En 2026 se cumplen dos aniversarios de gran importancia en torno a san Juan de la Cruz: el tercer centenario de su canonización y el primer centenario de su proclamación como doctor de la Iglesia.
Ofrezco este año mi homenaje al gran místico de Hontiveros y mayor poeta de la lengua castellana —al que dediqué también la novela histórica LA NOCHE ENAMORADA— este soneto:
LLAMA DE AMOR VIVA
A San Juan de la Cruz
Pequeño fraile de la noche oscura al que cautivo, solo y humillado la luz de la poesía te ha cantado con la voz más sublime, honda y pura:
tu mística nos hunde en la espesura de un jardín del alma con su amado y un monte en subida por el lado en que la nada engendra su figura.
Cuando ahogado el yo por la dureza de este mundo que anda a la deriva y se turba en su más profundo centro,
muéstrame tú la llama de amor viva que de mi noche alumbre una proeza: romper “la tela de ese dulce encuentro”.
Llega la Pascua y con ella una cierta locura.Los discípulos se hacen un lío. María de Magdala, la enamorada, no reconoce a Jesús a primera vista. Los de Emaús huyen atrapados por la murria. Tomás quiere meter su mano en la llaga del costado. Y en el centro, la polémica de la tumba vacía, que tanto preocupará a los teólogos.
No hay una prueba física, científica y racional de la resurrección. La gran experiencia definitiva de que Cristo ha resucitado es la transformación de aquel grupo de pescadores ignorantes y atemorizados, cuyo líder ha sido ejecutado a las puertas de Jerusalén, la confluencia de sus testimonios. Jesús ahora atraviesa paredes, está y no está, despierta la duda o inflama el corazón.
La experiencia del resucitado, aunque se apoya en hechos históricos, requiere la fe, o en cierto modo, la mística. En mi opinión, los apóstoles despertaron por dentro, descubrieron que la muerte no existe, que desde siempre eran seres sin tiempo en el tiempo, pertenecían a la explosión de luz que une lo creado con lo increado, manifestación de lo inmanifestado, y eso les cargó de comprensión y fuerza.
Hoy abundan la noche, el miedo, las puertas trancadas, los corazones solitarios, las tesis e ideas que dividen, el enfrentamiento agresivo de creyentes e increyentes e incluso de fieles entre sí, como siempre hubo, hasta ocasionar incluso guerras de religión. La resurrección ocurre en lo íntimo de cada conciencia y fuera de ella. De poco vale que se demuestre la autenticidad de la Sábana Santa o que se encuentre un papiro más antiguo para convencer de su verdad. Es una verdad a la vez histórica y metahistórica. Porque la mejor historia es la escrita con las vivencias de los hombres. Resucitar es ver más, romper nuestros códigos, tocar la alegría del Ser. “El que cree en mi tiene vida permanente”. (Jn 5.25)
Ocurrió en la historia. Pero cualquier ser humano despierto pudo resucitar y podrá resucitar siempre, si entra por la contemplación iluminada en el no tiempo. Y sin embargo, no es un hecho solo espiritual, sino también material, en cuanto cualquier resucitado es capaz de transformar la materia, las injusticias, la dinámica del odio y el dolor, e incluso nuestra falsa sensación de morir. Desde esta perspectiva, es un acontecimiento cósmico que disuelve todos nuestros miedos y angustias y que puede experimentar cualquier hombre que se abra a lo profundo del hombre.
Resucitar es descubrir que puedo volar, saberme vivo para siempre, en este momento aquí y ahora, sin depender de las arrugas, el paso del tiempo, el dolor y hasta la misma muerte.
RESURRECCIÓN CÓSMICA
Cuando pisabas, Jesús, la tierra mía y andabas con sudor por este mundo, cuando el llanto te hería en lo profundo, cuando añorabas vida y alegría,
¿no te turbaba la melancolía de ser solo un hombre en un segundo para no ser infértil e infecundo entre gente tan torpe, lerda y fría?
Miré una flor violeta en el camino, un niño destrozado por la guerra y el beso de la lluvia sobre el prado
y comprendí de pronto que es divino todo lo humano de esta frágil tierra ya que contigo ha resucitado.
En esta noche tibia, quieta y llena de un temblor de palabra y despedida, de soledad y amor el alma herida celebras tú, Jesús, la última cena.
Compartes con el pan esa honda pena del sin sentido, la angustiosa vida que es fracaso, dolor, obra incumplida, y el vino de tu sangre nazarena.
En esta hora de la confidencia, cuando Judas se hunde en su amargura y Pedro negará en un corto trecho
cuanto aprendió a tu lado de dulzura, déjame que ahonde en la experiencia de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.
