Siempre hace buen tiempo

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El clamor del silencio

Vivimos un siglo de aglomeraciones y ruido. Nunca como ahora las gentes huyen de los pueblos, vacían las aldeas, se concentran en grandes ciudades, atiborran los supermercados, invaden las playas, las carreteras, las terrazas, los restaurantes. Se diría que los individuos de hoy aborrecen la soledad.

Tal fenómeno responde a una necesidad, que se agravó por el síndrome de la postpandemia: evitar como sea el encierro y el silencio. A ello contribuye una sociedad meteórica, que invita a seguir corriendo, no detenerse, quizás para evitar encontrarnos con nosotros mismos, el runruneo de nuestros propios pensamientos, y para drogarnos con nuevos tragos de ruido y multitud.

“El hombre se adentra en la multitud por ahogar el clamor de su propio silencio”, decía Tagore. Y es cierto, si no hay vida interior, el silencio atrona.

La naturaleza, como esta foto, no enseña siempre más que mil palabras. Las aves aunque lo hagan con otras vuelan solas, y cuando reposan, miran al mundo como estas cigüeñas, desde el retiro de sus quietas alturas. De forma consciente o inconsciente todos necesitamos lo mismo. Quizás por ello se han puesto de moda las mascotas, porque acompañan sin hablar.

Cierto aislamiento es imprescindible para despertar y volver, desde el yo interior, a comulgar con el Todo. Más que nunca orar es callar en conexión silenciosa con nuestro cielo interior. “Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt.6,6).

Foto: “Al fin solos” ©PMLamet

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El primer nido

«¡Qué bien le viene al corazón su primer nido!», dice el poeta, saboreando el recuentro de la casa de la infancia. Los primeros balones, los «hijo mío, no llegues tarde» al salir de paseo, las vueltas del cole con el peso de los libros y las lágrimas del cate, el sabor a hogaza crujiente y a madre y hermanos tras el frío del invierno y los desengaños, las noches de sobremesa y los cuentos del abuelo a la luz de la lumbre.

La casa de la infancia.

¡Qué alegría del regreso desde el lejano país, la mili o el viaje! ¡Y qué tristeza la del adiós!

«De aquella ventana del adiós no te has ido, madre, todavía», canta Bertrán, o Juan Ramón: «Parece que, en un trueque de pasión, el corazón se trae roto el nido, que se queda en el nido, roto el corazón!»

Parece que la cal, el tejadillo, la puerta, la ventana, habitan nuestra alma en vez de habitar nosotros la casa aquella enjalbegada de la infancia…

¿Qué será recuperar el color, el sabor y el calor de la primera de las casas que ya hemos olvidado, la luminosa y feliz casa del Padre? Todos llevamos dentro un primer nido.

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Lluvia

La lluvia lava el paisaje y lo difumina como pintándolo a carboncillo, y detrás de los cristales vaga nuestra melancolía en busca del sol perdido.

La lluvia es el beso de Dios que fecunda la vida y hace florecer un futuro de primavera. Invita al recogimiento. Es el silencio mojado de las cosas, el retiro que se impone a sí misma la naturaleza para gozar más del estallido de los colores. Un periodo más del ciclo que nos conduce de dentro a fuera, de fuera a dentro.

En los días de lluvia podemos escuchar la música del cielo acariciar la tierra o ‟cantar bajo la lluvia», sabiéndonos parte del mismo himno de amor. También aprendemos a añorar el sol. En los días de lluvia el mundo parece un jardín de monasterio y el corazón un huérfano solitario que sueña con la alegría. Esos días es como si el mundo entornara sus ojos para ver mejor entre la emoción de las lágrimas.

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Agua que llevas mis sueños

“Niño en el agua” (®PMLamet)

“El hechizo del agua detiene los instantes” escribe Luis Cernuda. Desde niños anhelamos el agua como reflejo quizás de lo que somos, pues dicen que agua es el principal componente de nuestro cuerpo. ¿Qué busca este chaval hundiendo sus pies en la orilla? ¿El añorado líquido amniótico, un trasunto de la vida, un inconsciente rito de purificación, la inmersión en lo infinito?

