Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

¡Feliz Navidad del desconcierto!

Cuando miro, ¿qué miro? ¿La realidad de las cosas o una imagen incierta, que procesa mi cerebro a partir de los datos que capta mi retina? ¿Es mi mundo verdadero o una ilusión, un sueño, solo maya como dirían algunos orientales? El apóstol Pablo opina que pasa la efigie de este mundo y que vemos “como en un espejo”, de los de su época, claro, en los que apenas se veía con definición, sin muchos “megapíxeles” diríamos ahora.
Sea como fuere, dicho espejo está muy requetebién, y me confieso enamorado de la apariencia de nuestro mundo, trasunto, reflejo, chispa de la luz total. Como caminar a través de la lluvia, caminito de misa bajo el paraguas, con frío afuera y calor por dentro.
Ese fuego de hogar que da la fe, esa manera de mirar distinta del que se sabe de paso, pero encantado de la vida que Dios mismo eligió para su Hijo en la primera Navidad, cuando descubrimos hasta qué punto lo pequeño es grande y cómo el cuerpo, la tierra, y hasta el frío de la lluvia se convierten desde esa noche en signo de esperanza, sacramento.
Es lo que os deseo en esta nochebuena, en la que con rebrotes de pandemia, problemas económicos, amenazas de guerra, tragedias migratorias, como nunca sentimos que en nuestra fragilidad reside nuestra fuerza y en la incertidumbre la esperanza que brota de la fe. Feliz Navidad, queridos amigos y lectores, con este soneto:

NAVIDAD DEL DESCONCIERTO

En esta Navidad del desconcierto
cuando busca el migrante su destino
y el pobre, el refugiado, un camino
por este mundo triste, solo y yerto;

cuando el poder, el oro y su desierto
enajenan al hombre peregrino
que se aparta del calor divino
cerrando un corazón que estaba abierto,

muéstranos que el vacío de la cueva
y el arropo interior de tu cariño,
en la noche que brilla de alegría,

encarnan esa luz de Buena Nueva
por el cálido amor de un frágil Niño
que llora hoy en brazos de María.

Pedro Miguel Lamet



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Disfrutar del no-tiempo

Leo esta interesante cita de Salvador Pániker:
“Yo detesto el tiempo. La mayoría de la gente rememora el pasado y hace planes para el futuro. Yo me pregunto: ¿pero cuándo vive esta gente?
La mística en mi acepción, no tiene nada que ver con ninguna cuestión religiosa, ni estética, ni nada de esto, sino con esta capacidad de vivir el presente, de exorcizar el tiempo.
Vivir el presente está relacionado también con la capacidad de encontrar algo que a uno le importa más que uno mismo.”
Una postura ante la vida que comparto enteramente. Salvo en su colorario: que tal actitud no tenga nada que ver con la mística.
Cuando uno se centra en el presente, se desvincula de la culpa del pasado y de la angustia de lo que me va a suceder en el futuro, entre otras realidades la llamada muerte, el ahora taladra todo y abre al infinito, y en esa fusión el yo desaparece.
Estamos con todo, estamos con Dios, o como queramos llamarlo. Y es cuando se consigue callar a la ruidosa mente, aparece el silencio y en el silencio emerge su rostro sin rostro.

«El ego es un invento reciente de la evolución, y un día u otro desaparecerá».
Salvador Paníker

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¡PIérdete!

Al leer el periódico estos días se abre ante mis ojos un mundo de turbación. Y he abierto un libro querido, «El jardín amurallado de la verdad» del poeta persa del siglo XII Hakim Sanai de Ghazna, un místico sufí despierto que tiene mucho que enseñarnos, sobre todo a cerca de la pérdida del ego para encontrar nuestra verdadera naturaleza. Nos enredamos con las palabras y nuestras miopías. Es bueno de vez en cuando cerrar los ojos y perderse.

Os ofrezco algunos fragmentos:


«Cualquier cosa que te suceda, infortunio o fortuna,
es una bendición sin mezcla,
el mal que la acompaña, una sombra pasajera.
¿Cómo podría el autor de «Sea y fue»
traer jamás el mal a su propia creación?
«Bien» y «mal» no tienen significado en el mundo del Verbo;
son solo nombres, acuñados en el mundo de «yo» y «tú»,
en la creación de Dios no existe el mal absoluto.
Tu vida es solo un bocadito en su boca,
su fiesta es tanto una boda como
un velatorio.
¿Por qué la oscuridad debe apenar
el corazón
,
estando la noche preñada de nuevo día?
Dices que has desenrollado la alfombra del tiempo
y pasado más allá del cuatro, más allá del nueve;
pasa, entonces, más allá de la vida misma y la razón,
hasta que llegues al mandato de Dios.
¡Nada puedes ver, estás ciego por la noche,
y de día tuerto con tu necia sabiduría!
La humildad te conviene, la violencia no;
un hombre frenético y desnudo está fuera
de lugar en una colmena.
Amigo mío, todo lo que existe existe por Él,
tu propia existencia es un mero pretexto.
¡Basta de tonterías! Piérdete
y el infierno de tu corazón se tornará un cielo.
Piérdete y cualquier cosa puede ser lograda.
Tu egoísmo es un potrillo sin amaestrar.

