Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Amor

El alma de las cosas

Mucha gente se inventa vacaciones en sustitución de la fiebre del trabajo. Más en estos tiempos de vértigo. Viajes estresantes, fiestas continuadas, omnipresencia del móvil en la playa, la montaña o el turismo.

¿Por qué? Porque el parón veraniego les resulta insoportable y el silencio un revulsivo que nos deja solos ante nosotros mismos. El mundo de hoy nos ha hecho más activos que contemplativos y hemos emprendido tal carrerilla que no podemos parar. Hay que buscar recursos para que la sensación del paso del tiempo no nos enfrente con lo que realmente somos: el tema que ha preocupado a los filósofos de todos los tiempos: por qué estamos aquí, el misterio del paso de los años, el envejecimiento, la certeza de la muerte. En definitiva, la angustia de ser.

El verano y las vacaciones ofrecen una buena época para mirar. Bueno, «ver» es sencillo. En este periodo casi no hacemos otra cosa que ver: el paisaje, los monumentos, a gente. Pero vemos sin mirar, sin contemplar. Y cuando vemos, casi siempre emitimos un juicio de sorpresa, admiración, rechazo, lo que sea. Lo convertimos en pensamiento, lo limitamos en nuestra mente y le arrancamos el alma, su sabor a infinito.

Sugiero un ejercicio que en realidad es una actitud. No emitas juicios. Mira simplemente, contempla, como si vieras por primera vez, sin más. Procura que la contemplación no pase por tu cabeza, sino que vaya directamente hacia tu ser más íntimo, sin más intermediarios.

Quizás entonces descubras el alma de las cosas, penetrando directamente en tu alma, sin conceptualizaciones. Quizás descubras que eso es parte de ti, y tú de un todo. Pero no porque te lo diga yo, sino porque en el fondo de ti se produce un regusto especial, un calorcillo que no tiene nombre, una comunión con el Universo.

Eso se parece al amor del que estamos hechos. Cuando se siente estás bien, estás por encima de los pensamientos que te torturan y se pasan todos los miedos y angustias. Eso sí, necesitas al menos de un átimo de silencio y eso mucha gente no quiere permitírselo. ¡Madre mía, lo que se pierden!

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No digas nunca «no»; di «más»

 Para ser feliz -te dijeron- encuentra al amor de tu vida; márchate de tu país; vete al campo, a vivir junto al mar, rompe con todo.          

  Quizás lo hiciste, quizás te ayudó. Y cuando comenzaste de nuevo allá lejos, comprendiste enseguida que nada había cambiado porque te llevabas a ti mismo con tus maletas. 

            El ego es indestructible, no lo puedes aniquilar. 

            Solo lo podemos ensanchar como el que hace obra en casa y convierte el viejo ventanuco en una inmensa vidriera abierta al mar. 

            Eso sí. Cuando el cristal está  bien iluminado no se perciben las manchas en el vidrio, es como si no existieran.

   No digas nunca ‟no», di siempre ‟más». 

            Ya no dependerá de dónde estés, qué tengas o quién te acompañe. Incluso viviendo entre los deseos y hasta frustraciones de tu yo pequeño, puedes descubrir el Yo real que eres. 

            Jesús lo llamaba el Reino de los Cielos y dijo: 

            ‟Dentro de vosotros está». 

            Basta con estar atento y hacer silencio para que aflore. 

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Recuperar la Estrella de los Magos

Nunca como ahora en nuestras vidas necesitamos recuperar las estrellas de los Magos, volver a encenderlas en nuestras vidas. Nunca como ahora nos hemos sentido mundialmente ayunos de ilusiones, no solo por el azote del covid, sino por un materialismo que desde hace muchas décadas encauzan los ideales raquíticos hacia el enriquecimiento personal y colectivo de las naciones, los políticos y casi todos los líderes. 

