Ay, madre, eras tanto aquel té de las cinco con perfume a tortel o ensaimada caliente, y al fondo las naves primerizas de marcianos que derribaba en el éter Diego Valor, «el piloto del futuro» o el western radiofónico en el que “Dos Hombres Buenos” cabalgaban, aún sin tele, los horizontes inasibles de las ondas.
Un calor de vuelta de colegio, a baño tibio con sensación a sábado aún intacto o la soñada excursión a aquella sierra aún lejana de Madrid con la cesta de mimbre y tortillas de patatas en la nieve.
Las estadísticas recientes revelan que en la sociedad contemporánea la soledad se está convirtiendo en una auténtica epidemia. Hasta tal punto que el Reino Unido creó en los últimos años un Ministerio para la Soledad, más frecuente sin duda en los países nórdicos y fríos. Matrimonios rotos, parejas que deciden vivir cada uno en su casa, soledad elegida, soledad impuesta por razones económicas o psicológicas, soledad creada por la agresividad del entorno, por la ancianidad, las nuevas tecnologías y cientos de motivos más. El fenómeno crece por doquier y las cifras son escalofriantes. Pero la gran pregunta desde que el ser humano existe es obvia: ¿Es siempre un mal la soledad? Ya el viejo Aristóteles planteaba esta dicotomía: “El hombre solitario es una bestia o un dios”. ¿Por qué? Porque sencillamente todo depende de cómo se viva esa soledad, como una condena o como un camino de crecimiento. Está claro que el hombre y la mujer nacen como seres sociales. El primer desgarro se produce ya en el parto, cuando el nacimiento nos separa del calor de nuestra madre. Desde ese momento la criatura luchará denodadamente a lo largo de toda su vida por volver a ser querida, cobijada, abrazada. Quizás porque nuestra razón de ser, el último sentido de la vida es el amor, cualquier forma de amor. La madurez se suele alcanzar en la relación plena, un amor de heterobenevolencia, que, al ocuparme de los demás, me realiza a mí mismo. Pero, como suele suceder hoy más que nunca en un mundo de inmaduros, regido por leyes materialistas y dominados por el egoísmo, el poder y el dinero, los que alcanzan el amor verdadero y satisfactorios son minoría. De aquí aquella frase tremenda de Pemán, que modifica el famoso refrán: “Mejor solos que bien acompañados” En este oscuro panorama, ¿qué hacer? Convertir la soledad en una herramienta de crecimiento interior. Es cierto que para ello hay que bucear en la profundidad de uno mismo, en nuestra dimensión espiritual. No estoy hablando aquí de optar por una fe religiosa, tema que requeriría un tratamiento específico y que ciertamente ha ayudado y a veces desayudado, según se viva, a muchas personas. Me refiero a algo más radical. Parto de que el ser humano sale bien de fábrica, está bien hecho, y suele estropearse por la mala educación y la agresividad del ambiente. Lo imagino como una cebolla, con muchas capas. Por lo general nos quedamos en los estratos más superficiales de uno mismo: alimentarnos, situarnos en la vida, rodearnos de confort material, adquirir cosas, incluso personas que “nos sirvan” para sobrevivir en un mundo competitivo, casi como animales en medio de la selva. Entre los solitarios de hoy día hay dos especies: los que se deterioran por la soledad y los que crecen en la soledad. La diferencia se produce con una sola palabra: “conexión”. Si no hay conexión de amor maduro con los demás (familia, pareja, amigos), es indispensable la conexión interior: el descubrimiento con el centro de la “cebolla”, lo hondo de nuestra conciencia. Las diversas formas de meditación han descubierto, que allí en lo profundo siempre estamos bien. Al taladrar hasta el fondo de la conciencia, gracias a la soledad, el silencio, la escucha y la contemplación de la naturaleza, uno puede encontrase con un horizonte sin tiempo, donde la culpa por el pasado y el miedo al futuro se desvanecen, porque conectamos con un “ahora” sin