Supongo que habréis oído hablar alguna vez del aura. Aunque no nos demos cuenta en la religión católica es algo admitido en los santos, que se suelen presentar con aureola. Pero todos tenemos un tipo de aura. Aunque no se vea, puede experimentarse, cuando, por ejemplo, alguien se acerca demasiado y nos sentimos molestos porque ha invadido nuestro terreno, esa capa vibratoria que emitimos.
Los que dicen que pueden verla aseguran que las hay de muchas formas: como óvalo, largas y delgadas, cortas y gruesas, angostas y pegadas al cuerpo, estrechas por arriba y grandes por abajo y de diversos colores. No es que un aura sea mejor a otra, son simplemente distintas, como distintas son las individualidades, incluso cambian cada día.
A veces podemos sentir el cambio de aura del vecino, cuando por ejemplo, sin que haga el mínimo gesto, percibimos como intuitivamente sus cambios de humor. En medio de una fiesta alguien que charla y sonríe no puede ocultar que su aura por ejemplo está transmitiendo dolor. Incluso desde lejos puedes sentir que te están invadiendo el aura. Podría ser también una razón de por qué nos sentimos cansados tras estar con una multitud, por el influjo quizá de una mezcla de auras.
¿Se puede manejar el aura? Haz la prueba. Visualiza una burbuja circular en torno a ti. Bastan dos o tres segundos. La próxima vez que te encuentres en medio de un gentío, concéntrate e imagínate dentro de ese círculo tuyo de energía. Luego, cuando vuelvas a estar solo, comprueba si te sientes mejor, con mayor o menor energía. Esto no es poner un escudo protector ante los demás ni dejar de sentirlos. Te sentirás más dueño de ti mismo más capaz de ayudar y la gente mejor a tu lado.
“No hay dos sin tres”, dice la gente, desde el sentido común. Del amor de un hombre y una mujer brota un tercer ser humano, el hijo. De la unión de dos ángulos el triángulo. Del negocio de dos emprendedores una empresa. De la relación entre el artista y la materia (palabra, color, sonido, barro o mármol) la obra de arte. La trinidad visible y cotidiana es parte de la estructura de la vida.
Pero ¿y la invisible? Hablamos del “misterio la Santísima Trinidad”. Peo ¿quién lo ha visto? ¿quién sabe en realidad cómo es Dios? Dios no cabe en nuestra cabeza, por eso decimos que es un misterio.
La Biblia, eso sí, nos habla de un Dios amor, amor personal porque te ama a ti, amor total, universal, que no excluye a nadie, amor preferencial porque se inclina al débil, amor comunitario porque en sí mismo no está solo, sino que es comunidad, comunicación. El Éxodo lo presenta en la primera lectura como un Dios “compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia y lealtad” (34,6), precisamente en un momento de infidelidad después del episodio de la adoración al becerro de oro.
Este Dios acompaña al pueblo en su éxodo hacia la libertad. Luego en Israel se presentará no como en las primitivas religiones (asociado a los fenómenos naturales), ni por la filosofía, encarcelado en la razón humana, por la búsqueda del “primer motor” o la “causa primera”, sino por la Historia. Así aparece en el pensamiento judeo-cristiano, como acontecimiento, hecho salvífico.
¿Cuándo aparece en la Iglesia el concepto de Trinidad? Bastante tarde, en el siglo IV, durante el tercer concilio, el de Calcedonia, celebrado en Constantinopla. Se trataba de cuajar teológicamente conceptos que estaban en el texto bíblico. Mientras en el concilio de Nicea se habló de una sola sustancia (hipóstasis), en el de Calcedonia (Constantinopla) se parte de tres “hipóstasis”. Se trataba de defender que nuestra religión no es politeísta, intentado aclarar que Dios es uno solo con tres personas distintas. En realidad, era una forma de meter el misterio de Dios, lo divino, lo trascendente, en moldes y conceptos humanos de “sustancia” y “persona”. De aquí las discusiones bastante absurdas que han complicado la vida a los teólogos durante los siglos. Pasa el tiempo, pasan los moldes culturales, cambia el lenguaje y muchas palabras pierden su significado.
Tras el paréntesis que supuso su anterior trabajo, Deja que el mar te lleve (Mensajero, 2019), el jesuita Pedro Miguel Lamet regresa al terreno que más ha cultivado a lo largo de su ya dilatada trayectoria, el de la novela histórica. Y lo hace con La noche enamorada (Mensajero), la biografía del personaje más “complejo y misterioso” al que se ha enfrentado como escritor: san Juan de la Cruz.
