Siempre hace buen tiempo

Category Archives: Autoliberación

Melancolía

 

 

Decía Aristóteles que “todos los hombres que se han distinguido en la filosofía, en la política, en la poesía, en la ciencia, han sido melancólicos”. Quizás porque cualquier hombre con porosidad a la  vida y un mínimo de sensibilidad  hacia el misterio capta que aquí no lo tenemos todo, que vamos de paso y que la melancolía es como “un alivio del luto del sentimiento”. El banco, las flores, la farola y el pueblo dormido del paisaje tienen un deje de esa languidez y sabor en el alma que dejan las cosas quietas. A veces nos entra melancolía porque no somos capaces de parar el tiempo y contemplar el silencio. Si continuáramos en esa contemplación, quizás intuiríamos detrás una inefable zona de alegría.

 

vía Pedro Miguel Lamet.

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La vela pasa

 

 

Hoy, acodado frente al mar, he vuelto a leer los versos de Manuel Machado: “Para mi pobre cuerpo dolorido, / para mi triste alma lacerada, para mi yerto corazón herido, / para mi amarga vida fatigada…. /¡el mar amado, el mar apetecido, / el mar, el mar, y no pensar en nada!”.Porque cuando nuestra mente le da vueltas a las cosas las estropea. En cambio la pura contemplación desde el silencio nos sitúa en la verdad de un ahora que taladra el infinito. Pues el mar es una copia del cielo, el de Juan Ramón: “Oh mar, cielo rebelde / caído de los cielos!”. Y la vela, como canta Pemán, un símbolo de nuestro paso por la vida: “Igual que pasa una vela / llena de sol sobre el mar, / pasó dejando una estela / de gracia y luz al pasar”. La vela pasa y el mar de Dios, en el que nos movemos y somos, siempre nos queda.

vía Pedro Miguel Lamet.

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Pintar mi vida

 

¿Cómo es el mundo? ¿Tal como lo veo, o como lo ve el pintor en sus trazos difuminados y sus colores impresionistas? “Decir al pintor que la naturaleza debe ser tomada como es, es como decir al pianista que puede sentarse encima del piano”, decía el escrito inglés Whistler. Pone, por lo tanto el artista mucho de sí cuando pinta. El paisaje puede ser triste o alegre, plano o lleno de horizonte, angustioso o liberador. Incluso incomprensible, como sucede en los cuadros abstractos. Recuerdo haber leído en la vieja revista “La Codorniz” que “lo malo de la pintura abstracta es que hay que molestarse en leer el título de los cuadros”. También en cierto modo, sin lienzo ni caballete, cada uno de nosotros pinta un cuadro al vivir. Reflejamos el mundo que nos rodea pasado por nuestra alma y se lo devolvemos a los demás como una interpretación personal de la vida. ¿De qué color es nuestro cuadro? ¿Una obra arte o un garabato? Depende de cómo sepamos mirar nuestro paisaje, las personas y los acontecimientos que nos rodean y mostrarlo luego en nuestra actitud y sobre todo en nuestras obras.

 

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Amor y crepúsculo

 

Reconozco que me ha salido cursi la foto. Parece una postal de esas que venden junto a la playa en los puertos de mar. Pero no está tan mal, si se tiene en cuenta que no avisé a la pareja para que posara, y que el amor siempre tiene algo de puesta de sol A mí esta foto me evoca la doble índole de fugacidad y fuego del amor. “Por lo que tiene de fuego suele apagarse el amor”, dice Tirso de Molina en “La villana de la Sagra”. Pues bien casi prefiero aquella otra: “La distancia y las dificultades son como el viento que apaga a los fuegos pequeños y a los grandes aviva”. En realidad amor es lo que queda cuando pasan la puesta de sol, el verano aquel, el romanticismo, la pasión, el sexo, la belleza física, la juventud y hasta la vida. El amor de veras permanece dentro aunque desaparezca su espejo, el ser amado.

 

 

 

 

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Como quien juega

 

Uno no sabe a ciencia cierta quién copia a quien, si el muñeco al muchacho o éste al muñeco. Lo importante es que ambos ríen y son como caricaturas de si mismos. La mayor tragedia del hombre actual es un rictus de seriedad que no acaba de quitarse de la cara y que trasciende a la convivencia, el tráfico, la prisa ciudadana, los negocios y hasta los informativos de televisión. Rara es ya la noticia amable, la broma a tiempo en el mostrador de la tienda, la voluntad de quitar hierro a las calamidades y limitaciones propias del vivir. Por eso, esta imagen del joven dependiente, tan risueño como su muñeco de trapo, me recuerda que el humor es el gran bálsamo de la vida y la única óptica verdadera para mirar adecuadamente un mundo que pasa. Quizás la mejor manera de relativizar y comenzar el año: Con una amplia sonrisa, y como quien juega.

