Siempre hace buen tiempo

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Luz prestada

Rocío

Una noche me pregunté: ¿Qué fue de aquella tarde de amor, de aquel encuentro irretornable, del júbilo de aquel verano?

Las oscuras golondrinas de Becquer volverán, pero… Ellos no están. Lo que queda de entonces es este fulgor que vivo dentro ahora al recordarlo, ese yo que es más yo que yo.

El ego es como un planeta del sistema solar. No tiene luz propia. Adquiere su luz prestada y, por tanto, vive en el engaño de que puede seguir siempre así en el tiempo y el espacio.

Por eso los anacoretas y los dualistas vuelven a gritar: ‟¡Aniquilad el ego!” Yo os digo: Mirad simplemente ese fulgor que sois y aun el pequeño ego brillará atravesado por su luz como el rocío por el sol del amanecer.

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Sabiduría de niño

Javi Galván del Rey
Los niños son pedazos de Dios y no lo saben,
van saltando en la lluvia y no se mojan;
el aire besan, sin ser sus propietarios.
Dan regalos sin precio, a solas juegan
y van acompañados de todo el universo.
 
Los niños aún no saben
qué papel les darán en la comedia;
y cuando miran, te ven directamente
sin careta, te ven como tú eres,
sin sopesar qué vales o qué cobras,
si eres peón, capataz o propietario,
joven o viejo, y el puesto que te han dado
quienes reparten roles de apariencia.
 
Juegan los niños con tu niño oculto
y solo desde ellos  te vives como eres.
 
Pedro Miguel Lamet
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La voz del verano

Como voces secretas de una vida,
del verano aquel vuelve el sonido
con sordina de grillos, sin ruido,
y música de lejos ya perdida.

La noche quieta y la palabra huida
se han quedo en el aire y el olvido
añorando aquel joven perseguido
por la luna de ensueños pretendida.

Pero el ardor que anhela tu mirada
que desde el mar buscaba mi sonrisa,
sigue, Jesús, clamando con ternura

con la misma palabra enamorada:
“Sígueme, amigo, óyeme en la brisa,
y húndete ahora en toda la hermosura”.

Pedro Miguel Lamet

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Agua que llevas mis sueños

“Niño en el agua” (®PMLamet)

“El hechizo del agua detiene los instantes” escribe Luis Cernuda. Desde niños anhelamos el agua como reflejo quizás de lo que somos, pues dicen que agua es el principal componente de nuestro cuerpo. ¿Qué busca este chaval hundiendo sus pies en la orilla? ¿El añorado líquido amniótico, un trasunto de la vida, un inconsciente rito de purificación, la inmersión en lo infinito?

Sea de fuente, río, lago o mar, es hermoso contemplar el paso del agua, refrescarse, y aprender a fluir con ella; disfrutar del momento y no apegarse a él, sin miedo, confiados que en la desembocadura acabaremos por sumergirnos en el mar de donde partimos. Quizás como nunca, hemos anhelado el agua durante esta pandemia, porque es un símbolo de salud y libertad. Nadie puede parar la vida ni detener el tiempo, pero siempre nos queda soñar como Miguel de Unamuno: “Agua que llevas mis sueños / en tu regazo a la mar /, agua que pasas soñando, / tu pasar es tu quedar”.

 Jesús amaba el agua, el agua nueva que ofrece a la samaritana para que no tenga más sed. Ya que “el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4,14). Y hasta el obsequio de un simple vaso de agua fría tiene premio: “Y cualquiera que como discípulo dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, en verdad os digo que no perderá su recompensa” (Mt 10,42). ¿Insignificante y barato? Infinito, si nace del amor.

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Revolución en un vaso de agua

“El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.

En lenguaje popular se puede decir que el evangelio de este domingo “tiene castañas”, y es difícil de comentar. Hay que situarlo en primer lugar en el contexto de una sociedad en que fue redactado. En el hogar romano no imperaba la motivación del amor al construir la familia, sino del poder y la economía. El padre tenía una potestad absoluta sobre la esposa, sobre los hijos y no digamos nada sobre los esclavos y efebos. Hoy no estamos tan lejos, si observamos el materialismo reinante y la obsesión por ganar dinero, el imperio del placer y  prevalecer, como el colocar bien a los hijos por encima de ellos mismos y sus inclinaciones.

