El próximo jueves, 16 de enero, impartiré una conferencia sobre «PEDRO ARRUPE, CAMINO A LOS ALTARES»
en la sala de conferencias de los jesuitas, c, Ruiz Hernández 10. de Valladolid. Gracias.

El próximo jueves, 16 de enero, impartiré una conferencia sobre «PEDRO ARRUPE, CAMINO A LOS ALTARES»
en la sala de conferencias de los jesuitas, c, Ruiz Hernández 10. de Valladolid. Gracias.


Ahora que el niño se acurruca en este
gastado cuerpo
y que el mundo va camino de no saber caminos,
devuélveme la estrella
en su esplendor de estaño,
que anoche he vuelto a escribir cartas a la vida
y no responde nadie.
Ve al buzón de allí cerca
a recoger la mía, la que hace sesenta años
deposité a los Magos
pidiéndoles una bicicleta azul
para dar libertad
a mi cojera,
pues quisiera escuchar aún sus pasos
desde la almohada, el oído semidespierto
a un lejano rumor de dromedarios
camino de mi casa
y de mi ensueño.
Voy ahora a despertar a mis padres,
a levantarlos de la tumba
para ir en pijama hacia el cuarto de estar
y brincar con ellos de alegría,
pues aún conservo intacta la sorpresa
que ellos supieron sembrar
tragándose las lágrimas.
Desde entonces tomé el oficio
más bello de la tierra:
restaurador de sueños o , si queréis,
perseguidor
y lustrador de estrellas.
Pedro Miguel Lamet

La polémica despertada por la producción de Netflix “Los dos papas” no ha hecho sino despertar mayor interés por el film del brasileño Fernando Meiralles, que está siendo visto tanto por creyentes como por ateos, indiferentes, viejos y jóvenes, y ha sido nominada para los Globos de Oro junto a “El irlandés” de Martin Scorsese e “Historias de un matrimonio” de Noah Baumbach. Hay que adelantar que se trata de una obra de ficción basada en hechos reales, que recrea en un hipotético encuentro entre el cardenal Bergoglio (Jonathan Pryce) y el papa Ratzinger (Anthony Hopkins) –de hecho conversaron a veces- y es adaptación de una obra de teatro de Anthony McCarten.
Meiralles, que ha dirigido obras de carácter social como Ciudad de Dios o El jardinero fiel estructura su película en el momento en que Bergoglio, decido a retirarse, acude a la residencia papal de Castelgandolfo para solicitar de Benedicto XVI la firma a su renuncia. El encuentro transcurre en una evolución del enfrentamiento entre dos concepciones teológicas y eclesiales contrapuestas que desemboca en un acercamiento en lo humano sobre sus propias vidas. Estas aparecen en flashbacks tanto con recursos al documental real como a la reconstrucción de ficción. En esto la película puede ser ambigua, ya que presenta elucubraciones mezcladas con fragmentos de archivo, lo que da credibilidad fílmica a lo que ambos prelados cuentan.

Cuando anochece cada noche oscura
y busco entre las sombras un camino
para aliviar la duda, el desatino
que es no encontrar la luz en la locura
de un mundo que se ofusca y se tortura
por detener el tiempo en torbellino
mientras lloro su ausencia de destino,
solo tu llanto enciende mi ternura
al devolverme el niño que he perdido
y descubrir que dentro de mi alma
hay un pesebre pobre que te espera,
un hogar de silencios y de calma
donde Tú estabas sin que yo supiera
que de mi cuna nunca te habías ido.
Pedro Miguel Lamet, SJ
¡Muy feliz Navidad de todos y venturoso año nuevo!


La instantánea ha congelado un segundo de vida. En el horizonte la tarde va a morir con el último beso rojo del sol. El abuelo ha llevado en bicicleta al nieto a contemplar el crepúsculo sobre el mar. Ambos parecen extasiados. ¡Pero de qué manera tan distinta!
El anciano melancólicamente medita quizás sobre la fugacidad de todo, sobre los años vividos, sobre su propio ocaso. El niño aún no piensa, simplemente contempla desde su mirada limpia que, sin más, se identifica con la naturaleza y se hace espontáneamente una con el paisaje. Todavía no tiene “ego” que le entorpezca ser feliz.

