Una meditación para esta Cuaresma. Hay unkoan en el Zen, cuyo contenido puede ayudarnos a ver claro: “Cuando nace una flor es primavera en el universo”. Todo está conectado. Cada brizna de ser repercute en todo el Ser, o mejor es Ser.
También la ola de la foto. El místico benedictino Willigis Jäger tiene un libro titulado La ola es el mar. Nos creemos separados, en competencia, en lucha por sobrevivir. Pero si miro hondamente, solo soy una ola o una gota de ese mar.
“Si nos imaginamos la realidad primera como un océano inmenso –escribe Jäguer—, nosotros somos algo así como las olas de ese mar. Si la ola tiene la experiencia “soy el mar”, aún hay dos: ola y mar. Pero en la experiencia mística se traspasa también ese dualismo.
El yo de la ola se diluye y, en su lugar, el mar se experimenta como ola. Se experimenta en la unidad de ambos y como unidad de ambos. Este paso no lo lleva a cabo el místico, sino que le sucede. Ya no mira la realidad como un ente frente a él; no la ve, por así decir, desde el exterior, sino que la experimenta desde el interior.
Utilizando esta imagen, experimenta que todo es ola y océano a la vez. Todo es manifestación de la Realidad Una. Y, como todo es revelación de la misma realidad, también hay una compenetración absoluta de todo. El mar son todas las olas, y todas las olas son una unidad”.
Se trata de un gran descubrimiento, porque en un instante se desvanece el miedo al futuro, el pavor a la muerte y la conciencia de limitación. Si lo pasas mal, es porque te crees separado, un barco a la deriva, sin ancla ni puerto, “un ser para la muerte”, como decía Heidegger. Pero cuando, gracias a la contemplación (sin pensamiento, sin la paliza de la mente que te da la tabarra para dar realidad a lo que no la tiene), te ves uno con Dios; no hay ayer ni mañana, ni tiempo ni muerte, solo Mar.
A veces se manifiesta bravío, en otras ocasiones calmado, porque estamos dentro de la película, de la manifestación o el “sueño” o el “gran teatro del mundo”. Si cierras los ojos y sientes la energía dentro de tu cuerpo relajado, a la que sí perteneces, sabes que eres un resplandor, una ola del océano, una chispa de la luz; despiertas y toda angustia acaba disipándose. La flor se sabe jardín, la ola mar. Luego, es cierto, volveremos a distraernos con el ruin detalle de cada día; pero bastará cerrar los ojos y respirar hondo unos minutos para pacificar el alma.
Ver hoy día un telediario es casi como tragarse una película de terror y últimamente de ciencia ficción. Con la diferencia, eso sí, de que no se trata de ficción cinematográfica, sino de hechos reales. Recuerdo que, cuando yo estudiaba periodismo, los crímenes pasionales, las historias truculentas y sanguinarias, las puñaladas traperas y las relaciones inconfesables no merecían sino un “suelto”, una breve gacetilla en los rincones de los periódicos. Si se quería profundizar en tan morbosas historias, había que comprarse semanarios especializados como El Caso, auténtico pozo negro de aquellas noticias.
Lo curioso es que tales informaciones, que, por su carácter de no ejemplaridad, no ocupaban mucho espacio en los periódicos, están ahora en primera plana. Se aduce que son “violencia de género”, o que son “noticia”, como el caso de la desaparición o asesinato de niños, o que “venden”. Encima, algunas televisiones se regodean después en unos ululantes debates, revolviendo más y más dicha porquería. Conozco a muchos que apagan los telediarios porque su psique no aguanta más.
Si pasamos a la información política, económica e internacional, observamos que hay como un deleite en transmitir la negatividad que vive nuestro mundo. Es cierto que hay crisis económica, que a menudo hay guerras y desigualdades, que el planeta se deteriora, que crecen los nacionalismos, que la sociedad del bienestar está seriamente amenazada, que aumenta el número de dictaduras y la corrupción, etc. Pero parece que nuestra gente está siendo minada en su subconsciente con cargas de profundidad negativas.