Viene Jesús y rompe todos los códigos vigentes. El imperativo de su misión le lleva a abandonar a su familia, y aunque nunca dejó de amar a su madre (Bodas de Caná) se quita de en medio y crea un grupo de seguidores extraídos del pueblo sencillo. pescadores y algún que otro agricultor. En Nazaret lo desprecian, sus parientes le rechazan y predica un reinado de amor gratis donde los pequeños protagonizan su predilección y su mensaje. Las recomendaciones que presentan estas palabras se inscribe en la exhortación que hace a sus apóstoles para realizar la misión.

¿Qué sentido tiene para nosotros hoy? No van sus palabras contra la familia, ni mucho menos, sino contra una concepción raquítica de la familia. Muchas veces hemos predicado una defensa de la familia a ultranza, fomentada por cierto egoísmo. Por ejemplo, los padres que dan una paliza al árbitro, si este penaliza a algún hijo suyo. Las familias que se enfrentan con los profesores porque sus criaturas no pueden tener fallos. Los hogares donde lo más importante es ganar dinero para mejorar en la llamada “sociedad del bienestar”.

Lo que Jesús viene a decir es que a partir de su buena noticia la sangre, el apellido, el confort hogareño no es un absoluto. Desde el momento que eres cristiano tu corazón rompe tabiques para abrazar a todo el mundo.

Familia
Familia

¿Qué significa esa frase enigmática “el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”? Es parecida a la de “negarse a sí mismo”. Jesús no está en contra de nuestra realización como personas, sino a favor de una realización más cabal: cambiar el yo pequeño por mi yo auténtico. Cuando me resituo en la vida, cuando me abro a todos, cuando en mi hogar se calientan otros, cuando me trago las lágrimas para que los demás sonrían, recupero la identidad para la que fui creado, conecto con el hontanar de amor que soy en lo profundo.

El texto de Pablo es revelador: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”. Se trata de morir a lo superficial para resucitar en la verdadera vida. La “nada” de San Juan de la Cruz es el paso para el encuentro con el Todo. La “indiferencia” de Ignacio de Loyola en el “Principio y fundamento” no es abulia, es estar por encima de “salud o enfermedad, vida larga o corta” y todo lo demás para descubrir por qué estamos en este mundo que es para amar. Con un salto mortal: incluyendo a los enemigos. ¿No es revolucionario?

Me diréis: Demasiado, muy difícil. Difícil si te empeñas en hacerlo tú a base de voluntarismo, de puños. No tanto si cambias de óptica. Si te dejas habitar del amor que eres, este mundo pasa. Despierta a lo que queda. Vive feliz el viaje, disfruta de todo sin anclarte en nada, ánclate, eso sí, en el infinito que eres por dentro.

Y sobre todo goza de lo pequeño: “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.”    La revolución de un vaso de agua.                                                                                                                                                                                                                                        

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El secreto de la pescadera

“Pescadera”. Mercado de Loulé (Portugal)

La fotografía produce el milagro cotidiano de atrapar el instante, de detener el tiempo, un tiempo que nunca más se volverá a repetir de la misma forma. Heráclito se convierte en Parménides, el río se detiene, la sonrisa se congela para siempre y nos permite conservar en cierto modo el alma de la pescadera.

                Ella es una mujer del pueblo, que sabe disfrutar de su humilde puesto de pescadera en la plaza y probablemente de hijos y nietos que constituyen toda su vida. Pero con su alegría nos da una lección muy profunda. Que lo mejor de nuestra existencia no depende del “qué”, sino del “cómo”. No de nuestros cargos, éxitos y posesiones, sino de cómo vivamos este momento, este ahora. Sentimiento de culpa, experiencias del pasado y miedo al futuro ocupan nuestra mente torturándonos. Pero el pasado no existe, se esfumó, y el futuro no ha venido aún ni sabemos cómo va a venir. Mientras, se nos escapa este paisaje, este encuentro, esta sonrisa. Hay que vestirse como quien se viste, caminar como el que camina, lavar los platos como quien lava los platos.

El ahora es como un taladro que nos conecta con lo permanente, lo que realmente somos, donde el ser se ensambla con el Ser. Por ejemplo, los niños son felices porque no se pasan películas mentales, esos diálogos torturadores en la cabeza que sufrimos los adultos, disfrutan justamente de lo que están haciendo.

                La lección de esta pescadora es que, como dice Thích Nhất Hạnh, “a veces tu alegría es la fuente de tu sonrisa, pero a veces tu sonrisa puede ser la fuente de tu alegría”.

¡Qué bien lo resume Jesús!: “Bástale a cada día su propio afán” (Mt 6,34).

