¡Qué bien que me estoy muriendo con el feliz pasar de cada día! ¡Qué hermosura y cuánta algarabía saber que ya “soy” porque me estoy yendo
de mi pequeño yo, que nunca entiendo, y alcanzar al fin la gran sabiduría! Pues, al caminar por esta tierra fría, vislumbro en su belleza aquel estruendo
que será sumergirme en tu regazo del que nací eternamente tuyo, como chispa de amor vuelve a su esencia
y culmina su andar con un abrazo. Por eso aquí y ahora solo intuyo que ya estoy nadando en tu presencia.
En estas horas amenazadas por la incertidumbre de una guerra gratuita, que tiene visos de convertirse en internacional, me han venido a la cabeza las palabras de un profeta de nuestro entorno que clamó toda su vida por la paz: José María de Llanos, SJ, el cura de El Pozo del Tío Raimundo. No era raro que José María, personalmente lacerado por la contienda en la que murieron asesinados sus dos hermanos, y él mismo, tras capellán de la Falange, hiciera una opción heroica por los maltratados por la injusticia del cinturón de Madrid, estuviera durante toda su vida obsesionado por la paz.
Por eso quizás tenía carnet de ciudadano del mundo; levantaba en sus escuelas cada día la bandera de un país distinto y, entre sus muchos libros, dedicó uno al tema: Un plan de paz (Colección Justicia y Paz, PPC, Madrid, 1972). Después de definir lo que no es paz, su escrito se centra sobre todo en la educación. La paz no es el orden público; la paz cristiana es contradicción, prueba, lucha y cruz.
«Se hace paz haciendo al hombre» gracias a una educación que no es información o adiestramiento para vivir mejor, sino «haciendo al hombre cada día más él mismo». «El hombre de paz —escribe— no es aquel que puede asemejarse a la bestia mansa que acepta porque no puede sino aceptar el estímulo del látigo, aquello que desde fuera se le impone; el hombre de paz es, en cambio, el que encuentra la paz y la valora desde dentro de sí, desde su luz y su dominio, desde su responsabilidad y convencimiento, desde su libérrima aceptación, desde su convencimiento nacido del autogobierno». Supone una labor educativa que sublima la agresividad, encaje la tendencia a la posesión, promueva la aceptación del otro y los otros, aleje de la miseria y la cobardía y conduzca hacia la justicia y libertad. El hombre nuevo solo se construye desde la profundidad de cada persona, en su interior, ampliándose por el conocimiento y con una religión que lo pacifique consigo mismo, con su entorno y con su misterio.
Una meditación para esta Cuaresma. Hay unkoan en el Zen, cuyo contenido puede ayudarnos a ver claro: “Cuando nace una flor es primavera en el universo”. Todo está conectado. Cada brizna de ser repercute en todo el Ser, o mejor es Ser.
También la ola de la foto. El místico benedictino Willigis Jäger tiene un libro titulado La ola es el mar. Nos creemos separados, en competencia, en lucha por sobrevivir. Pero si miro hondamente, solo soy una ola o una gota de ese mar.
“Si nos imaginamos la realidad primera como un océano inmenso –escribe Jäguer—, nosotros somos algo así como las olas de ese mar. Si la ola tiene la experiencia “soy el mar”, aún hay dos: ola y mar. Pero en la experiencia mística se traspasa también ese dualismo.
El yo de la ola se diluye y, en su lugar, el mar se experimenta como ola. Se experimenta en la unidad de ambos y como unidad de ambos. Este paso no lo lleva a cabo el místico, sino que le sucede. Ya no mira la realidad como un ente frente a él; no la ve, por así decir, desde el exterior, sino que la experimenta desde el interior.
Utilizando esta imagen, experimenta que todo es ola y océano a la vez. Todo es manifestación de la Realidad Una. Y, como todo es revelación de la misma realidad, también hay una compenetración absoluta de todo. El mar son todas las olas, y todas las olas son una unidad”.
