Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Autoliberación

La esposa prestada

Si cierro los ojos, salto al vacío que hay detrás, descubro que soy sin límites

Cuando me despierto de un profundo sueño es como si naciera de nuevo. Arranco a la vida en la mañana y eso a veces me genera pesadumbres. Se agolpan las preocupaciones, responsabilidades, miedos sobre el futuro.
Y sobre todo la gran pregunta: ¿Quién soy yo?

Leo en un libro de Sri Nisargadatta Maharaj, uno de los sabios orientales más profundos, el siguiente diálogo:
MAESTRO: ¿Qué conocimiento quiere usted?
DISCÍPULO: Mi verdadero Sí mismo.
M: Mientras piense que el cuerpo es usted, usted no obtendrá el verdadero conocimiento. En marathi hay una frase, “la esposa prestada”, la que tiene que ser devuelta. De modo semejante este cuerpo es una cosa prestada; usted tiene que devolverlo. Esta identidad con el cuerpo tiene que partir.
D: ¿Cómo va uno a lograr deshacerse de esta identificación?
M: Pruebe a investigar los estados de sueño profundo y de vigilia. Éstos están sujetos al tiempo. Sin la experiencia de los estados de vigilia y de sueño, pruebe a explicar lo que usted es.
D: Entonces yo soy sin palabras.
M: ¿Está usted seguro? Los Vedas también dijeron “Esto no es, eso no es”, y finalmente guardaron silencio, pues ello es más allá de las palabras.

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Soy amor sin saberlo

Cuando hablamos de amor solemos referirnos a la consecuencia, a la concreción del amor. Casi nadie se da cuenta de que el amor estaba ya dentro de mi como una antorcha secreta en el fondo de la cueva antes de que nadie, ni siquiera yo mismo supiera verlo.

Sólo cuando un día se abre paso al exterior, porque algo o alguien lo llama, sale de la cueva.
Entonces solemos llamar amor a la manifestación del amor.

Es decir, caemos en la cuenta de que el amor existe en mi cuando lo movilizamos, cuando la antorcha se abre paso en medio de la oscuridad.

No sabíamos que el amor es la conciencia de unidad que está siempre en el fondo sin saberlo.
Saber que soy uno con el universo es amor.
Lo que llamamos amor es esa tendencia de la parte a juntarse con el todo; la necesidad de la antorcha de salir de la cueva para recuperar su identidad en la hoguera total.

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Soledad acompañada

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Hoy la gente sufre mucho porque se siente sola.

En la gran ciudad, rodeados de cientos de miles de personas andamos muy solos, como sonámbulos, como sombras.
Hiperconectados con internet, móviles, nuevos medios de comunicación, sentimos la gélida tristeza de no tener a nadie que nos quiera. Parece como si no hubiera nadie detrás del hilo o las ondas electromagnéticas.
Pues bien, eso es mentira..

Repito: ¡No es cierto!
No estoy solo.
Alguien me escucha, me coge de la mano, me acompaña.

Lo he visto en el amanecer y en el fondo de la transparencia perfecta de un vaso de agua. Me falta mirar con atención. Si me fijo, ese “algo” está detrás del accidente del amigo y del abandono del esposo. Hasta en la muerte del hijo y el frío que me saluda la mejilla cada mañana. En los imperceptibles latidos del campo y cuando hueles una manzana y sorbes con los labios la espuma de la cerveza… ¿No lo notas?

Cuando esa energía cálida se te haga presente, la percibirás en el fluir de tus venas y en los viejos recuerdos del trastero; en el beso del ser amado y el seno oscuro de la noche. También, cuando estás sin nadie. ¿No lo oyes? Si dices, ‟¡qué vida esta!”, es que no has mirado bien.

Si estás atento a tu corazón, escucharas una secreta fuente, ‟aunque es de noche”.

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Afinar el violín

Armonía con el universo


La tarea de una vida es como la de un gran músico con su violín. Tiene que afinarlo para que alcance la gran armonía con toda la orquesta. Cuando suena así, a su tiempo, sin desafinar, contribuye al milagro artístico de la sinfonía.


