El despertar no sucede después de la muerte física. Despertamos cuando reconocemos el Reino de Dios dentro de nosotros. Entonces puedes decir con Jesús: “Antes que Abraham naciese soy yo”.
La más verdadero de nosotros no conoce la muerte. Lo que en el fondo somos se revela como nacimiento y muerte.
Mejor que decir “he nacido”, deberíamos decir: “Dios se expresa naciendo como este yo y muriendo como este yo”. Como una bombilla se enciende y se apaga ante la vista, pero sin que la energía detrás nunca desaparezca, sigue ahí.
En ese sentido también puedo decir: “Yo soy la luz, la verdad y la vida”.
San Juan de la Cruz: “Nuestro despertar es un despertar de Dios y nuestro levantamiento es un levantamiento de Dios”.
La resurrección es un modo de referirnos, sin entenderlo, del despertar al no tiempo.
¿Qué perdemos al morir? La careta, el personaje, el papel en el Gran Teatro del Mundo.
¿Cuál es nuestro apego mayor? El apego al yo temporal.
El otro yo, «el yo soy» atraviesa el tiempo y es para siempre. El secreto está en, desde el ahora, habitar aquí el infinito, que además aletea detrás de todas las cosas.
Esta noche tuve un sueño. Me encontraba dentro de una iglesia de cristal. Parecía hermosa, porque a través de sus paredes se podía contemplar el mundo, los más variados paisajes, el mar y la montañas. Pero con una peculiaridad. Podías solamente verlos, no acercarte a ellos. El vidrio del que estaba construida la iglesia impedía aproximarte a la vida.Pronto la sensación de belleza se trocó en una opresión de claustrofobia. Pero al fin y al cabo me encontraba en una iglesia. Jesús me ayudaría, me dije. Así que acudí al sagrario y para mi sorpresa el Maestro abrió la puerta, se presentó en persona ante mi y se sentó en el banco de al lado.
–¿Qué te pasa, hijo? -me preguntó.
-Nada, Señor, ya lo ves. Al principio de verme en esta hermosa catedral me sentía feliz. Bellamente construida, tan transparente, en el centro de nuestra ciudad me permitía ver el mundo, opinar sobre él, pensar que todo puede redescubrirse desde ella. Pero ahora me siento triste. Cuando he intentado salir para caminar por los campos, subir a las montañas o bañarme en la playa, ha sido imposible. Ese cristal me lo impide.¿Por qué me has puesto dentro de esta iglesia que cierra las puertas a la vida?
“La primavera ha venido / nadie sabe cómo ha sido”, escribía Juan Ramón. Y así es, puntualmente, por encima de nuestras vicisitudes, guerras y hasta la omnipresente pandemia, las mañanas relucen al sol, las tardes se van haciendo tibias y el anual milagro de la naturaleza estalla nuestros campos de flores y de vida.
Con mayo regresan también alegres recuerdos de infancia y juventud. Entre ellos, la evocación de María, la madre de Jesús que ocupaba ese sitio hogareño y soñador de nuestras ilusiones intactas. Era un instante eterno, con el cordón azul de su medalla al cuello, contemplar a la Virgen adolescente de la congregación mariana en aquellas velas de oración ante su imagen niña.
Y el mes de las flores. En casa montábamos también nuestro altarcito con flores, que eran regalos de nuestra adolescencia, sumidos en el amor al eterno femenino, a la joven madre, que sabía nuestros secretos.
Después de tantos años, hoy, en este mayo confinado en que no podemos ni ver ni oler las flores que cantan nuestro sabor a fragilidad y eternidad feliz, deposito este soneto a sus pies, con el alma siempre joven, gracias a ella:
Tiene mucha poesía este pasaje de Lucas sobre los de Emaús, que es sin duda un lugar teológico liberador para nuestra Pascua. Es como un retablo en tres cuadros, que podríamos llamar: 1. La murria. 2.El camino y 3. El atardecer iluminado.
La murria de la desolación.
Una situación muy parecida a la que estamos viviendo en estos momentos. Ignacio de Loyola la llamaría de “desolación”. Ellos, dos discípulos del círculo más amplio, no de los doce, habían soñado con un caudillo nacionalista que liberara a su pueblo. Y resulta que el Mesías es un fracasado, un fiasco. No vinieron ejércitos de ángeles a salvarlo, ni siquiera opuso resistencia personal. “Nosotros esperábamos”.
¿Qué Dios es este que no actúa y permite la pandemia? Noticias de enfermedad y de muerte. No entendemos nada, nuestra fe se tambalea.
Cleofás y el otro (algunos dicen que el otro era su mujer, no sé, creo que el evangelista lo habría especificado) huyen del dolor y el cielo nublado a la casa de campo o del pueblo de Emaús, distante unos 11 kilómetros de Jerusalén. “Esperemos que no nos pare la guardia civil”, diríamos ahora.
