Siempre hace buen tiempo

Cuando declina el día

Cada vez que cae la tarde sobre el mar es como si el mundo muriera un poco y la tierra se apagara para dar paso a la negrura de la noche; como si todo entrara en meditación y supiéramos de pronto que el sol no se ha ido, sino que está oculto detrás, allá dentro, donde hace falta cerrar los ojos para verlo. En este tiempo de vacaciones me gusta pasear a la hora del crepúsculo, en el instante de intercesión entre el día y la noche, y preguntarle a Dios adónde se ha ido. Entonces la brisa fresca y el resplandor del poniente sobre el mar me responden con un susurro que el chillido de los colores y los ruidos del agitado día no me lo dejaban ver. Que me muera un poco con el crepúsculo cada día para contemplarlo mejor y aprehender el corazón secreto de la vida. Porque solo muriendo se vive y cerrando los ojos se ve.

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