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Antídoto contra el miedo

Jesús tiende la mano y quita todos los miedos

Ver hoy día un telediario es casi como tragarse una película de terror y últimamente de ciencia-ficción. Con la diferencia, eso sí, de que no se trata de ficción cinematográfica sino de hechos reales. Recuerdo que, cuando yo estudiaba periodismo, los crímenes pasionales, las historias truculentas y sanguinarias, las puñaladas traperas y las relaciones inconfesables no merecían sino un “suelto”, una pequeña gacetilla en los rincones de los periódicos. Si se quería profundizar en tan morbosas historias, había que comprarse semanarios especializados como El Caso, auténtico pozo de negro de aquellas noticias.

Lo curioso es que tales informaciones, que, por su carácter de no ejemplaridad no ocupaban mucho espacio en los periódicos, están ahora en primera plana. Se aduce que son “violencia de género”, o que son “noticia” como el caso de la desaparición y/o asesinato de niños, o que “venden”. Encima algunas televisiones se regodean después en unos ululantes debates revolviendo más y más dicha porquería. No digamos nada con el monotema de la pandemia. Conozco a muchos que apagan los telediarios porque su psique no aguanta más.

Si pasamos a la información política, económica e internacional observamos que hay como un deleite en transmitir la negatividad que vive nuestro mundo. Es cierto que hay crisis económica, que siempre hay guerras y desigualdades, que el planeta se deteriora, que crecen los nacionalismos, que la sociedad del bienestar está seriamente amenazada. etc. Pero parece que nuestra gente está siendo minada en su subconsciente con cargas de profundidad negativas.

Quizás los hechos de que salga el sol todos los días y que el tendero de la esquina nos cuente un chiste no sean noticia, de acuerdo. Pero sí lo son los miles de jóvenes que trabajan en ONG’s, que los médicos y enfermera se han dejado la piel, que ahora como nunca la gente dona órganos o que un buen sector de la sociedad está indignado con la corrupción política y quiere cambiar nuestro mundo. Sólo por citar algunos ejemplos de esa otra cara alegre del planeta que parece no interesar al hambre de truculencia que nos domina.

El resultado de todo eso es lo que hemos venido en llamar “Miedo ambiente”. Es peor ese “miedo” difuso que se cuela por las rendijas de los medios de comunicación al propio deterioro del medio ambiente, porque, si éste último afecta a la vida del cuerpo, el primero socava la vida del alma, nuestra psicología, que es la ha de ser capaz de afrontar el presente.

Jesús quita todos nuestros miedos
Jesús quita todos nuestros miedos Pedro Miguel Lamet

La liturgia de hoy domingo es un antídoto contra el miedo. Primero Jeremías, que al ver que sus enemigos le acechan para que dé un traspiés, siente una gran seguridad interior, porque “el Señor está conmigo. Pablo pone el acento en el peor miedo de todos, el que nos acompaña porque hemos nacido, el de la muerte junto al miedo a la ley (no hacer mal porque está mandado, por miedo al castigo).  Lo que tenemos de Adán lo hemos superado gracias a Jesucristo.

Pero sobre todo el evangelio es un canto a la debilidad aparente. Todo depende de nuestro enfoque. Vivimos en el miedo a lo que puede pasar al cuerpo, especialmente a causa de la negatividad de nuestra mente que nos runrunea no solo el miedo al coronavirus, sino al futuro económico, a que no nos quieran, que nos dejen solos, etc. Si das un salto a lo único que es permanente desde este “ahora”, surge la confianza, el saber que ya somos vida eterna. Eso significa que nuestros cabellos están contados, que Dios cuida de los gorriones, una de las aves más frágiles de nuestro planeta. “No tengáis miedo”, repite Jesús. El gran antídoto contra el miedo es la confianza que nos aporta la fe.

Hacemos pues una llamada pues al optimismo. Lanzamos una campaña contra todos los miedos, que por principio son irracionales. Convocamos a nuestros lectores a renunciar a todo sentimiento de culpa por el pasado que ya pasó, inquietud por el futuro que sólo Dios sabe cómo será, y proclamamos la dicha de disfrutar de este instante, este ahora pleno, dejando aparcado, sin hacerle el menor caso al loro de la mente, que siempre está dando la tabarra. Descubriremos  así que hay dentro de nosotros un hontanar de alegría, que nada tiene que ver con esta película  de miedo que pasa, y tras la que, si sabemos ver, sólo hay un happy end o mejor un feliz ahora que nos dice que aunque sea por una sonrisa, un soplo de brisa, una vaso de agua y una mano tendida la vida merece la pena vivirla

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