¿A qué achaca esta personalidad tan insondable?
A sus tremendos contrastes: pobre de origen y millonario de espíritu; pequeño de estatura y el mayor místico de nuestra historia; sensual y asceta riguroso; casi autodidacta y el mejor poe- ta reconocido en lengua castellana; padre de la reforma carmelitana y perseguido por sus her- manos; querido y alabado por santa Teresa y un tanto olvidado por ella al final de su vida; doctor de la Iglesia y censurado; volcán de amor y após- tol de la Nada…
¿En la obra priman sus inquietudes históricas o una afición compartida con el morisco Nayim por la literatura mística?
Rahner dijo que el siglo XX fue el del hombre, y el XXI sería el de Dios. Ha llegado la hora de que la mística llegue en calderilla al pueblo. No me refiero a la New Age, sino a un anhelo muy profundo de alcanzar la Unidad del Todo. Aunque no mayoritariamente, la gente busca ahora la contemplación directa. En la España de los siglos XVI y XVII hubo una importante fusión de culturas, que en la novela están encarnadas por el morisco Nayim y el judío Isaac. Confieso que me acerca más a Dios la vía mística que la teológica.
Poeta, místico, teólogo, reformador… ¿Qué Juan de la Cruz sorprenderá más al lector?
El hombre y su insondable misterio: “Por toda la fermosura / nunca yo me perderé / sino por un no sé qué / que se alcanza por ventura”. Juan de la Cruz ama y canta a la belleza, pero la tras- ciende. El auténtico ecologismo ha de ser integral; no debe quedarse en la creación, sino en el vacío lleno que hay detrás de ella, en ese “no sé qué que queda balbuciendo”.
Estas páginas reivindican la permanente actualidad de sus versos. ¿El exceso de ruido de nuestras sociedades ha hecho que apreciemos hoy más sus silencios?
Nuestro mundo actual tiene muchas concomitancias con el Siglo de Oro, que vivió la primera globalización del imperio y el acercamiento a las Indias por las rutas del oro y las especias. Tiempo de aventureros, quijotes y santos. A todo estallido de poder y ambición sucede un hambre de silencio. La actual pandemia está relativizan- do nuestra sociedad del bienestar. Con el confinamiento, muchos han tenido que vivir unos ejercicios espirituales obligados y, al escuchar el silencio, redescubrir que en lo pequeño e imperceptible se oculta un secreto tesoro, lo mejor de la vida.
Su anterior novela es un relato “sobre la su- peración interior del dolor humano”. Parece una excelente compañía para este tiempo de pandemia…
Es una novela sobre la autoliberación de un periodista, que al regresar al hogar de su infan- cia se enfrenta con sus fantasmas y frustraciones, que vienen a ser los problemas de cualquier hombre de hoy. En el mar y los recuerdos de su hermana muerta recupera la paz. Algo muy de hoy, una búsqueda de Dios sin Dios, a través de perdonar y perdonarse.
¿Está aprovechando el confinamiento para poner en marcha nuevos proyectos?
¡Qué remedio! Aunque al no salir, paradójica- mente, cuesta más concentrarse. Preparo una novela histórica, más completa que mi anterior El caballero de las dos banderas, sobre Ignacio de Loyola. Un retrato no solo del peregrino, sino también del general, con motivo del V Centena- rio de su conversión, que celebraremos el año que viene.
Menudo y bajo de estatura, nadie hubiera podido imaginar que, bajo tan insignificante apariencia, se ocultaba posiblemente el mejor poeta de la historia de nuestra literatura y un ser humano que alcanzó las más altas cotas de unión mística. La figura de Juan de la Cruz fascina e inquieta al mismo tiempo por sus aparentes contradicciones: poesía sensual y sublimidad angélica, santidad y cárcel infligida por sus propios hermanos, asceta sobrio y dueño de una maravillosa libertad interior.
