Tragicomedia de una calle
El veterano director italiano Ettore Scola continua siendo fiel a sí mismo por encima de corrientes y solicitaciones comerciales para percibir las convulsiones sociales y políticas desde el pulso de la vida cotidiana, como hizo en sus grandes films Una jornada particular (1977) o La familia (1987) y La cena (2000). Sus detractores acusan al viejo comunista italiano de haberse edulcorado, despersonalizado y convertido en demasiado obvio y explícito en sus discursos fílmicos. Pero es que el de Scola sigue recordando más aquel cine de crónica inmediata y colectiva, heredero del neorrealismo, que cualquiera emparentado con la concesión al vedetismo o el efectismo manipulador actual.
Ahora no se trata siquiera de aquellos films apoyado en actores como el romance entre el Mastroiani homosexual antifascista y la Sofía Loren ama de casa en un piso del EUR. Competencia desleal relata simplemente la historia de una calle popular del borgo Pío –reconstruida por entero en Cinecittá–, barrio de vecindad que contrasta con la ominpresente y cercana cúpula de San Pedro en el Vaticano durante el fascismo de Mussolini. De esa calle, de la que no escapará la cámara durante todo el film, capta Ettore Scala el pulso de la vida diaria: el cotidiano renquear del tranvía, el músico callejero, el vendedor de manzanas al caramelo, los días de sol, la lluvia, la tristeza, las idas y venidas, las manifestaciones políticas.
Aunque la trama se centra especialmente en dos familias, enfrentadas por la competencia comercial de sus respectivos negocios, ellos son sólo seres anónimos de la gran historia, como todo el mundo. La anécdota es la pugna entre tiendas del sastre católico Umberto (Diego Abatantuono) y la de su vecino el judío, dueño de una mercería, Leone (Sergio Castellitto). En tono de comedia italiana el film relata las desavenencias de los comerciantes, sus artimañas para disputarse entre si la clientela y las peripecias vitales de ambas familias, con el trasfondo de la política fascista que asolaba la Roma de entonces. Personajes secundarios, como el hermano de Umberto, maestro de escuela progresista de boquilla que le ayuda en la tienda (Depardieu) o el cuñado gorrón, que vive en su casa y se afiliará a los camisas negras, nos van situando en torno el eje ideológico que plantea el film y las diversas posturas ante las leyes racistas de Mussolini que, a través de sucesivas medidas represivas, llegarán a afectar y evolucionar la vida tranquila de aquella calle romana.
Todo, también el amor que surge entre dos jóvenes hijos de ambas familias, es visto desde los recuerdos y los dibujos a plumilla de un niño, el benjamín de la familia. Este dirá al fin de la película sobre su compañero de juegos judío: «Dos que han bebido juntos hígado de bacalao serán para siempre amigos» Es cierto que el mensaje del film es obvio: el archiarrepetido alegato contra la intransigencia fascista en una familia judía. Pero el tratamiento fílmico posee un encanto especial por su naturalidad transparente, casi ingenua, y por el desafío que supone no realizar un cine de estrellas, ni de impactos, ni siquiera de marcados caracteres con los que identificarse, sino sobre un colectivo, una calle, el fluir de la vida misma.
En este sentido la ambientación está especialmente cuidada. Pequeños detalles como el juego de las chapas, el Meccano, las sastrerías y tiendas, los peinados y vestimentas, no se despegan como en otras películas, sino que responden a una evocación tratada con un color adecuado y una pátina nostálgica. La realización de Scola es fiel a su cine testimonial a medio camino entre la crónica intimista y el reportaje de sabor casi informativo, sobre todo en sus primeros planos que parecen fotos de antaño. A veces cámara-ojo, a veces documento, destacaría la secuencia de la fiesta, la de la pedrada en el escaparate o la del camión al final, que evocan los mejores momentos de neorralismo de sus maestros Rossellini y De Sica.
Lo mismo hay que decir de los intérpretes, domesticados hasta tal extremo, que incluso un divo como Depardieu, casi gris, es sacrificado en función de la colectividad. O el retrato de Umberto, sublimemente vulgar, pero con la buena ley de la gente del pueblo. ¡Qué diferencia del histronismo, irrealismo y vedetismo de films exitosos como La vita è bella o el cultivo del puro decadentismo de Cinema paradiso! ¿Que todo ello puede derrundar en momentos lineales, casi vulgares y aburridos? Como la vida misma. No así para el espectador contemplativo que redescubre detalles en la escenografía o se divierte con personajes secundarios como el transportista contratado de mozo de la sastrería o el inefable anciano relojero judío lituano que, enamorado de Italia, cree ingenuamente que su furbizzia va a salvarle. La Iglesia, sin una línea en el guión, está sin embargo omnipresente en la película como telón de fondo con la cúpula de San Pedro, quizás como una denuncia de pasividad ante la tragedia, y en la tremenda y ambigua frase: Dio e Duce.
En una palabra, un film excelente, como desafío cinematográfico circunscrito a una calle, sin que la cámara pierda movilidad y expresividad psicológica, sin concesiones, y con un gran amor, coherente con toda su filmografía, a los indivíduos víctimas de la sociedad y a las cosas. Una película de madurez, que, lamentablemente, me temo, no tendrá mucho éxito de taquilla, pues nuestro mirar está cada vez más viciado por los trepidantes telefilms y la escalada comercial alienante. Y, por ello, también una lección para aprender a redescubrir que la belleza, la risa y la tragedia, se ocultan en el entramado de lo trivial y lo pequeño, que es donde se viven en realidad las consecuencias de las grandes decisiones y los lamentables abusos de la clase política.
Título Original: Concorrenza sleale, Italia, 2001 Director: Ettore Scola.Productor: Franco Committeri. Guión: Fulvio Scarpelli, Furio Scarpelli, Giacomo Scarpelli, Ettore Scola , Silvia Scola. Intérpretes: Diego Abatantuono (Umberto), Sergio Castellitto (Leone), Gérard Depardieu (Angelo), Jean-Claude Brialy (Nonno Mattia), Claude Rich (Conde Treuberg), Claudio Bigagli, Anita Zagaria(Margherita), Antonella Attili (Giuditta), Augusto Fornari, Elio Germano (Paolo), Gioia Spaziani (Susanna), Sabrina Impacciatore (Matilde), Rolando Ravello (Ignazietto), Eliana Miglio ,Simone Ascani (Lele), Walter Dragonetti (Pietruccio), Sandra Collodel. Fotografía: Franco Di Giacomo. Música: Armando Trovajoli. Montaje: Raimondo Crociani. Decorados: Ezio Di MonteVestuario: Odette Nicoletti. Sonido: Andrea Petrucci, Corrado Volpicelli.Distribución: Estreno en España: