Siempre hace buen tiempo

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El alma de las cosas

Mucha gente se inventa vacaciones en sustitución de la fiebre del trabajo. Más en estos tiempos de vértigo. Viajes estresantes, fiestas continuadas, omnipresencia del móvil en la playa, la montaña o el turismo.

¿Por qué? Porque el parón veraniego les resulta insoportable y el silencio un revulsivo que nos deja solos ante nosotros mismos. El mundo de hoy nos ha hecho más activos que contemplativos y hemos emprendido tal carrerilla que no podemos parar. Hay que buscar recursos para que la sensación del paso del tiempo no nos enfrente con lo que realmente somos: el tema que ha preocupado a los filósofos de todos los tiempos: por qué estamos aquí, el misterio del paso de los años, el envejecimiento, la certeza de la muerte. En definitiva, la angustia de ser.

El verano y las vacaciones ofrecen una buena época para mirar. Bueno, «ver» es sencillo. En este periodo casi no hacemos otra cosa que ver: el paisaje, los monumentos, a gente. Pero vemos sin mirar, sin contemplar. Y cuando vemos, casi siempre emitimos un juicio de sorpresa, admiración, rechazo, lo que sea. Lo convertimos en pensamiento, lo limitamos en nuestra mente y le arrancamos el alma, su sabor a infinito.

Sugiero un ejercicio que en realidad es una actitud. No emitas juicios. Mira simplemente, contempla, como si vieras por primera vez, sin más. Procura que la contemplación no pase por tu cabeza, sino que vaya directamente hacia tu ser más íntimo, sin más intermediarios.

Quizás entonces descubras el alma de las cosas, penetrando directamente en tu alma, sin conceptualizaciones. Quizás descubras que eso es parte de ti, y tú de un todo. Pero no porque te lo diga yo, sino porque en el fondo de ti se produce un regusto especial, un calorcillo que no tiene nombre, una comunión con el Universo.

Eso se parece al amor del que estamos hechos. Cuando se siente estás bien, estás por encima de los pensamientos que te torturan y se pasan todos los miedos y angustias. Eso sí, necesitas al menos de un átimo de silencio y eso mucha gente no quiere permitírselo. ¡Madre mía, lo que se pierden!

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Si San Ignacio volviera

Ignacio de Loyola

El 31 de julio, día de su fiesta, se clausura en todo el mundo el año Ignaciano, que ha conmemorado el quinto centenario de  su conversión y el cuarto de su canonización. La Compañía de Jesús, con estas celebraciones ha encontrado una oportunidad propicia para recordar su estilo de vida y la fuerza transformadora de su cosmovisión. Aquí pretendemos evocar la importancia de la figura de Ignacio para nuestro mundo de hoy intentado responder a esta pregunta: ¿Qué haría san Ignacio si volviera ahora entre nosotros?

ESPAÑA Y EL MUNDO EN TIEMPOS DE ÍÑIGO

                 Cuando Íñigo nació en 1491, España y el mundo se encontraban en una auténtica convulsión. La Edad Media llegaba a su término y Europa entraba en el Renacimiento. Así que el recién nacido llegaría a ser un hombre entre dos mundos.Una época con semejanzas a la nuestra. Europa en la última parte del siglo XV asistía a grandes descubrimientos e invenciones. Los exploradores zarpaban hacia el Oeste, a las Américas, y por el sur hacia África, mientras los estudiosos volvían su mirada a las civilizaciones olvidadas de Grecia y Roma. La imprenta alimentaba la sed de conocimientos entre la clase media; la pólvora revolucionaba la estrategia de la guerra, y la brújula la de la navegación. Era el fin de la época de caballería y el comienzo de un nuevo humanismo, un tiempo pues de cambios rápidos, agitación social y guerras.

