Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Sociedad

Teresa de Jesús: mujer libre e iluminada

Me preguntan en la redacción de El Cultural qué puede fascinar de Teresa de Jesús a un joven de hoy desde la perspectiva de la fe.

En las escasas líneas que me conceden, diré en primer lugar que “la mujer”. En una época de marginación absoluta de las féminas, Teresa, enorme lectora y mejor autora, funda las descalzas, se enfrenta a los calzados, se cartea con Felipe II, sortea a la Inquisición y escribe con valentía que las mujeres tienen más fe que los hombres hasta afirmar:” ¡No somos tan fáciles de conocer las mujeres!, que muchos años las confiesan, y después ellos mismos se espantan de lo poco que han entendido”.

Si Hernando de Talavera le escribe a Isabel la Católica que “comúnmente las mujeres están y fueron hechas para estar encerradas e ocupadas en su casa, y los varones para andar en procurar las cosas de fuera”, la andariega atraviesa España fundando en una carreta. Cuando escribí mi novela biográfica sobre san Juan de la Cruz, me sorprendió cómo éste estuvo siempre a sus órdenes, como toda la rama masculina del Carmelo.

No menos sorprendente es su libertad en lo espiritual. Lleva adelante su propio camino. Es cierto que se ayuda de confesores, sobre todo de los más ilustrados, dominicos y jesuitas, pero cambia con libertad y frecuencia, según lo necesita. Y no tiene miedo de plasmar sus experiencias en sus escritos, entre sospechas inquisitoriales de iluminismo.

Pero sobre todo fascina la doctora de la Iglesia (se retrasó esta proclamación hasta Pablo VI porque se pensaba que obstat sexus) como mística. En un momento como el actual de avidez de contemplación, aunque sea en calderilla, con la práctica del yoga, el zen y el mindfulness, ahondar en su autobiografía o en Las Moradas es apuntar al silencio interior, donde el ser humano puede intuir la unidad del todo y el último sentido de la vida. ”Acá no hay nada de esto, ni se ve oscuridad, sino que se representa una por una noticia del alma más clara que el sol”. Todo con los pies el suelo, sentido común y una encantadora “humildad, que es la verdad”.

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Soneto por Ucrania

SONETO POR UCRANIA

Cuando miro el dolor en la pantalla
desde el blando sillón arrellenado
y esa imagen trae justo a mi lado
la sirena, la bomba y la metralla,

el hambre, la angustia y la canalla
del terror que arranca de lo amado
la vida, la niñez y lo sembrado
en cien años de paz, mi voz estalla

en un grito de horror contra la guerra
que vuelve a destruir y a abrir la herida
de un mundo que parece enloquecido;

me pongo de rodillas y te pido,
que regreses, Señor: ¡Ven a tu tierra
y desde tanta muerte tráenos Vida!

Pedro Miguel Lamet
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Del “yo” ridículo al “nosotros” universal

Foto: “La sonrisa del emigrante” © PML

Me tropecé contigo en cualquier calle, enfrente de unos grandes almacenes, uno de esos templos heladores del consumo, de los que suele uno salir con las pupilas abotargadas de luces y colores, y me ofreciste un ejemplar de “La farola”. Y por un vil euro me regalaste con una sonrisa, que no se puede pagar con todo el oro del mundo.

En tu mirada se reflejaba una aldea perdida del África subsahariana, el bohío de tu familia con niños de vientre abultado en la puerta, desiertos, montañas, ríos, hambre, miles de kilómetros, la patera que arrojó al mar a algunos compañeros de infortunio y lo de siempre: el rechazo al diferente, la soledad del marginado, la Europa prometida para la que solamente eres un intruso molesto para esta sociedad del bienestar.

Y me vino a la mente otra sonrisa, la del papa Francisco:

“En realidad, todos estamos en la misma barca y estamos llamados a comprometernos para que no haya más muros que nos separen, que no haya más otros, sino solo un nosotros, grande como toda la humanidad. Por eso, aprovecho la ocasión para hacer un doble llamamiento a caminar juntos hacia un nosotros cada vez más grande, dirigiéndome ante todo a los fieles católicos y luego a todos los hombres y mujeres del mundo”.

Ni las naciones, ni los políticos, ni la sociedad escuchan tal llamamiento, porque esta es la sociedad del “yo”, del “ande yo caliente” en cuotas de poder, placer, vacunas, pasaportes y seguridad. ¡Y a Francisco se le acusa de “comunista” o de “ciudadano Bergoglio”, como lo llama la ultraderecha “tan católica”! ¿Por ser el buen samaritano de nuestro tiempo, por ser “el papa de los emigrantes”? “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis». (Mt, 25, 31-469).