Quizás el hecho de que salga el sol todos los días y que el tendero de la esquina nos cuente un chiste no sea noticia, de acuerdo. Pero sí lo son los miles de jóvenes que trabajan en ONG, así como los médicos y las enfermeras que se dejan la piel. Ahora, como nunca, la gente dona órganos o un buen sector de la sociedad está indignado con la corrupción política y quiere cambiar nuestro mundo. Solo por citar algunos ejemplos de esa otra cara alegre del planeta que parece no interesar al hambre de truculencia que nos domina.
Vivimos tiempos de huracanes y turbulencias: atmosféricos, políticos, sociales, personales. En medio de esas circunstancias es fácil participar de una sensación difusa de angustia, a la que se une la invasión de una chismosa mente que nos torpedea. ¿Puedo así ser feliz o al menos estar en paz?
El día en que ves claro que tú no eres el personajillo que se debate en los quehaceres cotidianos de bien y mal, amor y desamor, alegría y tristeza, noticias malas y buenas, sino que eres el yo real que reside en tu interior, la vida se realiza y sobreviene la paz.
Pero eso no significa que cese el sufrimiento.
Mientras vivamos en la relatividad del espacio y el tiempo, vendrán historias luctuosas, días buenos y malos, el sube y baja de la limitación.
La diferencia es que podrás mirar el dolor como desde un palco.
En la superficie, el mar o la atmósfera estarán calmados o turbulentos, con olas suaves o encrespadas. Pero en el fondo el mar quedará siempre imperturbable, quieto, eterno, pleno; y allá arriba sigue el inmenso cielo estrellado. Las olas y el viento pueden zarandearte. Tú, ¿podrías limitarte a salir fuera de todo eso sin juzgar? Permanece atento.
Algunos místicos enseñaron que hay que despreciar el ‟afuera», ese vaivén de las olas, el flujo y reflujo de la marea, la temporalidad.
Pero las olas también son parte del mar. Es bella la quietud del mar ensangrentado del crepúsculo. Y también es bella, aunque dura, la tempestad y la galerna. Si conoces el juego y la variedad de colores, disfrutarás «a tope» de ambas.
La clave es verlas desde el fondo, implicándote lo justo, como quien contempla la catástrofe del Titanic desde la butaca del cine. Se asusta, pero no del todo, pues sabe que no es más que un film. Estás y no estás. Mientras exista este universo, estará presente la turbulencia, que también es bella y tiene sentido, si se mira desde el silencio del fondo, desde su función en el universo. Tendrás que luchar para cambiar lo cambiable, claro. Sobre todo, debes prevenir los accidentes que provocan los ciclones, las danas, las injusticias y las enfermedades y urgir esos cambios a los responsables. Pero al final no puedes parar el huracán.
Eso sí, puedes espiritualmente hacer surfing sobre él, o bucear más abajo, conectándote con la presencia que habita dentro, con su silencio, el mar y el firmamento de energía sin apellido que lo origina y al que perteneces.
Ni el tiempo es oro, como dicen los ingleses, ni el tiempo existe en realidad.
Nosotros somos el tiempo, los que le prestamos su densidad, su efectividad, su dolor o alegría.
Más que “un tiempo para cada cosa”, como dice el Eclesiastés, hay un “hombre para cada tiempo”, porque el reloj que funciona es el interior.
Por eso tampoco es fuera, sino dentro, donde hace buen o mal tiempo. Dominado o drogado por su reloj tirano (ganar dinero, tener cosas, éxito y placer o lo que cree que es placer), el hombre de hoy no parece tener tiempo para nada. Su ritmo corre tan apresurado que no deglute la vida, la vida se lo come a él.
Los filósofos aseguran que el tiempo es un ente de razón. Pero basta con echar una ojeada a una aldea de montaña o pueblo perdido de pescadores y comparar su tiempo con el de Wall Street o del Metro de Sol a una hora punta para percibir la diferencia.
