Siempre hace buen tiempo

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Antonio Cano: sacerdote, periodista y hombre de Dios

En pocos días se nos han ido tres sacerdotes periodistas del posconcilio, que trabajaron en aquella heroica “Vida Nueva” de la transición: Bernardino M. Hernando, Joaquin L. Ortega y ahora Antonio Cano Moya, víctima este pasado domingo del maldito coronavirus. Se nos va un gran profesional y sobre todo un hombre humilde, generoso, me atrevería a decir que santo, algo no especialmente frecuente en nuestra profesión, donde los “egos” suelen campear por sus respetos.

Había nacido en Pedroche (Córdoba) en 1939, un pueblo que amaba y al que ha dedicado su último libro ilustrado y algunos comentarios en Facebook, glosando el sacramento de las cosas pequeñas: la cortina, la ventana, los matorrales del campo, la viejecita cosiendo en la puerta de su casa. Pronto entró en los carmelitas calzados, donde pasó por diversos destinos: Granada, Jerez, Canarias. Hasta que decidió, quizás buscando mayor libertad, pasarse al clero diocesano incardinándose pastoralmente en las parroquias de San Atanasio y San Juan María Vianney de Madrid, donde  el pueblo de Dios pudo disfrutar de su corazón abierto, su compromiso con los pobres y sobre todo de esa sencillez evangélica que sin duda fue su característica más señalada.

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La aceptación y el cambio

Sintonizas con un campo ancho que es lo que eres realmente, el Ser.

Muchas veces me he preguntado sobre cual es verdadero camino: si la aceptación o el cambio.

ACEPTACIÓN es no dar coces contra el aguijón, vivir en el ahora, liberarse del ego siempre insatisfecho, en contra de lo que tienes en este momento, conectado a una mente que runrunea y te impide sintonizar con lo profundo.

CAMBIO es compromiso, rebeldía y lucha para modificar las estructuras injustas, transformación del mundo aquí y ahora, fe en un futuro mejor.

Se diría que la aceptación es más contemplativa y el cambio más activo. ¿Por dónde tirar?
En realidad no son tan distintas estas posturas. Mediante la aceptación taladras, a través del ahora, en lo que eres realmente, se te abre un espacio, descubres tu identidad profunda, sintonizas con un campo ancho que es lo que eres realmente, el Ser. Eso ya está cambiando el mundo, contribuyendo a la expansión de un yo soy, distinto del ego ridículo que nos esclaviza.

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Expandir el ego

“Me pueden encerrar en una nuez, pero soy el dueño de los espacios infinitos”

Dicen que cada pensamiento es eterno. Cuando tú lanzas una idea de alegría, odio, dolor o miedo es como una flecha que se queda vibrando en el universo y que puede alcanzar a alguien. Al primero a ti mismo, porque tarde o temprano volverá sobre ti como un boomerang.
En estos días de concentración y silencio con la reclusión de la pandemia más que nunca, nuestros egos son baterías cargadas con las impresiones que hemos ido acumulando. Mientras estamos en el espacio y el tiempo no podemos dejar de ser herederos de esas experiencias que nos han constituido. Nos queda una solución.
Expandir el ego hacia la conciencia cósmica. Entonces por el reducido ojo de buey, la ventana de nuestra casa, entra el azul total del océano.
Solo hay que trascender la mente, relajarte y abandonar el ser en el Ser.
“Me pueden encerrar en una nuez, pero soy el dueño de los espacios infinitos”.

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Si estás perdido

Si estás perdido en ese desconcierto

de no saber a dónde va el camino

y esta vida te lleva al desatino

de andar sin rumbo solo en un desierto;

si a veces añoras retornar al huerto

y sentarte a la sombra de aquel  pino

para mirar al sol dormirse en el divino

regazo de la mar igual que un muerto,

cierra los ojos, respira en este instante

lo que detrás de tu ser te configura,

piérdete así del todo en ese encuentro

que habita tras la forma y la figura,

y descansa tu alma como amante

en el beso de amor que eres por dentro.