La Epifanía es una fiesta que enfoca las conciencias hacia lo universal. La manifestación de Jesús a todas las naciones a través del símbolo de los Magos, que les hace caminar hacia lo imposible para encontrar la Buena Noticia, sigue viva en el corazón de los pequeños que escuchan la música interior del corazón. Solo desde dentro vuelven a aparecer en el horizonte las señales que bis mueven hacia un «más» entusiasmante.

Os ofrezco estos dos poemas que intentan despertar en nosotros el niño dormido:

LA ESTRELLA DE LOS MAGOS

En medio de la noche rumorosa
y en un bosque de brumas ateridas
caminaba sin rumbo solo a oídas
de ese miedo interior que me rebosa,

cuando entre nubes refulgió preciosa,
como bálsamo azul en mis heridas
una estrella entre nubes desleídas
que encendió la ilusión por cada cosa.

De pronto renació en mí el niño huido
que en el cuarto de estar abría la puerta
al regalo de ser, al sueño tierno

de un día de Reyes que perdió el olvido,
y en una bici la sorpresa abierta
de volar de nuevo hacia el amor eterno. 

***  **** *** *** *** ***


DEVUÉLVEME MI ESTRELLA

Ahora que el niño se acurruca en este
gastado cuerpo
y que el mundo va camino de no saber  caminos,
devuélveme la estrella
en su esplendor de estaño,
que anoche he vuelto a escribir cartas a la vida
y no responde nadie.
Ve al buzón de allí cerca
a recoger la mía, la que hace setenta años
deposité a los Magos
pidiéndoles una bicicleta azul 
para dar libertad
a mi cojera,
pues quisiera escuchar aún sus pasos
desde la almohada, el oído semidespierto
a un lejano rumor de dromedarios 
camino de mi casa
y de mi ensueño.
Voy ahora a despertar a mis padres,
a levantarlos de la tumba
para ir en pijama hacia el cuarto de estar
y brincar con ellos de alegría,
pues aún conservo intacta la sorpresa
que ellos supieron sembrar
tragándose las lágrimas.
Desde entonces tomé el oficio
más bello de la tierra:
restaurador de sueños o, si queréis,
perseguidor 
y lustrador de estrellas.

Pedro Miguel Lamet
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Soy amor sin saberlo

Cuando hablamos de amor solemos referirnos a la consecuencia, a la concreción del amor. Casi nadie se da cuenta de que el amor estaba ya dentro de mi como una antorcha secreta en el fondo de la cueva antes de que nadie, ni siquiera yo mismo supiera verlo.

Sólo cuando un día se abre paso al exterior, porque algo o alguien lo llama, sale de la cueva.
Entonces solemos llamar amor a la manifestación del amor.

Es decir, caemos en la cuenta de que el amor existe en mi cuando lo movilizamos, cuando la antorcha se abre paso en medio de la oscuridad.

No sabíamos que el amor es la conciencia de unidad que está siempre en el fondo sin saberlo.
Saber que soy uno con el universo es amor.
Lo que llamamos amor es esa tendencia de la parte a juntarse con el todo; la necesidad de la antorcha de salir de la cueva para recuperar su identidad en la hoguera total.

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Afinar el violín

Armonía con el universo


La tarea de una vida es como la de un gran músico con su violín. Tiene que afinarlo para que alcance la gran armonía con toda la orquesta. Cuando suena así, a su tiempo, sin desafinar, contribuye al milagro artístico de la sinfonía.


Afinar el ego no es hacer mortificaciones, ni negarse a la vida, ni renunciar a nada. Es ser capaz de ir más allá de él mismo y observarlo. Cuando se armoniza con la sinfonía, él sólo se afina, ocupa su puesto con el acorde justo.
Lejos de lo que mucha gente cree, esto no es un acto de voluntarismo.


Es dejarse ser, no poner trabas, perderse en el maravilloso poema sinfónico de la vida. Como un pétalo, un árbol, un valle, un ave, un insecto, un río o una montaña, el ego tiene también su papel en el poema del universo.
El concierto se estropea cuando un instrumento se empeña en destacar en todo momento o cuando suena cuando no le corresponde entrar en la partitura. No hay como mirar a los ‟famosos», determinados políticos, modelos, periodistas, escritores y estrellas de cine que no paran de figurar. Es el ego ridículo que dice ‟aquí estoy».