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Sobre todo somos Adviento


Tiene el Adviento un sabor a ir de camino, a viaje, a imaginar la llegada, como traqueteo del tren cuando vuelves a casa, o la ilusión de hacer la maleta para unas deseadas vacaciones.
Trae el Adviento el anhelo de las flores por el rocío, el entusiasmo del escalador por alcanzar la cima, el presentir el mar después de un recodo de la carretera, el ansia por descubrir la casita encendida después de mucho caminar por el bosque.


Me acerca el Adviento al sábado que sueña ser domingo, a las ganas de acabar el colegio, al abrazo soñado de la persona querida y a la sensación día a día de terminar un libro.
Pero sobre todo me acerca a la vida, mucho más que la Cuaresma o la Pascua, porque la vida es caminar y para caminar hace falta un sueño, una ciudad prometida, una ilusión, un puerto hacia donde hinchar nuestras velas de esperanza.
Y, ¿cómo no? El Adviento me transporta a María, la aldeana de Nazaret, esperando siempre: a Dios en la oración, a José que vuelva del trabajo, a terminar las tareas de la casa, y sobre todo al Niño que viene en la noche de nuestra cueva para hacerse también caminante como nosotros, que no somos otra cosa que Adviento.


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Mirar es renacer

Vivimos atrapados en un mundo de lógica. ‟¡Lógicamente!‶, dice mucho la gente de hoy. Pero la lógica no funciona cuando se muere un ser querido, o cuando te enamoras, o cuando te extasías ante el paisaje o ante el arte evocador de un cuadro espléndido. ¿Qué pasa entonces? Que comprendes el universo de una manera directa y distinta, aunque no puedas formulártelo.
La intuición no anula lo racional. Pero lo mejor de la vida me viene por la intuición, esa capacidad perceptiva que está por encima de nuestra mente, no por debajo. Lejos de ser sentimentalismo o un fiarse de emociones, como cree la gente, es una manera superior de conocimiento. La intuición une, la lógica separa. Por eso la auténtica intuición nos devuelve el ser que somos.
Y es que mi energía es sólo una chispa de la hoguera del universo. Mi conciencia es solo un resplandor de todo el sol. Mi lucidez está conectada a una luz superior y total. Cuando no me limito a mi mismo por mis propias ‟chorradas‶, despierto.
El silencio me hace crecer en todas direcciones, me expande, me libera. Yo hago silencio cuando me suelto a mí mismo, y suelto ideas, esquemas, formulaciones. Perderse es encontrarse. (Algo así decía Jesús de Nazaret. Lo que pasa es que lo han estropeado canonizando el sufrimiento. Él se refería al ego, al personaje ese en el que hemos centrado todo y no vale un pimiento).
De esta forma asisto desde lo que aparece a lo que no aparece, de lo visible a lo invisible, de lo particular a lo universal, de lo terrenal a lo cósmico. Uno con el mar. Uno con el fuego. Uno con el aire. Uno con la tierra. Cuando más allá esté, más aquí me descubriré.
Después abrí los ojos. Mirar es renacer.

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Comentario a «DEJA QUE EL MAR TE LLEVE»

LAMET, Pedro Miguel: Deja que el mar te lleve, Mensajero, Bilbao 2019, 256 pp. ISBN: 978-84-271-4309-8.

“Los libros siempre están disponibles, nunca están ocupados” decía Cicerón y así nos recuerda la suerte y la importancia de tener libros a mano y disfrutar siempre de su lectura. El disfrute además no acaba con la lectura, sino que suele continuar después, como es el caso de este libro, cuya compañía continúa durante mucho más tiempo por el poso que dejan sus palabras.

Pedro Miguel Lamet nos habla del sentido de la vida a través de la historia de una familia madrileña que pasa sus veranos en Cádiz, esa tierra azul y blanca con sabor a mar. Seguimos los pasos de Rodrigo, uno de los hijos de esta familia y ya veterano periodista que vuelve al Sur, agotado de tanto remar tierra adentro en Madrid y con ganas de dejar entrar a la luz, al aire y al mar en su vida. Rodrigo nos cuenta desde el principio los dos acontecimientos que marcaron su vida en la infancia: una larga enfermedad que le mantuvo inmóvil durante mucho tiempo y la muerte repentina de su queridísima hermana Silvia.

Rodrigo vuelve a preguntarle al mar muchas de sus dudas vitales. ¡Qué bonito! Es el mar el que va revelándole en su continuo preguntar y escuchar, muchas de las respuestas que espera. “El mar siempre me habla, pero sin palabras. Quizás porque las mejores respuestas no son verbalizables. Solo el silencio responde, pero no es fácil saber escuchar el silencio” (p. 96) … nos dice Rodrigo.