Sea de fuente, río, lago o mar, es hermoso contemplar el paso del agua, refrescarse, y aprender a fluir con ella; disfrutar del momento y no apegarse a él, sin miedo, confiados que en la desembocadura acabaremos por sumergirnos en el mar de donde partimos. Quizás como nunca, hemos anhelado el agua durante esta pandemia, porque es un símbolo de salud y libertad. Nadie puede parar la vida ni detener el tiempo, pero siempre nos queda soñar como Miguel de Unamuno: “Agua que llevas mis sueños / en tu regazo a la mar /, agua que pasas soñando, / tu pasar es tu quedar”.

 Jesús amaba el agua, el agua nueva que ofrece a la samaritana para que no tenga más sed. Ya que “el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4,14). Y hasta el obsequio de un simple vaso de agua fría tiene premio: “Y cualquiera que como discípulo dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, en verdad os digo que no perderá su recompensa” (Mt 10,42). ¿Insignificante y barato? Infinito, si nace del amor.

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El secreto de la pescadera

«Pescadera». Mercado de Loulé (Portugal)

La fotografía produce el milagro cotidiano de atrapar el instante, de detener el tiempo, un tiempo que nunca más se volverá a repetir de la misma forma. Heráclito se convierte en Parménides, el río se detiene, la sonrisa se congela para siempre y nos permite conservar en cierto modo el alma de la pescadera.

                Ella es una mujer del pueblo, que sabe disfrutar de su humilde puesto de pescadera en la plaza y probablemente de hijos y nietos que constituyen toda su vida. Pero con su alegría nos da una lección muy profunda. Que lo mejor de nuestra existencia no depende del “qué”, sino del “cómo”. No de nuestros cargos, éxitos y posesiones, sino de cómo vivamos este momento, este ahora. Sentimiento de culpa, experiencias del pasado y miedo al futuro ocupan nuestra mente torturándonos. Pero el pasado no existe, se esfumó, y el futuro no ha venido aún ni sabemos cómo va a venir. Mientras, se nos escapa este paisaje, este encuentro, esta sonrisa. Hay que vestirse como quien se viste, caminar como el que camina, lavar los platos como quien lava los platos.

El ahora es como un taladro que nos conecta con lo permanente, lo que realmente somos, donde el ser se ensambla con el Ser. Por ejemplo, los niños son felices porque no se pasan películas mentales, esos diálogos torturadores en la cabeza que sufrimos los adultos, disfrutan justamente de lo que están haciendo.

                La lección de esta pescadora es que, como dice Thích Nhất Hạnh, “a veces tu alegría es la fuente de tu sonrisa, pero a veces tu sonrisa puede ser la fuente de tu alegría”.

¡Qué bien lo resume Jesús!: “Bástale a cada día su propio afán” (Mt 6,34).

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Meditación del crepúsculo

Atardecer en Alvor (Portugal)

La instantánea ha congelado un segundo de vida. En el horizonte la tarde va a morir con el último beso rojo del sol. El abuelo ha llevado en bicicleta al nieto a contemplar el crepúsculo sobre el mar. Ambos parecen extasiados. ¡Pero de qué manera tan distinta!

El anciano melancólicamente medita quizás sobre la fugacidad de todo, sobre los años vividos, sobre su propio ocaso. El niño aún no piensa, simplemente contempla desde su mirada limpia que, sin más, se identifica con la naturaleza y se hace espontáneamente una con el paisaje. Todavía no tiene “ego” que le entorpezca ser feliz.

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El barquillero

Un barquillero en el Rastro de Madrid ©PMLamet

            Todo un personaje rescatado del viejo Madrid el barquillero endulzaba los sueños infantiles en parques, calles y verbenas con sus finas y crujientes obleas que sabían, además de a canela, a vacación y libertad. También tenía algo de azar y misterio el runruneo del juego del clavo en la ruleta para sortearse quién pagaba o cuantos barquillos te podían tocar en cada tirada.

            Hoy casi no se ven, aunque algunos, como el de la foto, han resucitado en el Rastro o el Retiro, si bien los céntimos se han transformado en euros y los niños prefieran otras chuches o la playstation a brincar al aire libre.

