Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

Mi ¡Yo soy!

MI “YO SOY”

Sobre mis hombros llevo cada día
el peso de las risas y las penas,
las horas que corrieron por mis venas,
en un talego de tiempo, que querría

arrojar en el mar de mi bahía
para hundir en tu amor viejas arenas,
que son pasado, pensamiento apenas,
la huella que, sin Ti, no siento mía.

Pues no soy yo ese caudal que creo
constituye mi ser en lo profundo,
ni tampoco mi obra o el latido

de cuanto hice o en mi historia veo,
sino ese rescoldo tan querido
donde en silencio incendias este mundo.

Pedro Miguel Lamet
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El espacio interior, una mística en calderilla

Un hecho incontestable hoy en día, en muchas personas, sean creyentes o no, es la sensación de angustia difusa, debida al ruido ambiental, al bombardeo de la información negativa, al ritmo de la vida actual y a la carencia de sentido. La causa más frecuente de ello suele venir de los pensamientos negativos que nosotros mismos nos infringimos al darle vueltas a ideas que nos torturan y que suelen venirnos, sobre todo en medio de la noche o al momento de levantarnos en la mañana.

Recuerdo un recurso para despertar por dentro, que leí en un libro de autoayuda: vístete, lávate los dientes en cámara lenta, como si fuera lo más importante de tu vida, o lava los platos como quien lava los platos. Es una práctica de concentración para evitar la «tabarra de la mente», centrarte en el presente y no estar dándole vueltas al pasado, al futuro o estar pensando en lo que vas a hacer después. Al estar pendiente de cada movimiento, como si la pasta de dientes fuera de oro puro, la mente no encuentra espacio para torturarte.

Todas las técnicas no sirven de nada si conviertes la técnica en un fin en sí mismo. Como la respiración, el mantra repetido, la jaculatoria, la relajación… Lo importante es conectarte a otra dimensión.

El verdadero objetivo es sentir el espacio interior.

¿Qué es el espacio interior?

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Firma en la Feria del Libro de Madrid

Queridos amigos: Estáis invitados a la próxima Feria del Libro de Madrid, donde estaré firmando mi última novela: «El Sicomoro: La Buena Noticia según Zaqueo» y el resto de mi obra.

Lo haré los sábados 30 de mayo, el 6 y el 13 de junio, de 11 a 14 horas. Aunque no adquiráis ejemplares, será una excelente ocasión para conocernos y compartir impresiones.

CASETA 54. LIBRERÍAS PAULINAS

Gracias por todo y un abrazo.

«Más libros, más libres»  Enrique Tierno Galván,

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«El Sicómoro», nueva novela de Pedro Miguel Lamet

“El hombre que lo compró todo hasta que descubrió lo que no tenía precio”, es el eslogan que acompaña al lanzamiento de El Sicómoro, la nueva novela bíblica de Pedro Miguel Lamet (Mensajero, Bilbao, 2026). El prolífico autor jesuita nos sitúa esta vez en el siglo I para centrarse en un personaje evangélico, Zaqueo, el archipublicano de Jericó que mereció la mirada y predilección de Jesús tras subirse a un sicómoro en medio de la muchedumbre.

Bajo de estatura, jefe de los recaudadores de impuestos, odiado por el pueblo, corrupto y adinerado, Zaqueo, se encarama a un sicómoro. Jesús se detuvo, alzó la mirada y quiso ese día hospedarse en su casa. Es el clímax de toda su peripecia, que recrea esta novela.

En su ancianidad, se dirige diariamente a aquel árbol en compañía de su hija Sara, a quien confiesa toda su verdad: Cómo, ya acomplejado desde niño, se hace amigo de Anub, compañero discapacitado, y se enamora de Inga, una joven nórdica inalcanzable por su altiva belleza. Para conquistarla, decide convertirse en archipublicano al servicio del invasor imperial, explotando sin escrúpulos a los contribuyentes pobres de Israel. Gracias a sus riquezas logra seducir a la mujer de sus sueños, de cuyo matrimonio nacen dos hijas: Esther y Sara, vivos retratos de su esposa y él mismo respectivamente.