Se trata de un gran descubrimiento, porque en un instante se desvanece el miedo al futuro, el pavor a la muerte y la conciencia de limitación. Si lo pasas mal, es porque te crees separado, un barco a la deriva, sin ancla ni puerto, “un ser para la muerte”, como decía Heidegger. Pero cuando, gracias a la contemplación (sin pensamiento, sin la paliza de la mente que te da la tabarra para dar realidad a lo que no la tiene), te ves uno con Dios; no hay ayer ni mañana, ni tiempo ni muerte, solo Mar.
A veces se manifiesta bravío, en otras ocasiones calmado, porque estamos dentro de la película, de la manifestación o el “sueño” o el “gran teatro del mundo”. Si cierras los ojos y sientes la energía dentro de tu cuerpo relajado, a la que sí perteneces, sabes que eres un resplandor, una ola del océano, una chispa de la luz; despiertas y toda angustia acaba disipándose. La flor se sabe jardín, la ola mar. Luego, es cierto, volveremos a distraernos con el ruin detalle de cada día; pero bastará cerrar los ojos y respirar hondo unos minutos para pacificar el alma.
Ver hoy día un telediario es casi como tragarse una película de terror y últimamente de ciencia ficción. Con la diferencia, eso sí, de que no se trata de ficción cinematográfica, sino de hechos reales. Recuerdo que, cuando yo estudiaba periodismo, los crímenes pasionales, las historias truculentas y sanguinarias, las puñaladas traperas y las relaciones inconfesables no merecían sino un “suelto”, una breve gacetilla en los rincones de los periódicos. Si se quería profundizar en tan morbosas historias, había que comprarse semanarios especializados como El Caso, auténtico pozo negro de aquellas noticias.
Lo curioso es que tales informaciones, que, por su carácter de no ejemplaridad, no ocupaban mucho espacio en los periódicos, están ahora en primera plana. Se aduce que son “violencia de género”, o que son “noticia”, como el caso de la desaparición o asesinato de niños, o que “venden”. Encima, algunas televisiones se regodean después en unos ululantes debates, revolviendo más y más dicha porquería. Conozco a muchos que apagan los telediarios porque su psique no aguanta más.
Si pasamos a la información política, económica e internacional, observamos que hay como un deleite en transmitir la negatividad que vive nuestro mundo. Es cierto que hay crisis económica, que a menudo hay guerras y desigualdades, que el planeta se deteriora, que crecen los nacionalismos, que la sociedad del bienestar está seriamente amenazada, que aumenta el número de dictaduras y la corrupción, etc. Pero parece que nuestra gente está siendo minada en su subconsciente con cargas de profundidad negativas.
Quizás el hecho de que salga el sol todos los días y que el tendero de la esquina nos cuente un chiste no sea noticia, de acuerdo. Pero sí lo son los miles de jóvenes que trabajan en ONG, así como los médicos y las enfermeras que se dejan la piel. Ahora, como nunca, la gente dona órganos o un buen sector de la sociedad está indignado con la corrupción política y quiere cambiar nuestro mundo. Solo por citar algunos ejemplos de esa otra cara alegre del planeta que parece no interesar al hambre de truculencia que nos domina.
Vivimos tiempos de huracanes y turbulencias: atmosféricos, políticos, sociales, personales. En medio de esas circunstancias es fácil participar de una sensación difusa de angustia, a la que se une la invasión de una chismosa mente que nos torpedea. ¿Puedo así ser feliz o al menos estar en paz?
El día en que ves claro que tú no eres el personajillo que se debate en los quehaceres cotidianos de bien y mal, amor y desamor, alegría y tristeza, noticias malas y buenas, sino que eres el yo real que reside en tu interior, la vida se realiza y sobreviene la paz.
Pero eso no significa que cese el sufrimiento.
Mientras vivamos en la relatividad del espacio y el tiempo, vendrán historias luctuosas, días buenos y malos, el sube y baja de la limitación.
La diferencia es que podrás mirar el dolor como desde un palco.
En la superficie, el mar o la atmósfera estarán calmados o turbulentos, con olas suaves o encrespadas. Pero en el fondo el mar quedará siempre imperturbable, quieto, eterno, pleno; y allá arriba sigue el inmenso cielo estrellado. Las olas y el viento pueden zarandearte. Tú, ¿podrías limitarte a salir fuera de todo eso sin juzgar? Permanece atento.