Pedro Miguel Lamet

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“Los cargos no te quitaron la libertad, querido Joaquín Luis”

Ha muerto Joaquín Luis Ortega: escritor, historiador y periodista, y, sobre todo, un buen sacerdote

Joaquín Luis Ortega
Joaquín Luis Ortega

Tenía todas las cualidades para ser obispo. Pero el nuncio le dijo que no lo hacía porque llevaba corbata

Honradez y coherencia en su actitud ante los cambios en Vida Nueva y la violencia verbal de la COPE.

Su pluma era serena, equilibrada y llena de matices, como su propia vida.

Con Joaquín Luis se nos va un componente destacado de aquella generación de sacerdotes escritores y periodistas que como Javierre, Cabodevilla, Martín Delcazo, Bernardino M. Hernando y otros bajaron del púlpito a hablar con la voz de la calle.

10.03.2020 Pedro Miguel Lamet

Tenía todas las papeletas para haber sido obispo: Intelectual, doctor en Historia, piadoso, buena persona, con dotes de mando y pastoreo, y además un talante nada extremista, sino más bien moderado y seguro, aunque netamente posconciliar. Pero resulta que un día el nuncio -creo que Tagliaferri-, le soltó: “¡Ay, si no llevara usted corbata!”. ¡Gran argumento teológico para no ascender a alguien al episcopado!

                Por eso Joaquín Luis Ortega, que se ha extinguido hoy como una pavesa de amor a Dios y a los hombres en una residencia sacerdotal de Burgos, será recordado como escritor, historiador y periodista, y, sobre todo, como un buen sacerdote, servidor de  la comunidad en cargos de cierta relevancia eclesial.

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Mamá y el té de la cinco

Ay, madre, eras tanto aquel té de las cinco
con perfume a tortel
o ensaimada caliente,
y al fondo las naves primerizas de marcianos
que derribaba en el éter Diego Valor,
“el piloto del futuro”
o el western radiofónico en el que
“Dos Hombres Buenos” cabalgaban,
aún sin tele,
los horizontes inasibles de las ondas.

Un calor de vuelta de colegio,
a baño tibio
con sensación a sábado aún intacto
o la soñada excursión a aquella sierra
aún lejana de Madrid
con la cesta de mimbre y
tortillas de patatas en la nieve.

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No dejes, soledad, de acompañarme

