De la boca asombrada de la nada

DE la boca asombrosa de la nada,
que era el eco de un Alguien
en busca de su espejo
había estallado el mundo
como un cuadro. Ni pincel ni color.
Algodones de nubes poblaron el azul
y un perfil encrestado de montañas
se alzaba sin un nombre, una voz, un destino,
la entrañable mirada que los llegara a ser
definitivamente.
Las frutas aliviaban el verde de los árboles
rezumándose inútiles
en espera de labios,
y el mar, desde las rocas
a nadie había amado aún.
Dios silbaba en las ramas de los chopos
arias de solitario
y reía, escurriendo silencios,
en el nadar incierto de los peces.
0 era un trino de
pájaros no oídos
o sorpresa ausentada de la nieve,
o brisa juguetona por los pétalos
que nunca nadie olió como a perfume.
Todo el mundo era un huérfano
carente de palabra.
Huían los caminos sin sentirse caminos.
Soñaba la madera con
transformarse en silla, en porche,
en la mesa redonda con un jarro de flores
que mira a la ventana,
o en el arca con sombra
por cobijar al lino,
que aún pendía,
añorando el calor de una piel,
del frágil ser del tallo.
Era el mundo un edén
sin el temblor de un dueño,
un bosque sin pisadas,
el hueco de un vacío sin tan siquiera el verbo
soledad,
brillante alumbramiento
para nadie.
El Creador se asomaba
acodado en el marco
y, después de un suspiro, se decía:
«Es hermoso el retrato, mas le falta
el brillo de los ojos».
Caía todo el ser en búsqueda del tiempo.
Moría en sí el espacio
perdido en el deseo de alcanzar
su conciencia. « ¡Qué sola -dijo Dios
es la pura belleza! »
«Vengamos de algún modo
a gozar de la sombra de los robles
en las tardes de sol
y a dejar, con el paso, una forma de huella
en la arena mojada de las playas;
a engendrar con las piedras los hogares
y a poblar a la noche
de canciones.
Que el jilguero se adorne con la risa
y el haya se haga cuna
y la rosa, recuerdo de la ausencia.
Inclinose el Creador,
miró su Ser
copiándose en la paz de las aguas.
Cogió en su mano tierra
y sopló hacia aquel mundo
sus sueños infinitos.
Cuando Adán despertó,
un azul transparente vibró en la savia oculta
de las cosas.
Ascendió a la montaña,
se deslizó en la ola
y en el nervio secreto de los árboles.
Un pedazo de El se paseaba nombrando al universo.
Había amanecido.
«Ya tenemos espejo»,
exclamó el Hacedor
sentado en su tertulia trinitaria.
«Que sepa el hombre ahora
del gozo de mirarse
prolongado.»
Y tomando su forma, dejó surgir
lo otro a la medida misma
de su sueño. «Serás como la loma
redondamente tibia
o la orilla de mar y el pecho reluciente
de paloma. Serás ella,
para que Adán se abra al abismo del tú,
su mitad mejorada
y sepa al contemplar sus ausencias.»
Eva abrió las pestañas
igual que la obertura de una gran sinfonía.
Y Adán supo que el mar, la lluvia entre la hierba y el rugido
del viento, tendrían para siempre
un deje de infinito.
Besó una mano a Eva
rompiendo con su beso el límite sabido
de las cosas.
«Ya sé, Señor, que soy.»
En el umbral ardiente de su abrazo
sembraba ya su herencia,
el mundo iluminado.
Una sombra le urgía:
«Ve a poseerlo.»
Y otra íntima voz:
«Sé solo, sé, y contémplalo.»

(De Génesis de la ternura,1986)

Paseo

HAY una luz en el claustro. Es un
aliento del sol en las rendijas del
ánimo.
La sombra se alarga hundida en
los arcos ojivales, dejando el
alma colgante
de la tarde lacerada, roja y malva
en los cristales. Vago con Dios a
mi espalda.

(De El alegre cansancio, 1960)

El indecible

TENGO una noche entre los labios tímida
cuando te nombro a ti. Que nombro al que no sé.
Digo: ventisca, pipa, primavera,
auto sedán, arbusto, caminata…
¿Y qué digo? No sé. Digo lo ignoto.
Te digo albor, te nombro suavemente
y me quedo en el no-decir encarcelado.
Cada ola de voz es tu misterio,
cada intento un aroma. Si pudiera decirte,
me abriría de la angostura-madre: la palabra.

