Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Jesús de Nazaret

La nochebuena del alma

Cuando anochece cada noche oscura

y busco entre las sombras un camino

para aliviar la duda, el desatino

que es no encontrar la luz en la locura

 

de un mundo que se ofusca y se tortura

por detener el tiempo en torbellino

mientras lloro su ausencia de destino,

solo tu llanto enciende mi ternura

 

al devolverme el niño que he perdido

y descubrir que dentro de mi alma

hay un pesebre pobre que te espera,

 

un hogar de silencios y de calma

donde Tú estabas sin que yo supiera

que de mi cuna nunca te habías ido.

         Pedro Miguel Lamet, SJ

¡Muy feliz Navidad de todos y venturoso año nuevo!

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Os llamaré amigos

Te llamaré amigo

La amistad tiene la ventaja sobre el amor, aunque este también la englobe, que no nos pone melancólicos. ¡Ay aquel amor que se nos fue! ¡Qué será de fulano o mengana! ¿Por qué se rompió nuestro matrimonio? ¿Qué me ha pasado para que esté solo en la vida, sin perrito que me ladre? Esos amores frustrados, esos reproches en silencio y palabras que piden cuentas a la vida…

No, cuando se habla de amistad se está hablando de gratuidad. Y también de lealtad, de igualdad, de no pedir nada a cambio, de compartir sin pasar recibo ni reprochar porque no me llamas, ni pensar en la herencia o los bienes gananciales. Tan gratis y espléndida es la amistad que, incluso en los grandes amores de pareja, en los mejores matrimonios, lo que queda al final se asemeja más a la amistad que al amor-contrato, el amor-pasión, el amor-arrullo de las diferentes etapas.

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No hay que esperar para resucitar

Despertar ahora

Entonces brillaron los ojos de Jesús. 
Con una voz firme y clara, la de esos momentos solemnes en que él solía empezar su frase con el “yo soy” -yo soy la luz, el agua viva, el camino, la verdad-, dijo en medio del campo esta frase que jamás olvidaré:
-Yo soy la resurrección y la vida: el que tiene fe en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que está vivo y tiene fe en mí, no morirá nunca. ¿Crees esto?
La voz de Jesús se vertió como un cántaro de agua fresca por los prados, atravesó los sembrados, colmó la mañana de luz, viajó más allá de las montañas. No era la voz de un médico ni un taumaturgo. La vida que el daba y da no es un parche para curar una herida, sino mucho más, llega a anular la muerte del que la recibe, equivale a resurrección, resurrección, devolución de la vida. Ante el fenómeno visible de la muerte natural, la vida ulterior es algo más que resucitar los huesos secos de Ezequiel, es toda una renovación desde el fondo. No se trata de un revivir el último día, una resurrección lejana, sino de la constatación ya mismo un ahora eterno, que podíamos ver con nuestros propios ojos, Jesús mismo.
Nos lo había dicho ya en Jerusalén después de la curación del impedido de Betesda:
“Os aseguro que quien oye mi palabra y cree en aquel que me envió tiene vida definitiva y no es sometido a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Pues como el Padre posee vida en sí, así hace que el Hijo posea vida en sí; y, puesto que es el Hijo del Hombre, le ha confiado el poder de juzgar. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que están en el sepulcro oirán su voz” (5, 25 ss). 
No hay que esperar para resucitar.
El paso de la muerte a la vida se produce desde el momento mismo de la escucha. La palabra revive y catapulta desde dentro al hombre.
Entonces Marta le contestó arrebatada: 
-Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo”
Pedro Miguel Lamet
Del libro LAS PALABRAS VIVAS (Ed Paulinas)

