
Ay, madre, eras tanto aquel té de las cinco
con perfume a tortel
o ensaimada caliente,
y al fondo las naves primerizas de marcianos
que derribaba en el éter Diego Valor,
«el piloto del futuro»
o el western radiofónico en el que
“Dos Hombres Buenos” cabalgaban,
aún sin tele,
los horizontes inasibles de las ondas.
Un calor de vuelta de colegio,
a baño tibio
con sensación a sábado aún intacto
o la soñada excursión a aquella sierra
aún lejana de Madrid
con la cesta de mimbre y
tortillas de patatas en la nieve.









