Siempre hace buen tiempo

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Gigantes

Don Quijote los miraba amenazantes, lanza en ristre y con los ojos desorbitados, mientras el realista Sancho pretendía en vano disuadirle: «Que no son gigantes, mi señor, sino molinos». Probablemente fueron estos pacíficos y soleados molinos de Consuegra o similares los que inspiraron a Cervantes a mostrar en este episodio de su genial novela cómo nuestra obsesionada mente puede llegar a ver lo que quiere ver y no lo que en realidad hay delante de nuestros ojos. ¡Cuántos miedos, angustias y otros virus mentales dependen de una óptica apasionada y errónea! ¿Qué grandes o pequeñas locuras nos impiden ser en realidad felices? Aunque a fin de cuentas ni Sancho ni don Quijote tienen toda la razón. Porque son molinos, si, pero molinos cuyas aspas, gracias al ensueño, pueden convertirnos en gigantes.

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El pensador débil

 

Decía Gómez de la Serna que El pensador de Rodin es un ajedrecista al que se le ha quitado la mesa. Demasiado concentrado para poder pensar. Aunque sea menos artístico, prefiero este payaso que piensa desde el humor, es decir con la capacidad de reírse de los demás y no perder la sonrisa cuando se ríen de él. Y es que el humor es capaz de limar nuestras durezas, eliminar irritaciones y rencores y mantener a la gente alegre, aunque todo payaso tenga su fondo de tristeza. Pero ¿no son más patéticos y ridículos los que andan por ahí de guapos y perfectos? Quien nos hace reír es un cómico; quien nos hace pensar y luego reír es un humorista. El que ama lo débil desde su debilidad es un cristiano.

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16 agosto, 2011

 

Cuando llega la primavera, la tierra parece gritar con toda su alma: no llores más, porque tus lágrimas cayeron en mí dando mucho fruto. Suelta tu abrigo, apaga el fuego y corre a saltar por los campos porque tu vida hacia dentro se transforma ahora en floración hacia fuera. El gris de tu nublado se viste de color, y el miedo a la borrasca en el estallido de la alegría. No hay primavera sin invierno; pero en medio de la estación inclemente ya vivía soterrada toda esta explosión de júbilo. ¿Acaso has olvidado que nada se pierde, todo existe a la vez y solo hay un ahora infinito? ¿Por qué entonces pasas tan fácilmente de la alegría a la tristeza, de la euforia a la depresión? Podrías, si quisieras, vivir en paz siempre desde ese fondo, con todo tu ser vestido de primavera

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La aurora

Detrás del gran gigante dormido de la gran ciudad está amaneciendo. En sus casas, pisos y rascacielos la vida está a punto de arrancar. Pronto las calles estarán llenas de inquietos ciudadanos camino del trabajo y las fábricas, oficinas, tiendas y supermercandos bullirán con el ir y venir de las gentes. Pero ¿ habrán despertado realmente con el amanecer? ¿O seguirán dormidos como autómatas atornillando tuercas, realizando las tareas domésticas, dirigiendo empresas, comprando y vendiendo, llorando y riendo? Porque despertar es más que levantarse de la cama y quitarse las legañas. Despertar es percibir ese incendio de amor que es la vida, tomar conciencia de que somos notas de la gran sinfonía, pinceladas del inmenso cuadro de Dios. Despertar es encontrar el sentido de cada pequeña cosa y amanecer por dentro

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La taberna

La taberna se ha quedado vacía y sorda después de la juerga de anoche, del chochar de las jarras de cerveza y de los gritos de los bebedores. Se marcharon al amanecer dando tumbos calle arriba. Ahora la abuela contempla el silencio, como una estatua, sentada en su sillita, mientras la claridad de la mañana le habla de otros tiempos en los que corría adolescente entre risas y amigas por la plaza del pueblo vestida de canción y domingo. Ahora el tiempo cruza la estancia como un ángel que se hubiera instalado en su vida. Pero ¿no es la misma?, piensa. En ese silencio habitado sabe que no hay diferencia entre las dos, que en su pequeña taberna sólo hay un instante eterno de perenne alegría.

 


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El caballero de la triste figura

No es don Quijote, pero como si lo fuese. Salió a la cabalgata de gigantes y cabezudos, pero probabalmente trabaja detrás del mostrador de algún bar o barre las calles al amanecer en la pequeña ciudad. No cabalga en un caballo real, ni siquiera en Rocinante. En vez de llevarle el brioso corcel, es él quien arrastra colgado de sus hombros un gran caballo de cartón. Pero contribuye a la fiesta y al sueño de los niños que lo ven pasar por la calle como un caballero, como un quijote del pueblo para alimentar ilusiones y desfacer entuertos de quimera. No somos lo que somos o lo que la gente cree que somos. Somos en realidad lo que nuestro corazón quiere ser y sobre todo quiere y sabe dar

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Gigantes

Don Quijote los miraba amenazantes, lanza en ristre y con los ojos desorbitados, mientras el realista Sancho pretendía en vano disuadirle: «Que no son gigantes, mi señor, sino molinos». Probablemente fueron estos pacíficos y soleados molinos de Consuegra o similares los que inspiraron a Cervantes a mostrar en este episodio de su genial novela cómo nuestra obsesionada mente puede llegar a ver lo que quiere ver y no lo que en realidad hay delante de nuestros ojos. ¡Cuántos miedos, angustias y otros virus mentales dependen de una óptica apasionada y errónea! ¿Qué grandes o pequeñas locuras nos impiden ser en realidad felices? Aunque a fin de cuentas ni Sancho ni don Quijote tienen toda la razón. Porque son molinos, si, pero molinos cuyas aspas, gracias al ensueño, pueden convertirnos en gigantes.

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Sede vacante

Hay momentos mágicos que hablan por si solos. Como aquella tarde luminosa que, paseando, descubrí aquella terraza vacía besada por el sol y abierta al mar con su única butaca de mimbre estratégicamente orientada hacia el horizonte. No había nadie, pero aleteaba una presencia. ¿Quién se sentaba allí a contemplar la caída de la tarde? ¿Una anciana con su labor de croché? ¿Un lector empedernido amigo de la soledad? ¿O algún joven triste y enamorado añorando lo imposible? Yo no conocía a nadie en aquella casa ni podía entrar ni sentarme en aquel sito vacío. Pero por un instante supe que era todos los hombres que necesitan mirar más allá y esperar contemplativamente que desde el infinito asome blanca la vela lejana de una respuesta.

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Cuando Dios imagina a Dios

Cuando el hombre imagina a Dios, los sitúa entre nubes, rodeado de rayos y centellas, abriendo abismos, separando mares y levantando con su poderoso dedo montañas y continentes. Cuando el hombre piensa en Dios, lo hace tronar desde las alturas como creador, legislador, juez castigador y todopoderoso dueño. Pero cuando Dios imagina a Dios, comienza por romper todos los códigos de nuestras insignificantes vidas. Da miedo a veces del Dios que se inventa el hombre. Sólo Dios pudo inventarse a un Dios así, que ríe y llora entre las pajas, tembloroso y frágil; del tamaño de nuestro acurruque y nuestro abrazo, colándose por amor entre los pliegues de la historia y el tiempo. Sólo Dios pudo pergeñar una religión así, que de tan hermosa parece absurda, que de tan grande parece pequeña, que de tan humana tiene el inconfundible sabor de lo divino. Sólo Dios pudo inventarte a ti y tu entrañable Navidad, mi niño Jesús.

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