Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

El gorrión

EL GORRIÓN

Tan pequeño, tan frágil y señero,
aquel gorrión se posó en mi mesa
tras una miga, y comió su presa
como si poseyera el mundo entero,

sin sentirse de nadie prisionero
en su vuelo gritaba una promesa
que me decía: “Abraza la sorpresa
de vivir con todo y a la vez ligero”.

Ay, gorrión, descúbreme el camino
que dibujan tus alas en el cielo
de cumplir con el fondo de mi esencia,

que se traduce en el papel divino
de pasar sin pesar con un anhelo:
¡Ser latido del Todo en la Presencia!

Pedro Miguel Lamet



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El ahora infinito

EL AHORA INFINITO

Cuando yo entre mis manos te sostengo
cada mañana al abrirse el día
y pronuncio esa palabra que no es mía
para hacerte venir, no te retengo,

ni siento mi poder, pues no intervengo
en ese prodigio del pan, tu eucaristía.
Es como si desapareciera en la sinfonía
de un canto universal del que provengo,

y, perdido mi yo, me disolviera
en el fuego inicial de esa mirada
con que el mundo exterior se hizo visible,

y tal tromba de luz me convirtiera,
abrazado al vacío de mi nada,
en un “ahora” infinito e inasible.

Pedro Miguel Lamet
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Consolación

CONSOLACIÓN

Detrás de mí, como una caracola
que me sonara a mar y a un sentimiento
de algo lejano traído por el viento,
una nube de ti vino en la sola

soledad, con que al despedirse inmola
la sangre de la tarde su momento
y se duerme de pronto el descontento
como la brisa acuna a la amapola.

Era un beso de fuego, una mirada,
la caricia sutil de una presencia,
una fuga del yo que se enamora,

un hueco de la luz desde la ausencia
que al sentirse vacía es liberada
si sabe que es el Todo sin ser Nada.

Pedro Miguel Lamet
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Saberme vivo

Llega la Pascua y con ella una cierta locura. Los discípulos se hacen un lío. María de Magdala, la enamorada, no reconoce a Jesús a primera vista. Los de Emaús huyen atrapados por la murria. Tomás quiere meter su mano en la llaga del costado. Y en el centro, la polémica de la tumba vacía, que tanto preocupará a los teólogos.

No hay una prueba física, científica y racional de la resurrección. La gran experiencia definitiva de que Cristo ha resucitado es la transformación de aquel grupo de pescadores ignorantes y atemorizados, cuyo líder ha sido ejecutado a las puertas de Jerusalén, la confluencia de sus testimonios.

Jesús ahora atraviesa paredes, está y no está, despierta la duda o inflama el corazón. La experiencia del resucitado, aunque se apoya en hechos históricos, requiere la fe o en cierto modo la mística. En mi opinión, los apóstoles despertaron por dentro, descubrieron que la muerte no existe, que desde siempre eran seres sin tiempo en el tiempo, pertenecían a la explosión de luz que une lo creado con lo increado, manifestación de lo inmanifestado, y eso les cargó de comprensión y fuerza.

Hoy abunda la noche, el miedo, las puertas tranqueadas, los corazones solitarios, las tesis e ideas que dividen, el enfrentamiento agresivo de creyentes e increyentes e incluso de fieles entre sí, como siempre hubo, hasta ocasionar incluso guerras de religión. La resurrección ocurre en lo íntimo de cada conciencia y fuera de ella.

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Sabiduría de Viernes Santo

SABIDURÍA DE VIERNES SANTO

Enséñame a morirme cada día
porque sigo enganchado a la creatura
y tengo miedo a esa noche tan oscura
en que deje este mundo y tierra mía.

Tengo miedo al desagarro y a la fría
soledad de quien triste se apresura
a romper con el tiempo que no dura
y a ignorar si le espera la alegría.

Desde tu cruz, enséñame el camino
para vivir muriendo a la apariencia
y amar lo que respira entre las cosas

que así hallaré por ti un sabor divino
y la luz que trasciende toda ciencia
en el secreto oculto de las rosas.

Pedro Miguel Lamet
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Lágrimas de María

VÍSPERAS DE PASIÓN


Bulle Jerusalén de luna llena
y arde el monte con gritos de alegría
ahogando en fiesta su miedo y agonía,
y anhelando una luz de pascua plena.

Sola, bajo mi manto, ando serena
las calles de la noche larga y fría

hundiéndome en el ascua que me guía
desde el fondo del alma y de mi pena.

¿Dónde has ido Jesús? Ya no te veo.
¿Te ocultas de tu madre en el ocaso,
cuando van a arrancarte de mi vida?

