En esta noche tibia, quieta y llena de un temblor de palabra y despedida, de soledad y amor el alma herida celebras tú, Jesús, la última cena.
Compartes con el pan esa honda pena del sin sentido, la angustiosa vida que es fracaso, dolor, obra incumplida, y el vino de tu sangre nazarena.
En esta hora de la confidencia, cuando Judas se hunde en su amargura y Pedro negará en un corto trecho
cuanto aprendió a tu lado de dulzura, déjame que ahonde en la experiencia de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.
FLOR DE VIERNES SANTO
De mi fuego a tu fuego hay un paso que es la noche profunda del que mira por encima del odio y de la ira y se enciende de amor en el fracaso.
De mi noche a tu noche hay un ocaso que es derrotar en silencio la mentira y abrazar en tu muerte cuanto aspira a alcanzar en su luz aquel traspaso
del miedo que descubre la alegría. Va mi alma contigo ensangrentada por las calles del mundo tras el llanto
de todos cuantos llevan por tu vía aquella cruz tan dura y tan pesada que llegó a florecer en Viernes Santo.
PALABRAS DE MARÍA DOLOROSA A SU HIJO MUERTO EN LA CRUZ
¿Qué te han hecho, Jesús, hijo del alma? ¿A dónde el odio y la envidia te han traído, que tu cuerpo te sangra malherido y una espada atraviesa mis entrañas?
¿Dónde fueron las risas de aquel niño que jugaba en la puerta de mi casa? ¿Dónde partió mi joven carpintero, dónde, muerto José, mi único amigo?
Te ha matado el poder, la fuerza bruta que no sabe de luz, que solo mata. Ya no puedo escuchar tu voz bendita ni puedo acariciarte con mis nanas.
El tiempo se ha parado, todo es noche, tus discípulos todos han huido. No hay consuelo ni alivio. Pon tu calma en medio del dolor, mira qué frío
llena al mundo de miedo y pesadumbre. Todo pide que vuelvas con tu Pascua. Resucita, Jesús, en tus hermanos vuelve otra vez a tus campos y tu barca.
Siembra entre los hombres el alivio de saber que la vida es tu Palabra. Repártenos tu Pan, danos tu Vino, confirma que el Amor todo lo salva.
¡Vuelve a mostrar de nuevo tu camino! ¡Ven, Jesús, resucita! ¡Maranatha!
SABIDURÍA DE VIERNES SANTO
Enséñame a morirme cada día porque sigo enganchado a la creatura y tengo miedo a esa noche tan oscura en que deje este mundo y tierra mía.
Tengo miedo al desagarro y a la fría soledad de quien triste se apresura a romper con el tiempo que no dura y a ignorar si le espera la alegría.
Desde tu cruz, enséñame el camino para vivir muriendo a la apariencia y amar lo que respira entre las cosas
que así hallaré por ti un sabor divino y la luz que trasciende toda ciencia en el secreto oculto de las rosas.
Fernando Vidal, que coordina un grupo de oración en la parroquia San Ignacio de Loyola en Madrid, ha publicado este folleto, «Orar con Pedro Miguel Lamet«, donde elige algunos textos míos, ilustrados con música y dibujos para la meditación que tuvo lugar el 24 de enero. Fue una increíble experiencia de silencio y contemplación, que nunca olvidaré. He aquí el citado folleto por si os sirve:
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«Yahvé es tu guardián, tu sombra; Yahvé está a tu derecha.» (Sal 121, 5)
Al lado, inseparable, al tamaño de mí, hecho a medida e inmenso como el hueco que llevo dentro ardiendo.
Él vive junto a mí. Él es mi sombra.
Aquí, entre estas páginas, rompiendo la penumbra de la tarde, allí, junto al volante, copiloto. Más grande que los montes y menudo, para el bolsillo, oculto en ese afable rumor de pipa y de cerillas.
Él vive junto a mí. Él es mi sombra.
Lo ignoran los viandantes, se oculta tras semáforos, despide olor a Metro y vende «magazines» por las tardes, imposible de ver sentado en un kiosco.
Se duerme en aquel banco, lleva un casco de guardia y una boina. Vocea por las calles sus tiovivos y antorcha, con la muerte, es su despido de lágrima y pañuelo todo madre.
Él vive junto a mí. Él es mi sombra.
Y miro al rascacielos encerrado entre grises paredes de silencio. Levanto la mirada hacia los postes, que marcan la tardanza y el camino, y escucho el traqueteo entre dos soledades del viaje que va dejando el rastro de mi paso.
La bruma es azulada, del color de diciembre, como andar por la vida donde tienen los hombres apariencia de sombras sin saber dónde van entre los árboles. Quizás también un punto a veces encendido, como un fuego lejano casi siempre apagado.
En la bruma los besos sabor tienen a brea a helada soledad y también las palabras que dicen su querencia cuando rozan lo eterno a estopa saben, a cosa pasajera.
Todo palpita con un deje aterido a incierta presentida muerte, frágil vuelo de hoja que sabes va a caer llevada por el viento.
Porque azul es la bruma, por eso transparente, con la pura inocencia de un niño tembloroso que va buscando abrazos y se bebe la vida en un vaso de niebla.
De esa bruma estoy hecho, de nubes de silencio, un borbotón de nada que anhela ser del todo, una ceguera lúcida que no ve lo que siente.