FLOR DE VIERNES SANTO
De mi fuego a tu fuego hay un paso que es la noche profunda del que mira por encima del odio y de la ira y se enciende de amor en el fracaso.
De mi noche a tu noche hay un ocaso que es derrotar en silencio la mentira y abrazar en tu muerte cuanto aspira a alcanzar en su luz aquel traspaso
del miedo que descubre la alegría. Va mi alma contigo ensangrentada por las calles del mundo tras el llanto
de todos cuantos llevan por tu vía aquella cruz tan dura y tan pesada que llegó a florecer en Viernes Santo.
PALABRAS DE MARÍA DOLOROSA A SU HIJO MUERTO EN LA CRUZ
¿Qué te han hecho, Jesús, hijo del alma? ¿A dónde el odio y la envidia te han traído, que tu cuerpo te sangra malherido y una espada atraviesa mis entrañas?
¿Dónde fueron las risas de aquel niño que jugaba en la puerta de mi casa? ¿Dónde partió mi joven carpintero, dónde, muerto José, mi único amigo?
Te ha matado el poder, la fuerza bruta que no sabe de luz, que solo mata. Ya no puedo escuchar tu voz bendita ni puedo acariciarte con mis nanas.
El tiempo se ha parado, todo es noche, tus discípulos todos han huido. No hay consuelo ni alivio. Pon tu calma en medio del dolor, mira qué frío
llena al mundo de miedo y pesadumbre. Todo pide que vuelvas con tu Pascua. Resucita, Jesús, en tus hermanos vuelve otra vez a tus campos y tu barca.
Siembra entre los hombres el alivio de saber que la vida es tu Palabra. Repártenos tu Pan, danos tu Vino, confirma que el Amor todo lo salva.
¡Vuelve a mostrar de nuevo tu camino! ¡Ven, Jesús, resucita! ¡Maranatha!
SABIDURÍA DE VIERNES SANTO
Enséñame a morirme cada día porque sigo enganchado a la creatura y tengo miedo a esa noche tan oscura en que deje este mundo y tierra mía.
Tengo miedo al desagarro y a la fría soledad de quien triste se apresura a romper con el tiempo que no dura y a ignorar si le espera la alegría.
Desde tu cruz, enséñame el camino para vivir muriendo a la apariencia y amar lo que respira entre las cosas
que así hallaré por ti un sabor divino y la luz que trasciende toda ciencia en el secreto oculto de las rosas.
¡Qué bien que me estoy muriendo con el feliz pasar de cada día! ¡Qué hermosura y cuánta algarabía saber que ya “soy” porque me estoy yendo
de mi pequeño yo, que nunca entiendo, y alcanzar al fin la gran sabiduría! Pues, al caminar por esta tierra fría, vislumbro en su belleza aquel estruendo
que será sumergirme en tu regazo del que nací eternamente tuyo, como chispa de amor vuelve a su esencia
y culmina su andar con un abrazo. Por eso aquí y ahora solo intuyo que ya estoy nadando en tu presencia.
Fernando Vidal, que coordina un grupo de oración en la parroquia San Ignacio de Loyola en Madrid, ha publicado este folleto, «Orar con Pedro Miguel Lamet«, donde elige algunos textos míos, ilustrados con música y dibujos para la meditación que tuvo lugar el 24 de enero. Fue una increíble experiencia de silencio y contemplación, que nunca olvidaré. He aquí el citado folleto por si os sirve:
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«Yahvé es tu guardián, tu sombra; Yahvé está a tu derecha.» (Sal 121, 5)
Al lado, inseparable, al tamaño de mí, hecho a medida e inmenso como el hueco que llevo dentro ardiendo.
Él vive junto a mí. Él es mi sombra.
Aquí, entre estas páginas, rompiendo la penumbra de la tarde, allí, junto al volante, copiloto. Más grande que los montes y menudo, para el bolsillo, oculto en ese afable rumor de pipa y de cerillas.
Él vive junto a mí. Él es mi sombra.
Lo ignoran los viandantes, se oculta tras semáforos, despide olor a Metro y vende «magazines» por las tardes, imposible de ver sentado en un kiosco.
Se duerme en aquel banco, lleva un casco de guardia y una boina. Vocea por las calles sus tiovivos y antorcha, con la muerte, es su despido de lágrima y pañuelo todo madre.
Él vive junto a mí. Él es mi sombra.
Y miro al rascacielos encerrado entre grises paredes de silencio. Levanto la mirada hacia los postes, que marcan la tardanza y el camino, y escucho el traqueteo entre dos soledades del viaje que va dejando el rastro de mi paso.