También estaba transformándose la población. En el siglo XIII la Europa centro-occidental pasaba de unos 30 millones de habitantes a más de 50 millones en el año 1500, a pesar de las mortíferas pestes de los años trescientos. Con el aumento de la población el acontecer histórico se desarrolla en una mayor escala, las guerras son más sangrientas, las sublevaciones sociales ganan en amplitud y violencia, se complica el gobierno y la administración. Asistimos con los viajes intercontinentales a la primera globalización.

En Europa se estaban produciendo cambios económicos y políticos. Los siglos XIV y XV marcan el comienzo de la gran época mercantilista. Oriente se aproximaba a través de Venecia. Inglaterra y Flandes acumulaban beneficios, mientras los países bálticos se enriquecían con centro en Brujas y Amberes. La banca residía sobre todo en manos italianas, a la vez que transformaciones políticas sacudían el continente. Del régimen de señores feudales se pasaba una administración centralizada. A finales del XIV existía ya una burguesía ciudadana, artesana y comercial, que conseguía enriquecerse más que los príncipes.  Por eso Ignacio viajaría a pedir limosna para sus estudios a los mercaderes de Flandes.

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Noche infinita de verano

NOCHE INFINITA DE VERANO

Ahora que tibiamente en mi ventana
regresa con la noche del verano
el canto de los grillos y el temprano
susurro de una fuente tan cercana,

escucho desde el mar aquella nana
que acunaba mi sueño tan humano
de navegar contigo y de tu mano
al infinito sol de la mañana.

Han pasado los años y los días,
me he arrimado a este mundo pasajero
de ruido, poder y desconcierto, 

y al besarme la noche del estío
descubro que no voy a ningún puerto
pues soy tu mar, tu sol y tu velero.

Pedro Miguel Lamet
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¡Rabboni!

Era el amor así espejo de mi Espejo

Le buscaba la voz como una antorcha
en la garganta oscura de la estancia,
con el sabor a tiemblo que amanece
allá en el blanco amor de adolescencia.

Y mis pies conservaban aún 
todo el aroma sutil
de aquella seda:
cabellos de mujer, misterio de la noche
derramada. 

Amar a veces es decir me dueles. 
Te espían mis sentidos por el hueco
pasillo del recuerdo,
la cueva de lo ignoto que desande
preguntas aún suspensas de la infancia.


Eran sus manos las alas de un deseo
que había llegado a ser desvencijado amor
sin nombre, mil veces derramado
en un sabor a esquina, a asco, a beso
por denario. 

Eran la bruma azul
con que el sueño dibuja los adioses
y Dios se hace tejido y primavera.
¡Y cómo eran de puras las palabras
que lloraban sus ojos en mí recién nacidos
como coplas, quejidos de lo eterno!

Escuchar era el agua de un arroyo
que nacía de dentro buscando el manantial.
¡Oh pámpanos antiguos, que vuelven
a la vida!

Me gustaba aquel nombre con son de bajamar
y el timbre de sus labios quebrándose en la tarde
al pronunciar "Rabboni",
mientras el Padre andaba 
asomado a los lagos perfectos de sus ojos.

Me gustaba mirararla, caminar en la noche
con su paso de niña que no pesa, 
blanca huida de risas que se esfuman
desde el quicio vibrante de un tiemblo de palmera.
¡Qué frágil la blancura del aire de su manto!
Era el amor así espejo de mi Espejo
y yo tan solo el Hombre.

¿No es hermoso ser hombre solamente?
La voz puso el amor al borde del abismo
y el sueño estaba en hora con mi asombro.
Pero no pude ser  solo un israelita 
enamorado
y amar con ese amor de solo un hombre...

Había que andar de nuevo aquel camino
y cubrirlo de sangre.
¿Se escurrirá el perfume entre mis dedos
para ser todo el Hombre con mi hombre?

Aun con la muerte cerca su voz me golpearía
en los oídos, oliendo a Jericó sobre los pies llagados: 
¡Rabboni! ¡Maestro mío!
Y en cada golpe clavándose aquel verso:
"Amar a veces es decir me dueles".

