Siempre hace buen tiempo

Bel ami, el seductor arribista

Nada menos que trece adaptaciones cinematográficas ha merecido “Bel ami”, una de las  novelas más brillantes de Guy de Maupassant; desde la de Augusto Genina en 1919 a la penúltima de Philippe Triboit, estrenada en 2005, pasando por la más aplaudida de Willi Forst en 1939. Quizás la razón de tantos intentos de llevar al cine esta obra del vitalmente inadaptado, casi loco, Maupassant,  que acabó suicidándose, es que era ya, por su contenido pasional y realista, un gran guion cinematográfico. Además, Maupassant es uno de los escritores más adaptados en la historia del cine. Sus libros han tentado desde Von Stemberg, Renoir, John  Ford y Robert Wise hasta Max Ophuls, Luis Buñuel o Arturo Repstein. Pero no olvidemos que toda buena adaptación no es nunca una mera traslación de un buen texto, sino su recreación libre en imágenes, buscando, más que la literalidad, el espíritu de la obra original.

Vanidoso, ambicioso y absolutamente falto de escrúpulos, Georges Duroy, el protagonista de Bel Ami es el perfecto arribista, dispuesto a todo, con tal de alcanzar el éxito, algo que la sociedad le debería en pago por lo que él considera sus excepcionales prendas. La novela, y por tanto también esta nueva adaptación prácticamente literal de Declan Donnellan y Nick Ormerod,  retrata la sociedad intelectual, política y financiera del París de finales del siglo XIX, pero sobre todo dibuja el perfil psicológico de un hombre. Su me

bel-ami2teórico ascenso, logrado a base de suerte tanto como de tretas inconfesables, crea en el lector al mismo tiempo fascinación y distanciamiento, pero en todo caso el encuentro con una persona real.

Duroy es el típico “guaperas”, sin cultura, pero vivo,  despierto y, sobre todo, provisto de una inteligencia natural sin escrúpulos  y una inconmensurable audacia. Quiere a toda costa llegar a ser alguien en el París, donde aparece al comienzo del film como un don nadie, un ex soldado que  se mueve en ambientes sórdidos. La maquinación y la seducción lo elevarán hasta las más altas esferas de la sociedad parisina. Aunque Duroy es, sobre todo, un amante. Adora a las mujeres y las desprecia al mismo tiempo. Pero principalmente se servirá de ellas con audacia y ningún escrúpulo para su imparable escalda. Su matrimonio con madame Forestier, gracias a los contactos y relaciones de ésta, supondrá el comienzo de su ascenso en el mundo de la prensa y a través de ella, verdadera autora de los artículos capaces de derribar gobiernos y encumbrar ministros, el logro en parte de sus objetivos. Pero esa misma cualidad de su amante despertará los celos de nuestro personaje, que en sus amoríos ascendentes y su degradación moral precipita el desenlace. En una palabra, se trata de la historia del arribista sin escrúpulos, un tema por desgracia de gran actualidad en el mundo de la economía, la comunicación y la política de ahora mismo.

El film de los directores teatrales Donnella y Ormerod no pasa de ser una adaptación plana y literal de la novela, carente de pasión y gancho, pese a sus reclamos eróticos y guiños al espectador, ávido siempre de participar en la historia de la oruga que se convierte en mariposa. El problema es que, en esta ocasión, desconecta. Falla el guion, premioso y aburrido, pero sobre todo la elección del protagonista, que en la historia de Maupassant es clave, al tratarse básicamente de un retrato psicológico, aunque el film lleve consigo una obvia crítica sociológica. Robert Pattinson, actor que tendría que llevar el peso del film, no llena la pantalla, se nos despega con sus muecas, parece que se le ha quedado congelada en su reciente cara pasmada de vampiro y está a años luz de la complejidad del personaje original. Mientras que las secundarias excelentes, sobre todo Christina Ricci y Uma Thurman, plena ésta de matices en su madurez y digna de ser oída su voz pastosa en la versión original, no consiguen redimir el film de su pecado de origen. Eso sí, el derroche de vestuario, escenografía y, en general, la adecuada y detallista ambientación, aunque de sabor más británico que francés, regalan los ojos. No así la banda sonora, reiterativa en su imitación a Mozart, de Lakshman Joseph de Saram y Rachel Portman, ni el excesivo metraje del film carente de una estructura narrativa bien articulada. En una palabra, una superproducción digna, visualmente grata, pero que por falta de salto creativo no hace justicia a Maupassant y se queda en folletín bastante huero y aburrido de amor y lujo.

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