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Todo el mar para ti

La playa está desierta y el mar es para él solo. Quizás dentro de un rato venga la invasión de bañistas y con ellos los gritos, las meriendas, la falta de silencio y sitio para escuchar y contemplar el mar. Mirarlo es evocar la urgencia esencial de horizonte, su ansia de infinito. Escucharlo, oír la nana universal con que el universo  nos invita a descansar y armonizar nuestros sonidos interiores con el Sonido primigenio. Móvil y quieto, repite la estrofa que declama el tiempo en su fugacidad y permanencia;  verdiazul,  el cambio continuo de nuestra policromía interior.  Si paramos un instante, respiramos hondo, y fundimos nuestra conciencia con ese mar de todos y mío entero, quizás descubramos, que, sin saberlo, siempre lo habíamos llevado dentro.

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El vuelo de la gaviota

“Para volar tan rápido como el pensamiento y a cualquier sitio que exista –le dice el maestro Chiang a Juan Salvador Gaviota-,  debes empezar por saber que ya has llegado…  El secreto, consistía en que Juan dejase de verse a sí mismo como prisionero de un cuerpo limitado… El secreto era saber que su verdadera naturaleza vivía, con la perfección de un número no escrito, simultáneamente en cualquier lugar del espacio y del tiempo”.  El secreto para volar alto en esta vida es descubrir que, por encima de las limitaciones aparentes del cuerpo, la vulgaridad,  el sufrimiento, las pequeñeces de cada día, lo tenemos ya todo, aunque no nos demos cuenta, como hechos a imagen y semejanza de Dios. ¿Que dónde está esa naturaleza perfecta? En un rincón profundo donde todo anda bien, donde no hay dolor ni muerte, sino  espacios infinitos. ¿Cómo alcanzarla?  La tenemos, somos parte de la luz,  lo que pasa es no la sentimos. ¿Cómo sentirla? Permitiendo que, gracias al silencio, la quietud perfecta del dentro aflore y unifique todo el ser.

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La Virgen del retrovisor

Dos maneras hay de mirar: la del que captura cuanto ve, convencido de que está viendo la realidad misma, y la del que contempla el mundo como una imagen, una película, algo que pasa y no tiene consistencia. Este espejo retrovisor de  pueblo, fotografiado en el momento exacto en que transcurre ante él una procesión de la Virgen, ayuda a mirar el mundo desde fuera. Vemos, dice San Pablo, “como en un espejo”. Eso quiere decir que no estamos viendo sino un reflejo de la verdad, como Platón ya intuía en su mito de la caverna, el “maya” o apariencia de los orientales. ¿Por qué apegarnos pues a este fluir de este mundo? El paso de la procesión es sólo un instante en nuestra retina, como en el espejo. Nos queda la emoción de haber visto pasar a la Virgen por las calles del pueblo entre flores y devoción de la gente sencilla. Todo pasa. Nos queda el mirar, esa luz interior que no se lleva el tiempo.

 

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El caballero de la triste figura

No es don Quijote, pero como si lo fuese. Salió a la cabalgata de gigantes y cabezudos, pero probabalmente trabaja detrás del mostrador de algún bar o barre las calles al amanecer en la pequeña ciudad. No cabalga en un caballo real, ni siquiera en Rocinante. En vez de llevarle el brioso corcel, es él quien arrastra colgado de sus hombros un gran caballo de cartón. Pero contribuye a la fiesta y al sueño de los niños que lo ven pasar por la calle como un caballero, como un quijote del pueblo para alimentar ilusiones y desfacer entuertos de quimera. No somos lo que somos o lo que la gente cree que somos. Somos en realidad lo que nuestro corazón quiere ser y sobre todo quiere y sabe dar

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Clónicos de Dios

Muchos muchos siglos antes que nadie hablara de clónicos ni tristes criaturas de laboratorio, apenas había amanecido el cosmos y tras el primer surgir de la Tierra separada del mar, una vez que Dios pintara de mil colores ríos, campos, montañas, frutas y pájaros, el creador se contempló a sí mismo y falto de espejo contigente, exclamó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y a su imagen, aunque de barro y viento, débil y sublime, capaz de reflejarle u olvidarle lo creó. Desde entonces todos somos mellizos, clónicos de un Dios. Y por eso los niños, cercanos aún a la fuente original de donde brotaron, no han perdido, sobre todo mientras duermen, ese sabor a infinito, esa placidez eterna en la que reposa en su interminable domingo el mismo Dios.

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