Respecto a las disquisiciones sobre inmanencia y trascendencia, el Uno y el múltiple, encuentro este poema de Rumi. Genial la imagen de la araña que teje con la saliva de los pensamientos. En cuanto se habla de Dios, lo estropeamos. Es como querer explicar un poema o diseccionar una flor
¡Oh, el que se compromete
con esto y aquello sin trascender el Ser!
¿Sin ponerte fuera del camino,
qué esperas hacer?
Deja de hacer una red, como una araña
con la saliva de tus pensamientos.
Es tan endeble, tan frágil.
Devuelve cualquier cosa que te haya dado el pensamiento.
El encerrado Tomás no se lo cree. Los apóstoles estaban muertos de miedo. No se lo podían creer. Habían visto muchos latigazos, mucha sangre, mucho dolor y fracaso, la muerte de su líder, su mesías. Las apariciones eran confusas: lo veían los de Emaús y no se lo creían. La enamorada Magdalena entre lágrimas no lo reconocía. Pedro y los demás siguen atrancados. Tomás es como el ciudadano del siglo XXI: quiere constatación material, pruebas científicas, palpar, lógica de bolsa, bancos y multinacionales. Ha rechazado el mundo de lo invisible: solo son creencias, fantasías, elucubraciones. Rechaza el otro lado de la vida, ese “no sé qué queda balbuciendo” que solo algunos intuyen detrás de todo.
Ellos tienen miedo a los judíos, nosotros al coranavirus, por el que estamos encerrados. Este domingo –“el primer día de la semana”, dice la comunidad joánica- aparece Jesús de noche en medio de ellos. No entra por la puerta, surge en medio de ellos, en comunidad, que la primera lectura de los Hechos presenta como un ideal de estar juntos, de compartir.
Cierto predicador gozaba de unánime reconocimiento por su elocuencia, pero en la intimidad confesaba a sus amigos que sus brillantes discursos no producían ni de lejos el efecto que lograba un Maestro espiritual con sus sencillas sentencias.
Asi que se fue a convivir algunas semanas con aquel Maestro.
-¿Has logrado conocer la razón de su eficacia? -le preguntaron sus amigos.
-Si, cuando él habla -respondió el predicador- sus palabras expresan el silencio. Las mías, en cambio, sólo expresan el pensamiento.
Hoy, 5 de febrero, se cumplen 29 años de la muerte de Pedro Arrupe, cuyo proceso de canonización ha sido incoado el año pasado. Es una buena ocasión para recordar un aspecto admirable de su vida que casi nadie conoce. Que hizo “voto de perfección” al parecer en la última etapa de su formación espiritual, mientras hacía su Tercera Probación (especie de segundo noviciado que se usa en la Compañía de Jesús) en Estados Unidos.
Casi nadie tampoco suele conocer en qué consiste este voto de perfección, que solo algunos santos han pronunciado en su vida. Se trata de obligarse mediante voto a que, entre dos opciones lícitas que se presentan en la vida, elegir la más perfecta. Creo que es una clave importante para comprender en profundidad muchas de las actitudes del que fuera general de loes jesuitas en situaciones difíciles.
Por ejemplo, cuando su secretario personal y amigo, Cándido Gaviña, revelaba decisiones secretas de la curia jesuítica al Vaticano desde su óptica conservadora, Arrupe callaba. Y jamás destituyó de secretario personal, al que era su acusador y una especie de Judas. O cuando respondía con bondad a algunos ataques y calumnias que le desprestigiaban de parte de algunos obispos y jesuitas españoles ante los papas Pablo VI y Juan Pablo II.
¿Cómo sabemos que Arrupe hizo este tremendo voto? El subsecretario de la Compañía de Jesús Nicolás Verástegui narra en carta autógrafa a Ignacio Iglesias que, al desatarse la enfermedad final de Pedro Arrupe, él, por encargo del general Kolvenbach, recogió sus cosas personales; y añade: «En el cajoncito del reclinatorio, junto a la puerta de comunicación con el despacho, encontré, entre otras cosas, una tarjeta postal con la imagen del Señor (creo que del Sagrado Corazón), impresa monocroma en tono verdoso oscuro, en cuyo reverso tenía escrita la fórmula de su voto de perfección. Tengo la impresión de que entonces deduje que estaba hecha en, o al fin de su Tercera Probación. Ahora, después de veintitrés años, no puedo concretar más» Por tanto, parece que el texto original existe, y es posible que esté en el expediente de la causa-.En su menuda y veloz escritura de sus apuntes de Villa Cavalleti, después de ser elegido general, reaparece su particular devoción al Corazón de Jesús y a la eucaristía: