Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

«El renacido»: Sobrevivir para vengarse

Un fotograma de «El renacido»

El renacido es un hito en el cine épico de aventuras, tan frío y descarnado como el paisaje que refleja. Orquestada con tres globos de oro y doce menciones para el próximo Oscar, El renacido es una película que aparece en nuestras pantallas arrastrada por una ola de popularidad y reconocimientos de crítica, premios y éxito de taquilla en USA. La avala la manivela de su autor, Oscar Alejandro González Iñárritu, primer mexicano en lograr la gloria de Holliwood con un premio a la mejor película otorgado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, así como el segundo cineasta mexicano en obtener el premio Óscar al Mejor director y  el del Sindicato de Directores (DGA). Lo mismo que el de mejor director en el festival de Cannes (2006). Además sus cinco largometrajes anteriores, Amores perros (2000), 21 gramos (2003), Babel (2006), Biutiful (2010)  y Birdman (2014), le refrendaban ya como autor de probado prestigio

Pero con El renacido, Iñárritu, se desafía a sí mismo con un nuevo empeño propio de un coloso del cine

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El cowboy de barro

 

Cowboy

Al tropezarme con este cowboy en una calle  cualquiera de Salamanca, que me regaló su sonrisa a cambio de una moneda, me vino a la mente aquel verso de Miguel Hernández: “Me llamo barro aunque Miguel me llame”. Nacidos de la tierra como dice el Génesis (“Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente”), todos estamos hecho del mismo barro: el presidente, el millonario, el obispo, la limpiadora, el artista, el asesino y el mendigo. Con un soplo, el del espíritu que infunde permanencia en nuestra fugacidad y sentido a nuestra vida, nos alzamos de la tierra y nos convertimos en sueño. Puedes creerte algo, idolatrar tu barro, ponerlo si quieres en una hornacina, pero al final acabará quebrándose. ¿Qué queda entonces? Tu sonrisa, tu lágrima, el hervor interior, el halito divino.

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Un secreto para todo el año

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Comienza un año que parece problemático y lleno de incertidumbres en lo político, económico, social…

Quizás puede ser un tiempo para situarnos en el centro.

Mi energía es sólo una chispa de la hoguera del universo. Mi conciencia es solo un resplandor de todo el sol.

Mi lucidez está conectada a una luz superior y total. Cuando no me limito a mi mismo por mis propias ‟chorradas”, despierto.

El silencio me hace crecer en todas direcciones, me expande, me libera.

Yo hago silencio cuando me suelto a mi mismo, y me desprendo de  ideas, esquemas, formulaciones.

Perderse es encontrarse.

(Algo así decía Jesús de Nazaret. Lo que pasa es que lo han estropeado con cilicios, mortificaciones, normas, prescripciones. Él se refería al ego, al personaje ese en el que hemos centrado todo y que en realidad no somos nosotros). Como si yo fuera mis éxitos, mi tinglado, mis preocupaciones.

 

De esta forma asisto desde lo que aparece a lo que no aparece,

de lo visible a lo invisible,

de lo particular a lo universal,

de lo terrenal a lo cósmico.

 

Uno con el mar. Uno con el fuego. Uno con el aire. Uno con la tierra. Cuando más allá esté, más aquí me descubriré.

 

¿Crisis política y  económica? ¿Problemas personales? ¿Angustia por el futuro?

El secreto está en quedarse en lo profundo, donde no hay turbulencia.

Creo ser tiempo y soy eternidad. Creo ser río y soy mar. Creo envejecer. Pero como decía el poeta padre Ángel Martinez,

“estoy alcanzando la edad perfecta, eterno”.

 

Comenzar al año y cada día con ojos nuevos,

donde yo soy más yo que el yo que creo ser.

¡Feliz 2016!

 

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La luz es posible

A todos los lectores y amigos, un abrazo grande en la luz de Jesús recién nacido en nuestras entrañas,  y en  nuestro cariacontecido mundo. ¡Su lumbre, su paz y su justicia son posibles! ¡Feliz Navidad

LUMBRE DE DIOS

 

“El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz;

a los que habitaban en tierra de sombra de muerte,

la luz resplandeció sobre ellos”. (Is. 9,2)

 

Desde la sombra de la noche aquella

que también es la noche tuya y mía,

cuando esta tierra abandonada y fría

perdió sin ti la risa de tu huella,

 

y buscaba temblando la centella

de un sueño, una palabra, una alegría

para aliviar ese horror en que sufría

el ser sin ser, la vida sin estrella,

 

de pronto te asomaste a la ventana

y preguntaste al Padre de esta guisa:

-¿Qué te parece proclamar cariño

 

y que el hombre se sienta en la mañana

tu júbilo, tu lumbre, tu sonrisa?

-¡Bájate, Hijo, y llora como un niño!