            ¡Barquillos de canela para el nene y la nena! ¡Barquillos de coco que valen poco! ¡Barquillos de canela y miel, que son buenos para la piel! ¡Barquillos de vainilla, que maravilla!

            Que la tecnología no sustituya a la ilusión, ni la pantalla al paisaje real, ni el niño se haga prematuramente adulto, ni el asfalto invada la zona verde.

             Pues la vida es tan frágil como un barquillo y tan imprevisible como la ruleta de una barquillera colgada del hombro.

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Atrapa el instante

Solo la fotografía es capaz de atrapar un instante. En la vida la sucesión de momentos es imparable, como la vida de la flor, como el fluir del agua. Todos los miedos proceden de la mente que se proyecta al futuro y se niega a vivir en el ahora. ¿Llegaré a fin de mes? ¿Estaré incubando una enfermedad? ¿Se cerrará la empresa? ¿Me abandonará la persona amada? ¿Qué será de mis hijos? Si la mente se centra en la inquietud del futuro o la culpa del pasado, no hay paz e incluso el mucho pensar tan negativamente puede cristalizar lo temido. Sólo el ahora del instante salva del miedo. 
Cuando algo te coge mucho –un trabajo minucioso, una actividad creativa, un hecho apasionante, hasta una película– estamos a salvo de miedo. ¿Qué prueba eso? Que el miedo no viene de fuera, lo fabrica nuestra mente. ¿Tienen miedo los pájaros? No, sólo instinto de conservación. ‟El miedo es libre», dice el proverbio. Claro, porque depende de mí. Y no se compadece con el presente. Todo se está transformando a mi derredor. El miedo procede de pretender fijarme y parar el tiempo. El día que dices: ‟Yo no soy mi cuerpo, ni mi mente, ni soy una cara, ni una carrera, ni un nombre, y menos una forma de vestir, un coche, un cargo; yo soy simplemente»; ese día empieza a diluirse el miedo. Si vives el ahora, si atrapas el instante descubres una presencia, conectas con la eternidad.

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Reflejos

Las aguas tranquilas de los ríos y los lagos copian los paisajes de valles, montañas y ciudades. El reflejo suele ser un trasunto modificado de la realidad, donde rielan los colores de los árboles y las fachadas, como si fueran abocetados cuadros impresionistas. Entonces uno se pregunta: ¿Qué es más real, el reflejo o la realidad? ¿Existe una visión objetiva de las cosas, o cada uno interpreta a su modo cuanto vemos? La visión además no es la misma en el siguiente instante, pues todo cambia continuamente de color, matiz, iluminación, o con el deterioro de las fachadas, las nuevas construcciones, el paso del tiempo.

              Quizás este mundo no sea del todo real, sino el reflejo de otro. Le damos consistencia creyendo que nuestras casas, nuestros trabajos, nuestra ciudad seguirán siempre ahí. Pero son realidades cinceladas por el paso de los días y los años, que se llevan el río de la vida. Si somos conscientes de que solo son reflejos, superaremos los apegos, la tragedia de ir perdiendo esto y aquello. Si somos  capaces de cerrar los ojos y mirar más profundo al origen de esos reflejos, nos toparemos con la Luz Total y ahí sí podremos descansar,  anclar definitivamente nuestro corazón.

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Espejo

Foto: Paraná. Frontera entre Argentina y Paraguay (©PMLamet)

¿Quién es ese que me mira desde el espejo y que cambia cada día como una crisálida?¿Se parece al niño que se contemplaba en otro espejo de la infancia, pegado quizás al rostro de mamá? ¿Se parece al adolescente que se peinó calibrando los matices de su rostro  por  primera vez? Podría ser una máscara de quita y pon, como las que los griegos usaban para el teatro y llamaban ‟persona».         

   Este ego que soy, el que nació en tal sitio, estudió en tal otro y hoy tiene esta profesión, aquella novia, amigo, casa o esposa/o, ese pequeño o gran nombre se desvanece como un plano cinematográfico en la pantalla, para dar paso a otro y otro y otro…en el cambio  que implacablemente marca el reloj.           

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