¿Cómo rimar un sueño en un instante
y componer el verso de una vida,
si el poeta respira por la herida
de poner a su verbo por delante,
y buscar la palabra que le cante
con la secreta voz desconocida?
¿Cómo encontrar la luz al ser debida
que desentrañe el alma del amante?
Solo el vacío de la noche oscura
en soledad y ausencia de ruido
puede engendrar la luz de la hermosura
y hacer que, como flor, ella se abra
sin más ropaje que un leve latido
al milagro sin par de la Palabra.
Pedro Miguel Lamet
Vuelve un escritor de registros varios, el jesuita Pedro Miguel Lamet, ahora con una excelente novela histórica, titulada Las trincheras de Dios (Ediciones Mensajero), que tiene como protagonista de fondo al padre Fernando de Huidobro, que murió en el transcurso de una acción bélica —no martirizado— en los años terribles de la Guerra Civil.
Una mujer enamorada de su marido sufre la división y separación que les provocan sus respectivas ideologías. Ella procede de una familia conservadora y religiosa de Sevilla, marcada por el asesinato de sus familiares durante la guerra, y emprende una investigación en busca de la objetividad sobre el factor religioso en aquella contienda fratricida; él, socialista catalán, nada religioso, político progre, es un activista implicado en la llamada Memoria Histórica. Los recuerdos marcaron la infancia de ambos, tan ideológicamente divididos.
Muy bien trazados la exposición, nudo y desenlace, Las trincheras de Dios tiene como pretexto argumental la elaboración de una tesis doctoral sobre la figura singular del jesuita Huidobro, que se alistó como capellán de la Legión, intentó paliar el odio entre las dos Españas, se mostró contrario a los desmanes que se producían en las dos trincheras y asistió a todos a la hora de la muerte.
Hay un breve poema del colombiano Rafael Pombo titulado “El alma y el niño” y publicado nada menos que en 1873, que dice mucho más que grandes tratados de teología:
«¿Dónde está Papá Divino?
Preguntó a su niño el ama;
Te daré un dulce en la cama
Si me respondes con tino».
Y él, con sonrisa de cielo.
Repúsole: «Y yo, bah! bah!
Te daré un rizo de pelo
Si dices dónde no está».
Los niños están continuamente contemplando el rostro de Dios, porque aún viven dentro de él. Antes de que los maliciemos son ángeles que nos devuelven la esperanza en el ser humano, porque viven cerca de nuestro origen, la luz de donde salieron: el “Papá Divino”. Por eso, nada mejor que celebrar la Pascua desde los ojos abiertos y puros de un niño, nuestro niño, el que fuimos y volveremos a ser de nuevo en la casa del Padre. Mientras, de camino, Jesús nos propone la tarea para pertenecer a su reino y resucitar, retornar al niño.
AL ÁRBOL DE LA CRUZ
De tu dolor, del tiempo amanecido,
de una palabra ardiente que encendía;
de las entrañas puras de María
y del amor hasta la esencia herido;
desde tu cuerpo tres veces caído
y la noche oscura de la sangre mía,
devuelves con tu cruz a la armonía
este mundo que nace en tu alarido;
este mundo que abarcas con tu abrazo
y limpias con tu muerte de tristeza,
este miedo a vivir esta pobreza
que florece en tu árbol cual si fuera
hontanar para siempre en tu regazo
al colgar de tu cruz mi primavera.
Pedro Miguel Lamet
MI ÚLTIMA CENA
En esta noche tibia, quieta y llena
de un temblor de palabra y despedida,
de soledad y amor, el alma herida,
celebras tú, Jesús, la última cena.
Compartes con el pan esa honda pena
del sin sentido, la angustiosa vida
que es fracaso, dolor, obra incumplida,
y el vino de tu sangre nazarena.
En esta hora de la confidencia,
cuando Judas se hunde en su amargura
y Pedro negará con su despecho
cuanto aprendió a tu lado de dulzura,
déjame que ahonde en la experiencia
de apoyar, como Juan, mi alma en tu pecho.
