Muchas veces me he preguntado sobre cual es verdadero camino: si la aceptación o el cambio.
ACEPTACIÓN es no dar coces contra el aguijón, vivir en el ahora, liberarse del ego siempre insatisfecho, en contra de lo que tienes en este momento, conectado a una mente que runrunea y te impide sintonizar con los profundo.
CAMBIO es compromiso, rebeldía y lucha para modificar las estructuras injustas, transformación del mundo aquí y ahora, fe en un futuro mejor.
Se diría que la aceptación es más contemplativa y el cambio más activo. ¿Por dónde tirar?
Luz, cámara, acción. «Somos espectáculo», decía Pablo de Tarso. ¿Diría hoy que somos un reality show? Antes lo éramos para nuestra familia, los vecinos, compañeros de trabajo, amigos y conocidos. Ahora eso a mucha gente no le satisface. Asistimos a un aluvión de actores y actrices espontáneos que se vuelven locos por los focos la televisión, los programas de confesiones públicas y las redes sociales.
Lo que antes se decía sólo en susurro a la rejilla de un confesonario (los católicos, se entiende, que no eran pocos en nuestro país), o ante el amigo íntimo o un familiar muy querido, se pregona hoy a diestro y siniestro. Señoras del pueblo, «marías» como las llama la gente, se van a la peluquería, se endosa su vestido de lamé, con tal de salir en la tele una tarde, y largan ante las cámaras su vida más privada: sus amores prohibidos, sus hijos secretos, sus traumas de infancia, los rencores a sus padres, los pecado ocultos. No faltan incluso los que se someten voluntariamente a una «máquina de la verdad» que, a cambio de notoriedad y en algunos casos de dinero, son investigadas hasta en sus deseos más inconfesables.
Cuenta una vieja leyenda hindú que hubo un tiempo en que todos los hombres eran dioses, pero abusaron de su divinidad y el dios supremo Brahma decidió despojarlos de su ser y poder divinos y ocultarlos donde ningún hombre pudiera encontrarlos. Fue ardua la tarea de encontrar un buen escondite. Algunos dioses menores convocados a consejo para dar con el lugar adecuado para esconder la divinidad del hombre propusieron ocultarla en lo más hondo de la tierra o arrojarla al fondo de los océanos; otros dijeron que lo más seguro sería elevarla por los aires a la más alta de las atmósferas.
Pero Brahma dijo que él sabía de qué pasta había hecho al hombre
Esta estrofa de Antonio Colinas en “Letanías del ciego que ve” sintoniza bien con la imagen de barcas flotando quietas a la débil luz del crepúsculo. Frente al torbellino de un mundo atolondrado que se mueve al vértigo de noticias, el watsapp, y el consumo frenético parece imposible respirar esa música no oída que se esconde detrás del silencio, corazón de todo.
En primer lugar porque no somos conscientes de nuestra respiración, que es la frontera de contacto con la vida. Y después porque no vivimos, nos viven desde fuera.
Ante un mundo confuso, lleno de dudas, incógnitas y miedos, me viene a la memoria esta frase de Albert Einstein: “Hay dos maneras de vivir una vida: la primera es pensar que nada es un milagro. La segunda es pensar que todo es un milagro. De lo que estoy seguro es que Dios existe”. Uno de esos milagros es la mirada de un niño. Limpia, sencilla, natural, como si estrenara el mundo, todavía no hay en ella rencor, ni desconfianza o segundas intenciones. Quizás porque aún está cerca de su origen divino, del contemplar cara a cara la vibración eterna de Dios, donde todo está en paz y todo es uno en el Uno, sin rupturas ni enfrentamientos.
Sus ojos son como lagos donde se copia el cielo y su rostro transparenta la pureza a la que estamos llamados a volver. “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios” (Lc 18,16), decía Jesús que, nos exhortaba a volver al niño que en el fondo seguimos siendo. ¿Cómo hacerlo? Buceando más allá del ruido y el torbellino de la preocupada mente para rescatar en lo hondo el Ser con que salimos bien de las manos de Dios, y que brilla, aunque no lo sepa, en mis olvidados ojos de niño. Una mirada distinta para enfrentar el nuevo año.
La naturaleza habla también en el invierno a través de la hermana nieve. Nos recuerda la capacidad de transfigurar el tronco, la piedra, el jardín, la casa, nuestra vida. Es como si se revistiera del alba para oficiar la liturgia que reviste de pureza original a la creación, la blancura perdida. Como si nos recordara que el mundo lleva dentro la posibilidad del cambio, de retornar a la alegría, la plenitud, la luz de donde venimos y hacia donde vamos.
Mejor lo dice el poeta. Revuelvo en mis viejos libros y encuentro un poema de Amado Nervo dedicado a la nieve. Copio unas estrofas. Él dice mejor cómo la nieve ora y nos enseña a orar:
La blancura es el himno más hermoso y más santo;
ser blanca es orar; siendo yo, pues, blanca, oro y canto.
¡Qué milagro cotidiano! De pronto en una calle cualquiera alguien cierra los ojos y se pierde, se sumerge, se sale del tiempo gracias a la música. Y el viandante atareado se detiene y por un instante olvida sus preocupaciones y asciende con él a la nube del artista por la escalera del pentagrama a un lugar extático, a un mar de notas que le embriagan.