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Mansedumbre y cortesía

Imagen de franciscano adquirida en Asís

Me conmueve esta terracota que adquirí hace tiempo en Asís. El frailecillo que camina sobre un asno va a predicar más que con su palabra con su mansedumbre, que tiene su origen en la profunda paz del alma unida a Dios: “La paz que anunciáis con la boca, tenedla en más alto grado en vuestros corazones. No seáis para nadie motivo de ira ni de escándalo, sino que vuestra mansedumbre impulse a todos hacia la paz, la benignidad y la concordia” (TC 58). Esa quietud interior de  Francisco tiene una amplitud sin límites: aceptar el “hoy” tal como se presente, alabando a Dios “por el nublado y el sereno y por todo tiempo” (Cántico de las Criaturas); abrazar las contrariedades, viéndolas en el plan de la divina providencia. Una mansedumbre que se manifestaba también en cortesía: Como hombre de oración pensaba que “la cortesía es una de las propiedades de Dios quien, por cortesía, da su sol y su lluvia a justos e injustos, y es hermana de la caridad” (Florecillas 36).

Mansedumbre y cortesía, ¡raras virtudes en un  mundo  de vértigo y rastrera educación” ¡Qué intuición la del papa Bergoglio al elegir para sí el nombre de Francisco! “La capacidad de encontrar a las personas –ha dicho-, de encontrar a las culturas con paz; la capacidad de hacer preguntas inteligentes: ¿Por qué? ¿Tú piensas así? ¿Por qué? Esta cultura es así. Escuchar a los otros, y luego hablar. Primero escuchar, luego hablar. Esto es mansedumbre. Tú a mí no me convences, pero igual somos amigos; he escuchado como piensas y tú has escuchado como pienso. Y ¿saben una cosa, una cosa importante? Este diálogo es aquel que hace la paz. No puede haber paz sin diálogo”. Así, a paso de asno, tranquila y cortesmente, con una paz que se desborda en mansedumbre y cortesía se vive el minuto desde el tiempo sin tiempo de Dios.

M

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Relanzamiento de “El retrato secreto”

 

El tribuno romano Suetonio, historiador y poeta, es enviado de incógnito por el emperador Tiberio a Palestina para investigar sobre las revueltas de los nacionalistas zelotas y las discutidas decisiones políticas del prefecto Poncio Pilato. Durante el viaje, en el que le acompañan el filósofo Aristeo, su lugarteniente Glauco y la esclava judía Raquel, con la que mantiene una ambigua relación amorosa, se interesa por la figura y doctrina del profeta rural Jesús de Nazaret, que ha sido crucificado hace cuatro meses en Jerusalén.

Durante sus pesquisas y correrías el orgulloso y escéptico romano investiga, para elaborar su informe, a los seguidores y amigos del galileo: desde Zaqueo a Pedro, pasando por María de Magdala, Andrés, Lázaro, Juan, Leví Alfeo, Nicodemo y la propia madre de Jesús, junto a la anónima gente del pueblo, así como las claves más significativas de la historia, la cultura y la política de la sociedad judía del momento.

Pedro Miguel Lamet nos traslada en esta novela a la tumultuosa historia del país de Jesús bajo el dominio del Imperio romano, y, mediante el viaje iniciático de Suetonio, nos ofrece, con viveza y rigor, un perfil humano y espiritual del fundador del cristianismo, basado en las más recientes aportaciones y descubrimientos sobre el Jesús histórico.

COMENTARIOS Y RECENSIONES

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Déjame que recline la cabeza

Para nuestro mundo agobiado y para tanto corazón entristecido, siempre he encontrado mucho consuelo  en la imagen de Juan, el discípulo predilecto, con su cabeza reclinada sobre el pecho de Jesús. De hecho este es el bajo relieve que, en version ingenua y sencilla, tengo sobre mi cama.

Hoy en plena Semana Santa le dedico este soneto:

DÉJAME QUE RECLINE LA CABEZA

 

Para seguir la huella de mi suerte

y descubrir el gozo de la vida,

penetrar necesito por tu herida

hasta el misterio oculto de la muerte;

 

para buscar la clave de esta fuerte

tensión entre el amor y la partida

de todo cuanto huye y cuanto anida

en un mundo vivo y a la vez inerte,

 

déjame que recline la cabeza,

cansada de pensar en esta noche,

sobre tu pecho lleno de dulzura

 

y, como a Juan, alumbra la certeza

de una luz que brilla a medianoche

porque solo la enciende tu ternura.

 

Pedro Miguel Lamet

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