Hoy, por desgracia, no se entiende el cine poético, el cine-imagen, de encuadre estético y contemplativo frente al ímpetu consumista del cine convencional, lineal y narrativo. De aquí proceden a mi entender algunas incomprensiones críticas de Vidas furtivas, un film del 2000, que llega con tres años de retraso a nuestras pantalla y que es básicamente un poema fílmico, un canto al desarraigo, narrado desde un sutil y sugerente surrealismo.
Su directora, Sally Potter (Orlando y La lección de Tango) se sitúa desde el arranque en una interpretación de la imagen casi pictórica, donde los sentimientos brotan de la composición sugerente, los rostros silenciosos y el apoyo de una banda sonora eminentemente musical y lírica.
Con una sensibilidad muy femenina la directora británica nos cuenta la historia de una niña judía, cuya madre murió al engendrarla y que vive entre las nieves de una desolada aldea rusa, feliz por el respaldo que le da su padre, chantre de la comunidad, y las sensaciones primarias de la naturaleza, cuando comienza la persecución antisemita. Dada la apremiante situación, el padre (Oleg Yankovsky) emigra a Estados Unidos con la intención de preparar a la niña un futuro mejor.
Poco después una ola de violencia azota la población. En el último momento la abuela logra evacuarla junto con tres hombres que también aspiran llegar a América. Sin embargo, sufren un engaño y sólo consigue llegar hasta Inglaterra. La pequeña es entregada a las autoridades inglesas, y posteriormente alojada en una familia cristiana donde se le cambia el nombre por el de Suzie. La niña se ve despojada de sus únicas posesiones, una moneda de oro, cosida en el dobladillo del abrigo, y una maltrecha fotografía de su adorado padre.
Por causa del trauma que le ocasiona el viaje y del alejamiento de todo cuanto conoce y ama, la niña también pierde la voz. Al no poder entender el nuevo idioma que le rodea, ni hablarlo, en un primer momento, Suzie se ve intimidada en la escuela por los otros niños. Decidida a permanecer en silencio, la insultan constantemente. Hasta que, gracias al canto, recupera la voz y se traslada a París donde vive con una bailarina rusa, que a su vez le busca trabajo en un teatro donde canta ópera un tenor filofascista y se enamora de otro ser silencioso, un gitano domador de caballos. La segunda guerra mundial y la persecución judía sirve de fondo, a este último tramo del film y la última emigración de Suzie a Estados Unidos.
La película es una sucesión de cuadros, un culto al silencio y la música desde un estilo que hace equilibrios entre el melodrama y un surrealismo contenido. Puede decirse que Vidas furtivas consta de tres partes muy diferenciadas: la infancia, la época en París y la partida y embarque a Estados Unidos.
La primera parte es sin duda la mejor del film, realizada con una exquisita sensibilidad y un tratamiento del color que evoca la pátina del tiempo y la vida interior de una niña que endiosa a su padre. Es el trasunto de la foto sepia que llevará siempre consigo como un recuerdo perenne. Los primeros planos de la pequeña Suzie, encarnada por la niña Claudia Lander-Duke, valen por todo el film.
En París Sally Potter tiene una muy peculiar modo de contemplar los años de la invasión germana desde Lola (Cate Blanchett), una despampanante bailarina rusa, reverso caracteriológico de Suzie, paradigma de la seducción femenina que se convierte en amante del tenor de éxito, el italiano también caricaturesco, John Turturro (Dante Dominio). Todos son débiles en el fondo; son gente sin patria, seres desvalidos. La joven judía, admirablemente trasladada a la pantalla por una Christina Ricci de frágil, menuda y enigmática belleza. El gitano César (Johnny Deep), que pasea su caballo blanco junto al Sena y la torre Eiffel como un trasunto coral de su marginación; la portera judía; el propio tenor que no es sino un meridional de humilde origen obnubilado por la fama y el lujo.
En esta segunda parte se acentúa el melodrama. Las relaciones entre los personajes, un fallo de la realizadora que apuntan algunos críticos, están solo apuntadas simbólicamente y la ópera da ritmo musical a sus secuencias, donde las figuras humanas aparecen como eso, pura representación, caricaturas de sí mismas.
Lo peor del film sin duda son los últimos veinte minutos, que apresuran el final y dejan al espectador un tanto insatisfecho. No obstante hay en todo momento un distanciamiento, una manera de mirar que no es frecuente en el cine de hoy y que hace de Vidas furtivas una obra muy peculiar, un poema icónico musical con un extraordinario dominio de la composición, el encuadre y el tratamiento del color.Exige, claro, una sensibilidad pareja en el espectador, para que no salga con el típico y tópico comentario del conocido consumidor de films al uso, que uno oye indefectiblemente al vecino: “Demasiado lenta”.
Se trata de una película sobre la marginación, la emigración, las vidas sin raíces, donde no sólo son los judíos los perseguidos. Un film también sobre la mudez del alma y el lenguaje de los silencios que compone la música interior. No es un film realista, aunque está en el límite para no desenganchar al espectador. Aunque su título original es “El hombre que lloró”, aquí todas las lágrimas son interiores.
Título original: The man who cried. Producción: Reino Unido y Francia, 2000.Dirección y guión: Sally Potter. Duración: 100 min.Intépretes: Christina Ricci (Suzie), Cate Blanchett (Lola), Johnny Deep (César), John Turturro (Dante Dominio), Harry Dean Stanton (Félix Perlman), Oleg Yankovsky (Padre), Hana María Pavda (Abuela), Míriam Karlin (Madame Goldstein), Claudia Lander-Duke (Suzie joven), George Yiasoumi (Periodista).Producción: Chistopher Sheppard. Música: Osvaldo Golijov. Fotografía: Sacha Vierny.Montaje: Herve Schneid. Diseño de producción: Carlos Conti. Dirección artística: Laurent Ott y Ben Scott. Vestuario: Lindy Hemming. Estreno en USA: 25 Mayo 2001.Estreno en España: 12 Septiembre 2003.