A veces no lo comunicamos a los demás, pero siempre persiste en nuestro subconsciente la pregunta de ¿dónde andan los muertos? ¿Cómo es posible que hayan desaparecido tan de repente de nuestro entorno? Pero por otra parte parece que siguen ahí de otra manera, con una sutil presencia. Todo ello me ha inspirado este soneto:
Díptico tras mi ventana
I
Sólo la luna esta tarde
se ha asomado sobre el cerro
y un vientecillo de nácar
lava los árboles viejos.
Todo el pasaje es azul,
desleído en el misterio.
Todas las cosas son cobre
sobre el horizonte lleno.
Las sombras se descoyuntan
como los ritmos de un verso;
y el pueblo, este pueblo añoso,
¡Feliz Navidad!
Con mi soneto navideño de este año, os deseo a todos la misma sorpresa admirada y jubilosa de María en vuestra vida, vuestra familia y amigos. ¡Feliz Navidad!
MARÍA MUESTRA A JESÚS
LA CUEVA DE BELEN
Fue aquí, Jesús: la noche te esperaba
con un aire de paz sobre la era.
Dormía Belén sus miedos cual si fuera
un perro sin su amo, la tierra esclava
que busca libertad y abrir la aldaba
de un tiempo oscuro a una luz entera.
José arregló el lugar de tal manera
que me sentí una reina en su alcazaba.
Cuando él buscaba leña en aquel prado,
un fuego en mis entrañas se salía
y en un instante azul viniste presto:
Llorabas en mis brazos, Niño amado,
mientras el mundo aquí se estremecía
ante un Dios desvalido y manifiesto .
Pedro Miguel Lamet
LA MIRADA
LA MIRADA
EL día en que no peses
y parezca
que eres silbo de un aire
o nota de una música indecible
o perfil de algún ángel
o el hijo inesperado del cruce misterioso
de la estrella y el trigo,
no lo dudes:
quizás, aun sin saberlo,
es que una tarde,
cualquier tarde sutil y transparente,
¡prodigio de la luz!,
el orbe se detuvo
y ocurrió lo imposible:
A una rosa
ROSA CORTADA
Viva y muerta a la vez,
en el jarrón repite
la música escondida.
Todo juega en su cráter
a timidez de pétalo,
que oculta sus amores.
Temblorosa en la brisa,
que mueve los visillos,
y quieta como un verso
conservando la gota
del último rocío.
Ya devuelves al mundo
A veces, cuando vuelves
A veces, cuando vuelves,
de nuevo soy aquel
que en bicicleta
renacía del mar
el aire y el silencio,
compañero de amor,
mi Dios de cerca;
y escucho en mí otra vez
el canto agudo
del piñón, lanzando la cadena,
mientras, azul el cielo,
volaban gaviotas.
Me renacen las teclas olvidadas
de un piano de agua
y de requiebros.
Oh voz, palabra familiar,
desde la sangre antigua,
Baja a mi noche
BAJA A MI NOCHE
Baja ahora a mi noche con la piedad del beso
con que posa en la hoja la gota de rocío
y límpiame el espejo con que copio este mundo
de tristeza de niños sin niñez
y ancianos sin arropo.
Cántame tu nana, Señor, que tengo miedo
a las sombras que tejen los dueños del dinero
y a la frialdad de campos que engendran
rascacielos con índices Nikeis e Ibex trentaicinco,
cuando las flores huyen y los pájaros mueren
sin ramas protectoras.
Desándame el camino, que, perdidos sin norte,
escarbamos asfaltos en busca de esperanza.
Vuelve a casa, mi amigo, enciende tu fogata
saca el pan con que horneas la ternura, y el vino
con que sangras de nuevo entre misiles,
que hace tiempo que no encuentro la risa
sentados en la mesa de tu cuarto de estar.
Me falta la cretona y el canto del jilguero,
la tisana y la tarta, un calor de merienda
y el croché de la abuela, sentada en su butaca
y su nube sin tiempo.
Que la tele no grite
zafiedades al aire y noticias que atrapan
el corazón exhausto.
Salgamos a correr.
Pedro Miguel Lamet
A Juan XXIII

| Con tono llano y faz de campesino, como un abuelo que parte su ternura en la mesa camilla y se apresura a devolver humano todo lo divino,
y cual pastor sentado en el camino,
te sentaste en la plaza con la gente
devolviste a los pobres la alegría, Pedro Miguel Lamet. |
A una barca rota

Nadie puede otra vez sentir la brisa
sobre el rostro y cantar desde tu popa;
eres sólo el recuerdo de una ola
y el rastro destruido de una risa.
¿Quién dejó derrumbarse con tu quilla
tanto ensueño de mar, tanta paloma,
costillar encallado entre las sombras,
esqueleto de amor, vela partida?
Hoy medito de bruces en la noche
que un día arribaré roto y varado,
a esta playa sin nadie y junto al faro
después de tanto afán y tanta brega,
para que así mirando al horizonte
me acune para siempre la marea.
Pedro Miguel Lamet
A una letra
Cuando escribes, tu letra se parece a tu calma
al colgar la ternura de la mórbida erre
y al achicar los nombres hasta el mismo tamaño
de la voz de retoño con que pides, preguntas.
Es tu letra un riachuelo, peregrino de mares,
un manantial que brota sin pedirte permiso
de un oculto venero con verdades antiguas.
Son amigas del orden tus graves consonantes
y la vocal te nace con olor a violeta.
Se desparrama un mundo en tus eses finales
y todo se hace limpio cuando escribes un punto.
Déjame que acurruque mi dolor en tu letra
y que subido al cuenco de la uve graciosa
escudriñe el misterio de esas olas marinas
con que las emes caen rendidas en la arena.
¡Qué mimado misterio ocultan tus palabras,
esas flores azules de tu tinta secreta!
(De Las palabras pequeñas, 1992)