¿No será que me escondes el deseo
de que llore en tu cuerpo por si acaso
reluzca aún más con mi dolor tu herida?

Pedro Miguel Lamet
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Hermano en el ensueño

A DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Para seguir tus pasos de aventura
y  desterrar del mundo la tristeza,
quiero heredar un gramo de tu fuerza,
hermano en el ensueño y la locura.

Quiero embriagarme de tu desventura,
contigo cabalgar y con llaneza
desfacer el entuerto y la flaqueza
que empañan de injusticia la hermosura.

Quiero contigo alzarme a lo imposible,
volverme niño, salvar a Dulcineas,
matar molinos, conquistar aldeas

y cuanto pide al alma la esperanza;
sin que de tanto atarme a lo visible
me vuelva cuerdo como Sancho Panza.

 Pedro Miguel Lamet
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Sé tú mismo

Cada día encuentro a más gente angustiada. Me dicen que viven agobiados, deprimidos por las noticias, la crisis, el mundo que vivimos. Y, si son creyentes, los escándalos de la Iglesia les quitan la fe. Quizás porque los medios airean solo lo negativo. Para mí es un problema de enfoque. Vivimos en la cáscara de todo, desde el yo-idea, el pensamiento. Hay que buscar un camino directo al corazón.

Hace muchos años visitaba en compañía de un amigo un templo budista-zen en la sagrada ciudad de Nara (Japón). El pequeño jardín japonés, perfecto y recortado, brillaba desde la ventana a la altura de nuestros ojos mientras tomábamos una taza de té. Parecía un cuadro recién colgado ante nuestra mirada sorprendida.

El monje, de cráneo pelado y mirada penetrante, que se llamaba Nishizawa, se dirigió de pronto a mí en japonés. Mi acompañante, el profesor de la Universidad Sophia, Juan Masiá, me tradujo sus palabras, que nunca olvidaré: “Hazte plenamente el que ya eres”, me dijo.

Hoy cada uno de nosotros casi hablamos como los personajes de las series televisivas o programas de éxito, vestimos lo que nos dicta la publicidad y hemos cambiado nuestro “ser” por un “poseer”, que acaba por transformarnos en vulgares polichinelas de la sociedad de consumo. Estamos dormidos.

Solo unos pocos se libran de esta vorágine y se asoman al balcón de la vida con el suficiente distanciamiento para volver a ser ellos mismos. Entre estos, siempre estuvo el poeta, que es capaz de escuchar el latido secreto de la vida. ¿Pero qué ha sido hoy de los poetas? ¿Quiénes los leen? Además, no siempre la vida del poeta responde al resplandor de su inspiración. La verdad que el arte desvela es considerada inútil, además por el hombre pragmático actual.

Algo parecido han buscado los filósofos y los psicólogos cuando nos invitan al autoconocimiento para liberarnos de nuestros complejos conscientes o inconscientes. Lamentablemente, muchos se quedan en el proceso de darle más vuelta al coco.

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Decálogo de propósitos para el año nuevo

 Recibiré las pequeñas cosas de cada día como un regalo

Después de unos años llenos de incertidumbre y algunas noticias devastadoras, ¿cómo afrontar el que comienza? Se me ocurren estos diez propósitos para sentirnos liberados y al mismo tiempo fieles al seguimiento de Jesús de Nazaret:

1. Este año viviré en el presente, disfrutando del ahora, que es un taladro que me comunica con la eternidad.

2. Dejaré de rumiar los eventos pasados de mi vida, todo sentimiento de culpa, toda angustia provocada por lo no bien hecho u omitido, todo pensamiento negativo del ayer. El pasado pasó.

3. No me inquietaré por la inseguridad del futuro: ¿qué será de mí, de mi salud, situación económica, el futuro de los míos? No hay miedo posible, si sé de veras siento que estoy en manos de Dios.

4. Miraré más allá de los acontecimientos, noticias, percances, situaciones, consciente de que hay una trama que no veo, una mano providente que salva, un sentido misterioso en todos ellos.

5. Cerraré los ojos de vez en cuando para abrirlos desde la contemplación, lo que me permitirá encontrar el “sabor a más” que todo contiene.

6. Recibiré las pequeñas cosas de cada día como un regalo: desde el aire que respiro al árbol de la esquina; desde el niño que nace al hermano que muere; desde el canto del jilguero a la gran sinfonía, agradecido del don de la vida, pues “todo es gracia”.

7. Dirigiré mis pasos, en la medida de mis fuerzas, al planteamiento de las bienaventuranzas y su visión rompedora sobre los pobres, los pacíficos, los limpios, los misericordiosos, los que luchan por la justicia… Y si no tengo fuerzas para cambiar y comprometerme para que el mundo cambie, las pediré humildemente para que Dios lo haga en mí.