En esta novela histórica el mercader y poeta segoviano Pedro de Valmores, despechado por celos ante el abandono de su amante Ana de Peñalosa, emprende a caballo un viaje iniciático en busca de ese fraile, que considera la causa de todos sus males. En esa búsqueda emerge la compleja España de Felipe II, su política, su Inquisición, los iluminados, el papel del monarca en la reforma, los ataques de los bandoleros, la convivencia cultural con sabios sufíes y judíos, la vida cotidiana, la rivalidad entre carmelitas, y las veleidades de damas de la corte. Pero, sobre todo, la fascinante biografía de San Juan de la Cruz, junto a la andariega Teresa de Jesús, narrada con amenidad y rigor histórico, con un único y omnipresente protagonista: el amor divino y humano.
Hoy llegamos a la cumbre de la Pascua. Jesús redondea su promesa. A los cincuenta días –eso significa Pentecostés-, envía su espíritu transformador a sus amigos reunidos con María. Pero el Espíritu Santo ¿es realmente algo nuevo? ¿En qué se ocupaba el Espíritu antes de aparecer en Pentecostés? ¿Tenía Dios abandonado al mundo antes de este gran acontecimiento? ¿Qué añade su venida histórica?
Primero en Dios no hay tiempo, sino eternidad. Para nosotros entra en el tiempo con la creación. Nos dice el Génesis (1.1) que la tierra era un caos oscuro y “el Espíritu ( ruah o pneuma) el viento de Dios, “aleteaba sobre la superficie de las aguas”. Dios sopla el espíritu sobre el barro y nace Adán. Según Isaías es “sabiduría, inteligencia, consejo, fuerza, ciencia, piedad, temor de Dios”. (Is 11:2). Penetra en Ezequiel y dice: “pude escucharle” (Ez,2,2) Y su fruto, según Pablo en Gálatas, es: “amor, gozo, paz, tolerancia [paciencia], benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” (Gal 5, 22-23). Habla y actúa en los Hechos: “Reservadme a Pablo y Bernabé”.
O sea que el Espíritu ya estaba trabajando antes de Cristo desde la creación.
Pero curiosamente para la gente resulta más invisible que el Padre y el Hijo, a los que traducimos en imágenes conocidas: el Padre Eterno y el Hijo del Hombre, porque, ¿quién no sabe lo que es un padre? Y a Jesús lo reconocemos como un personaje histórico, uno de nosotros. Sin embargo en nuestro lenguaje todos lo conocemos: “Ese tiene mucho espíritu”, “es una persona muy espiritual”.
¿Somos reales? ¿O solo sombras, proyecciones de otra realidad? Ya Platón planteó esta duda en su famosa alegoría de la caverna. Encadenados frente a una pared y gracias a una hoguera intermedia, aquellos prisioneros veían las sombras chinescas de personas y animales que pasaban por detrás, donde se hallaba la entrada que estaban imposibilitados de ver. Hasta que uno de los cautivos logró zafarse, salir de la gruta por una escarpada cuesta al mundo exterior y contemplarlo fascinado en todo su esplendor de luz y color.
El sol, que el filósofo identifica con el Bien, era el que le permitía ver la auténtica realidad. Necesitado de compartir su descubrimiento con sus compañeros de cautiverio, regresó a la caverna para liberarles. Pero los prisioneros no le creyeron, dijeron que venía deslumbrado y se rieron de él y prefirieron las sombras, su visión de siempre.
El mito de la caverna ha tenido numerosas versiones literarias, como las acuñadas por Calderón al concebir la vida como un sueño o un gran teatro, donde todo pasa fugazmente y donde lo que importa es despertar por dentro o interpretar adecuadamente el papel, porque lo demás está siempre cambiando. Quizás la metáfora más eficaz hoy día sea la del cine. Nos creemos tanto la peli que nos metemos dentro de ella, pero sólo son imágenes fijas que pasan velozmente o actualmente píxeles, impulsos electrónicos en la pantalla. Todo es ficción, todo es mentira. Eso sí, escenarios y personajes tienen algo permanente, un componente común, la luz.
Un espíritu ascendido saborea desde el tiempo el no tiempo
La vida de fe siempre ha estado tensionada entre dos polos: el cielo y la tierra. La cultura popular recoge el imaginario de que el cielo está arriba y la tierra abajo, y mucho más abajo, los infiernos. Esta es una viñeta muy propia de catequesis infantil dualista, que induce a que Dios y el hombre viven separados en dos mundos casi irreconciliables. Ahora bien, decimos: “Eres un cielo”. Y es que el cielo no es un sitio, sino otra dimensión carente de las dimensiones de espacio y tiempo, un modo de estar y vivir, que solo podemos intuir, no conocer.
