Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

Los pies en el escenario

Representación de El Gran Teatro del Mundo

No nos equivoquemos. Un día puedes tener un resplandor de luz. Relativizas el trajín de cada día y te dices, ‟la vida es otra cosa». Pero desengañémonos, mientras vivimos, no podemos prescindir del personaje que estamos representando en el Gran Teatro del Mundo. Y a veces llegamos a creer que somos realmente ese personaje, el ego pequeño: el futbolista, el ingeniero, el funcionario, la seductora, el poeta o el albañil.


No hay teatro sin personajes. Tenemos que interpretar algún papel para vivir, si no, estaríamos muertos. Cualquier día te das cuenta y dices: ‟¡Caramba si era sólo un papel!» Eso ocurre, cuando te apercibes de que llevas una máscara, un disfraz. Y cuando te has fundido con algo que trasciende lo anecdótico, un fuego impersonal que quema el ego, descubres lo que realmente era: un pensamiento, un sueño, un parpadeo en la pantalla de cine.

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Soñé con ser tu marinero

Mar de Alvor, Algarve, Portugal. ©PMLamet
SOÑÉ CON SER TU MARINERO

Soñé de niño ser tu marinero
y cruzar por los mares de la vida
sin más norte que esa tu luz que anida
en el sol que acaricia a mi velero.

Quise alcanzar la gloria prisionero
de mi poder, mi fuerza y mi partida,
sin comprender que estaba ya perdida
por llevar el timón tan altanero.

Ahora en el atardecer descubro
que nunca mi bogar fue de mi mano,
que no alcancé más puerto que la brisa

en la frente, y ese horizonte hermano
hacia un mar que me lleva y que columbro
para anegarme entero en tu sonrisa.

Pedro Miguel Lamet
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Dios me canta una nana

Nana frente al mar. Oporto, 2013

El niño duerme, el mar está bravío. Las olas braman, la madre vela sus sueños.
Así mi vida. El mundo que nos rodea se encrespa con noticias inquietantes: pandemia, guerra, hambre, paro, crisis de valores, inestabilidad mundial, amenazas económicas, miedo al futuro.
Pero Dios padre y madre vela mi sueño.


“Como un niño en los brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí!” (Salmo 131)
Y Él me canta:

NANA DE LA ETERNIDAD

Duerme mi niño, que la vida es buena,
tu cuna es una barca que yo te mezo
y el viento de este mundo sólo es el beso

que posa en tus mejillas toda la Tierra.
No llores ni te inquietes, solo contempla
todo ese mar profundo que llevas dentro.
Pedacito de mí, tu alma anda llena
del amor  infinito de los pequeños, 

pues quise andar sobre él en la galerna
y dormir en la popa con el mal tiempo.
Ni el dolor ni la muerte te darán pena
Descansa en mi del todo, siéntete eterno.

A la nana nanita, nanita ea.
Que mi niño se duerme bendito sea.

Pedro Miguel Lamet
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Amar no tiene nombre

“Te amo” .dijo el Principito- . “Yo también te quiero” –Dijo la Rosa-
“No es lo mismo”, respondió él.


AMAR NO TIENE NOMBRE

 Amar es un vacío,
un llevar en las manos
el temblor de estar solo
mirando las estrellas,
un saberse una pluma
movida por la brisa
y olvidarse que el miedo
hizo en ti su morada
y arrumbar en lo oscuro
los planes ya trazados
y dejar que tu alma
llore a solas lo absurdo
que es estar y no estar.



Amar es un insólito
querer ser lo imposible,
derrotar los deseos,
recomponer el mundo
a trozos de ilusiones,
arrimar a las rosas
la eternidad rompiente
y regar con ausencia
la cuna de la noche
donde acecha el dolor.



Amar no es el anhelo
de vivir la primicia
de un ser entre los brazos
o llevar de la brida 
el feliz yo caliente,
o andar con un espejo
de un tú mismo mejor





















Ni pensar que ya es tuyo
el ser que has aprehendido,
ni pregonar al mundo
desde un tú apuntalado,
ni reírse del salto
que el otro no ha querido,
ni poner a tus ojos
parcelas por el mundo
con un cartel: "No entrar".

Amar es un perderse
en la noche estrellada
y saber que hace tiempo
has dejado de ser.
Es flotar sin un norte
por el mar de tu alma
y mañana ¡quién sabe!
no saber, no saber...


Amar es estar solo
con todo en compañía
y morir de vivirse
tan lleno del presente,
canción de un gran vacío
de lo amado que nace
en llamas del recuerdo
y el grito de un instante
que es, que fue, que apenas
vuela en lo casi perfecto
en la luz que no ha sido.

Amar no tiene nombre, 
quizás sólo la noche
que queda si has querido
al borde de la orilla,
una huella en la playa
que dejaste al pasar
y ser mar en la mar.


Pedro Miguel Lamet

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¡Cómo suena tu nombre!

¡CÓMO SUENA TU NOMBRE!

