Os deseo a todos un renacimiento interior con la Navidad y un año en el amor y la esperanza.


¿Quién es ese que me mira desde el espejo y que cambia cada día como una crisálida?¿Se parece al niño que se contemplaba en otro espejo de la infancia, pegado quizás al rostro de mamá? ¿Se parece al adolescente que se peinó calibrando los matices de su rostro por primera vez? Podría ser una máscara de quita y pon, como las que los griegos usaban para el teatro y llamaban ‟persona».
Este ego que soy, el que nació en tal sitio, estudió en tal otro y hoy tiene esta profesión, aquella novia, amigo, casa o esposa/o, ese pequeño o gran nombre se desvanece como un plano cinematográfico en la pantalla, para dar paso a otro y otro y otro…en el cambio que implacablemente marca el reloj.

Bella escultura la de esta ciega que mira al cielo y está punto de caer. Es como una metáfora de muchas circunstancias de nuestra vida, porque, aunque tengamos del don de la vista, con frecuencia nuestra mirada es incapaz de ver el camino que nos lleva a la Vida. Sobre esa ceguera y esa vida escribió Leopoldo Panero un hermoso y breve poema titulado “Las manos ciegas”.
Ignorando mi vida,
golpeado por la luz de las estrellas,
como un ciego que extiende,
al caminar, las manos en la sombra,
todo yo, Cristo mío,
todo mi corazón, sin mengua, entero,
virginal y encendido, se reclina
en la futura vida, como el árbol
en la savia se apoya, que le nutre,
y le enflora y verdea.
Todo mi corazón, ascua de hombre,
inútil sin Tu amor, sin Ti vacío,
en la noche Te busca,
le siento que Te busca, como un ciego,
que extiende al caminar las manos llenas
de anchura y de alegría.
Muchos miran y no ven. Porque con los ojos del alma es despertar, taladrar la apariencia, tocar la verdad desde dentro, donde poseemos sin saberlo la auténtica visión, una maravillosa centella de la Luz Total.
Pedro Miguel Lamet

A este mundo venimos desnudos, y después del viaje de la vida nos vamos desnudos.
Pero para el trayecto necesitamos objetos: desde el cepillode dientes a la cultura, pasando por un sinfín de adminículos: casas, libros,ropas, coches, tecnología, cuentas bancarias, pólizas de seguros, puestos,cargos y un largo etcétera. Es nuestra valija, la maleta del viaje.
El problema nace de nuestra relación con esa maleta.
Hoy muchos transforman la valija en el destino del viaje. Confunden el medio con el fin. Es más se definen a sí mismos no por lo que son, sino por lo que llevan en el viaje, sus posesiones, lo que tienen. Ante la sociedad nos prestigiamos por la cualidad de mi casa, mi coche, mi forma de vestir, el puesto que representamos, en vez de por el sentido de mi vida, mis valores, mi último destino.

Hace unos años un grupo de españoles confesaron haber encontrado el “elixir de la eterna juventud” o algo parecido, que lleva tiempo en las farmacias. Según sus descubridores, científicos del CSIC, este producto representa claramente «un avance mundial» contra el envejecimiento y para la prevención de importantes problemas de salud; pues se ha demostrado que «la ciencia no sólo da años a la vida sino vida a los años».
La pildorita se llama Revidox , tiene un precio, cada una, ligeramente superior al euro, se vende en cajas de treinta, y, como siempre, debe tomarse como complemento de una dieta sana y equilibrada y ¡durante toda la vida! Aparte de prolongar la vida celular y actuar por ello, como elixir contra el envejecimiento, este complemento alimentario no sólo rejuvenecería la piel, sino también actuaría en beneficio del resto de órganos (corazón, pulmones, estómago), reduciendo los problemas cardiovasculares y previniendo del cáncer. O sea, una maravilla.

“El cielo escomo un inmenso / corazón que se abre, amargo./
No llueve: es un sangrar lento / y largo.” Versos de Gabriela Mistral que vienen a la mente al contemplar este “chirimiri” indio en este balbucir sus primeras palabras el otoño. O el poema de Verlaine: “Llueve en la calle como llueve en mi corazón”.
Las primeras lluvias son hermanas de la melancolía, la vuelta al cole, el cristal empañado, el primer amor de verano que no retornará, la tibia atmósfera del cuarto de estar con magdalenas y café con leche. Cuando llueve, la ciudad se recoge en meditación y los viandantes bajo el paraguas son como monjes urbanos a los que no les queda más remedio que mirar hacia el interior. ¿Os acordáis de la canción de Pablo Guerrero “Tiene que llover”? Para él la lluvia era también símbolo de la libertad: “Hay que doler de la vida hasta creer / tiene llover / tiene que llover / a cántaros”.
¡Oh mansa lluvia que renueva la vida y borra los adioses!

Con sus canchas repletas, sus himnos vibrantes, sus seguidores fanatizados y la adoración de sus fieles, el fútbol se ha convertido en una religión indiscutida e indiscutible del siglo XXI. La asistencia a sus ritos supera con mucho la de los que acuden a misas, plegarias y otros oficios religiosos. Sus sacerdotes, los futbolistas, solo son valorados por su habilidad en el juego.
Apenas se cuestiona su moralidad, sus excesos, las desorbitadas cantidades que cobran. Puede más el fanatismo idólatra hacia sus nombres y a los colores que representan. La locura de los hinchas se convierte en una borrachera seudomística a la que se sacrifica casi todo: ahorros, incomodidades de viajes, risas y lágrimas. Y sus pontífices máximos, los dueños de los clubes, manipulan esas multitudes a placer entre cifras astronómicas y la ceguera de sus devotos sin apenas control de nadie.
Hasta qué punto al pisar un terreno de juego un futbolista siente que se relaciona con lo trascendente se aprecia en que cada vez son más los que se santiguan, rezan o levantan sus brazos al cielo para agradecer o atribuir a Dios o a Alá sus goles. ¿Qué desahogo psicológico de tensiones experimenta el aficionado en el cuadrilátero? ¿Qué le libera? Quizás que, sin dogmas, sin racionalidad, sin preceptos, se pinta la cara, se viste de ceremonia y grita, grita para huir por un rato de sus cotidianas frustraciones.
Pero eso tiene un nombre, se llama fanatismo, no religión, y el fanatismo no es compromiso ni liberación, sino huida. Pasatiempo, sí. Y también culto desmedido a un dios fácil.

Canonizado junto a Óscar A. Romero, representa otra cara del servicio a la Iglesia desde un martirio incruento y una actitud de diálogo con el hombre y el mundo del siglo XX. Verdadero fautor del Vaticano II, dio el primer paso del encuentro de la Iglesia con la modernidad. He aquí mi personal biografía de este gran Papa.

Ayer el papa Francisco subió finalmente a los altares a monseñor Romero, después de enormes dificultades. He aquí mi personal biografía de este gran santo y mártir de nuestro tiempo: