¡CÓMO SUENA TU NOMBRE!
No hay nada que resuene como el nombre
de labios del amado, de tal suerte
que resucite el alma, te haga fuerte,
te toque las entrañas y te asombre,
herida de dolor, cuando aquel hombre,
jardinero del huerto de la muerte,
hizo vibrar el aire frío e inerte
y te llamó “María” sin renombre.
¡Oh qué riada de recuerdos vino
hasta anegar de sueños el momento
y estrechar en sus pies esa presencia
que es abrazar lo humano y lo divino!
Tu Rabboni desenterró la ausencia
y nuestro amor cristalizó en el viento.
Pedro Miguel Lamet ¡Feliz Pascua a todos!
FLOR DE VIERNES SANTO
De mi fuego a tu fuego hay un paso,
que es la noche profunda del que mira
por encima del odio y de la ira
y se incendia de amor en el fracaso.
De mi noche a tu noche hay un ocaso
que es derrotar en silencio la mentira
y abrazar en tu muerte cuanto aspira
a alcanzar en su luz aquel traspaso
del miedo que se troca en la alegría.
Va mi alma contigo ensangrentada
por las calles del mundo tras el llanto
de todos cuantos llevan por tu vía
aquella cruz tan dura y tan pesada
que empezó a florecer en Viernes Santo.
Pedro Miguel Lamet
NOCHE OSCURA
¡Dime qué ausencia es esta del deseo
y qué agujero soy cuando te llamo
como perro perdido sin su amo
o desierto sin agua en que me veo,
si Tú no estás y grito que en ti creo,
y bien sabes. Señor, cuánto que te amo!
¿Por qué es de noche y no encuentro ni un gramo
de aquella luz, ni un silbo, ni un gorjeo?
¿No será que el vacío es la presencia?
¿No será que el silencio es tu palabra
y la nada la flor de la llenumbre?
Acurruca tu Ser en mi querencia,
anúlame este yo y haz que se abra
a la noche que colmas con tu lumbre.
Pedro Miguel Lamet
Este año de pandemia lo hemos vivido como un duro invierno, una obligada cuaresma mundial. Decía Gustavo Adolfo Bécquer, que “mientras haya en el mundo primavera, habrá poesía”. En lenguaje cristiano diríamos que mientras un hombre sea capaz de superarse a sí mismo brillará en el mundo la Pascua de Jesús. Todo florece a nuestro derredor como un himno a la vida. ¿Por qué nosotros no lo hacemos?
Hay una fuerza en el corazón de las cosas que las anima a seguir adelante: Cortas un árbol y vuelve a renacer, desvías un río y encuentra salida rumbo al mar, se pudre la semilla y da flor y fruto. Solo el hombre es capaz de hundirse en su depresión y acabar por no levantar cabeza. Nuestro “personaje”, el que nos da la tabarra desde la mente, se regodea en las ideas negativas, el sentimiento de culpa, el “estoy acabado”, “no sirvo para nada”, “nadie me quiere”, “voy a la bancarrota”, y si no tiene ningún dato objetivo se lo inventa. Vive de esa contaminación mental y su tristeza hasta intentar destruirse a sí mismo.
Recuerdo uno de los cuentecillos de Tony De Mello, que viene al caso:
Un visitante de un monasterio se sintió especialmente impresionado por lo que él mismo denominó el “resplandor” del Maestro. Un día en que se encontró con un viejo amigo de éste, le preguntó si conocía la explicación de dicho fenómeno.
Entre los solitarios de hoy día hay dos especies: los que se deterioran por la soledad y los que crecen en la soledad. La diferencia se produce con una sola palabra: “conexión”. Si no hay conexión de amor maduro con los demás (familia, pareja, amigos), es indispensable la conexión interior: el descubrimiento con el centro de las diversas capas de la “cebolla”, lo hondo de nuestra conciencia.
Las diversas formas de meditación han descubierto, que allí en lo profundo siempre estamos bien. Al taladrar hasta el fondo de la conciencia, gracias a la soledad, el silencio, la escucha y la contemplación de la naturaleza, uno puede encontrase con un horizonte sin tiempo, donde la culpa por el pasado y el miedo al futuro se desvanecen, porque conectamos con un “ahora” sin límites, donde todo está bien. Así se han realizado algunos grandes hombres, sean santos, científicos, filósofos, creadores literarios…
Es más, sin un tiempo de soledad, incluso quienes tienen la suerte de mantener buenas relaciones, no pueden lograr ser ellos mismos, pues se convierten en víctima del oleaje exterior y pueden sucumbir en la tormenta de la ansiedad, la angustia o el absurdo. Todo el mundo necesita un tiempo de buena soledad. Pues la verdadera y funesta soledad es “no poder hablar con tu corazón”.
Por ejemplo, un poeta soldado del mil quinientos, Hernando de Acuña, que luchó en la batalla de San Quintín, tiene un soneto a la soledad, del que copio aquí su primera estrofa:
Pues se conforma nuestra compañía,
no dejes, soledad, de acompañarme,
que al punto que vinieses a faltarme
muy mayor soledad padecería
Soy Mar, en un Cádiz todo horizonte. Dios quebró mi pierna, me dejó con un pie en el mundo, el otro, el enfermo, en el cielo: S.J. Creo en el hombre, que es un modo de creer en Dios y en la poesía, vestíbulo de la mística, del Jesús amigo.
SOY ARMONÍA
Esta foto de la Vía Láctea tomada una noche de verano nos evoca a Pitágoras, el filósofo y matemático de Samos, que unos 400 años ante de Cristo, enseñaba:
Si se os pregunta ¿en qué consiste la salud?, decid: en la armonía. ¿Y la virtud?, en la armonía. ¿Y lo bueno?, en la armonía. ¿Y lo bello?, en la armonía. ¿Y qué es Dios? Responded aún: la armonía. La armonía es el alma del mundo. Dios es el orden, la armonía, por lo que existe y se conserva el Universo.
Una de las más recientes teorías físicas describe a las partículas elementales no como corpúsculos, sino como vibraciones de minúsculas cuerdas, consideradas entidades geométricas de una dimensión. Sus vibraciones se fundan en simetrías matemáticas particulares que representan una prolongación de la visión pitagórica del universo y la recuperación, en la más moderna visión del mundo, de la antigua creencia en la Música de las Esferas.
«Mientras deambulo absorto por sendas de este espejo,
ABÍSMAME EN TU SER
Si del silencio hiciera
un abismado hueco,
y en las tardes sin nadie
el diapasón ardiente
del aire sobre el aire
hasta matarme el ego
por ser contigo
uno,
dormiría
tan dormido y despierto,
tan nada y todo en uno,
como esa nube leve
del sol atravesada.
Si esta noche me dieras
el saber sin concepto,
un ser sin etiqueta,
un navegar sin barco
y una luna sin tiempo,
que en las sombras fabrica
la amenaza del miedo,
quizás descubriría
el vaivén de mi cuna
y el sabor de tu verso.
Si mañana es ahora
y ayer ya no amanece
y el hoy solo un instante
que se me esfuma yerto,
abísmame en tu Ser
porque así me diluya
mientras deambulo absorto
por sendas de este espejo,
donde barrunto el aire
de tu perfume eterno.
Pedro Miguel Lamet
Pedro Arrupe : Witness of the Twentieth Century, Prophet of the Twenty-First
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Product Overview
The renown of few contemporary church figures has grown as much over time as that of the charismatic General of the Jesuits, Pedro Arrupe (1907-1991). Born into a bourgeois family in the industrial city of Bilbao, he studied medicine in Madrid, but after several years of study he left medical school to join the Society of Jesus, where decisive events awaited him. Expelled from Spain during the Republic, Arrupe was a citizen of the world by vocation and formation. During World War II he worked as a missionary in Japan, where he was accused of being a spy and imprisoned. He directly witnessed the explosion of the atomic bomb dropped on Hiroshima, and he used his medical knowledge to attend to the victims.
EL PUNTO DE LUZ
Sólo soy cuando dejo de ser
y vuelco la existencia sobre el vano
vacío de la sombra.
Me pierdo y me descubro
en la sima abisal de la marea.
El tiempo es solo ola,
la vida permanencia.
Sé que estás prendido de la estrella
allí donde la estrella ha dejado de serlo
y es el punto de luz
donde amanezco.
Pedro Miguel Lamet
«Hay que sufrir y ofrecerlo. Es la vida. Dios está más allá de todo. Mi vida es estar con Dios. Tenemos que ver a Dios en todo»
Juan Pablo II y Pedro Arrupe
«Lo único que queda siempre y en todo lugar, que me ha de orientar y ayudar siempre, aun en las circunstancias más difíciles y en las incomprensiones más dolorosas, es siempre el amor del único amigo, que es Jesucristo».
La comparación de las teologías de Arrupe y Juan Pablo II arroja luz para comprender la incomunicación de dos hombres de Dios, que conducirá a Pedro a la kénosis, el vaciamiento interior de nueve años de enfermedad, vividos de forma heroica.
Me confesó cuatro iluminaciones místicas en su vida: “Lo vi claro delante de Dios. Los jesuitas teníamos que dar ese paso. Fue algo precioso, bonitísimo” (lo decía con al rostro transportado).
Tenía conocimientos extrasensoriales de las personas. Casi todos los jesuitas se sentían percibidos y comprendidos antes de contarles nada.
Hoy se cumplen treinta años de la muerte de Arrupe. Se fue de este mundo precisamente el 5 de febrero, aniversario de los mártires de Nagasaki. de su querido Japón Cuando le visité en Roma, ya afectado por la trombosis para entrevistarle de cara a la biografía, vivía de la fe en medio de la marginación y desautorización de la Santa Sede.