
CUANDO NO ESTOY
Cuando no estoy, estás tú
y cuando estás, amanece
ése yo sin figura,
que, dormido, más que nombre
y deseo o poder o residencia
es río, manantial, ola y abrazo
de este pasar en busca de su Ser
que es tu presencia.

CUANDO NO ESTOY
Cuando no estoy, estás tú
y cuando estás, amanece
ése yo sin figura,
que, dormido, más que nombre
y deseo o poder o residencia
es río, manantial, ola y abrazo
de este pasar en busca de su Ser
que es tu presencia.
Hay un koan japonés (frase enigmática que se repite en la meditación para alcanzar la luz interior) que dice: “Cuando nace una flor, es primavera en la universo”. Y es que basta con sumergirse en una parte, un detalle, una brizna del cosmos o una margarita, como la de la foto, para penetrar en el Todo. El Universo entero está conectado al Uno o es su reflejo.
A veces usamos las margaritas para adivinar algo: “Me quiere, no me quiere, me quiere…” Pero no podemos apresar su belleza. Decía Tagore: “Aunque le arranques los pétalos, no quitarás su belleza a la flor”. Porque la belleza es el fulgor con que brilla la verdad secreta de este mundo, el arte una manera de desvelarla, y la iluminación el modo de llegar a comprenderla.
Para despertar debemos aprender a “mirar el mirar”. Basta una pequeña ventana, el cráter de una flor, la lágrima de un niño, el salto de un gorrión, la llama de una vela, la mirada de amor, la arruga de un anciano, la gota de rocío, o el silencio de dentro después de haber mirado y cerrar los ojos.
Valga como síntesis este soneto:
Florece el mundo con la primavera. Pero ¿cuánto dura su belleza? He aquí una pequeña meditación en forma de soneto sobre la fugacidad y a la vez la presencia eterna en el misterio de una rosa.
A UNA ROSA
Tan perfecta y fugaz y tan liviana,
como un soplo me hiere tu hermosura
al pasar brevemente esa figura
que a este mundo seduce y engalana.
¿De qué presumes celosa y tan ufana
en mi jardín, si pasas con presura
como una nota en una partitura,
como cruza una nube en mi ventana?
Dime, oh rosa, ¿qué quieres enseñarme?
¿qué secreto me guarda tu perfume
para morirse al par que me enamora?
¿No será que no puedes abrazarme
si no renuncio a lo que se consume
y amo la eternidad desde tu ahora?
Pedro Miguel Lamet
Para nuestro mundo agobiado y para tanto corazón entristecido, siempre he encontrado mucho consuelo en la imagen de Juan, el discípulo predilecto, con su cabeza reclinada sobre el pecho de Jesús. De hecho este es el bajo relieve que, en version ingenua y sencilla, tengo sobre mi cama.
Hoy en plena Semana Santa le dedico este soneto:
DÉJAME QUE RECLINE LA CABEZA
Para seguir la huella de mi suerte
y descubrir el gozo de la vida,
penetrar necesito por tu herida
hasta el misterio oculto de la muerte;
para buscar la clave de esta fuerte
tensión entre el amor y la partida
de todo cuanto huye y cuanto anida
en un mundo vivo y a la vez inerte,
déjame que recline la cabeza,
cansada de pensar en esta noche,
sobre tu pecho lleno de dulzura
y, como a Juan, alumbra la certeza
de una luz que brilla a medianoche
porque solo la enciende tu ternura.
Pedro Miguel Lamet
ABÍSMAME EN TU SER
Si del silencio hiciera un abismado hueco,
y en las tardes sin nadie el diapasón ardiente
del aire sobre el aire
hasta matarme el ego
por ser contigo
uno,
dormiría
tan dormido y despierto,
tan nada y todo en uno,
como esa nube leve
del sol atravesada.
Si esta noche me dieras
el saber sin concepto,
un ser sin etiqueta,
un navegar sin nave
Y VIO DIOS QUE ERA BUENO
Para pintar el cuadro de la nada
sobre el lienzo espantado del vacío
con fuego de su Ser apagó el frío
y de su entraña feliz y enamorada
sacó el color de azul y de alborada
para pintar la noche en el estío,
la nieve pura, la gota de rocío,
la lluvia, el sol, el mar y la hondonada
del valle verde, el monte y la espesura,
del pez, el árbol, el pájaro y la rosa,
del río, la brisa, el viento y las estrellas
mirándose a sí mismo en todas ellas,
consciente de habitar en cada cosa,
vio que era bueno, y dijo:¡Qué hermosura!
Queridos amigos y lectores: Un abrazo fuerte de Navidad con deseos de que la viváis desde dentro y de que nuestro mundo oiga el canto pacificador de los ángeles.
A todos los lectores y amigos, un abrazo grande en la luz de Jesús recién nacido en nuestras entrañas, y en nuestro cariacontecido mundo. ¡Su lumbre, su paz y su justicia son posibles! ¡Feliz Navidad
LUMBRE DE DIOS
“El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz;
a los que habitaban en tierra de sombra de muerte,
la luz resplandeció sobre ellos”. (Is. 9,2)
Desde la sombra de la noche aquella
que también es la noche tuya y mía,
cuando esta tierra abandonada y fría
perdió sin ti la risa de tu huella,
y buscaba temblando la centella
de un sueño, una palabra, una alegría
para aliviar ese horror en que sufría
el ser sin ser, la vida sin estrella,
de pronto te asomaste a la ventana
y preguntaste al Padre de esta guisa:
-¿Qué te parece proclamar cariño
y que el hombre se sienta en la mañana
tu júbilo, tu lumbre, tu sonrisa?
-¡Bájate, Hijo, y llora como un niño!
Pedro Miguel Lamet

Durante los días de vacaciones y sus espacios más frecuentes para la reflexión sobre el pasar y el sentido de la vida hay oportunidades para volver a hacerse las grandes preguntas del ser humano. Entre ellas una muy radical: si verdaderamente somos reales, si tenemos consistencia o, dada la fugacidad de todo, que cambia continuamente, no pasamos de ser un sueño, una imagen, un pálpito distendido en el tiempo. Es lo que me formulo en este soneto, que se lo dedico a Javier Osuna, SJ. un gran compañero colombiano que acaba de fallecer. Fue un hombre bueno, dulce y transparente.
¿S0Y REAL?
¿Soy yo real o un breve y vago sueño
que cruza como un verso mal rimado
esta estrofa de vida sobre el prado
como el río en busca de su dueño?
¿Soy quizás aquel brote de un empeño
que goza, llora y muere apasionado
rumbo a no sabe cuál acantilado
como el río se vuelve marismeño?
¿Qué es la vida, Señor? ¿Por qué me has puesto
en este paraíso con espinas,
para andar sin saber por qué camino?
“Eres silencio –respondes-, lo adivinas
si dejas de pensar tan descompuesto
y solo al contemplar luces divino”.
Pedro Miguel Lamet