Afinar el ego no es hacer mortificaciones, ni negarse a la vida, ni renunciar a nada. Es ser capaz de ir más allá de él mismo y observarlo. Cuando se armoniza con la sinfonía, él sólo se afina, ocupa su puesto con el acorde justo.
Lejos de lo que mucha gente cree, esto no es un acto de voluntarismo.


Es dejarse ser, no poner trabas, perderse en el maravilloso poema sinfónico de la vida. Como un pétalo, un árbol, un valle, un ave, un insecto, un río o una montaña, el ego tiene también su papel en el poema del universo.
El concierto se estropea cuando un instrumento se empeña en destacar en todo momento o cuando suena cuando no le corresponde entrar en la partitura. No hay como mirar a los ‟famosos”, determinados políticos, modelos, periodistas, escritores y estrellas de cine que no paran de figurar. Es el ego ridículo que dice ‟aquí estoy”.


Afinar el ego es hacerlo tan sutil que no estorbe con sus condicionamientos, que no son más que creaciones de su mente, y resituarlo para que deje ver.. y escuchar la armonía del resto del universo.

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Los pies en el escenario

Representación de El Gran Teatro del Mundo

No nos equivoquemos. Un día puedes tener un resplandor de luz. Relativizas el trajín de cada día y te dices, ‟la vida es otra cosa”. Pero desengañémonos, mientras vivimos, no podemos prescindir del personaje que estamos representando en el Gran Teatro del Mundo. Y a veces llegamos a creer que somos realmente ese personaje, el ego pequeño: el futbolista, el ingeniero, el funcionario, la seductora, el poeta o el albañil.


No hay teatro sin personajes. Tenemos que interpretar algún papel para vivir, si no, estaríamos muertos. Cualquier día te das cuenta y dices: ‟¡Caramba si era sólo un papel!” Eso ocurre, cuando te apercibes de que llevas una máscara, un disfraz. Y cuando te has fundido con algo que trasciende lo anecdótico, un fuego impersonal que quema el ego, descubres lo que realmente era: un pensamiento, un sueño, un parpadeo en la pantalla de cine.

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Dios me canta una nana

Nana frente al mar. Oporto, 2013

El niño duerme, el mar está bravío. Las olas braman, la madre vela sus sueños.
Así mi vida. El mundo que nos rodea se encrespa con noticias inquietantes: pandemia, guerra, hambre, paro, crisis de valores, inestabilidad mundial, amenazas económicas, miedo al futuro.
Pero Dios padre y madre vela mi sueño.


“Como un niño en los brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí!” (Salmo 131)
Y Él me canta:

NANA DE LA ETERNIDAD

Duerme mi niño, que la vida es buena,
tu cuna es una barca que yo te mezo
y el viento de este mundo sólo es el beso

que posa en tus mejillas toda la Tierra.
No llores ni te inquietes, solo contempla
todo ese mar profundo que llevas dentro.
Pedacito de mí, tu alma anda llena
del amor  infinito de los pequeños, 

pues quise andar sobre él en la galerna
y dormir en la popa con el mal tiempo.
Ni el dolor ni la muerte te darán pena
Descansa en mi del todo, siéntete eterno.

A la nana nanita, nanita ea.
Que mi niño se duerme bendito sea.

Pedro Miguel Lamet
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La primavera de dentro

“Cráter de amapola”. ©PMLamet.

            Este año de pandemia lo hemos vivido como un duro invierno, una obligada cuaresma mundial. Decía Gustavo Adolfo Bécquer, que “mientras haya en el mundo primavera, habrá poesía”. En lenguaje cristiano diríamos que mientras un hombre sea capaz de superarse a sí mismo brillará en el mundo la Pascua de Jesús. Todo florece a nuestro derredor como un himno a la vida. ¿Por qué nosotros no lo hacemos?