Pedro Miguel Lamet
Hoy, por desgracia, no se entiende el cine poético, el cine-imagen, de encuadre estético y contemplativo frente al ímpetu consumista del cine convencional, lineal y narrativo. De aquí proceden a mi entender algunas incomprensiones críticas de Vidas furtivas, un film del 2000, que llega con tres años de retraso a nuestras pantalla y que es básicamente un poema fílmico, un canto al desarraigo, narrado desde un sutil y sugerente surrealismo.
Su directora, Sally Potter (Orlando y La lección de Tango) se sitúa desde el arranque en una interpretación de la imagen casi pictórica, donde los sentimientos brotan de la composición sugerente, los rostros silenciosos y el apoyo de una banda sonora eminentemente musical y lírica.
Con una sensibilidad muy femenina la directora británica nos cuenta la historia de una niña judía, cuya madre murió al engendrarla y que vive entre las nieves de una desolada aldea rusa, feliz por el respaldo que le da su padre, chantre de la comunidad, y las sensaciones primarias de la naturaleza, cuando comienza la persecución antisemita. Dada la apremiante situación, el padre (Oleg Yankovsky) emigra a Estados Unidos con la intención de preparar a la niña un futuro mejor.
Poco después una ola de violencia azota la población. En el último momento la abuela logra evacuarla junto con tres hombres que también aspiran llegar a América. Sin embargo, sufren un engaño y sólo consigue llegar hasta Inglaterra. La pequeña es entregada a las autoridades inglesas, y posteriormente alojada en una familia cristiana donde se le cambia el nombre por el de Suzie. La niña se ve despojada de sus únicas posesiones, una moneda de oro, cosida en el dobladillo del abrigo, y una maltrecha fotografía de su adorado padre.
Por causa del trauma que le ocasiona el viaje y del alejamiento de todo cuanto conoce y ama, la niña también pierde la voz. Al no poder entender el nuevo idioma que le rodea, ni hablarlo, en un primer momento, Suzie se ve intimidada en la escuela por los otros niños. Decidida a permanecer en silencio, la insultan constantemente. Hasta que, gracias al canto, recupera la voz y se traslada a París donde vive con una bailarina rusa, que a su vez le busca trabajo en un teatro donde canta ópera un tenor filofascista y se enamora de otro ser silencioso, un gitano domador de caballos. La segunda guerra mundial y la persecución judía sirve de fondo, a este último tramo del film y la última emigración de Suzie a Estados Unidos.
La película es una sucesión de cuadros, un culto al silencio y la música desde un estilo que hace equilibrios entre el melodrama y un surrealismo contenido. Puede decirse que Vidas furtivas consta de tres partes muy diferenciadas: la infancia, la época en París y la partida y embarque a Estados Unidos.
La primera parte es sin duda la mejor del film, realizada con una exquisita sensibilidad y un tratamiento del color que evoca la pátina del tiempo y la vida interior de una niña que endiosa a su padre. Es el trasunto de la foto sepia que llevará siempre consigo como un recuerdo perenne. Los primeros planos de la pequeña Suzie, encarnada por la niña Claudia Lander-Duke, valen por todo el film.
En París Sally Potter tiene una muy peculiar modo de contemplar los años de la invasión germana desde Lola (Cate Blanchett), una despampanante bailarina rusa, reverso caracteriológico de Suzie, paradigma de la seducción femenina que se convierte en amante del tenor de éxito, el italiano también caricaturesco, John Turturro (Dante Dominio). Todos son débiles en el fondo; son gente sin patria, seres desvalidos. La joven judía, admirablemente trasladada a la pantalla por una Christina Ricci de frágil, menuda y enigmática belleza. El gitano César (Johnny Deep), que pasea su caballo blanco junto al Sena y la torre Eiffel como un trasunto coral de su marginación; la portera judía; el propio tenor que no es sino un meridional de humilde origen obnubilado por la fama y el lujo.
En esta segunda parte se acentúa el melodrama. Las relaciones entre los personajes, un fallo de la realizadora que apuntan algunos críticos, están solo apuntadas simbólicamente y la ópera da ritmo musical a sus secuencias, donde las figuras humanas aparecen como eso, pura representación, caricaturas de sí mismas.