Afinar el ego es hacerlo tan sutil que no estorbe con sus condicionamientos, que no son más que creaciones de su mente, y resituarlo para que deje ver.. y escuchar la armonía del resto del universo.

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Amar no tiene nombre

“Te amo” .dijo el Principito- . “Yo también te quiero” –Dijo la Rosa-
“No es lo mismo”, respondió él.


AMAR NO TIENE NOMBRE

 Amar es un vacío,
un llevar en las manos
el temblor de estar solo
mirando las estrellas,
un saberse una pluma
movida por la brisa
y olvidarse que el miedo
hizo en ti su morada
y arrumbar en lo oscuro
los planes ya trazados
y dejar que tu alma
llore a solas lo absurdo
que es estar y no estar.



Amar es un insólito
querer ser lo imposible,
derrotar los deseos,
recomponer el mundo
a trozos de ilusiones,
arrimar a las rosas
la eternidad rompiente
y regar con ausencia
la cuna de la noche
donde acecha el dolor.



Amar no es el anhelo
de vivir la primicia
de un ser entre los brazos
o llevar de la brida 
el feliz yo caliente,
o andar con un espejo
de un tú mismo mejor





















Ni pensar que ya es tuyo
el ser que has aprehendido,
ni pregonar al mundo
desde un tú apuntalado,
ni reírse del salto
que el otro no ha querido,
ni poner a tus ojos
parcelas por el mundo
con un cartel: "No entrar".

Amar es un perderse
en la noche estrellada
y saber que hace tiempo
has dejado de ser.
Es flotar sin un norte
por el mar de tu alma
y mañana ¡quién sabe!
no saber, no saber...


Amar es estar solo
con todo en compañía
y morir de vivirse
tan lleno del presente,
canción de un gran vacío
de lo amado que nace
en llamas del recuerdo
y el grito de un instante
que es, que fue, que apenas
vuela en lo casi perfecto
en la luz que no ha sido.

Amar no tiene nombre, 
quizás sólo la noche
que queda si has querido
al borde de la orilla,
una huella en la playa
que dejaste al pasar
y ser mar en la mar.


Pedro Miguel Lamet

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¡Cómo suena tu nombre!

¡CÓMO SUENA TU NOMBRE!

No hay nada que resuene como el nombre
de labios del amado, de tal suerte
que resucite el alma, te haga fuerte,
te toque las entrañas y te asombre,

herida de dolor, cuando aquel hombre,
jardinero del huerto de la muerte,
hizo vibrar el aire frío e inerte
y te llamó “María” sin renombre.

¡Oh qué riada de recuerdos vino
hasta anegar de sueños el momento
y estrechar en sus pies esa presencia

que es abrazar lo humano y lo divino!
Tu Rabboni desenterró la ausencia
y nuestro amor cristalizó en el viento.

Pedro Miguel Lamet 

¡Feliz Pascua a todos!

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No dejes, soledad, de acompañarme

Entre los solitarios de hoy día hay dos especies: los que se deterioran por la soledad y los que crecen en la soledad. La diferencia se produce con una sola palabra: “conexión”. Si no hay conexión de amor maduro con los demás (familia, pareja, amigos), es indispensable la conexión interior: el descubrimiento con el centro de las diversas capas de la “cebolla”, lo hondo de nuestra conciencia.

Las diversas formas de meditación han descubierto, que allí en lo profundo siempre estamos bien. Al taladrar hasta el fondo de la conciencia, gracias a la soledad, el silencio, la escucha y la contemplación de la naturaleza, uno puede encontrase con un horizonte sin tiempo, donde la culpa por el pasado y el miedo al futuro se desvanecen, porque conectamos con un “ahora” sin límites, donde todo está bien. Así se han realizado algunos grandes hombres, sean santos, científicos, filósofos, creadores literarios…

Es más, sin un tiempo de soledad, incluso quienes tienen la suerte de mantener buenas relaciones, no pueden lograr ser ellos mismos, pues se convierten en víctima del oleaje exterior y pueden sucumbir en la tormenta de la ansiedad, la angustia o el absurdo. Todo el mundo necesita un tiempo de buena soledad. Pues la verdadera y funesta soledad es “no poder hablar con tu corazón”.