El hombre de las redes sociales, el móvil, el ordenador portátil, el lunch, la huida del fin de semana, piensa que está conquistando su vida. El crac de la economía de mercado es como un termómetro de su absurda carrera hasta convertir por ambición el dinero en virtual, en nada.
Respira y conecta con el no tiempo.
Ese instante, ese “ahora” te abre al infinito, dondequiera que estés.
Esa es nuestra naturaleza real, la que permanecerá cuando acabe esta película o apariencia de la vida.
Voy de camino, pero no estoy solo. Te siento en lejanía y, paso a paso, cuando me entran ganas de llorar, pronuncio tu nombre, música en mis entrañas.
Voy en busca del niño que llevo dentro.
Hay noche en mi derredor, un mundo cruel de guerra, odio. Pero detrás, lejos o en lo hondo, más allá del abismo, al fondo del bosque, intuyo tu cabaña de luz.
A mi lado, los pobres, los pequeños y olvidados. Son los especialistas de la esperanza, porque tienen más hambre de Ti y van más ligeros de equipaje.
Con Isaías barrunto al «Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de paz». Cuando pronuncio tus apellidos, un sonajero tintinea en mis entrañas.
Debajo de mis pies hay un camino allanado por Juan Bautista: Baja mis montes, prepara mis senderos, aligera mis pies. Por eso, a pesar de todo, no tengo miedo. Esperar es confiar.
Me llena el alma la “llena de Gracia”. Como a ella, Dios calienta mi seno. Santa María de la Esperanza, ilumina mi andadura de insignificante con tu Magníficat eterno.
Francisco papa evocaba a Charles Péguy: «La pequeña esperanza avanza entre las dos hermanas mayores y nadie la mira. En el camino de la salvación, en el camino carnal, en el camino desigual de la salvación, en el camino interminable, en el camino entre sus dos hermanas la pequeña esperanza avanza». La esperanza avanza entre las dos hermanas mayores, la Fe y el Amor, bien cogidas de la mano, pero en realidad es ella quien las dirige.
Para ir más ligero, voy soltando trastos: ese mirarme el ombligo, darle vueltas al coco, regodearme en lo negativo, creerme el centro de mi universo, un saco de apegos, mendigar cariño, afincarme en mis éxitos, temer el futuro, creerme solo, buscarme en los demás, acumular, mirarme al espejo. Entonces. Si suelto, no camino, vuelo.
Tu rocío ya está refrescando mi frente. Tu sonrisa ilumina mi noche. Tu corazón arrebata a mi niño. Tu llanto pacifica mi cruz. Tu fragilidad me da fortaleza. Tu pobreza me hace rico. Cojeo de tantas cosas. ¡Cómo corro!
Pintar los muertos, rodearlos de música, flores y hasta champagne es una pasada a la que habitualmente están acostumbrados los estadounidenses. El numerito que en este sentido presencié hace muchos años en la Wallace Funeral Home, una funeraria de un popular barrio neoyorquino, me quitó las ganas de rezar. Había maquillado al cadáver como una actriz de Hollywood y aquello se parecía más a un festejo de graduación que a un obituario. Un recuerdo que me viene a la memoria en este día de difuntos.
Sin embargo, la tecnificada sociedad made in USA es la que ha inventado la muerte anónima. Pocos días antes, durante mi trabajo en una parroquia de Manhattan, había asistido a una anciana que se moría sola en el piso veinticuatro de un modernísimo hospital. Sus queridos parientes la habían despostado allí como un mueble; los médicos le ensartaron en la muñeca una pulserita con un número de identificación, y la pobre mujer había pasado de especialista en especialista como un cojinete en una cadena de montaje.
Ofrezco unos propósitos de verano, que me hago a mí mismo y que se pueden llevar a cabo en cualquier lugar del mundo, con dinero y sin dinero, solos o acompañados, tristes o alegres, con ganas y sin ganas. Solo hace falta una condición previa: estar atento y mirarme un poco desde fuera para verme como realmente soy.