            Hay una fuerza en el corazón de las cosas que las anima a seguir adelante: Cortas un árbol y vuelve a renacer, desvías un río y encuentra salida rumbo al mar, se pudre la semilla y da flor y fruto. Solo el hombre es capaz de hundirse en su depresión y acabar por no levantar cabeza. Nuestro “personaje”, el que nos da la tabarra desde la mente, se regodea en las ideas negativas, el sentimiento de culpa, el “estoy acabado”, “no sirvo para nada”, “nadie me quiere”, “voy a la bancarrota”, y si no tiene ningún dato objetivo se lo inventa. Vive de esa contaminación mental y su tristeza hasta intentar destruirse a sí mismo.

            Recuerdo uno de los cuentecillos de Tony De Mello, que viene al caso:

 Un visitante de un  monasterio se sintió especialmente impresionado por lo que él mismo denominó el “resplandor” del Maestro. Un día en que se encontró con un viejo amigo de éste, le preguntó si conocía la explicación de dicho fenómeno.

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No dejes, soledad, de acompañarme

Entre los solitarios de hoy día hay dos especies: los que se deterioran por la soledad y los que crecen en la soledad. La diferencia se produce con una sola palabra: “conexión”. Si no hay conexión de amor maduro con los demás (familia, pareja, amigos), es indispensable la conexión interior: el descubrimiento con el centro de las diversas capas de la “cebolla”, lo hondo de nuestra conciencia.

Las diversas formas de meditación han descubierto, que allí en lo profundo siempre estamos bien. Al taladrar hasta el fondo de la conciencia, gracias a la soledad, el silencio, la escucha y la contemplación de la naturaleza, uno puede encontrase con un horizonte sin tiempo, donde la culpa por el pasado y el miedo al futuro se desvanecen, porque conectamos con un “ahora” sin límites, donde todo está bien. Así se han realizado algunos grandes hombres, sean santos, científicos, filósofos, creadores literarios…

Es más, sin un tiempo de soledad, incluso quienes tienen la suerte de mantener buenas relaciones, no pueden lograr ser ellos mismos, pues se convierten en víctima del oleaje exterior y pueden sucumbir en la tormenta de la ansiedad, la angustia o el absurdo. Todo el mundo necesita un tiempo de buena soledad. Pues la verdadera y funesta soledad es “no poder hablar con tu corazón”.

                Por ejemplo, un poeta soldado del mil quinientos, Hernando de Acuña, que luchó en la batalla de San Quintín, tiene un soneto a la soledad, del que copio aquí su primera estrofa:

Pues se conforma nuestra compañía,
no dejes, soledad, de acompañarme,
que al punto que vinieses a faltarme
muy mayor soledad padecería
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Soy mar, soy armonía

SOY MAR

Soy  Mar, en un Cádiz todo horizonte. Dios  quebró mi pierna, me dejó con un pie en el mundo, el otro, el enfermo, en el cielo: S.J. Creo en el hombre, que es un modo de creer en Dios y en la poesía, vestíbulo de la mística, del Jesús amigo.

SOY ARMONÍA

Esta foto de la Vía Láctea tomada una noche de verano  nos evoca a Pitágoras, el filósofo y matemático de Samos, que unos 400 años ante de Cristo,  enseñaba:

  Si se os pregunta ¿en qué consiste la salud?, decid: en la armonía. ¿Y la virtud?, en la armonía. ¿Y lo bueno?, en la armonía. ¿Y lo bello?, en la armonía. ¿Y qué es Dios? Responded aún: la armonía. La armonía es el alma del mundo. Dios es el orden, la armonía, por lo que existe y se conserva el Universo.

Una de las más recientes teorías físicas describe a las partículas elementales no como corpúsculos, sino como vibraciones de minúsculas cuerdas, consideradas entidades geométricas de una dimensión. Sus vibraciones se fundan en simetrías matemáticas particulares que representan una prolongación de la visión pitagórica del universo y la recuperación, en la más moderna visión del mundo, de la antigua creencia en la Música de las Esferas.

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