Pedro Miguel Lamet
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Don Gabino y la Guerra Española

Mataron a sus padres cuando el futuro presidente de la CEE era solo un niño

Don Gabino y la Guerra Civil Española
Don Gabino y la Guerra Civil Española

Don Gabino ha dado un testimonio muy importante de reconciliación y perdón frente a los que vuelven a bordear este precipicio del rencor: «Las trincheras de Dios«

En el camino, la madre de Gabino iba preparando a su marido, que estaba destrozado con el pensamiento de dejar huérfanos a sus hijos. Le decía:“Mira, no vas a querer tú más a tus hijos que Dios»

Unos instantes antes de morir dijo: “Así no vais a ganar la guerra, matando a hombres de bien”.

Al lado había otra fosa con restos de mujeres de izquierdas, a las que había fusilado Líster, por haber tenido un comportamiento desleal a las normas, y sin guardar con ellas ningún procedimiento jurídico

“La Iglesia, lo que más hizo entonces, y que yo recuerdo bien -contra lo que dicen algunos que ¡ya va siendo hora de que la Iglesia pida perdón- era predicar el perdón, que perdonáramos a los que habían asesinado a nuestros padres»

15.06.2022 Pedro Miguel Lamet

Con motivo de la muerte de don Gabino Díaz Merchán conviene recordar la relación que este gran sacerdote y arzobispo tuvo con la Guerra Civil a partir del fusilamiento  de sus padres, cuando   solo era un niño y sus esfuerzos por la reconciliación entre los españoles. Lo sintetizo en mi última novela histórica, «Las trincheras de Dios» (Cap. 21), a través de la protagonista Mila y Asun, una religiosa amiga.

Asentí y decidimos pasear por el patio del colegio, bajo árboles que empezaba a pintar de oro viejo el primer otoño madrileño.

-Imagínate un niño de diez años en Mora, un pueblo de Toledo. Son los primeros días de la guerra civil. Va con su hermana pequeña y con sus padres por la calle. De repente, un grupo de exaltados de izquierdas les pone a los cuatro, en el punto de mira de sus fusiles. Un niño tan pequeño, cara a cara con la muerte. Gabino cuenta que tuvo la sensación de estar a punto de morir. Afortunadamente otra gente se interpuso y no pasó nada. Lo de su padre ocurrió al mes siguiente, en agosto de 1936.

-¿De dónde has sacado esos datos?

-Sostuve hace tiempo, una conversación con él, que me impresionó mucho. Sobre todo, porque don Gabino ha dado un testimonio muy importante de reconciliación y perdón frente a los que vuelven a bordear este precipicio del rencor. El hecho es que fueron a por su padre, Gabino Díaz Toledo, un pequeño empresario que no era un potentado, ni adinerado, ni político. Era sí miembro del Partido Republicano Democrático por afinidad con Hipólito Jiménez, abogado en Madrid y amigo desde la infancia en Mora. “Lo llevamos al Ayuntamiento”, le dijeron. Pero no era cierto, se lo llevaban a la cárcel. Entonces su mujer, la madre de Gabino, entendió lo que le pasaba y le dijo a su marido: “Si mueres, yo quiero morir contigo”. “Señora, usted está loca, nadie piensa hacerle nada a su marido”, le respondieron. Ella regresó triste a casa. Al cabo de una hora volvieron por ella. Parecía que todo estaba resuelto, pero Paz, la esposa, encontró a su marido metido en un coche con otro señor, que iba a sufrir lo mismo. La hicieron subir también al auto. A la media hora paró en la carretera entre Mora y Orgaz, cerca del cementerio de este pueblo.

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Canto de amor a la Palabra

¿Cómo rimar un sueño en un instante
y componer el verso de una vida,
si el poeta respira por la herida
de poner a su verbo por delante,

y  buscar la palabra que le cante
con la secreta voz desconocida?
¿Cómo encontrar la luz al ser debida
que desentrañe el alma del amante?

