
Conseguir que el espectador quede atrapado por las intrigas de un grupo de ancianos cardenales que conversan entre sí, encerrados en cónclave, no era tarea fácil. Pero es el desafío al que se enfrenta el realizador alemán Edward Berger en Cónclave, un film coproducido por Estados Unidos y Reino Unido que está levantado polémica y al mismo tiempo un importante taquillazo.
Es cierto que los fastos y ritos vaticanos siempre han fascinado al cine, especialmente a grandes producciones de Hollywood, por su vistosidad y misterio. Pero aquí nos encontramos con varios factores que hacían arriesgada esta producción: la Iglesia católica está en una época de crisis en la opinión pública en la actualidad, y el tema, la vida interna de un cónclave para elegir papa, sin salir de él, era un reto difícil para un público habituado al cine de impactos visuales.
¿Qué ha hecho Berger? Con un excelente guion, servirse de un acontecimiento eclesial no exento de morbosidad, por su misterio y secretismo, para filmar una parábola sobre el poder político con sus ambiciones, intrigas, debilidades y también idealismo por cambiar el mundo. Un cónclave, si prescindimos de la dimensión espiritual, es, como un matraz cerrado, una coctelera de intenciones y sentimientos, un laboratorio para conocer los recovecos del corazón humano en una situación límite.







