AL ÁRBOL DE LA CRUZ
De tu dolor, del tiempo amanecido,
de una palabra ardiente que encendía;
de las entrañas puras de María
y del amor hasta la esencia herido;
desde tu cuerpo tres veces caído
y la noche oscura de la sangre mía,
devuelves con tu cruz a la armonía
este mundo que nace en tu alarido;
este mundo que abarcas con tu abrazo
y limpias con tu muerte de tristeza,
este miedo a vivir esta pobreza
que florece en tu árbol cual si fuera
hontanar para siempre en tu regazo
al colgar de tu cruz mi primavera.
Pedro Miguel Lamet
MI ÚLTIMA CENA
En esta noche tibia, quieta y llena
de un temblor de palabra y despedida,
de soledad y amor, el alma herida,
celebras tú, Jesús, la última cena.
Compartes con el pan esa honda pena
del sin sentido, la angustiosa vida
que es fracaso, dolor, obra incumplida,
y el vino de tu sangre nazarena.
En esta hora de la confidencia,
cuando Judas se hunde en su amargura
y Pedro negará con su despecho
cuanto aprendió a tu lado de dulzura,
déjame que ahonde en la experiencia
de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.
Pedro Miguel Lamet
Hoy, por desgracia, no se entiende el cine poético, el cine-imagen, de encuadre estético y contemplativo frente al ímpetu consumista del cine convencional, lineal y narrativo. De aquí proceden a mi entender algunas incomprensiones críticas de Vidas furtivas, un film del 2000, que llega con tres años de retraso a nuestras pantalla y que es básicamente un poema fílmico, un canto al desarraigo, narrado desde un sutil y sugerente surrealismo.
Su directora, Sally Potter (Orlando y La lección de Tango) se sitúa desde el arranque en una interpretación de la imagen casi pictórica, donde los sentimientos brotan de la composición sugerente, los rostros silenciosos y el apoyo de una banda sonora eminentemente musical y lírica.
Con una sensibilidad muy femenina la directora británica nos cuenta la historia de una niña judía, cuya madre murió al engendrarla y que vive entre las nieves de una desolada aldea rusa, feliz por el respaldo que le da su padre, chantre de la comunidad, y las sensaciones primarias de la naturaleza, cuando comienza la persecución antisemita. Dada la apremiante situación, el padre (Oleg Yankovsky) emigra a Estados Unidos con la intención de preparar a la niña un futuro mejor.
Poco después una ola de violencia azota la población. En el último momento la abuela logra evacuarla junto con tres hombres que también aspiran llegar a América. Sin embargo, sufren un engaño y sólo consigue llegar hasta Inglaterra. La pequeña es entregada a las autoridades inglesas, y posteriormente alojada en una familia cristiana donde se le cambia el nombre por el de Suzie. La niña se ve despojada de sus únicas posesiones, una moneda de oro, cosida en el dobladillo del abrigo, y una maltrecha fotografía de su adorado padre.
Por causa del trauma que le ocasiona el viaje y del alejamiento de todo cuanto conoce y ama, la niña también pierde la voz. Al no poder entender el nuevo idioma que le rodea, ni hablarlo, en un primer momento, Suzie se ve intimidada en la escuela por los otros niños. Decidida a permanecer en silencio, la insultan constantemente. Hasta que, gracias al canto, recupera la voz y se traslada a París donde vive con una bailarina rusa, que a su vez le busca trabajo en un teatro donde canta ópera un tenor filofascista y se enamora de otro ser silencioso, un gitano domador de caballos. La segunda guerra mundial y la persecución judía sirve de fondo, a este último tramo del film y la última emigración de Suzie a Estados Unidos.
La película es una sucesión de cuadros, un culto al silencio y la música desde un estilo que hace equilibrios entre el melodrama y un surrealismo contenido. Puede decirse que Vidas furtivas consta de tres partes muy diferenciadas: la infancia, la época en París y la partida y embarque a Estados Unidos.
La primera parte es sin duda la mejor del film, realizada con una exquisita sensibilidad y un tratamiento del color que evoca la pátina del tiempo y la vida interior de una niña que endiosa a su padre. Es el trasunto de la foto sepia que llevará siempre consigo como un recuerdo perenne. Los primeros planos de la pequeña Suzie, encarnada por la niña Claudia Lander-Duke, valen por todo el film.
En París Sally Potter tiene una muy peculiar modo de contemplar los años de la invasión germana desde Lola (Cate Blanchett), una despampanante bailarina rusa, reverso caracteriológico de Suzie, paradigma de la seducción femenina que se convierte en amante del tenor de éxito, el italiano también caricaturesco, John Turturro (Dante Dominio). Todos son débiles en el fondo; son gente sin patria, seres desvalidos. La joven judía, admirablemente trasladada a la pantalla por una Christina Ricci de frágil, menuda y enigmática belleza. El gitano César (Johnny Deep), que pasea su caballo blanco junto al Sena y la torre Eiffel como un trasunto coral de su marginación; la portera judía; el propio tenor que no es sino un meridional de humilde origen obnubilado por la fama y el lujo.
