Siempre hace buen tiempo

Category Archives: FOTOS

Aparcar el burro

 

De pronto, en la acera de una pequeña ciudad portuguesa, este carro, convenientemente aparcado, con su mulo paciente y sus perros amigos, se diría una aparición. Parece una imagen arrancada de otros tiempos, cuando el encontrar sitio para el coche no era una obsesión, ni nos quitaban puntos del carné, ni había caravanas de automóviles en la carretera, ni ranking de muertos, ni tanto ruido, ni tanta prisa y consiguiente miedo a vivir. Cuando el carro, la calesa o el landó marcaban el ritmo de la vida más naturalmente, y abundaba el tiempo para escuchar el pálpito secreto de nuestro corazón y la palabra de nuestros congéneres. Hoy vivimos mas de prisa, vivimos más años, sí; con móviles, portátiles, Internet, información instantánea. Pero ¿vivimos? Juan Ramón no conversaría con Platero ni exclamaría al cabalgar por las calles de Moguer: “A caballo va el poeta, qué tranquilidad violeta”.

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De tú a tú con el marqués

 

Al señor marqués le han puesto una estatua en el pueblo, sentado en un banco de la plaza, como si tal cosa. ¿Imaginan la expectación que hubiera originado si el marqués se hubiera dignado a sentarse ahí un día en carne y hueso? Todo habrían sido reverencias y “señor marqués por aquí, señor marqués por allá”. A la Pascasia, desde luego, no se le habría ni pasado por la imaginación aposentarse enfrascada en sus pensamientos sin hacer maldito caso a su excelencia. Lo mismo digamos del Eufrasio y el Nicanor, que están de cháchara sin importarle un pito codearse con el aristócrata. ¿Será que la muerte iguala a todos y ahora el prócer, pese a los honores en bronce del Ayuntamiento, no es sino uno más del pueblo? ¿Recordarán los jóvenes de ahora quién fue aquel adinerado marqués? ¡Oh muertos, a quienes este todos los noviembres hace iguales el eterno corazón de Dios!

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El parque y el ordenador

 

Cuando ayer abriste tu ordenador portátil en el parque, ¿pensaste en cuántos gigas harían falta para contener todos las variaciones del color verde del parque que tenías delante? ¿Te detuviste un instante, antes de navegar por Internet o chatear con los amigos, a escuchar el milagro del silencio? ¿O, drogado por la obsesión de un nuevo programa, el frenesí de un trepidante juego galáctico o el piratear como un loco canciones y “pelis”de la Red, te enajenaste una vez más perdido en un mar de impactos, leyendo sin leer, viendo sin mirar, buscando sin encontrar? ¿Por qué, antes de abrir el word y “copiar y pegar” sin ton ni son, no apagas un momento la máquina y miras a tu alrededor? Quizás en un primer momento te sientas abrumado por el silencio, el rumor del viento entre las hojas y el canto de algún olvidado pajarillo. Pero luego, detrás de ese silencio y en el latir solitario de tu corazón quizás puedas percibir una música escondida, una palabra callada, un universo total que nunca alcanzarás en web alguna, porque sin darte cuenta navega con luz dentro de ti y en el bendito Cosmos que te rodea.

 

 

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La gramática del amor

«Y el hombre dejará a su padre y a su madre, y vivirá con su mujer, y ambos serán una misma carne». Fuerte la expresión de la Biblia en todos los aspectos, en su componente sexual y espiritual. Quizás la primera parte, como esa pareja de la foto, es fácil al comienzo, así, contemplando la puesta de sol entrelazados, cuando el enamoramiento reviste de irisaciones a la persona del otro y los sueños de futuro iluminan el presente. Pero, ¿y luego? ¿cuando disminuyen las fuerzas, la vida y sus problemas endurecen los corazones y hasta la comunicación resulta difícil? Entonces se percibe mejor la diferencia entre el enamoramiento pasajero y el amor de verdad. Pues «por lo que tiene de fuego, suele apagarse el amor», decía Tirso de Molina. Y por lo que tiene de entrega suele avivarse el amor, ya que, como dice Ignacio de Loyola, se demuestra con las obras más que con las  palabras, y porque, como dijo no sé quién , «la igualdad no es una regla en la gramática del amor», ya que el amor puede esperar siempre, incluso cuando la razón desespera.


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A caballo va el poeta


 

 

Un día Juan Ramón Jiménez, el padre de la poesía moderna en lengua castellana, salió de su casa de Moguer (Huelva) a la hora mágica del crepúsculo y plasmó en un par de versos la sensación estremecida del momento: «A caballo va el poeta / qué tranquilidad violeta». La poesía, con sus palabras conjuradoras, originales, abiertas, no es lo que dicen dichas palabras, sino lo que entre ellas aletea, una evocación que apunta a un sabor a más, quizás a «ese no sé qué queda balbuciendo» de San Juan de la Cruz. Si podemos explicarlo, ya no es poesía. Si se llena de sentido utilitario o práctico, tampoco. Y es que el poema, cuando merece tal nombre, apunta a la nostalgia de infinito que llevamos dentro, es un modo de entrever por el resquicio de la belleza una chispa del resplandor inabarcable de Dios.