Algunos místicos enseñaron que hay que despreciar el ‟afuera», ese vaivén de las olas, el flujo y reflujo de la marea, la temporalidad.
Pero las olas también son parte del mar. Es bella la quietud del mar ensangrentado del crepúsculo. Y también es bella, aunque dura, la tempestad y la galerna. Si conoces el juego y la variedad de colores, disfrutarás «a tope» de ambas.
La clave es verlas desde el fondo, implicándote lo justo, como quien contempla la catástrofe del Titanic desde la butaca del cine. Se asusta, pero no del todo, pues sabe que no es más que un film. Estás y no estás. Mientras exista este universo, estará presente la turbulencia, que también es bella y tiene sentido, si se mira desde el silencio del fondo, desde su función en el universo. Tendrás que luchar para cambiar lo cambiable, claro. Sobre todo, debes prevenir los accidentes que provocan los ciclones, las danas, las injusticias y las enfermedades y urgir esos cambios a los responsables. Pero al final no puedes parar el huracán.
Eso sí, puedes espiritualmente hacer surfing sobre él, o bucear más abajo, conectándote con la presencia que habita dentro, con su silencio, el mar y el firmamento de energía sin apellido que lo origina y al que perteneces.
Fernando Vidal, que coordina un grupo de oración en la parroquia San Ignacio de Loyola en Madrid, ha publicado este folleto, «Orar con Pedro Miguel Lamet«, donde elige algunos textos míos, ilustrados con música y dibujos para la meditación que tuvo lugar el 24 de enero. Fue una increíble experiencia de silencio y contemplación, que nunca olvidaré. He aquí el citado folleto por si os sirve:
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«Yahvé es tu guardián, tu sombra; Yahvé está a tu derecha.» (Sal 121, 5)
Al lado, inseparable, al tamaño de mí, hecho a medida e inmenso como el hueco que llevo dentro ardiendo.
Él vive junto a mí. Él es mi sombra.
Aquí, entre estas páginas, rompiendo la penumbra de la tarde, allí, junto al volante, copiloto. Más grande que los montes y menudo, para el bolsillo, oculto en ese afable rumor de pipa y de cerillas.
Él vive junto a mí. Él es mi sombra.
Lo ignoran los viandantes, se oculta tras semáforos, despide olor a Metro y vende «magazines» por las tardes, imposible de ver sentado en un kiosco.
Se duerme en aquel banco, lleva un casco de guardia y una boina. Vocea por las calles sus tiovivos y antorcha, con la muerte, es su despido de lágrima y pañuelo todo madre.
Él vive junto a mí. Él es mi sombra.
Y miro al rascacielos encerrado entre grises paredes de silencio. Levanto la mirada hacia los postes, que marcan la tardanza y el camino, y escucho el traqueteo entre dos soledades del viaje que va dejando el rastro de mi paso.
Ni el tiempo es oro, como dicen los ingleses, ni el tiempo existe en realidad.
Nosotros somos el tiempo, los que le prestamos su densidad, su efectividad, su dolor o alegría.
Más que “un tiempo para cada cosa”, como dice el Eclesiastés, hay un “hombre para cada tiempo”, porque el reloj que funciona es el interior.
Por eso tampoco es fuera, sino dentro, donde hace buen o mal tiempo. Dominado o drogado por su reloj tirano (ganar dinero, tener cosas, éxito y placer o lo que cree que es placer), el hombre de hoy no parece tener tiempo para nada. Su ritmo corre tan apresurado que no deglute la vida, la vida se lo come a él.
Los filósofos aseguran que el tiempo es un ente de razón. Pero basta con echar una ojeada a una aldea de montaña o pueblo perdido de pescadores y comparar su tiempo con el de Wall Street o del Metro de Sol a una hora punta para percibir la diferencia.
El hombre de las redes sociales, el móvil, el ordenador portátil, el lunch, la huida del fin de semana, piensa que está conquistando su vida. El crac de la economía de mercado es como un termómetro de su absurda carrera hasta convertir por ambición el dinero en virtual, en nada.
Respira y conecta con el no tiempo.
Ese instante, ese “ahora” te abre al infinito, dondequiera que estés.
Esa es nuestra naturaleza real, la que permanecerá cuando acabe esta película o apariencia de la vida.