Desde el cráter de una flor

Hay un koan japonés (frase enigmática que se repite en la meditación para alcanzar la luz interior) que dice: “Cuando nace una flor, es primavera en la universo”. Y es que basta con sumergirse en una parte, un detalle, una brizna del cosmos o una margarita, como la de la foto, para penetrar en el Todo. El Universo entero está conectado al Uno o es su reflejo.

A veces usamos las margaritas para adivinar algo: “Me quiere, no me quiere, me quiere…” Pero no podemos apresar su belleza. Decía Tagore: “Aunque le arranques los pétalos, no quitarás su belleza a la flor”. Porque la belleza es el fulgor con que brilla la verdad secreta de este mundo, el arte una manera de desvelarla, y la iluminación el modo de llegar a comprenderla.

Para despertar debemos aprender a “mirar el mirar”. Basta una pequeña ventana, el cráter de una flor, la lágrima de un niño, el salto de un gorrión, la llama de una vela, la mirada de amor, la arruga de un anciano, la gota de rocío, o el silencio de dentro después de haber mirado y cerrar los ojos.

Valga como síntesis este soneto:

DESPIÉRTAME

Para nacer de nuevo en la mirada

y destapar el alma de la vida

que se oculta debajo de esa herida

del dolor, el absurdo y hasta la nada;

para sentir la sangre emocionada

que en el fondo del Ser ríe y anida

con un sabor a gloria y despedida

de este mundo de tiempo y alborada,

despiértame al secreto de la rosa,

sumérgeme en tu mar por un segundo

desde el cráter feliz de cada cosa,

haz que abrace el amor a lo pequeño

para saber que soy en lo profundo

un rayo de tu sol y de tu sueño.

Pedro Miguel Lamet

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