La bruma es azulada, del color de diciembre, como andar por la vida donde tienen los hombres apariencia de sombras sin saber dónde van entre los árboles. Quizás también un punto a veces encendido, como un fuego lejano casi siempre apagado.
En la bruma los besos sabor tienen a brea a helada soledad y también las palabras que dicen su querencia cuando rozan lo eterno a estopa saben, a cosa pasajera.
Todo palpita con un deje aterido a incierta presentida muerte, frágil vuelo de hoja que sabes va a caer llevada por el viento.
Porque azul es la bruma, por eso transparente, con la pura inocencia de un niño tembloroso que va buscando abrazos y se bebe la vida en un vaso de niebla.
De esa bruma estoy hecho, de nubes de silencio, un borbotón de nada que anhela ser del todo, una ceguera lúcida que no ve lo que siente.
Cuando en la noche viene el pensamiento a robarte la paz desde la loca mente, o, sin saberlo, atruena al subconsciente de voces con el ímpetu del viento,
y ese miedo a la vida que fomento entre sombras, se hace tan presente que no eres tú, sino el latir caliente de ese otro yo que invade el sentimiento,
recuerda que naciste de un misterio, desnudo como flor de la mañana para alegrar la vida de este espejo,
y que solo soltando el cautiverio del poseer, abrimos la ventana a la luz de ser Uno en tu reflejo.
Cuando pronuncio tu nombre y vuelvo al adolescente que te velaba en la noche ante tu altar de muchacha, se paraba el mundo entero bajo un manto de esperanza con mi miedo de ser hombre.
No te llamaba mi boca ni mis labios, solo el alma se acurrucaba muy pobre como un niño en tu regazo a reposar en tu calma.
Ahora cargado de tiempo te llamo de nuevo a solas desde la sombra y el miedo. ¡Qué alegre suena, María, sentir vibrar en mi entraña como una brisa de vida la dulzura de tu nombre!
Háblame, Señor, con voces del verano, cuando sube la hormiga por mi brazo, y me evoca otra vez que parte soy del sueño, y la hierba o la arena me devuelven conciencia de que fui tierra algún día, o sigo siendo polvo, mas polvo enamorado de esa sed infinita que alienta a este universo.
Acúneme el sopor con brisas de la noche, -¡oh noches de verano ungidas de nostalgia!-, con silencio habitado de lejanas canciones y grillos escondidos que taladran el alma de luna y soledad.
Recuérdame otra vez, más allá de los árboles, ese mar de la infancia que me acuna en la noche con su salmo de olas: “¡Navega, sé mi azul!”
Tararea el verano una copla perdida de amor, de adolescencia, y llora en mis entrañas desde aquel tocadiscos boleros de Ravel.
Me estrena sus mañanas con perfume de sol, y acompaña mis pasos por la vera del río en volandas del aire hacia una Virgen niña que aún espera en su ermita un piropo infantil: ¡Dios te salve, María; qué llena estás de gracia!
Han pasado los años con luces, con sus sombras, y el dolor en los huesos que limita mis pasos susurra tantos nombres que son risas y lágrimas pero también presencias que tiemblan a mi lado, y jamás morirán.
Háblame de aquel niño que fui y ahora presiento más cerca, más humano, pues voy transparentando con el paso del tiempo un verano en mis venas llevado de tu mano, vacaciones eternas de alta Mar.
TENGO UN VELERO “El reino de los cielos dentro de vosotros está” (Lucas 17, 20-25) Tengo un bonito velero embarrancado en la arena olvidada de aquel tiempo, en que de niño zarpaba cada tarde desde la triste playa de mis sueños a navegar a solas sin más norte que el ansia de abrazarte en cualquier puerto.
Han pasados los años, las borrascas del dolor, la angustia y hasta el miedo; y tú, Señor, sin más me has enseñado que ningún horizonte estaba lejos, ni bogar a otro mundo me hace falta cuando toda la Mar la llevo dentro.
Los niños son pedazos de Dios y no lo saben, van saltando en la lluvia y no se mojan; el aire besan sin ser sus propietarios; dan regalos sin precio, a solas juegan y van acompañados de todo el universo.
Los niños aún no saben qué papel les darán en la comedia; y cuando miran, te ven directamente, sin careta, te ven como tú eres, sin sopesar qué vales o qué cobras; si eres peón, ministro o propietario, joven o viejo, o el puesto que te han dado quienes reparten roles de apariencia.
Juegan los niños con tu niño oculto y solo si lo abrazas te vives como eres.