 

 

 

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La tienda de la Eufrasia

La señora Eufrasia ha abierto su tienda. Ha sacado manzanas, calabazas y tomates a la puerta de su casa, y se ha puesto a vender al sol, sin más publicidad ni más marketing que el vivo color de su mercancía, su abierta sonrisa y su atiplada voz pregonera. Acribillados de reclamos, no respiramos en la gran ciudad. La mercadotecnia se ha convertido en una carrera a ver quién engaña más. Basta con leer la letra pequeña de los anuncios de bancos y compañías telefónicas. Siempre pagas más de lo anuncian, si es que no tienes que habértelas con una máquina virtual que no te contesta o te da plantones después de cobrarte la llamada. ¡Ay, me quedo con la tienda rural de la señora Eufrasia, con su cháchara al caer  la tarde, su distendida manera de vender los humildes frutos que ha cultivado con mimo en el huerto de atrás, su modo de regatear y dejar pasar el tiempo! ¿Acaso comprar y vender no es un rito entre seres humanos?

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El andén

«Me iré en el primer tren / hacia el amor sin fin de la distancia”. Ella, sentada al borde de la vía, espera su tren,  porque los trenes son como brazos alargados para abrazar un sueño imposible. Cuando los vemos pasar de lejos, se llevan un pedazo de nuestra alma en busca de no se sabe qué  felicidad: la ciudad remota, el país de los sueños, la vida cabalmente alcanzada, que siempre parece estar muy lejos, en una estación y un país a kilómetros de distancia. Ella espera al tren. ¿Quién le espera a ella? Ignora que lo más lejano está cerca y que el mejor destino del viaje está dentro. Donde vaya, se llevará su alma consigo. “Luego, el tren, al caminar, / siempre nos hace soñar”, canta Machado, mientras olvidamos que el abrazo y la alegría están aquí, y el mejor tren de nuestra vida ya ha llegado. Próxima estación: tú mismo.

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La pesca milagrosa

-Con esos precios, Pepe, ya no hay quien compre pescado.
-¿Qué quiere, señora?  Estos son de verdad, no de piscifactoría.
-¿Le pongo salmonetes?  Mire, están vivos.
-Lo del euro, Pepe, es una ruina… Antes con quinientas pesetas una tenía para todo.

La señora sacó sus monedas y se llevó el brillante don de la mar. ¿Qué pagó? ¿La dura noche de brega de los pescadores? ¿Los gastos del armador? ¿El porcentaje de los intermediarios y transportistas? ¿La pequeña diferencia que le queda al pescadero? Todo eso pagó, pero nunca el regalo libre de  la plata escurridiza que nada en las aguas profundas, el misterioso y plurimórfico  secreto de vida que oculta el mar. Y es que, sin darnos cuenta, nos hemos habituado al milagro mejor, el de cada día.

 

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La soledad del poeta

Al poeta lo han sentado en la calle, junto al velador de un bar. De bronce, ya no siente; no se estremece ante la fugacidad de la rosa, ni canta a los ojos de la amada, ni sufre por dar a la imprenta sus nostálgicos versos o ganarse la vida mediante el mal pagado quehacer de la pluma. Sus conciudadanos le han hecho una estatua para recordarle. Pero ¿quién se detiene del vértigo cotidiano para leer sus poemas y escapar con su palabra abierta a los espacios infinitos? ¿Quién compra hoy libros de poesía? Los turistas se sientan junto a su mesa, en la que él puntualmente sorbía una taza café y leía el periódico con su gabán raído y sus ojos soñadores perdidos en una calle hoy repleta de automóviles y frenesí. Incluso se hacen fotos a su lado para mostrarlas luego en Londres o  Copenhague. Pero él sigue estando solo, como estuvo en vida quizás incomprendido o tenido por loco por tantos que hoy como ayer consideran inútil soñar y cantar este misterioso fluir de la vida.

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El desierto

La arena del desierto puede ser elocuente y llena de matices para el que sabe mirarla. Charles de Foucauld aprendió de ella el amor al silencio, que se produce sobre todo en presencia de un  vacío que se percibe lleno. Descubrió, viviendo como un beduino en  los perdidos tuareg, que no era necesario hablar para predicar, sino estar testimonialmente, gritar con la vida silenciosa. En el desierto no hay que cerrar los ojos para ver bien. La naturaleza los cierra por ti. Hay personas que saben crear su desierto en medio del tráfico y el ruido de la gran ciudad; saborear ese hondón de dentro y recuperar la paz desde una nada, que como decían los grandes místicos,  desemboca en el todo. De pronto como por encanto aparecerán huellas, un camino no roturado en medio de la arena.

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