Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

La alegría de sentirnos tan inseguros

Pedro Arrupe en oración

Me pide un lector que le explique la frase del padre Arrupe “Tan cerca de nosotros no había estado el Señor, acaso nunca; ya que nunca habíamos estado tan inseguros”. La interpreta como que la cercanía del Señor crea inseguridad. Es justamente lo contrario: los pobres, los débiles, los inseguros son los predilectos de Jesús de Nazaret y por tanto, como enseñan las bienaventuranzas los más próximos al Reino.

Hay que conocer el contexto en que la frese fue pronunciada. La Iglesia vivía la época arriesgada del posconcilio: defecciones sacerdotales, crisis de vocaciones, inseguridad derivada de que las cosas no estaban tan claras y definidas como antaño. Recuerdo que un día salieron para secularizarse nada menos que dos generales de órdenes religiosas. Giuliana di Febo, que en esos tiempos era secretaria de Arrupe en la Unión de Superiores Mayores, de la que Arrupe fue relegido presidente 16 veces, me contó que cuando fue con la noticia a Arrupe, éste en vez de escandalizarse comentó: “Giuliana, ahora tenemos que quererles más”. Y cuando un compañero vasco le habló indignado por el número de salidas, Pedro le contestó: “El último que apague la luz”, como diciendo que para él la Compañía no era un absoluto. Todas son frases que responden a una misma actitud: su optimismo y su confianza, consecuencias de la fe. Es una frase que ante los que siguen teniendo miedo ante el cambio o ante actitudes tan savonarlescas excomulgando y declarando herejes por aquí y acullá, resulta consoladora. La Iglesia de Jesús no está en el Sanedrín sino con todos los pequeños que buscan en medio de la oscuridad y se sienten inseguros. Como dice el salmo: “Como un pequeñuelo en brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí”.

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Viaje al centro del ser

Llama de amor viva

El secreto de la paz interior está en situarse en el centro del Ser. Las personas tenemos capas, como una serie de cáscaras igual que una cebolla. Y nuestro problema principal radica en que confundimos la vida verdadera con estos epifenómenos o aspectos circunstanciales. Por ejemplo nos identificamos con una faceta externa de nuestro quehacer o papel en el mundo.

Para un político puede ser su rol, su imagen externa de gestor famoso, sus éxitos, las veces que sale en la tele, la posibilidad de ser elegido, el prestigio que tiene en su partido.

Pero no hace falta ser un personaje “importante”. A veces es la belleza física, el éxito en la seducción, el papel de padre en la familia, la capacidad de ganar dinero, el que te conozcan por tu profesión y en tu entorno. Otros se identifican con la negatividad de una culpa, un rencor de infancia, una obra literaria, un miedo no superado.

Cree angustia, aparente alegría o placer instantáneo, no somos nada de eso. Pera estar bien necesitamos emprender un viaje hacia un país que parece desconocido, pero que no requiere andar kilométros ni buscar fuera. Está en el fondo de nosotros mismos. No es el subconsciente, que nos gasta malas pasadas con frecuencia, porque es como un sótano lleno de recuerdos no asimilados, telarañas, pequeños monstruos que somos incapaces de vencer. No es tampoco la conciencia moral, la que nos alaba o reprocha por lo que pensamos que está bien o mal.

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Melancolía

Decía Aristóteles que “todos los hombres que se han distinguido en la filosofía, en la política, en la poesía, en la ciencia, han sido melancólicos”.

Quizás porque cualquier hombre con porosidad a la vida y un mínimo de sensibilidad hacia el misterio capta que aquí no lo tenemos todo, que vamos de paso y que la melancolía es como “un alivio del luto del sentimiento”. El verde, las flores, el «dormitorio»o cementerio dormido del paisaje tienen un deje de esa languidez y sabor en el alma que dejan las cosas quietas.

A veces nos entra melancolía porque no somos capaces de parar el tiempo y contemplar el silencio.

Si continuáramos en esa contemplación, quizás intuiríamos detrás una inefable zona de alegría.

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Descansa, hijo mío

“Acurrúcate, hijo mío, y descansa –dijo Dios asomado al llamado puerto de Los Cristianos en el municipio de Arona (Tenerife), donde acababan de llegar detenidos 193 nuevos inmigrantes subsaharianos-.