Lo peor del film sin duda son los últimos veinte minutos, que apresuran el final y dejan al espectador un tanto insatisfecho. No obstante hay en todo momento un distanciamiento, una manera de mirar que no es frecuente en el cine de hoy y que hace de Vidas furtivas una obra muy peculiar, un poema icónico musical con un extraordinario dominio de la composición, el encuadre y el tratamiento del color.Exige, claro, una sensibilidad pareja en el espectador, para que no salga con el típico y tópico comentario del conocido consumidor de films al uso, que uno oye indefectiblemente al vecino: “Demasiado lenta”.
Se trata de una película sobre la marginación, la emigración, las vidas sin raíces, donde no sólo son los judíos los perseguidos. Un film también sobre la mudez del alma y el lenguaje de los silencios que compone la música interior. No es un film realista, aunque está en el límite para no desenganchar al espectador. Aunque su título original es “El hombre que lloró”, aquí todas las lágrimas son interiores.
Título original: The man who cried. Producción: Reino Unido y Francia, 2000.Dirección y guión: Sally Potter. Duración: 100 min.Intépretes: Christina Ricci (Suzie), Cate Blanchett (Lola), Johnny Deep (César), John Turturro (Dante Dominio), Harry Dean Stanton (Félix Perlman), Oleg Yankovsky (Padre), Hana María Pavda (Abuela), Míriam Karlin (Madame Goldstein), Claudia Lander-Duke (Suzie joven), George Yiasoumi (Periodista).Producción: Chistopher Sheppard. Música: Osvaldo Golijov. Fotografía: Sacha Vierny.Montaje: Herve Schneid. Diseño de producción: Carlos Conti. Dirección artística: Laurent Ott y Ben Scott. Vestuario: Lindy Hemming. Estreno en USA: 25 Mayo 2001.Estreno en España: 12 Septiembre 2003.
SONETO POR UCRANIA
Cuando miro el dolor en la pantalla
desde el blando sillón arrellenado
y esa imagen trae justo a mi lado
la sirena, la bomba y la metralla,
el hambre, la angustia y la canalla
del terror que arranca de lo amado
la vida, la niñez y lo sembrado
en cien años de paz, mi voz estalla
en un grito de horror contra la guerra
que vuelve a destruir y a abrir la herida
de un mundo que parece enloquecido;
me pongo de rodillas y te pido,
que regreses, Señor: ¡Ven a tu tierra
y desde tanta muerte tráenos Vida!
Pedro Miguel Lamet
Ya en librerías una nueva novela histórica de Pedro Miguel Lamet.
Una mirada alternativa a la Guerra Civil española
SINOPSIS
El sueño de Milagros Aguilar es llegar a conocer toda la verdad sobre la Guerra Civil española. Nacida en una familia sevillana conservadora y marcada por la pérdida de seres queridos asesinados durante la contienda, tras estudiar la carrera de Historia, conoce a Jordi Casanova, socialista catalán, que llegará a convertirse en juez de la Audiencia Nacional.
Su matrimonio, del que nacen dos hijos, sufre una crisis por diferencias ideológicas entre ambos: él, implicado en la Memoria Histórica; ella, en la redacción de una tesis doctoral sobre «El factor religioso en la Guerra Civil». El hilo conductor de su trabajo es la vida de Fernando de Huidobro, un jesuita filósofo, alumno predilecto de Martin Heidegger, que regresa a España para ofrecerse a servir en cualquiera de ambos bandos. Entregado heroicamente a auxiliar a las víctimas, sean rojas o azules, decide, desde su experiencia como capellán de la Legión, denuncia al alto mando por el modo de ejecutar los fusilamientos de jóvenes milicianos, hasta que muere víctima de un obús procedente del fuego amigo.
La novela discurre entre la redacción de la tesis de Mila, que estudia la Guerra Civil junto al influjo de las diversas creencias en ella, y sus conflictos familiares, en una España contemporánea preocupada por la revisión histórica del pasado. Pedro Miguel Lamet, con un estilo que atrapa al lector, nos ofrece una síntesis del sangriento conflicto con aportación de datos, humanidad y el análisis de una nueva perspectiva encarnada por quienes ya entonces lucharon por la paz, la justicia y la reconciliación entre españoles.