8. Miraré a todo hombre y mujer, sin distinción de razas, apariencia o condición, como un pedazo vibrante de mí mismo, y si mi instinto lo rechaza por alguna razón, diré para mis adentros: “Yo sin él no existo, Señor; ayúdame a amar a mi hermano, sea el que sea, y concienciar que solo llegaremos a ser, si todos somos uno”.

9. Tendré presente cada día la muerte, no desde el miedo como mi fin, sino como el “yo soy” definitivo, la puerta hacia mi plena identidad, la inmersión en el mar de luz del que procedo y, en el que, sin percibirlo, ya estoy ahora nadando.

10. Me alimentaré diariamente de la Palabra de Dios que sacia, sugiere, eleva e interpela, reclinando cada noche mi cabeza, como Juan, en el pecho de Jesús, y sintiéndome conducido como niño pequeño de la mano amable de María en medio de las turbulencias de este mundo. Amén.

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Un pastor entre lobos

Benedicto XVI ha sido un hombre de Dios, pero al mismo tiempo frágil, sensible y acosado por lobos, hasta tener la rara honestidad de reconocerlo y saber renunciar.

Este artículo ha sido publicado en El Español


La imagen del helicóptero sobre la cúpula de San Pedro, como un pájaro en huida, quedó imborrable de nuestra memoria aquel 28 de febrero de 2013. Desde el siglo XV, con la dimisión de Gregorio XII, obligado por el Cisma de Occidente, ningún papa había dimitido, aunque sí lo habían hecho con anterioridad Clemente I, el papa Ponciano,Benedicto XI y Celestino V, el famoso ermitaño, que, en 1294, huyendo de las intrigas vaticanas, decidió regresar a su retiro en la montaña, lo que se llamó “el gran rechazo”.

La renuncia al pontificado del papa Ratzinger, pronunciada en perfecto latín, quedaría sin duda como el más trascendental gesto en la historia de su pontificado. ¿Razones argüidas por él? Edad avanzada, falta de fuerzas y un “mundo sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio.”

 La noticia provocó en los medios las lógicas especulaciones: ¿Motivos de salud? ¿Sólo cuestión de vigor físico y espiritual? ¿O había más? En la mente de todos los analistas saltaban las triste y debatidas cuestiones vaticanas de los últimos meses: la plaga de la pederastia que ya le angustiaba en su último tramo de pontificado; las maniobras internas sobre el control del dinero del heredado escándalo del IOR; los llamados Vatileaks, conflictivos documentos filtrados por Paolo Gabriele, el mayordomo infiel, su condena y perdón, que olía a cierre en falso y las cartas publicadas sobre el supuesto lobby gay. No era normal que todo un director deL’Osservatore Romano, órgano de la Santa Sede, hablara de un “papa rodeado de lobos”. A todo esto se añadía el secreto mantenido por el sucesor de Pedro sobre su decisión, hasta el extremo de que ni su portavoz Ricardo Lombardi la conocía.

TÍMIDO, SENSIBLE, INTELECTUAL

Para comprender este paso hay que ahondar en la psicología y el itinerario vital de Joseph Ratzinger. De carácter tímido y extremadamente sensible, era sobre todo un intelectual, un pensador que había pasado la mayor parte de su vida encerrado en su gabinete de estudioso y en la docencia universitaria. Su historia no es lineal. Hijo de un comisario de policía (¿paralelismo con Wojtyla, hijo de militar?), Jo­seph Ratzinger nace en los años veinte en el interior de una familia campesina de la Baja Baviera. Su madre pertenecía a un entorno de artesanos acomo­dados. El rubio muchacho crece en el ambiente festivo de una religión católica impregnada de folclórico nacionalismo. Aún no tenía dieciocho años, cuando es movilizado en los servicios auxiliares de la artillería antiaérea del Tercer Reich, en los tiempos en que éste comenzaba a debilitarse y a echar mano incluso de adolescen­tes y hasta de seminaristas para poder continuar la guerra. El miedo pues será uno de los más terri­bles recuerdos del joven Ratzinger, cuyo uniforme no le protege del te­rror de la guerra, que intentó anegar con continuas plegarias. Aprende a tocar el órgano, le gusta Johann Sebastian Bach y comienza a adentrarse en la filosofía de Hegel, Feuerbach y Schelling.

No olvidará una conversación entre Konrad Adenauer, exiliado en una abadía, y un monje benedictino, que creía que Hitler representaba una nueva ocasión para que el pueblo alemán se reafirmara y una oportunidad para el cris­tianismo. Adenauer tuvo que abrirle los ojos.

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