La bruma es azulada, del color de diciembre, como andar por la vida donde tienen los hombres apariencia de sombras sin saber dónde van entre los árboles. Quizás también un punto a veces encendido, como un fuego lejano casi siempre apagado.
En la bruma los besos sabor tienen a brea a helada soledad y también las palabras que dicen su querencia cuando rozan lo eterno a estopa saben, a cosa pasajera.
Todo palpita con un deje aterido a incierta presentida muerte, frágil vuelo de hoja que sabes va a caer llevada por el viento.
Porque azul es la bruma, por eso transparente, con la pura inocencia de un niño tembloroso que va buscando abrazos y se bebe la vida en un vaso de niebla.
De esa bruma estoy hecho, de nubes de silencio, un borbotón de nada que anhela ser del todo, una ceguera lúcida que no ve lo que siente.
Cuando en la noche viene el pensamiento a robarte la paz desde la loca mente, o, sin saberlo, atruena al subconsciente de voces con el ímpetu del viento,
y ese miedo a la vida que fomento entre sombras, se hace tan presente que no eres tú, sino el latir caliente de ese otro yo que invade el sentimiento,
recuerda que naciste de un misterio, desnudo como flor de la mañana para alegrar la vida de este espejo,
y que solo soltando el cautiverio del poseer, abrimos la ventana a la luz de ser Uno en tu reflejo.
Cuando pronuncio tu nombre y vuelvo al adolescente que te velaba en la noche ante tu altar de muchacha, se paraba el mundo entero bajo un manto de esperanza con mi miedo de ser hombre.
No te llamaba mi boca ni mis labios, solo el alma se acurrucaba muy pobre como un niño en tu regazo a reposar en tu calma.
Ahora cargado de tiempo te llamo de nuevo a solas desde la sombra y el miedo. ¡Qué alegre suena, María, sentir vibrar en mi entraña como una brisa de vida la dulzura de tu nombre!