Solo el vacío de la noche oscura
en soledad y ausencia de ruido
puede engendrar la luz de la hermosura

y hacer que, como flor, ella se abra
sin más ropaje que un leve latido
al milagro sin par de la Palabra.

Pedro Miguel Lamet
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«Una excelente novela histórica»

Las trincheras de Dios

Por MIGUEL DE SANTIAGO

Las trincheras de Dios

Vuelve un escritor de registros varios, el jesuita Pedro Miguel Lamet, ahora con una excelente novela histórica, titulada Las trincheras de Dios (Ediciones Mensajero), que tiene como protagonista de fondo al padre Fernando de Huidobro, que murió en el transcurso de una acción bélica —no martirizado— en los años terribles de la Guerra Civil.

Una mujer enamorada de su marido sufre la división y separación que les provocan sus respectivas ideologías. Ella procede de una familia conservadora y religiosa de Sevilla, marcada por el asesinato de sus familiares durante la guerra, y emprende una investigación en busca de la objetividad sobre el factor religioso en aquella contienda fratricida; él, socialista catalán, nada religioso, político progre, es un activista implicado en la llamada Memoria Histórica. Los recuerdos marcaron la infancia de ambos, tan ideológicamente divididos.

Muy bien trazados la exposición, nudo y desenlace, Las trincheras de Dios tiene como pretexto argumental la elaboración de una tesis doctoral sobre la figura singular del jesuita Huidobro, que se alistó como capellán de la Legión, intentó paliar el odio entre las dos Españas, se mostró contrario a los desmanes que se producían en las dos trincheras y asistió a todos a la hora de la muerte.

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Pascua con ojos niños

Hay un breve poema del colombiano Rafael Pombo titulado “El alma y el niño” y publicado nada  menos que  en 1873, que dice mucho más que grandes  tratados de teología:

«¿Dónde está Papá Divino?
Preguntó a su niño el ama;
Te daré un dulce en la cama
Si me respondes con tino».

Y él, con sonrisa de cielo.
Repúsole: «Y yo, bah! bah!
Te daré un rizo de pelo
Si dices dónde no está».

Los niños están continuamente contemplando el rostro de Dios, porque aún viven dentro de él. Antes de que los maliciemos son ángeles que nos devuelven la esperanza en el ser humano, porque viven cerca de nuestro origen, la luz de donde salieron: el “Papá Divino”. Por eso, nada mejor que celebrar la Pascua desde los ojos abiertos y puros de un niño, nuestro niño, el que fuimos y volveremos a ser de nuevo en la casa del Padre. Mientras, de camino, Jesús nos propone la tarea para pertenecer a su reino y resucitar, retornar al niño.

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Al árbol de la Cruz

AL ÁRBOL DE LA CRUZ

De tu dolor, del tiempo amanecido,
de una palabra ardiente que encendía;
de las entrañas puras de María
y del amor hasta la esencia herido;

desde tu cuerpo tres veces caído
y la noche oscura de la sangre mía,
devuelves con tu cruz a la armonía
este mundo que nace en tu alarido;

este mundo que abarcas con tu abrazo
y limpias con tu muerte de tristeza,
este miedo a vivir esta pobreza

que florece en tu árbol cual si fuera
hontanar para siempre en tu regazo
al colgar de tu cruz mi primavera.


Pedro Miguel Lamet



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Mi última cena

MI ÚLTIMA CENA

En esta noche tibia, quieta y llena
de un temblor de palabra y despedida,
de soledad y amor, el alma herida,
celebras tú, Jesús, la última cena.

Compartes con el pan esa honda pena
del sin sentido, la angustiosa vida
que es fracaso, dolor, obra incumplida,
y el vino de tu sangre nazarena.

En esta hora de la confidencia,
cuando Judas se hunde en su amargura
y Pedro negará con su despecho

cuanto aprendió a tu lado de dulzura,
déjame que ahonde en la experiencia
de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.

Pedro Miguel Lamet
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