Las estadísticas recientes revelan que en la sociedad contemporánea la soledad se está convirtiendo en una auténtica epidemia. Hasta tal punto que el Reino Unido creó en los últimos años un Ministerio para la Soledad, más frecuente sin duda en los países nórdicos y fríos. Matrimonios rotos, parejas que deciden vivir cada uno en su casa, soledad elegida, soledad impuesta por razones económicas o psicológicas, soledad creada por la agresividad del entorno, por la ancianidad, las nuevas tecnologías y cientos de motivos más. El fenómeno crece por doquier y las cifras son escalofriantes.
Pero la gran pregunta desde que el ser humano existe es obvia: ¿Es siempre un mal la soledad? Ya el viejo Aristóteles planteaba esta dicotomía: “El hombre solitario es una bestia o un dios”. ¿Por qué? Porque sencillamente todo depende de cómo se viva esa soledad, como una condena o como un camino de crecimiento.
Está claro que el hombre y la mujer nacen como seres sociales. El primer desgarro se produce ya en el parto, cuando el nacimiento nos separa del calor de nuestra madre. Desde ese momento la criatura luchará denodadamente a lo largo de toda su vida por volver a ser querida, cobijada, abrazada.
Quizás porque nuestra razón de ser, el último sentido de la vida es el amor, cualquier forma de amor. La madurez se suele alcanzar en la relación plena, un amor de heterobenevolencia, que, al ocuparme de los demás, me realiza a mí mismo.
Pero, como suele suceder hoy más que nunca en un mundo de inmaduros, regido por leyes materialistas y dominados por el egoísmo, el poder y el dinero, los que alcanzan el amor verdadero y satisfactorios son minoría. De aquí aquella frase tremenda de Pemán, que modifica el famoso refrán: “Mejor solos que bien acompañados”
En este oscuro panorama, ¿qué hacer? Convertir la soledad en una herramienta de crecimiento interior. Es cierto que para ello hay que bucear en la profundidad de uno mismo, en nuestra dimensión espiritual. No estoy hablando aquí de optar por una fe religiosa, tema que requeriría un tratamiento específico y que ciertamente ha ayudado y a veces desayudado, según se viva, a muchas personas. Me refiero a algo más radical.
Parto de que el ser humano sale bien de fábrica, está bien hecho, y suele estropearse por la mala educación y la agresividad del ambiente. Lo imagino como una cebolla, con muchas capas. Por lo general nos quedamos en los estratos más superficiales de uno mismo: alimentarnos, situarnos en la vida, rodearnos de confort material, adquirir cosas, incluso personas que “nos sirvan” para sobrevivir en un mundo competitivo, casi como animales en medio de la selva.
Entre los solitarios de hoy día hay dos especies: los que se deterioran por la soledad y los que crecen en la soledad. La diferencia se produce con una sola palabra: “conexión”. Si no hay conexión de amor maduro con los demás (familia, pareja, amigos), es indispensable la conexión interior: el descubrimiento con el centro de la “cebolla”, lo hondo de nuestra conciencia. Las diversas formas de meditación han descubierto, que allí en lo profundo siempre estamos bien. Al taladrar hasta el fondo de la conciencia, gracias a la soledad, el silencio, la escucha y la contemplación de la naturaleza, uno puede encontrase con un horizonte sin tiempo, donde la culpa por el pasado y el miedo al futuro se desvanecen, porque conectamos con un “ahora” sin límites, donde todo está bien. Así se han realizado algunos grandes hombres, sean santos, científicos, filósofos, creadores literarios… Es más, sin un tiempo de soledad, incluso quienes tienen la suerte de mantener buenas relaciones, no pueden logar ser ellos mismos, pues se convierten en víctima del oleaje exterior y pueden sucumbir en la tormenta de la ansiedad, la angustia o el absurdo. Todo el mundo necesita un tiempo de buena soledad. Pues la verdadera y funesta soledad es “no poder hablar con tu corazón”.
Los poetas de todos los tiempos han llorado su soledad. Pero, como la intuición creativa toca lo esencial de la vida humana y descubre sus verdades más ocultas, también han encontrado su lado positivo. Por ejemplo, un poeta soldado del mil quinientos, Hernando de Acuña, que luchó en la batalla de San Quintín. Tiene un soneto a la soledad, del que copio aquí su primera estrofa:

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Pedro Arrupe hizo voto de perfección

Hoy, 5 de febrero, se cumplen 29  años de la muerte de Pedro Arrupe, cuyo proceso de canonización ha sido incoado el año pasado. Es una buena ocasión para recordar un aspecto admirable de su vida que casi nadie conoce. Que hizo “voto de perfección” al parecer en la última etapa de su formación espiritual, mientras hacía su Tercera Probación (especie de segundo noviciado que se usa en la Compañía de Jesús) en Estados Unidos.

Casi nadie tampoco suele conocer en qué consiste este voto de perfección, que solo algunos santos han pronunciado en su vida. Se trata de obligarse mediante voto a que, entre dos opciones lícitas que se presentan en la vida, elegir la más perfecta. Creo que es una clave importante para comprender en profundidad muchas de las actitudes del que fuera general de loes jesuitas en situaciones difíciles.

Por ejemplo, cuando su secretario personal y amigo, Cándido Gaviña, revelaba decisiones secretas de la curia jesuítica al Vaticano desde su óptica conservadora, Arrupe callaba. Y jamás destituyó de secretario personal, al que era su acusador y una especie de Judas. O cuando respondía con bondad a algunos ataques y calumnias que le desprestigiaban de parte de algunos obispos y jesuitas españoles ante los papas Pablo VI y Juan Pablo II.