Al fracaso de su relación matrimonial y las tensiones de su oficio, se unen un fuerte sentimiento de culpa y una necesidad de liberación. Por medio de Rebeca, esposa de su amigo Anub, recibe ecos de un tal Jesús, al que empieza a investigar. Su mayor inquietud es saber qué piensa el Maestro de los ricos, los pobres, los pequeños, los enfermos y la función del dinero. De esta manera Pedro Miguel Lamet, con su habitual eficacia narrativa, nos sumerge en el entorno del siglo I; traza un retrato que atrapa al lector de uno de los más sugestivos personajes del Evangelio, y nos ofrece claves bíblicas para reflexionar sobre uno de los temas que han cobrado urgente actualidad: la devastadora obsesión por el poder y el dinero.

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Resucitar es saberme vivo

Llega la Pascua y con ella una cierta locura. Los discípulos se hacen un lío. María de Magdala, la enamorada, no reconoce a Jesús a primera vista. Los de Emaús huyen atrapados por la murria. Tomás quiere meter su mano en la llaga del costado. Y en el centro, la polémica de la tumba vacía, que tanto preocupará a los teólogos.

 No hay una prueba física, científica y racional de la resurrección. La gran experiencia definitiva de que Cristo ha resucitado es la transformación de aquel grupo de pescadores ignorantes y atemorizados, cuyo líder ha sido ejecutado a las puertas de Jerusalén, la confluencia de sus testimonios. Jesús ahora atraviesa paredes, está y no está, despierta la duda o inflama el corazón.

La experiencia del resucitado, aunque se apoya en hechos históricos, requiere la fe, o en cierto modo, la mística. En mi opinión, los apóstoles despertaron por dentro, descubrieron que la muerte no existe, que desde siempre eran seres sin tiempo en el tiempo, pertenecían a la explosión de luz que une lo creado con lo increado, manifestación de lo inmanifestado, y eso les cargó de comprensión y fuerza.

Hoy abundan la noche, el miedo, las puertas trancadas, los corazones solitarios, las tesis e ideas que dividen, el enfrentamiento agresivo de creyentes e increyentes e incluso de fieles entre sí, como siempre hubo, hasta ocasionar incluso guerras de religión. La resurrección ocurre en lo íntimo de cada conciencia y fuera de ella. De poco vale que se demuestre la autenticidad de la Sábana Santa o que se encuentre un papiro más antiguo para convencer de su verdad. Es una verdad a la vez histórica y metahistórica. Porque la mejor historia es la escrita con las vivencias de los hombres. Resucitar es ver más, romper nuestros códigos, tocar la alegría del Ser. “El que cree en mi tiene vida permanente”. (Jn 5.25)

Ocurrió en la historia. Pero cualquier ser humano despierto pudo resucitar y podrá resucitar siempre, si entra por la contemplación iluminada en el no tiempo. Y sin embargo, no es un hecho solo espiritual, sino también material, en cuanto cualquier resucitado es capaz de transformar la materia, las injusticias, la dinámica del odio y el dolor, e incluso nuestra falsa sensación de morir. Desde esta perspectiva, es un acontecimiento cósmico que disuelve todos nuestros miedos y angustias y que puede experimentar cualquier hombre que se abra a lo profundo del hombre.  

Resucitar es descubrir que puedo volar, saberme vivo para siempre, en este momento aquí y ahora, sin depender de las arrugas, el paso del tiempo, el dolor y hasta la misma muerte.

 RESURRECCIÓN CÓSMICA

Cuando pisabas, Jesús, la tierra mía
y andabas con sudor por este mundo,
cuando el llanto te hería en lo profundo,
cuando añorabas vida y alegría,

¿no te turbaba la melancolía
de ser solo un hombre en un segundo
para no ser infértil e infecundo
entre gente tan torpe, lerda y fría?