En tu rostro se duermen exhaustos doce meses de sol implacable, sed, hambre, desierto, desesperación; los adioses a tu tierra seca, las lágrimas de los tuyos, los disparos en las fronteras, el miedo a las alambradas, tus ahorros perdidos en una navegación a la imposible libertad”.

Te han dado un vaso de agua y un bocadillo, y te han dicho que ahí en la Europa del bienestar no tienes sitio ni como barrendero. Que ya son demasiados; que sus automóviles no caben en las carreteras; que no quieren privarse de la play-station, los yogures contra el colesterol y la comida proteínica para mantener sus gatos en forma. Que vale, que sí, que les das mucha pena; que a ver si la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional invierten en el desarrollo de vuestros países, pero que de momento no hay nada que hacer”.

«Eso sí, están dispuestos a gastarse en pruebas y hasta buscar un alojamiento adecuado para saber si tienes el covid-19.

“Sin embargo yo te aseguro que aunque una madre se olvidara de la criatura de sus entrañas, yo no me olvidaré de ti; que eres predilecto de mi Hijo, el que se identificó contigo; que velo tus sueños y que hice el mundo bien, como una gran mesa abastecida para todos”. Dijo Dios. Luego corrió a acurrucar para siempre en su regazo infinito a un recién nacido que no pudo llegar vivo a la playa.

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Cuartilla en blanco

Nos pasamos la vida buscando en un mapa. Nacemos llorando porque acaban de arrojarnos a un mundo hostil, bien distinto del confortable líquido amniótico. Aprendemos para “ser alguien en la vida”, a encontrar nuestro camino en medio de una sociedad de competencias. Y, cuando, más o menos, parece que hemos alcanzado una cierta estabilidad en nuestro entorno, una mínima patria donde residir, comienzan los achaques, la cuesta abajo de las pérdidas, y el temor esencial del ser humano: ¿para qué la vida?, ¿dónde desemboca todo esto?, ¿qué hay detrás de la muerte?, ¿por qué nunca acabo de alcanzar la felicidad plena?

No hay mapas. No venden guías para el viaje de la vida, ni existen cicerones lo bastante expertos que nos muestren eficazmente el camino. Por mucho que investigues o indagues en la filosofía, la ciencia, la teología, los maestros occidentales u orientales, incluso en la Biblia,  la ruta has de encontrarla tú mismo.

   Cuenta Anthony De Mello:

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Luz prestada

Rocío

Una noche me pregunté: ¿Qué fue de aquella tarde de amor, de aquel encuentro irretornable, del júbilo de aquel verano?

Las oscuras golondrinas de Becquer volverán, pero… Ellos no están. Lo que queda de entonces es este fulgor que vivo dentro ahora al recordarlo, ese yo que es más yo que yo.

El ego es como un planeta del sistema solar. No tiene luz propia. Adquiere su luz prestada y, por tanto, vive en el engaño de que puede seguir siempre así en el tiempo y el espacio.

Por eso los anacoretas y los dualistas vuelven a gritar: ‟¡Aniquilad el ego!» Yo os digo: Mirad simplemente ese fulgor que sois y aun el pequeño ego brillará atravesado por su luz como el rocío por el sol del amanecer.

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Sabiduría de niño

Javi Galván del Rey
Los niños son pedazos de Dios y no lo saben,
van saltando en la lluvia y no se mojan;
el aire besan, sin ser sus propietarios.
Dan regalos sin precio, a solas juegan
y van acompañados de todo el universo.
 
Los niños aún no saben
qué papel les darán en la comedia;
y cuando miran, te ven directamente
sin careta, te ven como tú eres,
sin sopesar qué vales o qué cobras,
si eres peón, capataz o propietario,
joven o viejo, y el puesto que te han dado
quienes reparten roles de apariencia.
 
Juegan los niños con tu niño oculto
y solo desde ellos  te vives como eres.
 
Pedro Miguel Lamet
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La voz del verano

Como voces secretas de una vida,
del verano aquel vuelve el sonido
con sordina de grillos, sin ruido,
y música de lejos ya perdida.

La noche quieta y la palabra huida
se han quedo en el aire y el olvido
añorando aquel joven perseguido
por la luna de ensueños pretendida.

Pero el ardor que anhela tu mirada
que desde el mar buscaba mi sonrisa,
sigue, Jesús, clamando con ternura

con la misma palabra enamorada:
“Sígueme, amigo, óyeme en la brisa,
y húndete ahora en toda la hermosura”.

Pedro Miguel Lamet

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