¿Cómo sabemos que Arrupe hizo este tremendo voto? El subsecretario de la Compañía de Jesús Nicolás Verástegui narra en carta autógrafa a Ignacio Iglesias que, al desatarse la enfermedad final de Pedro Arrupe, él, por encargo del general Kolvenbach, recogió sus cosas personales; y añade: «En el cajoncito del reclinatorio, junto a la puerta de comunicación con el despacho, encontré, entre otras cosas, una tarjeta postal con la imagen del Señor (creo que del Sagrado Corazón), impresa monocroma en tono verdoso oscuro,  en cuyo reverso tenía escrita la fórmula de su voto de perfección. Tengo la impresión de que entonces deduje que estaba hecha en, o al fin de su Tercera Probación. Ahora, después de veintitrés años, no puedo concretar más» Por tanto, parece que el texto original existe, y es posible que esté en el expediente de la causa-.En su menuda y veloz escritura de sus apuntes de Villa Cavalleti, después de ser elegido general, reaparece su particular devoción al Corazón de Jesús y a la eucaristía:

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Cuando no estoy

“Cuando no estoy, estás tú”

Cuando no estoy, estás tú,
y cuando estás, amanece
ése yo sin figura,
que, dormido, más que nombre
y deseo o poder o residencia
es río, manantial, ola y abrazo
de este pasar en busca de su Ser
que es tu presencia.

Me miro en ti, cuando camino
sin camino, como un niño
que acaba de nacer y nada solo
en el mar en que nadaba
antes del tiempo.

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"La 'bomba' de la segunda intervención papal a los jesuitas"


“Se trata de solo una hecho en medio de un ambiente vaticano enrarecido contra Arrupe

La "bomba" sobre la segunda intervención papal a los jesuitas
La “bomba” sobre la segunda intervención papal a los jesuitas

La sorprendente noticia de que en tiempos de Benedicto XVI el papa estuvo a punto de intervenir por segunda vez a la Compañía de Jesús, como había hecho Juan Pablo II en el generalato de Arrupe, era conocida por un grupo de jesuitas españoles.

Con motivo de un simposio que se iba a celebrar en Deusto el Vaticano respondió:”No parece conveniente organizar tal homenaje a un hombre que tanto daño a hecho a la Iglesia”.

Hoy la SJ se parece más a “los amigos en el Señor” y la “mínima Compañía” que fundó San Ignacio

Me dijo el P. Nicolás: “No parece conveniente hablar del proceso hasta que se serenen las aguas. Hay muchos monseñores en el Vaticano que siguen sin poderlo ver”.

Bertone se atreve a pretender intervenir de nuevo en la autonomía canónica de una orden exenta

El entonces cardenal Bergoglio se muestra decididamente contrario a la idea de una intervención papal.

Más de cien jesuitas han dado su vida desde Arrupe en los países del Tercer Mundo por defender a los más pequeños del Pueblo de Dios, entre ellos Rutilio Grande, inspirador de San Romero de América,  que va a ser pronto canonizado.

23.01.2020 Pedro Miguel Lamet

La sorprendente noticia de que en tiempos de Benedicto XVI el papa estuvo a punto de intervenir por segunda vez a la Compañía de Jesús, como había hecho Juan Pablo II en el generalato de Arrupe, era conocida por un grupo de jesuitas españoles. Se la había confiado el padre general Adolfo Nicolás bajo secreto en una de sus visitas a la provincia de Castilla. Pero en realidad no revela sino un ambiente enrarecido en torno a la figura de Pedro Arrupe, que se respiraba en el Vaticano hasta hace muy poco. Ahora sale a relucir a propósito de la presentación en Madrid de la traducción castellana del libro Los jesuitas:Del Vaticano II al papa Francisco de Gianni La Bella (Ed. Mensajero).

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