Del “yo” ridículo al “nosotros” universal.

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Masoquismo ambiente


Veo la tele, oigo la radio, leo los periódicos y percibo detrás de las noticias un secreto masoquismo. Es cierto que todos los manuales de periodismo explican que noticia es lo que rompe la normalidad, “el hombre que muerde al perro” y no viceversa.
Pero enciendes la pantalla, y la guerra, el disturbio, el asesinato, el terrorismo, la pandemia, la violencia de género, la pederastia, la locura de algunos políticos, la sangre, la muerte y el dolor sobrenadan encima de todo lo demás. O nos anuncian nuevas crisis, prohibiciones, Brexit, muros, regodeo de los famosos en sus desgracias y desavenencias.

Recuerdo la historia de un maestro espiritual que insistía en que una de las principales causas de la infelicidad en el mundo es el secreto placer que las personas experimentan en sentirse miserables.
Y refería el caso de un amigo suyo que le dijo a su mujer:
-¿Por qué no sales y te diviertes, querida?
Ella le respondió irritada:
-Sabes perfectamente, querido, que nunca disfruto divirtiéndome.

También los creyentes hemos puesto muchas veces el acento en el pecado, la penitencia, el dolor, donde más que el arrepentimiento y el sentirse perdonado, puede la autoflagelación.
Conocí una señora que se confesaba continuamente de una culpa de juventud. Le pregunté:
-Señora, ¿por qué insiste siempre en aquel pecado?
-Porque tengo santo temor de Dios.
-Me parece, señora, que, en vez de Dios, usted se mira a sí misma.
Ese no es el Dios del Evangelio, sino una horrenda caricatura fabricada a imagen y semejanza de su yo pequeño y masoquista.

La felicidad comienza donde termina el pequeño yo y te pierdes en un yo infinito al que perteneces desde siempre.
Porque ese yo sufridor es tan chico que creemos poder controlarlo.
Salir de él y ser libre y feliz, en cambio, nos da miedo.

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Meditación ante el volcán

Formamos parte de un todo

Perplejo ante las imágenes devoradoras del volcán de la isla de la Palma, se me han ocurrido los siguientes puntos de meditación:

  1. El ser humano, a pesar de los logros alcanzados en la ciencia y la tecnología, sigue siendo un pequeño insecto en medio del Cosmos, impotente antes estos fenómenos naturales como un volcán, tifones, tsunamis, riadas, etc. ¿Por qué nos lo hemos creído y hay un orgullo posmoderno absurdo? Miro las hormigas y aprendo.
  2. El orden cósmico nos supera. Este volcán es como una cerilla que ilumina mi mente para saltar hacia el Universo y decirme: sube más allá y acepta una cosmovisión que rompe con tus criterios del tiempo y del espacio.
  3. Construimos fábricas, casas, graneros, propiedades. Nos llamamos dueños del futuro. Y en un santiamén “como ladrón” en este caso la naturaleza se lo lleva todo. ¿En dónde he puesto mi corazón?
  4. La vida humana es más importante que toda posesión material. Pero aun esta siempre está en riesgo. Como cuenta el Kempis de aquel que iba por la calle y le cayó una teja. ¿Tenemos conciencia de que formamos parte de un todo y que el devenir de nuestra vida temporal tiene un término y una continuidad distinta?
  5. Los pequeños, los pobres, los campesinos que han perdido todo lo que tenían siempre son las principales víctimas. ¿Me acuerdo de que, según Jesús, poseerán la tierra y el reino?
  6. Los canarios tienen una pasta especial. Incluso cuando hablan de su tragedia tienen tal tranquilidad y parsimonia que les sitúa en otra dimensión. Quizás estén más cerca de la paz contemplativa que presta sabiduría a la vida.
  7. “Somos espectáculo”, dice el apóstol Pablo. El volcán de la Palma tiene una dimensión espectacular. Hemos seguido la apertura de sus bocas, el río de lava hacia el mar, su bramido continuo. Lo hemos visto embobados e impotentes. Su fuerza ante nuestra pequeñez, su belleza junto a su poder devastador, su irrupción ante nuestros planes. Hasta el dolor tiene un misterio de belleza y la belleza un lado de dolor.
  8. Las islas están formadas por viejos volcanes durante millones de años. Te miras en el espejo y ves en tu rostro pasar el tiempo. Corres al trabajo, te preocupas por el tráfico, el último acontecimiento de tu pequeña vida. Levántate y aúpate hacia el no-tiempo.
  9. La Tierra es un ser vivo en continua transformación. Un día se separaron los continentes, surgieron los mares, evolucionaron los animales y vino el hombre. El volcán recuerda que hay una inteligencia, un fuego, una vida, una energía sembrada en el interior del Cosmos. ¿Podemos acceder a ella? Solo desde el silencio.
  10. El volcán como la sonrisa de un niño, el movimiento de las mareas, el cráter de un flor, el parto de una madre, la belleza de una anciana y mil cosas que me rodean sólo me impelen a arrodillarme y saborear un amor sin medida ni raciocinio.
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Pedro Arrupe, profeta de los refugiados

