Siempre hace buen tiempo

Recreación del cine de antaño

Una imagen de Tabu

Homenaje a Murnau, rompe y recrea el cine de antaño, elevando el folletín a la crítica sociológica del colonialismo.

Un nuevo culto al cine del pasado parece motivar a los realizadores actuales para filmar películas tan nostálgicas y audaces como The Artist, entre nosotros Blancanieves de Pablo Berger, y ahora Tabú del portugués crítico de cine Miguel Gomes, que retoma el título del clásico de Murnau y Flaherty para rendir un nuevo homenaje al pasado del séptimo arte. Pero, a diferencia de las dos anteriores, la de Gomes no es estrictamente cine mudo, sino un interesante experimento que evoca aquel cine heroico con una curiosa mezcla de estilos y lenguajes. Rodado en blanco y negro, arranca con un prólogo elemental que recoge la proyección con los parámetros de antaño: un explorador se adentra en la selva y se entrega a ser devorado por los cocodrilos por un amor desgraciado e imposible; como el cuasi documental étnico de la última obra de Murnau recogía en 1931 la historia de amor frustrada con una virgen prohibida destinada a ser inmolada a los dioses.

Después, la película del portugués, también como hiciera el clásico alemán, se divide en dos partes: “Paraíso” y “Paraíso perdido”. La primera se desarrolla en tiempo presente, en la ciudad de Lisboa, y parece centrarse en Pilar, una señora católica perteneciente a la comunidad de Taizè y sensible a los problemas de los demás que tiene como vecina a una extraña dama solitaria, Aurora , que vive con su misteriosa criada caboverdiana, y a quien su única hija no parece hacerle el menor caso. Con obsesiones y demencia senil, gasta en el juego lo que le queda de un pasado burgués y vive angustiada y vacía hasta que enferma. Cuando se halla  en las últimas, escribe la dirección de un anciano amigo, Gian Luca Ventura, que sólo llega a tiempo de enterrarla.

Esta primera parte, aunque contemplativa y parsimoniosa, responde a los criterios de un cine actual con diálogos que sólo evocan la distancia y vaciedad de unas vidas. La segunda responde por completo a los cánones del cine mudo. Los personajes gesticulan, pero hay una voz en off, la de Ventura, que recoge el relato de su propia biografía en África. De pronto cambia la protagonista, que es ahora la fallecida Aurora de sus años jóvenes. Nos sumerge en una colonia portuguesa, que aunque no se nombra es Mozambique, donde los personajes viven la embriaguez de la aventura colonial de la época, un falso “Paraíso”. Aurora se ha casado con un apuesto colono, se apasiona por la caza y mantiene en su estanque una cría de cocodrilo, hasta que aparece Ventura, un conquistador impenitente que vive relaciones homosexuales con Mario, aventurero y cantante italiano. Embarazada de su marido, Aurora mantiene un apasionado romance con Ventura con todos los ingredientes de un gran amor prohibido e imposible y de la novelesca decimonónica, que acaba, claro está, por desembocar en tragedia.

La historia no tendría nada de particular, si no fuera por la perspectiva con que Gomes la mira. Una cuidada planificación se une a encuadres singulares y un estético blanco y negro, con canciones como Be My Baby de Phil Spector, que subraya esta historia de amor loco y sentimientos desmelenados. Este estilo retro guarda algo de la óptica del documental que inspira a la película, puesto que el narrador produce una distancia de los personajes como si fuera algo lejano en el espacio y el tiempo, estudiado desde fuera. Mientras en la primera parte realista, las secuencias vienen señaladas por el paso de los días de la semana durante una Navidad, en la segunda, la división es por meses, porque desde el recuerdo el tiempo se difumina y la realidad se irisa. Lo melodramático pasa así a ser una crítica sociológica de la burguesía colonialista, mientras va creciendo la revolución independentista africana, que los personajes burgueses se  toman a broma y juego.

“Sabía que esta película, que se iba a llamar primero “Aurora” –cuenta el director- y luego Tabú, iba a tener que abordar esa idea de extinción. Había un personaje que deseaba morir, pero también se hablaba de una sociedad extinta, la sociedad colonial. Pero también deseaba dialogar con un cine extinto, el cine clásico, deseaba hablar sobre el mundo colonial, tanto el real como el creado por el cine. No quería filmar el África real actual, no tenía el derecho. Lo que deseaba era trabajar sobre esa mitología del África del tiempo colonial”. El mérito de Gomes es haber huido de la recreación literal del estilo antiguo en todo el film. Pergeña un homenaje a Murnau porque trata con diferente prisma el mismo tema del amor imposible; como su Tabú, tiene algo de documental y  nos remite en su forma de mirar a los años treinta, realizando un canto a aquel cine y a la película que más amaba Eric Rohmer. Pero es cine actual también porque rompe sus códigos, uniendo intelectualmente las dos historias en apariencia postizas y desconcertantes para el espectador, que las relaciona sólo mentalmente. Requiere pues una elaboración, un trabajo del público al que se le da pábulo en los silencios, los agujeros, los saltos que va dando a brochazos el autor. Lo hace esto con un peculiar sentido del humor o caricatura en las situaciones exageradas e ironiza con los escorzos, dándole de esta manera la vuelta al melodrama.

Al final, el único personaje que se salva es Inés, la protagonista de la primera parte, porque da su tiempo y preocupación por los demás, incluida Santa, la enigmática criada negra, a la que obsequia en su cumpleaños con una tarta de zanahoria, o va en busca de Ventura, el que luego sabremos amor imposible de Aurora, que muere creyendo estar en África. Es indudable que una película así no habría podido ser realizada sin una importante coproducción y especialmente gracias la contribución alemana, que tiene en Murnau un monumento de su patrimonio cultural, pues se trata de un producto escasamente comercial, que requiere esfuerzo del espectador y que en el fondo, por ese tratamiento distanciado, no transmite sentimientos. Galardonada con el premio Alfred Bauer a la innovación artística y por la crítica internacional con el de Fipresci (Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica) en la última Berlinale, de hecho ha dividido la crítica, hasta merecer calificativos como de “onanismo” y pedantería seudointelectual. Es el riesgo que siempre conlleva inventar algo. Otros la han alabado como “obra maestra”. Ni tanto ni tan calvo. En todo caso, se trata  una destacada contribución al lenguaje cinematográfico, una síntesis de estilos, un canto al cine, y un experimento digno de loa.

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