el espejo, vago
hacia la sombra que detrás me dejo
y desayuno en la ventana un poco
de esta luz que me regala el tiempo,
te pregunto, Señor, cómo me llamo
y quién es este que pregunta al cielo
ahora que dicen que se acaba un año
y lo despiden con risas y festejos,
como si el fin no fuera cada día
y cada hora un nuevo comienzo;
como si pudiera retornar al niño
que jugaba a peonzas en el suelo
o al soñador sentado en la escollera
por bucear tu luz entre los versos.
Me parece este paso como un río
que no puedo atrapar; cual un intento
que no tiene otro fin ni otra diana
que despeñarse en un desfiladero
donde el “yo” ya es la nada iluminada,
una gota en el mar del Universo.


Pedro Miguel Lamet


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¡Feliz Navidad del desconcierto!

Cuando miro, ¿qué miro? ¿La realidad de las cosas o una imagen incierta, que procesa mi cerebro a partir de los datos que capta mi retina? ¿Es mi mundo verdadero o una ilusión, un sueño, solo maya como dirían algunos orientales? El apóstol Pablo opina que pasa la efigie de este mundo y que vemos “como en un espejo”, de los de su época, claro, en los que apenas se veía con definición, sin muchos “megapíxeles” diríamos ahora.
Sea como fuere, dicho espejo está muy requetebién, y me confieso enamorado de la apariencia de nuestro mundo, trasunto, reflejo, chispa de la luz total. Como caminar a través de la lluvia, caminito de misa bajo el paraguas, con frío afuera y calor por dentro.
Ese fuego de hogar que da la fe, esa manera de mirar distinta del que se sabe de paso, pero encantado de la vida que Dios mismo eligió para su Hijo en la primera Navidad, cuando descubrimos hasta qué punto lo pequeño es grande y cómo el cuerpo, la tierra, y hasta el frío de la lluvia se convierten desde esa noche en signo de esperanza, sacramento.
Es lo que os deseo en esta nochebuena, en la que con rebrotes de pandemia, problemas económicos, amenazas de guerra, tragedias migratorias, como nunca sentimos que en nuestra fragilidad reside nuestra fuerza y en la incertidumbre la esperanza que brota de la fe. Feliz Navidad, queridos amigos y lectores, con este soneto:

NAVIDAD DEL DESCONCIERTO

En esta Navidad del desconcierto
cuando busca el migrante su destino
y el pobre, el refugiado, un camino
por este mundo triste, solo y yerto;

cuando el poder, el oro y su desierto
enajenan al hombre peregrino
que se aparta del calor divino
cerrando un corazón que estaba abierto,

muéstranos que el vacío de la cueva
y el arropo interior de tu cariño,
en la noche que brilla de alegría,

encarnan esa luz de Buena Nueva
por el cálido amor de un frágil Niño
que llora hoy en brazos de María.

Pedro Miguel Lamet



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Disfrutar del no-tiempo

Leo esta interesante cita de Salvador Pániker:
“Yo detesto el tiempo. La mayoría de la gente rememora el pasado y hace planes para el futuro. Yo me pregunto: ¿pero cuándo vive esta gente?
La mística en mi acepción, no tiene nada que ver con ninguna cuestión religiosa, ni estética, ni nada de esto, sino con esta capacidad de vivir el presente, de exorcizar el tiempo.
Vivir el presente está relacionado también con la capacidad de encontrar algo que a uno le importa más que uno mismo.”
Una postura ante la vida que comparto enteramente. Salvo en su colorario: que tal actitud no tenga nada que ver con la mística.
Cuando uno se centra en el presente, se desvincula de la culpa del pasado y de la angustia de lo que me va a suceder en el futuro, entre otras realidades la llamada muerte, el ahora taladra todo y abre al infinito, y en esa fusión el yo desaparece.
Estamos con todo, estamos con Dios, o como queramos llamarlo. Y es cuando se consigue callar a la ruidosa mente, aparece el silencio y en el silencio emerge su rostro sin rostro.

«El ego es un invento reciente de la evolución, y un día u otro desaparecerá».
Salvador Paníker

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¡PIérdete!

Al leer el periódico estos días se abre ante mis ojos un mundo de turbación. Y he abierto un libro querido, «El jardín amurallado de la verdad» del poeta persa del siglo XII Hakim Sanai de Ghazna, un místico sufí despierto que tiene mucho que enseñarnos, sobre todo a cerca de la pérdida del ego para encontrar nuestra verdadera naturaleza. Nos enredamos con las palabras y nuestras miopías. Es bueno de vez en cuando cerrar los ojos y perderse.

Os ofrezco algunos fragmentos:


«Cualquier cosa que te suceda, infortunio o fortuna,
es una bendición sin mezcla,
el mal que la acompaña, una sombra pasajera.
¿Cómo podría el autor de «Sea y fue»
traer jamás el mal a su propia creación?
«Bien» y «mal» no tienen significado en el mundo del Verbo;
son solo nombres, acuñados en el mundo de «yo» y «tú»,
en la creación de Dios no existe el mal absoluto.
Tu vida es solo un bocadito en su boca,
su fiesta es tanto una boda como
un velatorio.
¿Por qué la oscuridad debe apenar
el corazón
,
estando la noche preñada de nuevo día?
Dices que has desenrollado la alfombra del tiempo
y pasado más allá del cuatro, más allá del nueve;
pasa, entonces, más allá de la vida misma y la razón,
hasta que llegues al mandato de Dios.
¡Nada puedes ver, estás ciego por la noche,
y de día tuerto con tu necia sabiduría!
La humildad te conviene, la violencia no;
un hombre frenético y desnudo está fuera
de lugar en una colmena.
Amigo mío, todo lo que existe existe por Él,
tu propia existencia es un mero pretexto.
¡Basta de tonterías! Piérdete
y el infierno de tu corazón se tornará un cielo.
Piérdete y cualquier cosa puede ser lograda.
Tu egoísmo es un potrillo sin amaestrar.

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Sobre todo somos Adviento


Tiene el Adviento un sabor a ir de camino, a viaje, a imaginar la llegada, como traqueteo del tren cuando vuelves a casa, o la ilusión de hacer la maleta para unas deseadas vacaciones.
Trae el Adviento el anhelo de las flores por el rocío, el entusiasmo del escalador por alcanzar la cima, el presentir el mar después de un recodo de la carretera, el ansia por descubrir la casita encendida después de mucho caminar por el bosque.


Me acerca el Adviento al sábado que sueña ser domingo, a las ganas de acabar el colegio, al abrazo soñado de la persona querida y a la sensación día a día de terminar un libro.
Pero sobre todo me acerca a la vida, mucho más que la Cuaresma o la Pascua, porque la vida es caminar y para caminar hace falta un sueño, una ciudad prometida, una ilusión, un puerto hacia donde hinchar nuestras velas de esperanza.
Y, ¿cómo no? El Adviento me transporta a María, la aldeana de Nazaret, esperando siempre: a Dios en la oración, a José que vuelva del trabajo, a terminar las tareas de la casa, y sobre todo al Niño que viene en la noche de nuestra cueva para hacerse también caminante como nosotros, que no somos otra cosa que Adviento.


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