(De El templo de la sorpresa, 1976)

Voy de viaje

Te tengo entre las manos y el volante. ¿Me
llevas o te llevo hacía la noche? Rumores de
motor, cruzar de árboles, un valle de
crepúsculos al fondo que fue y no es, que viene
y que se queda. ¡Ay rincón, ay pedazo de tierra
y casa blanca al recodo del mar, donde dejarse!
Cada lago en la orilla se me escapa. Azulverde,
el paisaje más querido se esfuma en los cristales
de la tarde. Hay familias que charlan en un
porche y ventanas con luz a medía música, y
parejas de amor colgándose del aire. ¿He de
prender los faros en la curva? Un mordisco de
cielo entre las nubes me vuelve a ti, perdido en
un instante. Me has atado a la rueda y al
camino. Todo lo tengo en, ti. De mí no sabe
nadie. Hoy el amor a «más» calienta las
tinieblas. Acelero en la noche. ¿A dónde
vamos? Yo no lo sé, mi amor…, voy de viaje.

(De Los cuadernos del nómada, 1976)

El primer frío

Con el pálido color de tardes solitarias
ha venido a mi cuello el primer frío, enturbiando
el tendón de una sonrisa y aquel hielo polar
de allende los glaciares que dejara mi casa
transparente y perdida.
Ha pasado, cruzando la ventana, el más largo verano
de una vida. ¿Tanto calor caído en una tarde?
Agosto prematuro de Polonia, desierto de Madrid
Con humo en el asfalto y el horno humedecido
de las noches eternas en el trópico…
Entre otoños de oro la nieve me ha soplado
-ay tela de cretona y media luz de lámpara en la
celda de paso hacia la libertad.
Con el pálido tiemblo de tardes ya menudas
ha mordido en mi cuello el primer frío.
¿Existirá, Dios mío, el calor en tu abrazo?
Sólo soy la secuencia de un film entrecortado
a mitad de camino entre el fuego y la noche.

(De Volver a andar la calle, 1982)

El ángel recupera el mar perdido

Casi al borde del mar, mi adolescente ha
encontrado la brisa que dormita junto al
porche de casa y la serena claridad con
que me escribes Señor de la penumbra
hasta envolver el ser con tus silencios.
Apariciones de Ti tu ángel me mostraba: la
buganvilla, el cactus, las caléndulas, la
viejita sentada sobre el mimbre, de un sol y
sal emborrachando el aire y las voces de
niños tan lejanos trayendo de la playa sus
colores
o la muerte, ataviada de púrpura y violeta,
de mi tarde.
Ya soy, lo sabes, tan uno con mi todo y tan partido
que el espejo se ha roto
y hasta ausente te parezco de pobre y derramado.
Gracias, ángel, al fuego con que miras
dando mi nombre al ser de cada cosa.
Gracias, ángel al fuego con que nombras
a partir del amor las luces del desierto,
que rasga en un instante lo escondido
aquel borde de mar de adolescente.

(De Volver a andar la calle, 1982)

Nostalgia de Cádiz

Besada por la luz, entraña clara
con que mira hacia el mar la bailarina
vestida de sus olas, capitana
desde el puente del sol de la bahía.
Estallido de cal en la que danzan
las palmeras y el viento que te admiran,
cantándote alegrías gaditanas
desde el Puerto a la Torre de Tavira.
¿Quién dejó para siempre tu sonrisa
en pos de otros menires y otras tierras?
¿Quién se olvidó del alma de tu brisa
para dejarte sola en tu tristeza?
Desterrado del mar y de tu calma,
pone rumbo hacia ti la barca mía:
Hoy te añora mi verso en lejanía,
Cádiz que no se borra de mi alma.

(De Como el mar a la mar, 1995)

A Don Quijote de la Mancha

Para seguir tus pasos de aventura
y  desterrar del mundo la tristeza,
quiero heredar un gramo de tu fuerza,
hermano en el ensueño y la locura.

Quiero embriagarme de tu desventura,
contigo cabalgar y con llaneza
desfacer el entuerto y la flaqueza
que empañan de injusticia la hermosura.

Quiero contigo alzarme a lo imposible,
volverme niño, salvar a Dulcineas,
matar molinos, conquistar aldeas

y cuanto pide al alma la esperanza;
sin que de tanto atarme a lo visible
me vuelva cuerdo como Sancho Panza.