Queridos lectores y amigos:
Os ofrezco la reseña de mi último libro, El Sicómoro, que Mª Dolores de Miguel Poyard ha publicado en la revista Sal Terrae, Agradezco esta nueva y sensible mirada sobre mi obra.
PEDRO MIGUEL LAMET, El sicómoro. La buena noticia según Zaqueo, Mensajero, Bilbao, 2026, 238 pp.
En esta novela bíblica se recrea el encuentro de Jesús con Zaqueo, narrado en Lucas 19,1-10. Considerado un Evangelio en pequeño, contiene en síntesis la buena noticia del Reino: ««e venido a salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10).
Esta obra se presenta a modo de autobiografía novelada, narrada en primera persona por Zaqueo, el protagonista. Consciente de su debilidad y guiado por el Espíritu, inicia un largo proceso de conversión: «Un persistente sentimiento de culpabilidad me iba royendo el alma y turbando más mis ya desveladas noches (…) El oficio de archipublicano se iba haciendo cada día más repugnante. (…) En mí se daba la gran paradoja de tenerlo todo y no tener nada» (pp. 50, 53 y 99). El sicómoro, que da título al libro, se convertirá «en el árbol sagrado de la Buena Nueva, el árbol de la vida» (pág. 176), sacramento de ese encuentro de Zaqueo con el Señor.
A lo largo de los capítulos y en sucesión cronológicamente lineal, se desarrolla este itinerario fascinante y liberador. Y como telón de fondo, el contraste entre la mirada del mundo y la de Dios: ««ara él lo débil es fuerte; lo pobre, rico; lo pequeño, grande. A los que se tenían por justos y despreciaban a los demás quiso darles una lección con la parábola de un publicano (pág, 109).
Cuando Zaqueo era considerado un ser despreciable, el Señor se fija en él y, sorprendentemente, lo elige para hospedarse en su en su casa; todo un acontecimiento absolutamente inenarrable: ««na alegría limpia y completa bañaba mis adentros; no me importaba el pasado ni el futuro, sino aquel «ahora» lleno de belleza, que sentía como un agujero abierto a la eternidad. ¿Qué había visto en mí? Me sentía feliz y a la vez anonadado. (…) Con qué orgullo siento aún el timbre de su voz acariciando mis oídos: «También él es hijo de Abrahán. (…) En su mirada atisbé la eternidad, y en la voz vibrante de Jesús recobré mi verdadera esencia, mi niño interior. La mirada de Jesús lo hizo todo en mí (pp. 171-172 y 220).
Obra de madurez, el autor, jesuita y escritor, suma a la belleza literaria y al interés de la trama la profundidad espiritual, con reflexiones cargadas de sabiduría: ««olo cuando aprecias la profundidad del vacío, el agujero del vivir, puedes gozar de la plenitud a la que, sin saberlo, perteneces desde siempre (pág 221). Toda una descripción del recorrido interior en medio del desierto: ««quella inabarcable soledad escarbaba en mi interior un de recóndito lugar dentro de mí, hasta encontrarme poco a poco en un vacío que a la vez parecía estar extrañamente lleno. Como si la nada me hablara en el centro del miedo. Como si me encontrara en el más vasto y emocionante tabernáculo del universo. (…) Por primera vez sentí el revés de todo, la voz de la nada, un oculto regazo donde acurrucarme. Comprendí que el silencio es el matraz donde se cuece el yo verdadero (pp. 158-159).
Un relato bien documentado, donde los hechos se enmarcan en el contexto sociocultural del siglo I en Jericó, bajo la dominación de Roma. El relato se entrelaza con variedad de escenas y personajes bíblicos de ese tiempo, como, por ejemplo, la resurrección del hijo de la viuda de Naín; la vocación de Mateo, el publicano; la curación del siervo del centurión… A lo largo de sus páginas, bulle la vida diaria, transida de esperanza: «Este escrito rebosa vivencias, momentos insignificantes y cotidianos con los que está trenzada la entera historia que vais a conocer. (…) Hay un trasfondo misterioso detrás de cada una de nuestras alegrías y adversidades. Sentí qque,más allá de lo que vemos, palpita un amor oculto, una providencia» (pp. 12 y 166).
En las descripciones, las frases se derraman como en un caleidoscopio de sensaciones; todo un lujo para los sentidos: «Era un día transparente, olía a hierba húmeda, como si un aire de estreno acariciara el jardín. El rocío llamaba a los insectos desde la piel de las rosas, y los pajarillos revoloteaban o picoteaban en el agua de las fuentes» (pp. 59-60).
El protagonista, inmerso en la profundidad de sus pensamientos y emociones, conecta con la inmensidad y grandeza de la naturaleza y se funde con ella. Sensible a su misterio y belleza, que le trasciende y eleva, su estado de ánimo se proyecta sobre el paisaje: ««a luna peinaba de palidez e incierto resplandor los oscuros árboles del valle. Seguíamos siendo niños solitarios y frágiles ante los insondables enigmas de la vida y la muerte. (…) La inmensidad del firmamento relativizaba con su negra quietud las disquisiciones de mi mente. (…) ¿Cuáles eran mi camilla, mi enfermedad, mi parálisis? El viento entonaba la misma reiterativa canción de soledad entre las palmeras. (…) Dios nos sigue llamando a sintonizar con el vibrante himno que cantan todas las cosas” (pp. 70, 113, 123 y 219).
La Palabra, recreada en esta obra por la mirada del artista, se revela ante nosotros en toda su belleza y fuerza evocadora. Un buen libro para vivir y compartir.
Mª Dolores de Miguel Poyard
(SAL TERRAE 114 (Septiembre 2026) pp. 757-767.
