La bruma es azulada, del color de diciembre, como andar por la vida donde tienen los hombres apariencia de sombras sin saber dónde van entre los árboles. Quizás también un punto a veces encendido, como un fuego lejano casi siempre apagado.
En la bruma los besos sabor tienen a brea a helada soledad y también las palabras que dicen su querencia cuando rozan lo eterno a estopa saben, a cosa pasajera.
Todo palpita con un deje aterido a incierta presentida muerte, frágil vuelo de hoja que sabes va a caer llevada por el viento.
Porque azul es la bruma, por eso transparente, con la pura inocencia de un niño tembloroso que va buscando abrazos y se bebe la vida en un vaso de niebla.
De esa bruma estoy hecho, de nubes de silencio, un borbotón de nada que anhela ser del todo, una ceguera lúcida que no ve lo que siente.