límites, donde todo está bien. Así se han realizado algunos grandes hombres, sean santos, científicos, filósofos, creadores literarios… Es más, sin un tiempo de soledad, incluso quienes tienen la suerte de mantener buenas relaciones, no pueden logar ser ellos mismos, pues se convierten en víctima del oleaje exterior y pueden sucumbir en la tormenta de la ansiedad, la angustia o el absurdo. Todo el mundo necesita un tiempo de buena soledad. Pues la verdadera y funesta soledad es “no poder hablar con tu corazón”. Los poetas de todos los tiempos han llorado su soledad. Pero, como la intuición creativa toca lo esencial de la vida humana y descubre sus verdades más ocultas, también han encontrado su lado positivo. Por ejemplo, un poeta soldado del mil quinientos, Hernando de Acuña, que luchó en la batalla de San Quintín. Tiene un soneto a la soledad, del que copio aquí su primera estrofa:
Hoy, 5 de febrero, se cumplen 29 años de la muerte de Pedro Arrupe, cuyo proceso de canonización ha sido incoado el año pasado. Es una buena ocasión para recordar un aspecto admirable de su vida que casi nadie conoce. Que hizo “voto de perfección” al parecer en la última etapa de su formación espiritual, mientras hacía su Tercera Probación (especie de segundo noviciado que se usa en la Compañía de Jesús) en Estados Unidos.
Casi nadie tampoco suele conocer en qué consiste este voto de perfección, que solo algunos santos han pronunciado en su vida. Se trata de obligarse mediante voto a que, entre dos opciones lícitas que se presentan en la vida, elegir la más perfecta. Creo que es una clave importante para comprender en profundidad muchas de las actitudes del que fuera general de loes jesuitas en situaciones difíciles.
Por ejemplo, cuando su secretario personal y amigo, Cándido Gaviña, revelaba decisiones secretas de la curia jesuítica al Vaticano desde su óptica conservadora, Arrupe callaba. Y jamás destituyó de secretario personal, al que era su acusador y una especie de Judas. O cuando respondía con bondad a algunos ataques y calumnias que le desprestigiaban de parte de algunos obispos y jesuitas españoles ante los papas Pablo VI y Juan Pablo II.
¿Cómo sabemos que Arrupe hizo este tremendo voto? El subsecretario de la Compañía de Jesús Nicolás Verástegui narra en carta autógrafa a Ignacio Iglesias que, al desatarse la enfermedad final de Pedro Arrupe, él, por encargo del general Kolvenbach, recogió sus cosas personales; y añade: «En el cajoncito del reclinatorio, junto a la puerta de comunicación con el despacho, encontré, entre otras cosas, una tarjeta postal con la imagen del Señor (creo que del Sagrado Corazón), impresa monocroma en tono verdoso oscuro, en cuyo reverso tenía escrita la fórmula de su voto de perfección. Tengo la impresión de que entonces deduje que estaba hecha en, o al fin de su Tercera Probación. Ahora, después de veintitrés años, no puedo concretar más» Por tanto, parece que el texto original existe, y es posible que esté en el expediente de la causa-.En su menuda y veloz escritura de sus apuntes de Villa Cavalleti, después de ser elegido general, reaparece su particular devoción al Corazón de Jesús y a la eucaristía:
Cuando no estoy, estás tú, y cuando estás, amanece ése yo sin figura, que, dormido, más que nombre y deseo o poder o residencia es río, manantial, ola y abrazo de este pasar en busca de su Ser que es tu presencia.
Me miro en ti, cuando camino sin camino, como un niño que acaba de nacer y nada solo en el mar en que nadaba antes del tiempo.
«Se trata de solo una hecho en medio de un ambiente vaticano enrarecido contra Arrupe
La «bomba» sobre la segunda intervención papal a los jesuitas
La sorprendente noticia de que en tiempos de Benedicto XVI el papa estuvo a punto de intervenir por segunda vez a la Compañía de Jesús, como había hecho Juan Pablo II en el generalato de Arrupe, era conocida por un grupo de jesuitas españoles.
