Siempre hace buen tiempo

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Vocación de mar

AMarnda el cuerpo por la tierra,  pasean nuestros pies por la arena, pero nuestra alma tiene vocación de mar. Desde que despertamos a la vida vamos en busca del infinito. Buceamos en una mirada, en un poema, en una canción.  Caminamos por el tiempo, la historia, los éxitos y fracasos como queriendo atrapar la ola, pero lo nuestro, lo que permanece es el infinito  eterno de un mar que nos llama. Como escribía Alfonsina Storni:

Mar, yo soñaba ser como tú eres,

Allá en las tardes que la vida mía

Bajo las horas cálidas se abría…

Ah, yo soñaba ser como tú eres.

Alfonsina, angustiada por el dolor de la vida, acabó sumergiéndose, suicidándose en el mar.

Olvidó que el mar no está fuera, que puede ser alcanzado cerrando los ojos, que nada ni nadie, si tú quieres, puede arrebatártelo. Ignoraba que lo llevaba dentro.

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La rosa interior

La rosa y el contemplador ( Foto © P.M.Lamet)

Entre dos respiraciones hay silencio. Detrás de la rosa hay silencio. En el fondo del dolor hay silencio. Cuando callamos a la mente, la “loca de la casa”, suena el fondo de la música que es silencio, y amanece la verdad.

El poema no es la palabra, sino lo que aletea entre las palabras. La rosa de fuera sólo puede ser comprendida desde la rosa de dentro, no conceptuada.

Calla el callar y escucha la palabra no dicha. No pienses, y se desvanecerán las mentiras, los recuerdos, los miedos, los deseos. Cierra los ojos para abrirlos. Abre el alma directamente, sin adjetivos, sin ruido de razonamientos. Quédate ahí, inclina tu cabeza sobre lo esencial de ti mismo, un yo que no es el que te imaginas: ni tu profesión, ni tu foto, ni tus cualidades. Olvídalo.  Desármate de los papeles que interpretas en este mundo.

Hallarás tu verdadero ser y descansarás por fin, descansarás.

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¡Pobre don Quijote!

 

La foto es como un símbolo. La familia, durante su visita a la vieja ciudad de Alcalá de Henares,  cuna de don Miguel de Cervantes Saavedra, hace un alto junto al monumento dedicado a sus inmortales personajes don Quijote y Sancho, situados a pie de calle Mayor, donde parecen departir sentados en un banco, frente a la casa reconstruida del escritor.

Pero, no se sabe por qué, mientras devoran patatas fritas, desde el abuelo al pequeñín la familia parece más interesada en la figura de S

ancho que en la del Caballero de la Triste Figura.

¿No sucederá así también en la España real de estos años que vivimos? Volcados en la economía, la prima de riesgo, la conservación de la “sociedad del bienestar”, los recortes, los movimientos de bolsa y lo que Europa nos manda, no pensamos en otra cosa que en el vil m
etal o cómo salir de esta, caiga quien caiga.
Mientras, hemos aparcado al soñador, al desfacedor de entuertos y  caballero andante que todos llevamos dentro, y hemos borrado de las mente los grandes ideales de vida, las imposibles Dulcineas y la liberación de tanto menesteroso y oprimido.
¡Ay, vuelve pronto, señor don Quijote!
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Lo que la Torre de Belem recuerda

Torre de Belem (Lisboa) PML

La torre de Belem, frente al monasterio de los Jerónimos en Lisboa, aparte de ser un bello canto escrito en piedra a la época de los descubrimientos, por  el exótico y soñador arte manuelino, está muy relacionada con la historia de los jesuitas en Portugal.  Terminada de construir en 1521, vio zarpar a Francisco de Javier a las Indias Orientales justo el día que cumplía 35 años, el 7 de abril de 1541, para convertirse  en el “divino impaciente”, patrón de las Misiones. No podía imaginar el jesuita navarro que en los calabozos de aquella misma torre en 1758 fueran a ser encarcelados  compañeros suyos procedentes de América por orden del ambicioso Carvalho, futuro marqués de  Pombal, favorable a la esclavitud de los indios. Entre ellos el desgraciado padre Grabriel Malagrida que acabó volviéndose loco en aquellas mazmorras y ahorcado en la plaza del Rossío. Doradas piedras testigos de tan variada, contradictoria y misteriosa vida de los hombres. ¿Dónde están ahora sus sueños, sus lágrimas, su sangre?

