En el cañón soriano de Río Lobos se halla la ermita templaria de San Bartolomé, rodeada de olmos muertos, situada en el centro de un rincón mágico habitado desde la época del bronce (2000-850 a.C.), frente a la Cueva Grande, donde hay pinturas rupestres, y el llamado Balconcillo. Se diría que es la conjunción de dos templos, el construido por los hombres —en este caso los enigmáticos templarios—, y el de la naturaleza, apuntan a la paz y el inconmensurable misterio de Dios. El primero reúne la intimidad de una ermita rural y el misterio arcano de los símbolos templarios según el modelo de Jerusalén. El segundo, horadado por los siglos, socava en la roca nuestra evocación de fragilidad y permanencia. En ese oasis de quietud y armonía ecológica el hombre vuelve a ser hombre y a sintonizarse con el canto de amor y belleza de donde surge y a donde desemboca.
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