El 16 de noviembre de 1989 día que mataron a Ellacuría -este sábado hará 30 años- yo estaba en un restaurante, almorzando con los informadores religiosos de los medios de Madrid. Presidía el “patriarca” de entonces, Martín Descalzo, que pocos días antes había escrito en ABC un artículo contra Ellacuría. Me llamaron al teléfono del restaurante -entonces no había móvil- para darme la noticia del asesinato de los jesuitas y las cocineras de la UCA. Lo comuniqué a mis colegas y se quedaron de piedra.
Tres días antes había venido a mi casa a verme Ignacio Ellacuría. Manteníamos relaciones estrechas, porque él seguía con interés el semanario “Vida Nueva” de entonces, que a la sazón yo dirigía, y muchas veces le había llevado en mi coche por las calles de Madrid. En ocasiones para visitar a Carmen Conde, esposa de Zubiri, del que Ignacio era especialista. Meses antes él, Sobrino y Jon Cortina me invitaron a comer para pedirme que escribiera una biografía de Rutilio Grande, otro mártir jesuita salvadoreño, muy amigo de monseñor Romero, que ahora está en avanzado proceso de canonización y que ya cuenta con una bunea biografía. Pero aquel día Ignacio me pidió que montara la Facultad de Comunicación de la UCA. Le dije que estaba muy cogido entonces por el periodismo y los libros y le presenté a Norberto Alcover, que finalamente se encargó de lo de la facultad.
Podéis imaginar cómo me quedé cuando escuché la noticia. Me impresionó el impacto unánime con que respondieron los medios de comunicación españoles e internacionales. Sólo Martín Descalzo no se atrevió a escribir sobre el tema, por haberlo descalificado semanas antes. Que medios laicos como “El País” dieran al caso tanta cobertura probaba que hay causas como la justicia, que en este caso brotaba de un compromiso cristiano, que son indiscutibles. Era la herencia de una línea marcada por Pedro Arrupe y el el famoso Decreto IV asumido por la Congregación General de la Compañía. Hoy han muerto más de un centenar de jesuitas en todo el mundo por defender los derechos de los pobres. Pero ni El Salvador ni en la Iglesia se ha hecho justicia. Los culpables siguen libres. El proceso de beatificación y canonización de estos hombres, sacerdotes y relgiosos, que dieron su vida desde la fe por el Cristo de carne y hueso crucificado en El Salvador. (Como lo hizo Romero, felizmente canonizado) está en espera pues la Postulación de la Compañía anda muy ocupada con Rutilio Grande y el padre Arrupe.

FLOR, AGUA, BRISA
Para la flor el tiempo se escabulle,
fallece su color en un instante
como el regalo gratis y acuciante
que dispensa la vida cuando fluye.
Para el río el agua se diluye
en su pulir la piedra itinerante
y va a morir al mar como un amante
que en su abrazo la anula y la destruye.
Para mi ser la vida es una brisa
que en el nacer me sopla amablemente
me derrumba, me salva, me enloquece
y convertida en viento de repente
me anega en una lágrima, una risa
hasta besar el Mar eternamente.
Pedro Miguel Lamet

Pasa la vida ante nosotros y nos limitamos a ver, que no es lo mismo que mirar. O quizás leamos, curiosos, el anuncio con atención en este mundo dominado por el imperio de la publicidad. Estamos en la ciudad de Portimao, al sur de Portugal. El cartel anima a los viandantes: “¡Más deporte para todos!”. ¿Para todos?
La cámara ha capturado a esta mujer del pueblo, por la vestimenta anclada en el pasado, que acaba de pasar junto al anuncio. Va corriendo para hacer quizás su exigua compra de chicha y nabo para poblar un exiguo puchero para los suyos.