Por otra parte, en este pasaje de la Ascensión aparece la simbología bíblica de algunos términos, como el monte y la nube. En el monte sufre Abraham la gran prueba de sacrificar a su hijo; Moisés recibe el decálogo, y Jesús en el monte se transfigura, en el monte muere y en el monte asciende.
Una nube envuelve a Moisés y otra nube llenó la casa de Yahvé cuando fue entronizada el arca de la Alianza en el templo de Salomón. “Hagamos tres tiendas”, dirá Pedro en la Transfiguración. Como Pablo, parece que Pedro tuvo una cierta experiencia mística de cielo.
Además se escriben estos textos en un momento en que aún se creía inminente la vuelta de Jesús para quitar esa persuasión en el pueblo. Parece que las fiestas de la Ascensión y la Resurrección se celebraban juntamente en la primitiva Iglesia hasta el siglo IV. Se separan con la intención de subrayar el poder y la universalidad del cristianismo. Era un momento difícil en que se imponía alcanzar los confines de la tierra. Pero en realidad la ascensión es la culminación de la resurrección
¿Cómo quiere hacerse presente Jesús en la comunidad pascual?
Esta es la pregunta que se hace la liturgia en este sexto domingo. Y la respuesta no deja de ser sorprendente, prometiendo el envío de un abogado, un “alter ego” invisible que rompe los códigos, que consigue frutos inesperados. Ahora nos viene, también a nosotros, como un soplo de alegría y esperanza.
Primero en Samaría, un territorio cercano pero muy conflictivo, como conocemos por diversos pasajes del evangelio. Herejes, extranjeros, separatistas religiosos, gente despreciable para un judío, como el buen samaritano o la mujer a la que Jesús pide de beber. Sin embargo, Felipe de pronto consigue una estupenda cosecha, completamente inesperada, corroborada por la presencia de los apóstoles Pedro y Juan. La ciudad “se llenó de alegría”.
En la segunda lectura seguimos escuchando a Pedro que nos repite que tenemos que estar dispuestos a “dar razón de nuestra esperanza”, algo que nos resuena especialmente gratificante en estos momentos.
El despertar no sucede después de la muerte física. Despertamos cuando reconocemos el Reino de Dios dentro de nosotros. Entonces puedes decir con Jesús: “Antes que Abraham naciese soy yo”.
La más verdadero de nosotros no conoce la muerte. Lo que en el fondo somos se revela como nacimiento y muerte.
Mejor que decir “he nacido”, deberíamos decir: “Dios se expresa naciendo como este yo y muriendo como este yo”. Como una bombilla se enciende y se apaga ante la vista, pero sin que la energía detrás nunca desaparezca, sigue ahí.
En ese sentido también puedo decir: “Yo soy la luz, la verdad y la vida”.
San Juan de la Cruz: “Nuestro despertar es un despertar de Dios y nuestro levantamiento es un levantamiento de Dios”.
La resurrección es un modo de referirnos, sin entenderlo, del despertar al no tiempo.
¿Qué perdemos al morir? La careta, el personaje, el papel en el Gran Teatro del Mundo.
¿Cuál es nuestro apego mayor? El apego al yo temporal.
El otro yo, «el yo soy» atraviesa el tiempo y es para siempre. El secreto está en, desde el ahora, habitar aquí el infinito, que además aletea detrás de todas las cosas.
A veces lo fácil es separar a Dios de la vida, refugiarnos en el invisible como en una cápsula espacial, un rato en el templo, el cumplimiento de unos ritos, para luego retornar a nuestras ocupaciones como a otro mundo, como quien sale de tomarse una píldora tranquilizante.
Hoy, en este V Domingo de Pascua, las lecturas apuntan a una cosmovisión bien diferente. La primera comunidad de los Hechos pisa tierra. Necesita diáconos que se ocupen de las cosas materiales, y lo hacen por elección entre personas autorizadas por los apóstoles. No son servidores de segunda, sino piedras vivas, como dice Pedro en su carta, que construyen el templo vivo fundamentado en la piedra angular, la roca, que es Cristo.
Pero sobre todo el evangelio, un pedazo de ese maravilloso discurso de despedida de Jesús, nos enseña que la Iglesia es un fieri, un quehacer cotidiano. Jesús no dice “yo soy la casa, el edificio, la plataforma, el puerto”. Dice “yo soy el camino”. Es como decir “yo soy la manera de andar, de dirigirse al horizonte, de navegar”.