En esta segunda parte se acentúa el melodrama. Las relaciones entre los personajes, un fallo de la realizadora que apuntan algunos críticos, están solo apuntadas simbólicamente y la ópera da ritmo musical a sus secuencias, donde las figuras humanas aparecen como eso, pura representación, caricaturas de sí mismas.
Lo peor del film sin duda son los últimos veinte minutos, que apresuran el final y dejan al espectador un tanto insatisfecho. No obstante hay en todo momento un distanciamiento, una manera de mirar que no es frecuente en el cine de hoy y que hace de Vidas furtivas una obra muy peculiar, un poema icónico musical con un extraordinario dominio de la composición, el encuadre y el tratamiento del color.Exige, claro, una sensibilidad pareja en el espectador, para que no salga con el típico y tópico comentario del conocido consumidor de films al uso, que uno oye indefectiblemente al vecino: “Demasiado lenta”.
Se trata de una película sobre la marginación, la emigración, las vidas sin raíces, donde no sólo son los judíos los perseguidos. Un film también sobre la mudez del alma y el lenguaje de los silencios que compone la música interior. No es un film realista, aunque está en el límite para no desenganchar al espectador. Aunque su título original es “El hombre que lloró”, aquí todas las lágrimas son interiores.
Título original: The man who cried. Producción: Reino Unido y Francia, 2000.Dirección y guión: Sally Potter. Duración: 100 min.Intépretes: Christina Ricci (Suzie), Cate Blanchett (Lola), Johnny Deep (César), John Turturro (Dante Dominio), Harry Dean Stanton (Félix Perlman), Oleg Yankovsky (Padre), Hana María Pavda (Abuela), Míriam Karlin (Madame Goldstein), Claudia Lander-Duke (Suzie joven), George Yiasoumi (Periodista).Producción: Chistopher Sheppard. Música: Osvaldo Golijov. Fotografía: Sacha Vierny.Montaje: Herve Schneid. Diseño de producción: Carlos Conti. Dirección artística: Laurent Ott y Ben Scott. Vestuario: Lindy Hemming. Estreno en USA: 25 Mayo 2001.Estreno en España: 12 Septiembre 2003.
SONETO POR UCRANIA
Cuando miro el dolor en la pantalla
desde el blando sillón arrellenado
y esa imagen trae justo a mi lado
la sirena, la bomba y la metralla,
el hambre, la angustia y la canalla
del terror que arranca de lo amado
la vida, la niñez y lo sembrado
en cien años de paz, mi voz estalla
en un grito de horror contra la guerra
que vuelve a destruir y a abrir la herida
de un mundo que parece enloquecido;
me pongo de rodillas y te pido,
que regreses, Señor: ¡Ven a tu tierra
y desde tanta muerte tráenos Vida!
Pedro Miguel Lamet
Ya en librerías una nueva novela histórica de Pedro Miguel Lamet.
Una mirada alternativa a la Guerra Civil española
SINOPSIS
El sueño de Milagros Aguilar es llegar a conocer toda la verdad sobre la Guerra Civil española. Nacida en una familia sevillana conservadora y marcada por la pérdida de seres queridos asesinados durante la contienda, tras estudiar la carrera de Historia, conoce a Jordi Casanova, socialista catalán, que llegará a convertirse en juez de la Audiencia Nacional.
Su matrimonio, del que nacen dos hijos, sufre una crisis por diferencias ideológicas entre ambos: él, implicado en la Memoria Histórica; ella, en la redacción de una tesis doctoral sobre «El factor religioso en la Guerra Civil». El hilo conductor de su trabajo es la vida de Fernando de Huidobro, un jesuita filósofo, alumno predilecto de Martin Heidegger, que regresa a España para ofrecerse a servir en cualquiera de ambos bandos. Entregado heroicamente a auxiliar a las víctimas, sean rojas o azules, decide, desde su experiencia como capellán de la Legión, denuncia al alto mando por el modo de ejecutar los fusilamientos de jóvenes milicianos, hasta que muere víctima de un obús procedente del fuego amigo.
La novela discurre entre la redacción de la tesis de Mila, que estudia la Guerra Civil junto al influjo de las diversas creencias en ella, y sus conflictos familiares, en una España contemporánea preocupada por la revisión histórica del pasado. Pedro Miguel Lamet, con un estilo que atrapa al lector, nos ofrece una síntesis del sangriento conflicto con aportación de datos, humanidad y el análisis de una nueva perspectiva encarnada por quienes ya entonces lucharon por la paz, la justicia y la reconciliación entre españoles.