Miré una flor violeta en el camino,
un niño destrozado por la guerra
y el beso de la lluvia sobre el prado

y comprendí de pronto que es divino
todo lo humano de esta frágil tierra
ya que contigo ha resucitado.

Pedro Miguel Lamet




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Cuatro poemas de Pasión


MI ÚLTIMA CENA

En esta noche tibia, quieta y llena
de un temblor de palabra y despedida,
de soledad y amor el alma herida
celebras tú, Jesús, la última cena.

Compartes con el pan esa honda pena
del sin sentido, la angustiosa vida
que es fracaso, dolor, obra incumplida,
y el vino de tu sangre nazarena.

En esta hora de la confidencia,
cuando Judas se hunde en su amargura
y Pedro negará en un corto trecho

cuanto aprendió a tu lado de dulzura,
déjame que ahonde en la experiencia
de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.



FLOR DE VIERNES SANTO


De mi fuego a tu fuego hay un paso
que es la noche profunda del que mira
por encima del odio y de la ira
y se enciende de amor en el fracaso.

De mi noche a tu noche hay un ocaso
que es derrotar en silencio la mentira
y abrazar en tu muerte cuanto aspira
a alcanzar en su luz aquel traspaso

del miedo que descubre la alegría.
Va mi alma contigo ensangrentada
por las calles del mundo tras el llanto

de todos cuantos llevan por tu vía
aquella cruz tan dura y tan pesada
que llegó a florecer en Viernes Santo.



PALABRAS DE MARÍA DOLOROSA
A SU HIJO MUERTO EN LA CRUZ


¿Qué te han hecho, Jesús, hijo del alma?
¿A dónde el odio y la envidia te han traído,
que tu cuerpo te sangra malherido
y una espada atraviesa mis entrañas?

¿Dónde fueron las risas de aquel niño
que jugaba en la puerta de mi casa?
¿Dónde partió mi joven carpintero,
dónde, muerto José, mi único amigo?

Te ha matado el poder, la fuerza bruta
que no sabe de luz, que solo mata.
Ya no puedo escuchar tu voz bendita
ni puedo acariciarte con mis nanas.

El tiempo se ha parado, todo es noche,
tus discípulos todos han huido.
No hay consuelo ni alivio. Pon tu calma
en medio del dolor, mira qué frío

llena al mundo de miedo y pesadumbre.
Todo pide que vuelvas con tu Pascua.
Resucita, Jesús, en tus hermanos
vuelve otra vez a tus campos y tu barca.

Siembra entre los hombres el alivio
de saber que la vida es tu Palabra.
Repártenos tu Pan, danos tu Vino,
confirma que el Amor todo lo salva.

¡Vuelve a mostrar de nuevo tu camino!
¡Ven, Jesús, resucita! ¡Maranatha!


SABIDURÍA DE VIERNES SANTO

Enséñame a morirme cada día
porque sigo enganchado a la creatura
y tengo miedo a esa noche tan oscura
en que deje este mundo y tierra mía.

Tengo miedo al desagarro y a la fría
soledad de quien triste se apresura
a romper con el tiempo que no dura
y a ignorar si le espera la alegría.

Desde tu cruz, enséñame el camino
para vivir muriendo a la apariencia
y amar lo que respira entre las cosas

que así hallaré por ti un sabor divino
y la luz que trasciende toda ciencia
en el secreto oculto de las rosas.

Pedro Miguel Lamet


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La procesión de la borriquita

La procesión de la borriquita era para los niños de entonces no solo el arranque de las vacaciones de Semana Santa, sino una explosión de alegría a nuestra medida. Salía por la tarde, a diferencia de otras cofradías nocturnas de la ciudad, y respiraba la algarabía del Domingo de Ramos.

Jesús es rey, pero el rey de los pequeños, no a lomos de un blanco caballo de caudillo mesiánico sino de un humilde asno mediterráneo, manso y amable bajo el sol. Con armas tan inofensivas con las palma y olivos y con al aplauso del pueblo sencillo que abarrota los caminos.