Todo surgió en una tarde, en vísperas de la Navidad de 1979. Charlaba Pedro Arrupe, en el ambiente distendido de una conversación familiar, con sus asistentes. Alguien comentó el asunto de las últimas dramáticas noticias llegadas del Sureste asiático y referidas a las boat people (refugiados que, hacinados en frágiles embarcaciones, vagan por los mares de aquellas zonas sin tener dónde desembarcar). En ese instante al general de la Compañía de Jesús se le iluminan los ojos y siente la primera llamada de este maltratado colectivo.

La Compañía tiene que responder inmediatamente a este reto”, exclama. A la mañana siguiente, cursa una veintena de telegramas a otros tantos provinciales de Extremo Oriente y de la India, así como de Europa y América del Norte. Pocos meses más tarde, observará Arrupe: “La respuesta fue realmente notable. Inmediatamente llegaron ofrecimientos de ayuda en forma de personas, de material y de todo tipo de recursos. Llegaron también alimentos, medicinas y dinero. En más de un país se hicieron esfuerzos por influir, a través de los medios de comunicación, en los respectivos Gobiernos e instituciones privadas capaces de intervenir. Se ofrecieron personas tanto para el trabajo pastoral como para servicios de organización en favor de los refugiados”.

Foto de miro.medium.com

Era un punto de partida. Los jesuitas comenzaron a trabajar intensamente en campos de refugiados de Tailandia, Camboya, Indonesia, Filipinas, África negra y Centroamérica. Desde entonces existe en Roma un centro, el Jesuit Refugee Service, destinado a coordinar y sostener todos estos esfuerzos, así como otros centros continentales en el Sureste asiático (Bangkok) y en África (Nairobi), etc. La iniciativa espoleó otras nuevas ideas en el nivel local: esfuerzos por la reconciliación en Irlanda del Norte, presencia de jesuitas en la zona de los Apalaches, en Estados Unidos, así como en una comunidad terremotada de Italia meridional.

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Paz en la pandemia

«Un niño para la esperanza» (Plaza de Olavide. Madrid) ©PMLamet

Una instantánea en medio de la covid-21. La anciana (arriba a la derecha) mira con interés, parapetada en su mascarilla, a la joven madre que vigila con amor a su bebé dormido.
Y la naturaleza cobija con su verde abrazo este triángulo de vida detenido por la foto en su tiempo y espacio. En medio de nuestras vicisitudes de enfermedad, inquietud y miedo, ésta constituye una imagen de paz inefable.
La vida sigue, como lo que es: un canto de amor y esperanza del ahora eterno. La quietud se refleja, como caricia de sol en el rubio rostro del niño, que recibe en silencio el amor de la madre. Viene espontáneamente a la memoria el Salmo 130 sobre el abandono confiado en los brazos de Dios:

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Melancolía

Decía Aristóteles que “todos los hombres que se han distinguido en la filosofía, en la política, en la poesía, en la ciencia, han sido melancólicos”.

Quizás porque cualquier hombre con porosidad a la vida y un mínimo de sensibilidad hacia el misterio capta que aquí no lo tenemos todo, que vamos de paso y que la melancolía es como “un alivio del luto del sentimiento”. El verde, las flores, el «dormitorio»o cementerio dormido del paisaje tienen un deje de esa languidez y sabor en el alma que dejan las cosas quietas.

A veces nos entra melancolía porque no somos capaces de parar el tiempo y contemplar el silencio.

Si continuáramos en esa contemplación, quizás intuiríamos detrás una inefable zona de alegría.

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