Porque, como canta fray Luis en su Oda a Francisco Salinas, “el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada”. Desde el embrujo de la música el que la escucha se hace tan niño que reconoce su origen: “A cuyo son divino / el alma, que en olvido está sumida, / torna a cobrar el tino / y memoria perdida / de su origen primero esclarecida”.
Pierde por un instante el interés por lo material: “Y como se conoce, / en suerte y pensamientos se mejora; / el oro desconoce, / que el vulgo vil adora, / la belleza caduca, engañadora”.
Y da así el gran salto a lo trascendente: “Traspasa el aire todo / hasta llegar a la más alta esfera, / y oye allí otro modo / de no perecedera / música, que es la fuente y la primera”.
De esta manera en cualquier calle y en cualquier momento, gracias a la música, si cierras los ojos, puedes llegar a sentir el beso fugaz de Dios.
El ordenador es un aparato útil. Pero completamente tonto. Tú metes los datos y el los baraja y luego da a luz un sorprendente listado, un cálculo arquitectónico, el plano de un nuevo automóvil. Sin embargo el ordenador nunca da el salto trascendete. Ni se enamora, ni sabe reír ni llorar, ni se va como voluntario al Tercer Mundo, ni crea una Novena sinfonía o un soneto de Shakespeare.
En la era de la informática y la información, de la televisión e Internet, el peligro está en convertirnos en una ingentes y estúpidas bases de datos ambulantes, pero sin ensueño, sin vida, sin poesía. El gran salto cualitativo no lo da el ordenador, lo damos nosotros.
Hoy como ayer la felicidad está en ver, alcanzar nuestra verdad profunda.
Las aguas tranquilas de los ríos y los lagos copian los paisajes de valles, montañas y ciudades. El reflejo suele ser un trasunto modificado de la realidad, donde rielan los colores de los árboles y las fachadas, como si fueran abocetados cuadros impresionistas. Entonces uno se pregunta: ¿Qué es más real, el reflejo o la realidad? ¿Existe una visión objetiva de las cosas, o cada uno interpreta a su modo cuanto vemos? La visión además no es la misma en el siguiente instante, pues todo cambia continuamente de color, matiz, iluminación, o con el deterioro de las fachadas, las nuevas construcciones, el paso del tiempo.
Quizás este mundo no sea del todo real, sino el reflejo de otro. Le damos consistencia creyendo que nuestras casas, nuestros trabajos, nuestra ciudad seguirán siempre ahí. Pero son realidades cinceladas por el paso de los días y los años, que se llevan el río de la vida. Si somos conscientes de que solo son reflejos, superaremos los apegos, la tragedia de ir perdiendo esto y aquello. Si somos capaces de cerrar los ojos y mirar más profundo al origen de esos reflejos, nos toparemos con la Luz Total y ahí sí podremos descansar, anclar definitivamente nuestro corazón.
En plena Semana Santa me vuelvo a preguntar qué sentido tiene la cruz en nuestra vida.
CUÁNDO NO TIENE SENTIDO LA CRUZ
• No le veo sentido a la cruz por la cruz. Hay personas que han sacralizado el sufrimiento en sí mismo, como si pasarlo mal fuera per se algo positivo. Eso no es una virtud, es una enfermedad.
• No tiene sentido la cruz como autoflagelación mental. Es decir, dejar a la mente que te pase películas negativas. Es otro morbo perjudicial en que se recrea mi peor yo, mi personaje más falso. A ese no hay que hacerle ni caso.
• Carece de sentido autoculparse para sufrir más. Procede de no perdonarse a uno mismo por lo que hice en el pasado. Dios te ha perdonado y tú no te perdonas. Se trata de un penitencia buscada para hacerme daño, que lejos de liberarme, me hunde más.
• Es una cruz falsa la que me impongo porque otro está sufriendo. Por ejemplo, mi madre, mi amigo, un ser querido está sufriendo y yo me siento culpable si no lo paso igual de mal que él. No caigo en la cuenta de que es al revés: tengo que estar bien para poder ayudarle; tengo que salir del pozo para poder sacarle.
CUÁNDO TIENE SENTIDO LA CRUZ
• La cruz tiene sentido cuando es una consecuencia de opción auténtica de vida o de una verdad asumida. Por ejemplo, si sufro por llevar adelante una causa justa, por defender a seres humanos, por evitar un mal o denunciar una injusticia. Jesús no muere en la cruz para buscar el sufrimiento, sino por ser consecuente hasta el final con su mensaje: el amor incondicional de Dios.
• La cruz salva cuando es cruz por los demás. Si me sacrifico por estar al lado del que sufre, por sacarle de su sufrimiento, aunque sea solo por consolarle y acompañarle. Pero nunca es sufrimiento buscado, sino un dolor o privación que brota del amor.
• La cruz se ilumina cuando requiere el abrazo de una situación inevitable. Si la enfermedad no tiene cura, si la muerte del ser querido me lo arrebata, si una catástrofe natural o una guerra imparable nos zahiere, crezco cuando abrazo esa cruz y la supero espiritualmente.
• La cruz libera cuando no acaba en cruz, sino en resurrección. Mientras la llevamos es liviana, si cuenta con un horizonte de esperanza. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”(Mt 11, 28-30).
• La cruz glorifica cuando no me empeño en llevarla a solas, sino cuando camino por la vía de la amargura al lado de Jesús. Porque el yugo solo puede soportarse entre dos. Porque con Jesús la muerte es Vida y el caminar por la fugacidad del tiempo un encuentro con una luz que tiene vocación de eternidad.