No hay nada que resuene como el nombre
de labios del amado, de tal suerte
que resucite el alma, te haga fuerte,
te toque las entrañas y te asombre,

herida de dolor, cuando aquel hombre,
jardinero del huerto de la muerte,
hizo vibrar el aire frío e inerte
y te llamó “María” sin renombre.

¡Oh qué riada de recuerdos vino
hasta anegar de sueños el momento
y estrechar en sus pies esa presencia

que es abrazar lo humano y lo divino!
Tu Rabboni desenterró la ausencia
y nuestro amor cristalizó en el viento.

Pedro Miguel Lamet 

¡Feliz Pascua a todos!

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Flor de Viernes Santo

FLOR DE VIERNES SANTO

De mi fuego a tu fuego hay un paso,
que es la noche profunda del que mira
por encima del odio y de la ira
y se incendia de amor en el fracaso.

De mi noche a tu noche hay un ocaso
que es derrotar en silencio la mentira
y abrazar en tu muerte cuanto aspira
a alcanzar en su luz aquel traspaso

del miedo que se troca en la alegría.
Va mi alma contigo ensangrentada
por las calles del mundo tras el llanto

de todos cuantos llevan por tu vía
aquella cruz tan dura y tan pesada
que empezó a florecer en Viernes Santo.

Pedro Miguel Lamet
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Noche oscura

NOCHE OSCURA

¡Dime qué ausencia es esta del deseo
y qué agujero soy  cuando te llamo
como perro perdido sin su amo
o desierto sin agua en que me veo,

si  Tú  no estás y grito que en ti creo,
y  bien sabes. Señor, cuánto que te amo!
¿Por qué es de noche y no encuentro ni un gramo
de aquella luz, ni un silbo, ni un gorjeo?

¿No será que el vacío es la presencia?
¿No será que el  silencio es tu palabra
y la nada la flor de la llenumbre?

Acurruca tu Ser en mi querencia,
anúlame este yo y haz que se abra
a la noche que colmas con tu lumbre.

Pedro Miguel Lamet
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La primavera de dentro

“Cráter de amapola”. ©PMLamet.

            Este año de pandemia lo hemos vivido como un duro invierno, una obligada cuaresma mundial. Decía Gustavo Adolfo Bécquer, que “mientras haya en el mundo primavera, habrá poesía”. En lenguaje cristiano diríamos que mientras un hombre sea capaz de superarse a sí mismo brillará en el mundo la Pascua de Jesús. Todo florece a nuestro derredor como un himno a la vida. ¿Por qué nosotros no lo hacemos?

            Hay una fuerza en el corazón de las cosas que las anima a seguir adelante: Cortas un árbol y vuelve a renacer, desvías un río y encuentra salida rumbo al mar, se pudre la semilla y da flor y fruto. Solo el hombre es capaz de hundirse en su depresión y acabar por no levantar cabeza. Nuestro “personaje”, el que nos da la tabarra desde la mente, se regodea en las ideas negativas, el sentimiento de culpa, el “estoy acabado”, “no sirvo para nada”, “nadie me quiere”, “voy a la bancarrota”, y si no tiene ningún dato objetivo se lo inventa. Vive de esa contaminación mental y su tristeza hasta intentar destruirse a sí mismo.

            Recuerdo uno de los cuentecillos de Tony De Mello, que viene al caso:

 Un visitante de un  monasterio se sintió especialmente impresionado por lo que él mismo denominó el “resplandor” del Maestro. Un día en que se encontró con un viejo amigo de éste, le preguntó si conocía la explicación de dicho fenómeno.

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No dejes, soledad, de acompañarme

Entre los solitarios de hoy día hay dos especies: los que se deterioran por la soledad y los que crecen en la soledad. La diferencia se produce con una sola palabra: “conexión”. Si no hay conexión de amor maduro con los demás (familia, pareja, amigos), es indispensable la conexión interior: el descubrimiento con el centro de las diversas capas de la “cebolla”, lo hondo de nuestra conciencia.

Las diversas formas de meditación han descubierto, que allí en lo profundo siempre estamos bien. Al taladrar hasta el fondo de la conciencia, gracias a la soledad, el silencio, la escucha y la contemplación de la naturaleza, uno puede encontrase con un horizonte sin tiempo, donde la culpa por el pasado y el miedo al futuro se desvanecen, porque conectamos con un “ahora” sin límites, donde todo está bien. Así se han realizado algunos grandes hombres, sean santos, científicos, filósofos, creadores literarios…

Es más, sin un tiempo de soledad, incluso quienes tienen la suerte de mantener buenas relaciones, no pueden lograr ser ellos mismos, pues se convierten en víctima del oleaje exterior y pueden sucumbir en la tormenta de la ansiedad, la angustia o el absurdo. Todo el mundo necesita un tiempo de buena soledad. Pues la verdadera y funesta soledad es “no poder hablar con tu corazón”.

                Por ejemplo, un poeta soldado del mil quinientos, Hernando de Acuña, que luchó en la batalla de San Quintín, tiene un soneto a la soledad, del que copio aquí su primera estrofa:

Pues se conforma nuestra compañía,
no dejes, soledad, de acompañarme,
que al punto que vinieses a faltarme
muy mayor soledad padecería
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