Con motivo de un simposio que se iba a celebrar en Deusto el Vaticano respondió:»No parece conveniente organizar tal homenaje a un hombre que tanto daño a hecho a la Iglesia”.
Hoy la SJ se parece más a “los amigos en el Señor” y la “mínima Compañía” que fundó San Ignacio
Me dijo el P. Nicolás: “No parece conveniente hablar del proceso hasta que se serenen las aguas. Hay muchos monseñores en el Vaticano que siguen sin poderlo ver”.
Bertone se atreve a pretender intervenir de nuevo en la autonomía canónica de una orden exenta
El entonces cardenal Bergoglio se muestra decididamente contrario a la idea de una intervención papal.
Más de cien jesuitas han dado su vida desde Arrupe en los países del Tercer Mundo por defender a los más pequeños del Pueblo de Dios, entre ellos Rutilio Grande, inspirador de San Romero de América, que va a ser pronto canonizado.
La sorprendente noticia de que en tiempos de Benedicto XVI el papa estuvo a punto de intervenir por segunda vez a la Compañía de Jesús, como había hecho Juan Pablo II en el generalato de Arrupe, era conocida por un grupo de jesuitas españoles. Se la había confiado el padre general Adolfo Nicolás bajo secreto en una de sus visitas a la provincia de Castilla. Pero en realidad no revela sino un ambiente enrarecido en torno a la figura de Pedro Arrupe, que se respiraba en el Vaticano hasta hace muy poco. Ahora sale a relucir a propósito de la presentación en Madrid de la traducción castellana del libro Los jesuitas:Del Vaticano II al papa Francisco de Gianni La Bella (Ed. Mensajero).
El próximo jueves, 16 de enero, impartiré una conferencia sobre «PEDROARRUPE, CAMINO A LOS ALTARES» en la sala de conferencias de los jesuitas, c, Ruiz Hernández 10. de Valladolid. Gracias.
El cardenal Bergoglio (Jonathan Pryce) y el papa Ratzinger (Anthony Hopkins) en una escena de «Los dos papas».
La polémica despertada por la producción de Netflix “Los dos papas” no ha hecho sino despertar mayor interés por el film del brasileño Fernando Meiralles, que está siendo visto tanto por creyentes como por ateos, indiferentes, viejos y jóvenes, y ha sido nominada para los Globos de Oro junto a “El irlandés” de Martin Scorsese e “Historias de un matrimonio” de Noah Baumbach. Hay que adelantar que se trata de una obra de ficción basada en hechos reales, que recrea en un hipotético encuentro entre el cardenal Bergoglio (Jonathan Pryce) y el papa Ratzinger (Anthony Hopkins) –de hecho conversaron a veces- y es adaptación de una obra de teatro de Anthony McCarten.
Meiralles, que ha dirigido obras de carácter social como Ciudad de Dios o El jardinero fiel estructura su película en el momento en que Bergoglio, decido a retirarse, acude a la residencia papal de Castelgandolfo para solicitar de Benedicto XVI la firma a su renuncia. El encuentro transcurre en una evolución del enfrentamiento entre dos concepciones teológicas y eclesiales contrapuestas que desemboca en un acercamiento en lo humano sobre sus propias vidas. Estas aparecen en flashbacks tanto con recursos al documental real como a la reconstrucción de ficción. En esto la película puede ser ambigua, ya que presenta elucubraciones mezcladas con fragmentos de archivo, lo que da credibilidad fílmica a lo que ambos prelados cuentan.
La instantánea ha congelado un segundo de vida. En el horizonte la tarde va a morir con el último beso rojo del sol. El abuelo ha llevado en bicicleta al nieto a contemplar el crepúsculo sobre el mar. Ambos parecen extasiados. ¡Pero de qué manera tan distinta!
El anciano melancólicamente medita quizás sobre la fugacidad de todo, sobre los años vividos, sobre su propio ocaso. El niño aún no piensa, simplemente contempla desde su mirada limpia que, sin más, se identifica con la naturaleza y se hace espontáneamente una con el paisaje. Todavía no tiene “ego” que le entorpezca ser feliz.