  Pedro Miguel Lamet

 

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Romero de América

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Pedro Miguel Lamet, Jon Sobrino y James R. Brockman: Romero de América. Por Daniel Izuzquiza

Lamet, Pedro Miguel; Sobrino, Jon y Brockman, James R.: Romero de América. Mártir de los pobres. Mensajero, Bilbao, 2015. 410 páginas. Comentario realizado por Daniel Izuzquiza.
La beatificación de Monseñor Romero, en mayo de 2015, ha supuesto el reconocimiento oficial por parte de la Iglesia católica de una de sus figuras más relevantes en el siglo XX, y también la ocasión para volver a acercarse a su persona, su palabra y su testimonio. Este libro es una buena ayuda para ello. Dos tercios de la obra son, en realidad, reimpresiones de material ya publicado por la editorial Sal Terrae: la biografía de Jon Sobrino de 1990 y la selección de textos de Brockman. Quien no conociese estos textos, ahora los disfrutará; quien los leyese en su día, podrá saborearlos en clave de ‘repetición ignaciana’. La novedad, por tanto, la encontramos en el escrito de Pedro Miguel Lamet, que acierta en un enfoque no tan habitual pero igualmente necesario: bucear en el alma secreta de Óscar Romero, esbozando su biografía interior. La clave parece estar en su corazón de pastor, en su ser ‘padre de todos’. Y Lamet lo traza con su finura habitual.
Publicado en Libris liberi.
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Entrañables viejas imágenes

Hace muchos años que cultivo el género periodístico llamado «pie de foto», con una peculiaridad: más que con comentarios informativos he intentado siempre leer las imágenes en cuanto hablan con su sugerencia al hombre interior. Comencé hacerlo en los años ochenta en  el  semanario Vida Nueva, del que fui redactor, redactor-jefe y director en una etapa importante de mi vida y he continuado después en otros medios con mis propias fotografías.

Un amigo lector de entonces, Jesús María Quintero Gómez tuvo la paciencia de recopilarlas y escanearlas una por una y publicarlas luego  en su web, donde siguen al alcance de todos. Otras personas recortaban entonces aquellos recuadros para releerlos, pues los consideraban sorbos de agua fresca que les ayudaban a vivir. No sé si habrán perdido su vigencia, aunque intentaban tocar temas perdurables.

Ahora con nostalgia reproduciré de vez en cuando alguna de ellas por si a alguno sirve. Comienzo por las más antiguas.

 

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Sabor eterno

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¿Somos reales? ¿O solo sombras, proyecciones de otra realidad? Ya Platón planteó esta duda en su famosa alegoría de la caverna. Encadenados frente a una pared y gracias a una hoguera intermedia, aquellos prisioneros veían las sombras chinescas de personas y animales que pasaban por detrás, donde se hallaba la entrada que estaban imposibilitados de ver. Hasta que uno de los cautivos logró zafarse, salir de la gruta por una escarpada cuesta al mundo exterior y contemplarlo fascinado en todo  su esplendor de luz y color.

El sol, que el filósofo identifica con el Bien, era el que le permitía ver la auténtica realidad. Necesitado de compartir su descubrimiento con sus compañeros de cautiverio, regresó a la caverna para liberarles. Pero los prisioneros no le creyeron, dijeron que venía deslumbrado y se rieron de él y prefirieron las sombras, su visión de siempre.

El mito de la caverna ha tenido numerosas versiones literarias, como las acuñadas por Calderón al concebir la vida como un sueño o un gran teatro, donde todo pasa fugazmente y donde lo que importa es despertar por dentro o interpretar adecuadamente el papel, porque lo demás está siempre cambiando. Quizás la metáfora más eficaz hoy día sea la del cine. Nos creemos tanto la “peli” que nos metemos dentro de ella, pero sólo son imágenes fijas que pasan velozmente o actualmente píxeles, impulsos electrónicos en la pantalla. Todo es ficción, todo es mentira. Eso si, escenarios y personajes tienen algo permanente,  un componente común, la luz.

Cuando un ser querido muere o nos descubrimos una nueva arruga frente al espejo, solemos repetirnos la gran pregunta: ¿Qué es esto de la vida?

El pasado pasó y no volverá, ¿a qué darle importancia? El futuro se nos escapa.

La luz, el despertar, consiste en taladrar el momento presente, un ahora que, como el agua que promete  Jesús a la samaritana, quita la sed porque salta a la vida eterna.

Se trata de salir de la caverna y afrontar del todo el sol, aunque nos deslumbre, que es lo que trasciendo todo, no pasa, nuestra auténtica  realidad sin tiempo. Lo que sucede es que eso supone renunciar al nombre, el apellido, la careta que creemos ser, nuestro personaje temporal.

El papa Francisco en su reciente viaje a Cuba pronunció una frase que evoca esta idea: “Que el día a día tenga cierto sabor a eternidad”.

Lo tendrá si miramos más allá de las formas e imágenes que pasan a nuestro lado para intentar vislumbrar la luz inmutable y feliz de la que son sombras, reflejos, la última verdad que transpa

 

 

 

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Tan dormido y despierto

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ABÍSMAME EN TU SER

Si del silencio hiciera un abismando hueco,

y en las tardes sin nadie el diapasón ardiente

del aire sobre el aire

hasta matarme el ego

por ser contigo

uno,

dormiría

tan dormido y despierto,

tan nada y todo en uno,

como esa nube leve

del sol atravesada.

Si esta noche me dieras

el saber sin concepto,

un ser sin etiqueta,

un navegar sin barco

y una luna sin tiempo,

que en las sombras fabrica

la amenaza del miedo,

quizás descubriría

el vaivén de mi cuna

y el sabor de tu verso.

Si mañana es ahora

y ayer ya no amanece

y es hoy solo un instante

que se esfuma ya yerto,

abísmame en tu Ser

porque así me diluya

mientras deambulo absorto

por sendas de tu espejo.

 

Pedro Miguel Lamet

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