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El buscador es lo buscado

Leo en Kabir:

“¡Oh servidor! ¿Dónde me buscas? ¿No ves que estoy a tu lado?

No estoy en los ritos ni en las ceremonias, ni en el yoga ni en la renuncia.

Si eres un verdadero buscador, me verás  enseguida en un instante me encontrarás. Kabir dice: ¡Oh Sadhu! Dios es el aliento de todos los alientos”.

El buscador es lo buscado.

Corro como loco a buscarte y estás en la popa de mi barca, aunque pareces dormido.

El camino es la meta.

Lo que está detrás de mi (de mi yo, de mi máscara)  ni sufre, ni goza, ni padece. Hondura de la hondura.

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El hombre que huía del mar (cuento)

Nadie conseguía que sus ojos miraran al mar. Tendría unos cuarenta y ocho años cuando los vecinos de Pirgos lo llevaron a la fuerza al acantilado para que contemplara al menos una vez el azul impecable del Egeo, mientra el viento impetuoso que allí soplaba azotaba sus negras guedejas y barbas. Pero Nikólaos tampoco abrió los ojos en aquella ocasión. «No me obliguéis a mirar al mar», gritaba, «¿Acaso obligaríais a un hombre a suicidarse? Pues eso sería para mí mirar al mar».

La blanca Pirgos, que domina el recoleto puerto de Pánormos, al noroeste de la isla de Tinos, la isla sagrada de las Cicladas, le vio nacer.

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Ateo y creyente

Encontré esta inscripción en Cuenca, cerca de la catedral. Es una conocida frase que pronunció el gran cineasta Luis Buñuel, ex alumno de los jesuitas, tan obsesionado con la religión que el tema reaparece continuamente en sus películas. La frase es profunda y tiene muchas lecturas. «Gracias a Dios soy ateo», porque lo que nos han vendido como «Dios» no es muchas veces más que un monigote: un ser que, después de una vida difícil nos asusta con castigos; un personaje que parece estar de parte de los poderosos o de los que aplastan nuestras conciencias. En su nombre se ha quemado a gente, declarado guerras, negado el pensamiento, hasta el amor y la vida. Entonces se explica que para algunos ese ateísmo sea igual a libertad. Pero, al decir «gracias a Dios», se admite a la vez su existencia, la del verdadero Dios, mas grande que toda categoría humana, el Dios del amor que llevó al Hijo a la cruz por defender que no somos esclavos de nadie, sino libres hijos suyos.

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El fotógrafo

El fotógrafo mira a la vida, y la vida le mira a él. ¿Quién dispara realmente las fotografías? Nosotros las guardamos en álbumes para atrapar la imparable corriente de la vida sobre cartulinas de dos dimensiones o ahora en archivos digitales. “¡Qué joven estaba entonces! ¡Mira en esa a papá cuando conoció a mamá! ¡Quién lo diría!” Pero ¿y las fotos que nadie hace? ¿Se quedan en algún remoto archivo astral donde se van depositando nuestras risas, nuestros amores y nuestras lágrimas? Quizás un dulce ojo que vigila amorosamente cuanto sucede guarda nuestras fotos para comentarlas en la mesa camilla el día feliz del encuentro. Entonces nos veremos como realmente somos. Eso y mucho más pensó el fotógrafo el día en que por azar fotografió su propia imagen en el espejo.

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Clónicos de Dios

Muchos muchos siglos antes que nadie hablara de clónicos ni tristes criaturas de laboratorio, apenas había amanecido el cosmos y tras el primer surgir de la Tierra separada del mar, una vez que Dios pintara de mil colores ríos, campos, montañas, frutas y pájaros, el creador se contempló a sí mismo y falto de espejo contigente, exclamó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y a su imagen, aunque de barro y viento, débil y sublime, capaz de reflejarle u olvidarle lo creó. Desde entonces todos somos mellizos, clónicos de un Dios. Y por eso los niños, cercanos aún a la fuente original de donde brotaron, no han perdido, sobre todo mientras duermen, ese sabor a infinito, esa placidez eterna en la que reposa en su interminable domingo el mismo Dios.

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