Me tropecé contigo en cualquier calle, enfrente de unos grandes almacenes, uno de esos templos heladores del consumo, de los que suele uno salir con las pupilas abotargadas de luces y colores, y me ofreciste un ejemplar de “La farola”. Y por un vil euro me regalaste con una sonrisa, que no se puede pagar con todo el oro del mundo.
En tu mirada se reflejaba una aldea perdida del África subsahariana, el bohío de tu familia con niños de vientre abultado en la puerta, desiertos, montañas, ríos, hambre, miles de kilómetros, la patera que arrojó al mar a algunos compañeros de infortunio y lo de siempre: el rechazo al diferente, la soledad del marginado, la Europa prometida para la que solamente eres un intruso molesto para esta sociedad del bienestar.
Y me vino a la mente otra sonrisa, la del papa Francisco:
“En realidad, todos estamos en la misma barca y estamos llamados a comprometernos para que no haya más muros que nos separen, que no haya más otros, sino solo un nosotros, grande como toda la humanidad. Por eso, aprovecho la ocasión para hacer un doble llamamiento a caminar juntos hacia un nosotros cada vez más grande, dirigiéndome ante todo a los fieles católicos y luego a todos los hombres y mujeres del mundo”.
Ni las naciones, ni los políticos, ni la sociedad escuchan tal llamamiento, porque esta es la sociedad del “yo”, del “ande yo caliente” en cuotas de poder, placer, vacunas, pasaportes y seguridad. ¡Y a Francisco se le acusa de “comunista” o de “ciudadano Bergoglio”, como lo llama la ultraderecha “tan católica”! ¿Por ser el buen samaritano de nuestro tiempo, por ser “el papa de los emigrantes”? “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis». (Mt, 25, 31-469).
Para ser feliz -te dijeron- encuentra al amor de tu vida; márchate de tu país; vete al campo, a vivir junto al mar, rompe con todo.
Quizás lo hiciste, quizás te ayudó. Y cuando comenzaste de nuevo allá lejos, comprendiste enseguida que nada había cambiado porque te llevabas a ti mismo con tus maletas.
El ego es indestructible, no lo puedes aniquilar.
Solo lo podemos ensanchar como el que hace obra en casa y convierte el viejo ventanuco en una inmensa vidriera abierta al mar.
Eso sí. Cuando el cristal está bien iluminado no se perciben las manchas en el vidrio, es como si no existieran.
No digas nunca ‟no», di siempre ‟más».
Ya no dependerá de dónde estés, qué tengas o quién te acompañe. Incluso viviendo entre los deseos y hasta frustraciones de tu yo pequeño, puedes descubrir el Yo real que eres.
Jesús lo llamaba el Reino de los Cielos y dijo:
‟Dentro de vosotros está».
Basta con estar atento y hacer silencio para que aflore.
La vida, como las estaciones, tiene su invierno, que coincide con la vejez, una etapa que, en nuestro mundo de hoy, la verdad, no tiene muchos partidarios. En los tiempos antiguos el “senior” solía ser aceptado por su sabiduría y consejo. De ahí surgió el término Senado en Roma, y en las tribus indígenas el jefe suele ser un hombre mayor, porque se le considera con capacidad de mirar más allá, desde la experiencia y el desprendimiento que dan los años
Ahora nadie quiere envejecer y no hay mayor valor para nuestra sociedad que la juventud, incluso cuando es violenta e insensata. Propósito inútil por ley de vida, pese a la cirugía estética, que consigue inexpresivos rostros de plástico y los pretendidos elixires de la “eterna juventud”.
Es verdad que, por marginación en residencias, enfermedades, soledad -recordemos la reciente tragedia de muchos durante la pandemia- hemos conseguido aumentar la tristeza de los ancianos. Pero ¿quién no ha conocido viejos jóvenes, personas maravillosas que han levantado nuestro ánimo solo con sentirlos cerca?
Quizás la clave esté en la manera de afrontar la cercanía de la muerte. Hasta un pagano como Cicerón creía en la inmortalidad del alma en su entrañable libro «De senectute», y la consideraba un proceso natural, del que deberíamos hablar sin miedo. O como le cantaba Ernesto Cardenal al místico Thomas Merton en el día de su muerte: “Solo amamos o somos al morir, el gran acto final de dar todo el ser”. “Nuestras vidas que van a dar a la vida”, añadía.
Así el franciscano de la foto. ¡Qué dulzura, qué aceptación, qué blanda flexibilidad de fruta madura! ¿Por qué vive con plenitud su ancianidad? Porque hace mucho tiempo que reside en la Vida.