                Por ejemplo, un poeta soldado del mil quinientos, Hernando de Acuña, que luchó en la batalla de San Quintín, tiene un soneto a la soledad, del que copio aquí su primera estrofa:

Pues se conforma nuestra compañía,
no dejes, soledad, de acompañarme,
que al punto que vinieses a faltarme
muy mayor soledad padecería
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«Así como nosotros»

El que no perdona nunca rompe los barrotes de su propia cárcel.

Ha llovido mucho desde que Séneca escribió en su libro “De moribus”: “Perdona siempre a los demás, nunca a ti mismo”. Entre otras cosas el gran filósofo cordobés no conoció al gran especialista del perdón, Jesús de Nazaret, que dio en la clave al mostrar la gran razón para hacerlo, el amor: “Muchos pecados le son perdonados porque amó mucho”; y la ignorancia: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Sólo el cristianismo cambió, incluso culturalmente, el arte del perdonar, que es simultáneamente un modo de amor y de humor.

Si esta vida es un sueño o una película, un pasar en definitiva, el que es incapaz de perdonar y perdonarse no sabe relativizar, absolutiza lo transitorio, le da tal importancia a la ofensa que desea cristalizarla para siempre. Su morbo se vuelve contra él como un boomerang, volviendo su corazón duro como una piedra, amargado e infeliz.

Hoy se quejan los moralistas que no hay demasiada conciencia de pecado, ni en el orden social, ni económico, ni sexual. El pecado es una palabra casi desterrada de nuestro lenguaje. Sin embargo, ¿por qué la gente vive infeliz, estresada, con una vaga y difusa conciencia de culpa? Han surgido en esta sociedad consumista pequeños nuevos “pecados”. Hoy es pecado fumar, sobre todo para los americanos del norte. Es pecado tirar papeles en el campo y desperdiciar agua tontamente. Es pecado no tener buen tipo y no ser joven. Sobre todo la televisión nos enseña que todo lo malo que ocurre cada día y aparece en el telediario es culpa nuestra: los accidentes de tráfico, el hambre del mundo, la droga, el sida, el cáncer, la bajada de la bolsa, hasta la pandemia y el cambio climático.

Todo ello crea en nosotros una especie de mala conciencia que amarga. Y como el viejo remedio del confesonario no está ya en boga –quizás porque en vez de liberar muchas veces, por mala interpretación de la reconciliación cristiana, hacía más pesado el talego del sentimiento de culpa– se busca al psiquiatra, al vidente, al astrólogo o, lo que es peor a diversas formas de drogas duras y blandas. La cosa es escapar.

Siempre defiendo que el hombre ha nacido para ser feliz, si su mente y su corazón pueden despertar a la verdad profunda y a la armonía universal. Para conseguirlo es necesario perdonar a los demás y perdonarnos a nosotros mismos.

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Luz prestada

Rocío

Una noche me pregunté: ¿Qué fue de aquella tarde de amor, de aquel encuentro irretornable, del júbilo de aquel verano?

Las oscuras golondrinas de Becquer volverán, pero… Ellos no están. Lo que queda de entonces es este fulgor que vivo dentro ahora al recordarlo, ese yo que es más yo que yo.

El ego es como un planeta del sistema solar. No tiene luz propia. Adquiere su luz prestada y, por tanto, vive en el engaño de que puede seguir siempre así en el tiempo y el espacio.

Por eso los anacoretas y los dualistas vuelven a gritar: ‟¡Aniquilad el ego!» Yo os digo: Mirad simplemente ese fulgor que sois y aun el pequeño ego brillará atravesado por su luz como el rocío por el sol del amanecer.

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