En este viaje al pasado, con el mar como compañero, nuestro protagonista va descubriendo que una de las claves para ser feliz es la aceptación del dolor. Nos dice el autor que lo que más nos cuesta en el dolor es aceptar que ya nada va a ser igual, nos apegamos a la vida que teníamos como a una tabla de madera en altamar. Y necesitamos experimentar el don de dejarse llevar por el río de la vida, sin resistirnos, sin nadar a contracorriente. Con la aceptación, el sufrimiento se desvanece.

Estas palabras me han traídos ecos de Resurrección. ¿No es la Resurrección de Cristo la aceptación del dolor, la otra cara del sufrimiento, la alegría de la entrega? Dios nos viene a buscar y nos encuentra en nuestras noches, viene a darnos vida para que nosotros se la demos a otros. Esta historia es una historia de amor, de entrega, de lanzarse a mares desconocidos hasta donde Dios nos lleve. ¡Déjate llevar por Él!

—Lucía MUÑOZ MORO.

Publicado en RAZÓN Y FE, n. 2019, t. 280, nº 1441, pp. 225-240, ISSN 0034-0235

Para saber más del libro y cómo adquirirlo

Libros238Razón y Fe,2019, t. 280, nº 1441, pp. 225-240, ISSN 0034-0235Estas palabras me han traídos ecos de Resurrección. ¿No es la Resurrección de Cristo la aceptación del dolor, la otra cara del sufrimiento, la alegría de la entrega? Dios nos viene a buscar y nos encuentra en nuestras noches, viene a darnos vida para que nosotros se la demos a otros. Esta historia es una historia de amor, de entrega, de lan-zarse a mares desconocidos hasta donde Dios nos lleve. ¡Déjate llevar por Él! —Lucía

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El pálpito


«Yo apoyaba mi brazo izquierdo en el diván. No pude contenerme y recliné mi cabeza sobre su pecho, como acostumbraba. Entonces el tiempo se detuvo. Sentía el calor infinito de su piel y su corazón latir como un corcel desbocado. Dicen que a la hora de la muerte transcurren en un instante ante nuestra vista todos los acontecimientos de nuestra vida. Algo así me ocurrió a mí, Juan, el discípulo amado, en aquel momento. Pero no como la sucesión cronológica de hechos de una biografía, paso a paso desde el nacimiento hasta hoy, sino como si bebiera toda mi existencia en un solo trago o como sobre la superficie de una hoja verde se concentra todo el sol que brilla en una gota de agua. Como si, desde una cima, pudiera contemplar todos los caminos que confluyen en subidas y bajadas, valles y abismos, en ese solo punto donde ya no hay caminos, sino solo presencia, solo amor sin medida.


Oía perfectamente la voz de Jesús; distinguía las reacciones de los discípulos, su desconcierto, su expectación emocionada, su sorpresa cuando tomó en sus manos el pan y el vino. Entonces me di cuenta de que yo no era un mero espectador. No sé lo que era. Quizás también aquella voz, aquel pan y aquel vino. Yo bogaba dentro del corazón del Señor hacia un templo infinito sin paredes que contenía todo el mar, los paisajes del universo, un camino de estrellas que se perdía en la noche sin tiempo hacia simas insondables, solo luz.»


Pedro Miguel Lamet

(Fragmento de mi libro «Las palabras vivas: Confidencias de Juan, el discípulo predilecto», ed. Paulinas Madrid, 2011)
Foto: “Jesús y Juan” (Bajorrelieve) Está sobre la cabecera de mi cama.

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Sabatina

SABATINA

Era aún el chaval adolescente
que en las tardes lucía la alegría
de sentir en mi pecho, madre mía,
la cinta azul de tu medalla ardiente.

Y en los sábados, pálido e inocente,
postrado ante tus pies te repetía:
“Ayúdame a soñar desde esta fría
soledad de poeta evanescente”.

Y tú, joven ideal de lo imposible,
me inundabas del mar de tu mirada
más allá de las nubes y del viento

con solo esa sonrisa inaprensible
de la Madre que exclama emocionada:
“Ve tras mi Hijo y no pienses en nada”


Pedro Miguel Lamet
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¿Dónde andan los muertos?

¿DÓNDE ANDAN LOS MUERTOS?

El que no vive existe diluido
en los valles que ando y en la rosa
que llena de perfume cada cosa,
pues casi del todo aún no se ha ido.

Decidme, muertos, ¿qué dulce latido
es el que siento en la piel porosa
y qué noche me invita misteriosa
a vivir en presente lo perdido?

¿Dónde andáis o por dónde me parece
que ando yo este sueño de quimera
que es sentiros sin veros ni palparos?

¿No será que un ahora me amanece
en el que sin el tiempo venga a amaros
para ser Uno en una primavera?

Pedro Miguel Lamet
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