Siempre me ha impresionado el contraste de este domingo: la entrada triunfal en Jerusalén y la soledad que queda después de la fiesta, con los ramos pisoteados y marchitos, con un Jesús solo por el camino de Emaús y la amenaza pesando sobre sus espaldas. Es duplicidad de fiesta/sufrimiento, éxito/fracaso, alegría/tristeza, trasunto de la vida humana.

Una vivencia inefable que he intentado sugerir en este soneto:

Domingo de borriquita

Sabe a domingo y agitar de palma
este triunfo con perfume a olivo
este gritar del pueblo redivivo
en honor del rey y señor del alma.

Sabe a pobreza, pequeñez y calma
este asno que se lleva altivo
hacia el dolor glorioso y decisivo
al Hombre Dios sobre su humilde enjalma.

Y tanto ramo en la niñez se queda
en un hosanna que suena a melodía,
en un recuerdo que nos llora y canta,

como si luego con la luz tardía
se nos pierde Jesús en la vereda
a solas sólo en su Semana Santa.

Pedro Miguel Lamet




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Cumpleaños

                      CUMPLEAÑOS

“Muero porque no muero”
(Teresa de Jesús)

¡Qué bien que me estoy muriendo
con el feliz pasar de cada día!
¡Qué hermosura y cuánta algarabía
saber que ya “soy” porque me estoy yendo

de mi pequeño yo, que nunca entiendo,
y alcanzar al fin la gran sabiduría!
Pues, al caminar por esta tierra fría,
vislumbro en su belleza aquel estruendo

que será sumergirme en tu regazo
del que nací eternamente tuyo,
como chispa de amor vuelve a su esencia

y culmina su andar con un abrazo.
Por eso aquí y ahora solo intuyo
que ya estoy nadando en tu presencia.

Pedro Miguel Lamet, SJ
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La paz empieza dentro

En estas horas amenazadas por la incertidumbre de una guerra gratuita, que tiene visos de convertirse en internacional, me han venido a la cabeza las palabras de un profeta de nuestro entorno que clamó toda su vida por la paz:  José María de Llanos, SJ, el cura de El Pozo del Tío Raimundo. No era raro que José María, personalmente lacerado por la contienda en la que murieron asesinados sus dos hermanos, y él mismo, tras capellán de la Falange, hiciera una opción heroica por los maltratados por la injusticia del cinturón de Madrid, estuviera durante toda su vida obsesionado por la paz.

Por eso quizás tenía carnet de ciudadano del mundo; levantaba en sus escuelas cada día la bandera de un país distinto y, entre sus muchos libros, dedicó uno al tema: Un plan de paz (Colección Justicia y Paz, PPC, Madrid, 1972). Después de definir lo que no es paz, su escrito se centra sobre todo en la educaciónLa paz no es el orden público; la paz cristiana es contradicción, prueba, lucha y cruz.

«Se hace paz haciendo al hombre» gracias a una educación que no es información o adiestramiento para vivir mejor, sino «haciendo al hombre cada día más él mismo». «El hombre de paz —escribe— no es aquel que puede asemejarse a la bestia mansa que acepta porque no puede sino aceptar el estímulo del látigo, aquello que desde fuera se le impone; el hombre de paz es, en cambio, el que encuentra la paz y la valora desde dentro de sí, desde su luz y su dominio, desde su responsabilidad y convencimiento, desde su libérrima aceptación, desde su convencimiento nacido del autogobierno». Supone una labor educativa que sublima la agresividad, encaje la tendencia a la posesión, promueva la aceptación del otro y los otros, aleje de la miseria y la cobardía y conduzca hacia la justicia y libertad. El hombre nuevo solo se construye desde la profundidad de cada persona, en su interior, ampliándose por el conocimiento y con una religión que lo pacifique consigo mismo, con su entorno y con su misterio.

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