PEDRO INGELMO20 Octubre, 2019 – 06:00h

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Pedro Miguel Lamet (Cádiz, 1940) es uno de los grandes intelectuales de nuestra época. Jesuita desde 1959, se formó como periodista, filósofo y teólogo, aunque donde él se encuentra realmente cómodo es con la poesía. Gaditano de nacimiento, se fue muy pronto, pero él considera que nunca se ha ido. Ni de Cádiz, ni del mar.
—Gaditano, hijo del mar.
—Yo tengo raíces en el mar por los dos abuelos. Uno era maquinista de barco y otro farero, cuando el faro era importante en Cádiz. Recordaba los temporales por el istmo, a veces pasaba mucho miedo cuando el viento rugía.
—Pero fue el mar el que le separó del mar. Su padre se trasladó a Madrid a crear, curiosamente, el comisariado marítimo.
—En Cádiz estuve hasta los seis o los siete años, que es cuando nos trasladamos, pero aún así volvíamos a Cádiz cuatro veces al año, por lo que siempre estábamos muy unidos a Cádiz. De todas maneras, recuerdo nítidamente mi niñez. Nací en la calle Sacramento. Mi tía era violinista, profesora del conservatorio, y mi madre maestra. Creaban un ambiente que me influyó mucho. Tanto como el mar.
—Le hacía de Bahía Blanca.
—Bueno, es que se puede decir que mi padre fue el fundador de Bahía Blanca. El chalé se llamaba Las Margaritas, que hoy sigue dando nombre a un edificio en Santa Cruz de Tenerife. Fue uno de los primeros chalés del barrio.
—¿Vivió la explosión de 1947?
—Sí, estábamos en el chalé y se puede decir que sobrevivimos de milagro porque desobedecimos a mi padre, que nos dijo que fuéramos al segundo piso, que resultó muy afectado, y nosotros nos quedamos en el patio jugando a las peonzas. Recuerdo el cielo ensangrentado, los cascotes volando. Teníamos una costurera jorobada que dio un salto por encima de la empalizada. Mi padre sacó el coche con los cascotes encima y salimos de allí viendo toda la desolación a nuestro alrededor. Durante mucho tiempo, oíamos cualquier ruido y saltábamos.
Agradezco de corazón este generoso artículo de Nicolás Barroso publicado en EuropaSur
CAJÓN DE SASTRE


FACEBOOK TWITTER WHATSAPP 18 Octubre, 2019 – 01:35h
La influencia de los Jesuitas en la Iglesia Católica y en las sociedades civiles donde han ejercido y ejercen su magisterio, ha sido siempre relevante. Al superior general de la Compañía de Jesús se le ha tildado popularmente de «Papa negro», para significar claramente esa influencia histórica. Con la misma superficialidad, podríamos decir que ahora son jesuitas el «Papa negro» y el «Papa blanco», puesto que el Papa Francisco, procede de la Compañía. Siempre han destacado en los campos de la educación y la cultura, religiosa y laica, hasta tal punto que con la creación de colegios y universidades y su opción por la enseñanza, constituyen un valioso arsenal de «inteligencia», de la Iglesia. Por su irreductible compromiso, fueron expulsados del país, mas tarde rehabilitados y se han batido el cuero en Japón, América del Sur, Centroamérica con mártires incluidos y en cualquier parte del mundo, como fiel infantería eclesial.
Conozco muy de cerca a uno de ellos, el padre Pedro Miguel Lamet. Seguro que más de uno de ustedes lo conocen también, porque han leído alguno de sus 47 libros, tanto de poesía como biografías y novelas, de temática histórica y religiosa o sus columnas de opinión en «El País». Con tres licenciaturas, Filosofía, Teología y Ciencias de la Información y una diplomatura en Cinematografía, en la mochila, fue director de «Vida Nueva», la única revista religiosa que llegó a tener tirada como las grandes, por su interés informativo en un momento de cambio, como fue el Vaticano II. Ha sufrido con las secuelas de una enfermedad infantil que afectó a su movilidad y ha forjado su espíritu en las incomprensiones de algunos hermanos de fe, que no le han perdonado su coherencia vital, en unos tiempos convulsos de cambios interesados de camiseta. Ha tenido buenos escudos para defenderse, Teilhard de Chardin que ilumina su camino, San Juan de la Cruz, poeta del alma, el padre Arrupe, que es su brújula y del que fue biógrafo y su familia que siempre hemos estado a su lado. Nunca ha escondido lo que piensa, en un ejercicio continuo de transparencia vital. El Dios del Amor que predica Pedro con la pluma y la palabra, es lo transcendente en su vida. La luz de Cádiz, azulea en su poesía, siempre brillante, siempre profunda. Lo vi el pasado lunes, hablar durante una hora, frente a un auditorio que no pestañeó. Si en algún momento se sienten doloridos por dentro, lean su último libro, «Deja que el mar te lleve» o entren en su blog.