Háblame, Señor, con voces del verano, cuando sube la hormiga por mi brazo, y me evoca otra vez que parte soy del sueño, y la hierba o la arena me devuelven conciencia de que fui tierra algún día, o sigo siendo polvo, mas polvo enamorado de esa sed infinita que alienta a este universo.
Acúneme el sopor con brisas de la noche, -¡oh noches de verano ungidas de nostalgia!-, con silencio habitado de lejanas canciones y grillos escondidos que taladran el alma de luna y soledad.
Recuérdame otra vez, más allá de los árboles, ese mar de la infancia que me acuna en la noche con su salmo de olas: “¡Navega, sé mi azul!”
Tararea el verano una copla perdida de amor, de adolescencia, y llora en mis entrañas desde aquel tocadiscos boleros de Ravel.
Me estrena sus mañanas con perfume de sol, y acompaña mis pasos por la vera del río en volandas del aire hacia una Virgen niña que aún espera en su ermita un piropo infantil: ¡Dios te salve, María; qué llena estás de gracia!
Han pasado los años con luces, con sus sombras, y el dolor en los huesos que limita mis pasos susurra tantos nombres que son risas y lágrimas pero también presencias que tiemblan a mi lado, y jamás morirán.
Háblame de aquel niño que fui y ahora presiento más cerca, más humano, pues voy transparentando con el paso del tiempo un verano en mis venas llevado de tu mano, vacaciones eternas de alta Mar.
TENGO UN VELERO “El reino de los cielos dentro de vosotros está” (Lucas 17, 20-25) Tengo un bonito velero embarrancado en la arena olvidada de aquel tiempo, en que de niño zarpaba cada tarde desde la triste playa de mis sueños a navegar a solas sin más norte que el ansia de abrazarte en cualquier puerto.
Han pasados los años, las borrascas del dolor, la angustia y hasta el miedo; y tú, Señor, sin más me has enseñado que ningún horizonte estaba lejos, ni bogar a otro mundo me hace falta cuando toda la Mar la llevo dentro.
Los niños son pedazos de Dios y no lo saben, van saltando en la lluvia y no se mojan; el aire besan sin ser sus propietarios; dan regalos sin precio, a solas juegan y van acompañados de todo el universo.
Los niños aún no saben qué papel les darán en la comedia; y cuando miran, te ven directamente, sin careta, te ven como tú eres, sin sopesar qué vales o qué cobras; si eres peón, ministro o propietario, joven o viejo, o el puesto que te han dado quienes reparten roles de apariencia.
Juegan los niños con tu niño oculto y solo si lo abrazas te vives como eres.
Hoy se cumplen once años del pontificado del papa Francisco. En su honor y en agradecimiento a haber acercado un poco más la Iglesia al Evangelio de Jesús, le dedico este soneto:
AL PAPA FRANCISCO
Como una estrella de una luz lejana que ilumina el desierto, de repente viniste a Roma sencillo y sorprendente a abrirnos de par en par una ventana;
rompiste el protocolo y la mundana vanidad de una Iglesia indiferente para sentarte sin más entre la gente como un pastor que ríe en la mañana.
Amigo de los pobres y pequeños, voz de los sin voz, alzas tu cayado contra un mundo de odio e injusticia;
como Jesús, no temas a los dueños del mundo del poder y la malicia, pues en tu cruz ya has resucitado.
Que Jesús nazca de nuevo en lo profundo de vuestros corazones, gracias al silencio, esa cuna secreta sin palabras que hace aparecer la Palabra en nuestro interior como un saboreo de la eternidad sin tiempo e ilumine con la Luz sobre toda luz también en vuestro entorno.
¡Con cariño, feliz Navidad!
Y mi obsequio de cada año: este soneto-villancico con los mejores deseos para ti y todos los tuyos:
VILLANCICO DEL ÁNGEL CURIOSO
Quisiera ser ese ángel curiosón que, escapando del gran coro celestial, se introdujera esta noche en el portal a divisar lo que ocurre en un rincón.
Quisiera ser solo uno del montón: entre los pastores el pobre zagal, que, sin el permiso de su mayoral, fuera a cantarte su mejor canción.
Quisiera por fin ser nadie ni nada para verte nacer, Niño, en la hora en que el mundo brilló, dejar la prisa
y acurrucar mi ser en tu mirada junto a esta tierra que padece y llora en busca del calor de tu sonrisa.
NO ME SIRVEN LOS NOMBRES
No me sirven los nombres
ni los conceptos que encierran las palabras,
ni el pensamiento elaborado
que encarcela la vida en etiquetas.
He borrado al filósofo raquítico
que nada explica sino la ausencia
de sentido.
He colgado el álbum persistente
de las fotos con culpa
y el ego enamorado
de mi yo en el espejo temblando de existir.
Solo busco encontrarte en ese agujero de la nada
para hundirme en la esencia del “no sé”.
Sé que no sé, y eso me llena,
alimenta un rescoldo de presencia,
una luz tan pequeña en que reposo,
que calienta en lo íntimo
lo inefable, lo inmenso, lo remoto
el ahora, el ayer, lo imprevisible,
una chispa del fuego que seré
y ya me habita si no pienso.
Desde que estoy ausente de mí
me colma el Universo.
Pedro Miguel Lamet
LA LLAMADA DEL MAR
Cuando te miro sin pensar en nada,
mar de mi costa ribereña,
me siento el niño que perdido sueña
con navegar a la tierra deseada,
y el adolescente que en su mirada
quiere besar la plenitud sureña
del lejano horizonte que se empeña
en huir, gaviota en escapada.
Han pasado los años con presura:
el dolor, la alegría y la tristeza
como el velero ansía el infinito,
y tú, Señor, de nuevo con viveza
me gritas: ¡Ven, navega en mí, Pedrito,
por este Mar de amor y de locura!
Pedro Miguel Lamet