Hasta que el “móvil” nos separe

La misteriosa relación entre el amor y la muerte constituye una constante perenne en la historia de la literatura y de todas las artes. La tópica frase “te amaré siempre” mueve a los amantes a desear romper las lindes del espacio y el tiempo. Quizás porque la experiencia de infinito de la vivencia amorosa pide eternidad. Aunque el “hasta que la muerte nos separe”, y hoy día con demasiada frecuencia otros condicionamientos, se imponga a la postre con su realismo. De todas formas, ¿puede el amor superar a la muerte? Sin duda a través del recuerdo y una cierta forma espiritual de presencia puede pervivir en algunos casos por superación del superviviente. Pero, ¿podría prolongarse incluso a través de alguna presencia física?

Tal es el reto que se plantea el lírico italiano Giuseppe Tornatore en este nuevo film romántico que ofrece una audaz propuesta. El autor de Cinema paradissonos presenta una historia de amor extramatrimonial de un científico astrofísico, Ed Phoerum, que dobla en edad a su amante, Amy Ryan, una joven actriz especialista en el doblaje de escenas de riesgo. Ambos, envueltos en un poderoso sentimiento envolvente, cubren los huecos de sus ausencias gracias a la tecnología: skype, whatsup, chat y todos los recursos audiovisuales del móvil, PC etc. Pero ambos guardan además un respectivo secreto: la enfermedad incurable de uno, y el trauma juvenil de la otra, al no poder evitar un accidente que costó la vida a su padre.

El problema salta a la pantalla cuando el profesor, encarnado por el misterioso y sugerente Jeremy Irons, siempre detallista y presente de mil maneras en la vida de Amy, desaparece del mundo de los vivos. Entonces comienza el desafío para Tornatore, desde un guión bastante rocambolesco, que raya en lo inverosímil. Ed crea una red de engranajes humanos y técnicos, gracias a una compleja serie de grabaciones realizadas en vida y encargos de entrega, para mantener su presencia en el imaginario de Amy, ligados a los previsibles acontecimientos o sus contrarios, que se desarrollarán en el día a día de la mujer amada. Con precisión informática y disposiciones de herencia, el profesor irá apareciendo en la pantalla con sus consejos y requiebros en los exámenes de la chica, su graduación y docenas de acontecimientos hasta la saciedad, como si el muerto siguiera estando vivo.

Si la imagen, con el regusto estético que caracteriza a Tornatore, esta vez entre otoñales colores británicos y su conocida hipersensibilidad italiana, hace honor a su manivela, hay que decir que el guión se derrumba a media película. La presencia tecnológica del protagonista post mortem es tan continua y el recurso tan manido, que no solo pierde credibilidad sino que despierta el tedio y la desconexión del espectador. La película recurre entonces a algunas consideraciones científicas sobre el cosmos, apoyadas en la especialidad del profesor, o psicológicas: la búsqueda del peligro en Amy como forma de redimirse de la culpabilidad del accidente. Pero son tan anecdóticas y pobres que no contrastan con la paliza que el plomizo amante nos propina apareciendo en un sinfín de videocámaras y tarjetas de memoria.

Tornatore, desde un ambicioso y original proyecto, se ha quedado en lo anecdótico y repetitivo del recurso tecnológico, absolutamente inverosímil por lo prolongado y absurdo. Además lo que parecía pretender convertirse en una hermosa historia de amor más allá de la muerte, acaba retratando el egoísmo posesivo de un hombre que, lejos de amar de veras, sigue condicionando a la persona amada, inundando su intimidad después de muerto e impidiéndola volar por sí misma. Eso sí, con la excusa de ayudarla a aprobar exámenes o a reconciliarse con su madre. Es posible que alguna espectadora sensible llore ante tal exceso de amor, pero creo que el resultado más frecuente ha de ser el desapego de la historia.

El realizador italiano ha desaprovechado una estupenda oportunidad de reflexionar sobre el amor y la muerte, en un momento en el que la reflexión sobre esta ha evolucionado, tanto en el campo de la espiritualidad transpersonal, como incluso en el de algunos científicos cuánticos con sus estudios sobre la vida, la muerte y la supervivencia. No pasa de no aceptar la inevitable muerte y de un “te quiero tanto que te seguiré dando la lata”.

No obstante, la firma de Tornatore está aquí; su amor al paisaje, su dirección de actores , sobre todo en las figuras interesantes de Irons y Olga Kurylenko, que componen una pareja tan extraña, como la propia película, y su conocido instinto armonioso del rodaje. Aunque a decir verdad, a mi gusto, este realizador siempre se ha pisado algo la inteligencia, pues explicita tanto la poesía, con pasos de tuerca de ternurismo la italiana, que pierde capacidad de sugerencia, incluso en su mítica Cinema paradisso. Por ejemplo, en la introducción del personaje del barquero del lago, a medio camino entre Caronte y un loco. Lo cual no quita que en muchos momentos, sobre todo en la primera parte, la película se vea con gusto y en conjunto alcance el nivel aceptablr de cualquier drama romántico hollywoodiense al uso. Salvo otro criterio, claro, de los incondicionales de Tornatore

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Un pensamiento en “Hasta que el “móvil” nos separe”

  1. Quizás nos cueste verla y para otras personas si es productiva la película por lo extremo de la utilización de la tecnología. Afecta también a nuestros gustos, nos diferencia. A mi pienso que el tedio viene también por ser un medio escaso en mi vida cotidiana. Qué se puede contestar.

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