1. No le daré vueltas al coco. La mente, el “yo” que runrunea dentro de mí, no es mi verdadero yo. Es un escarabajo pelotero que se refocila en la negatividad. Pero tampoco conviene luchar con él, porque es peor. Hay que tratarle como a un niño al que se le da la papilla: “Mira, un avión”. Respiraciones, mantras, concentrarse en otra cosa, como un trabajo manual, lectura, peli o paseo, ayudan.
2. Mirar es mirar. No viajar por la vida como turista apresurado tirando fotos a golpe de cicerone. Ser contemplativo es dejarse atrapar por el detalle. Un árbol no es verde, sino muchas tonalidades de verde. Una casa derruida no es solo escombros, sugiere historias. Un paisaje, una flor, ocultan vibraciones infinitas. Mirar no es ver, es dejarse mirar por el misterio de lo que ves.
3. La soledad no es una tragedia, sino una oportunidad. No te compadezcas, respira, no estás en realidad solo. Cierra los ojos. Desde dentro puedes armonizarte con el Todo desde el silencio. No dejes que el yo arruine la presencia que habitas en el ahora.
El poeta Juan Bautista Bertrán, SJ, escribía “Cuando atardece, quédate conmigo / le tengo miedo a mi soledad sola, no contigo”. En el crepúsculo, cuando cesan los ruidos y el mundo se sumerge en la oscuridad de la noche, es frecuente que tomemos conciencia del misterio de nuestro ser: hemos sido arrojados a la vida sin saber por qué; somos frágiles, limitados e ignorantes del futuro; es más, con una certeza de que vamos a envejecer e incluso abandonar esta vida. Hay además algo incomunicable dentro de nosotros. Ni el ser más querido es capaz de penetrar plenamente en mi conciencia interior.
Quizás estos sean algunos motivos de la soledad radical de todo ser humano a la que tenemos miedo, como dice el poeta. La fe no elimina esa soledad de mi más íntima conciencia, pero añade algo más: el “contigo”. La “soledad contigo” no deja de ser soledad, pero es una soledad iluminada.
Todo creyente tiene derecho a un pedazo de mística en su vida, momentos de silencio en que conecta con un rescoldo interior que le calienta y acompaña, una sensación de que somos chispa de un gran fuego u ola de un infinito mar. Como canta el mismo poeta: “A veces por las venas de las cosas / sube una luz azul, cual de presencia”. Mi parte resuena con el Todo, mi pequeña arpa vibra con la sinfonía del Ser, y siento, aunque sea por un instante, que Dios no solo me acompaña y me habita, sino que, como dice Pablo, “en él vivo, me muevo y existo”.
Después de leer un periódico o ver un telediario no puedes evitar sentir una sensación de angustia
No dar protagonismo a esa voz permanente que nos hace daño
Conectar con el yo profundo, la zona interior en silencio
Hemos de fluir conscientes de que hay algo permanente y feliz detrás de todo y no después, en la otra vida, sino ya en esta, si cerramos los ojos y eres lo que eres
No darle cabezazos a la vida
Comprometernos en la medida de nuestras posibilidades
“Nunca quizás estuvimos tan cerca de Dios, porque nunca estuvimos tan inseguros”
En estos días las noticias trágicas, duras, incomprensibles y sorprendentes llenan los informativos y nos trabajan el subconsciente con su negatividad. Las guerras se multiplican y son cada vez más amenazantes para comprometer el futuro de la paz mundial. Las tragedias ecológicas, consecuencias del cambio climático, devastan el planeta, como la Dana que nos ha asolado recientemente en nuestro país. Las migraciones, el hambre, los campos de refugiados y las enfermedades, la droga, se cobran nuevas víctimas. La política mundial se decanta en los últimos tiempos a sustituir la democracia por posturas dictatoriales y el populismo, como la incertidumbre que presenta para el mundo la reciente reelección de Trump. Las mentiras de las fake news se imponen sobre todo entre los jóvenes. En fin, no hay que enumerar muchas más para que después de leer un periódico o ver un telediario no puedas evitar sentir una sensación de angustia.
¿Qué hacer para, por una parte, no desentendernos del necesario compromiso, y por otra no sucumbir psicológicamente ante esos impactos?