Siempre hace buen tiempo

All posts by Lamet Moreno Pedro Miguel

Marketing espiritual


Hoy está de moda la tesis de que hay que frecuentar los pensamientos positivos, las afirmaciones que nos reafirman, las frases alegres que calen nuestro subconsciente contrarrestando las horas de negatividad.
Pero yo me pregunto: ‟¿Se alcanza la felicidad con un eslogan? ¿Puede el hombre tocar el cielo a base de marketing?


Siempre existió la jaculatoria, el koan y el mantra. Pueden ayudar. Pero para cambiar hay que desearlo. No a fuerza de puños, ni de repeticiones, sino de apertura a la verdad, como la tierra a la lluvia. Deja de pensar, quédate en silencio, respira hondo. El Ser dentro de tu ser hablará.


De nada sirven las técnicas si uno no está enamorado.
Y si uno lo está , todas son buenas y todas sobran.


RENUNCIAR A ‟SER BUENO»


Cuando cometo un error y me siento culpable, es el personaje, el «yo pequeño» el que se siente así. Cuando vivo colgado del pasado, angustiado por aquello que no hice o nostálgico por la felicidad que no volverá, lo vivo desde el personaje, desde un montón de ideas que almaceno en el baúl como ropa vieja y apolillada. Tú no eres eso.


Cuando soy ‟bueno» para que tú me quieras -mamá, papá, superior, novia, esposo, jefe- lo hago desde una careta que no es mi verdadero yo.

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Cómo nacer de nuevo

Supone cambiar la forma de mirar

Una encuesta callejera sobre lo opinión que tiene la gente acerca de su vida nos daría un resultado mayoritariamente negativo. Casi nadie está contento con su suerte. O el trabajo no les satisface, su vida afectiva es una fuente de problemas o la economía, la salud física o mental no anda muy bien. Pese a los grandes logros de la era tecnológica y el desarrollo de los países del mundo occidental en el que nos encontramos, algo falla para que la media de nuestros habitantes arroje un índice tan elevado de infelicidad. Porque dependemos de los acontecimientos exteriores, no de nuestro auténtico yo.

Se puede decir que todos morimos y nacemos un poco cada día. Abandonamos algunas cosas y comenzamos otras nuevas. Vamos, casi sin darnos cuenta, cambiando de rostro, de experiencias, de objetos, de ropa, de amigos. Cuando muere una persona conocida, cuando nuestra ocupación evoluciona o visitamos un nuevo lugar, algo cambia en nosotros. Sin embargo es el cambio interior el más importante y del que dependen todos.

A ese nacimiento me refiero, al que condiciona a todos los demás. Porque «no es fuera, sino dentro donde hace mal o buen tiempo». Si echamos una ojeada atrás percibimos que, aunque un substrato de nuestra personalidad siempre está ahí, ¿en qué nos reconocemos ahora de cuando teníamos ocho, quince, veinte o treinta años? Nuestras células cambiaron al ritmo de nuestras experiencias y etapas.

Pero no se trata de evolucionar sólo a golpe de desengaños, sino de ser autores de nuestra vida. Los maestros espirituales siempre enseñaron la necesidad de nacer de nuevo, cambiar por dentro, alcanzar la luz, lo que redunda inmediatamente en el mundo de fuera.

Cada día puede ser de este modo un descubrimiento y un paso más hacia la felicidad. La condición es saber morir cada noche y nacer al amanecer del día siguiente y tener capacidad de despertar con aires de estreno. Ello supone cambiar nuestra forma de mirar, tirar las viejas gafas llenas del polvo de los años y con ellas los esquemas heredados, los criterios preestablecidos, las normas aprendidas de memoria para redescubrir la vida, las personas, los paisajes y colores.

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Lumbre de Dios

Y buscaba temblando la centella…
LUMBRE DE DIOS

“El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz; 
a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, 
la luz resplandeció sobre ellos”. (Is. 9,2)

Desde la sombra de la noche aquella
que también es la noche tuya y mía,
cuando esta tierra abandonada y fría
perdió sin ti la risa de tu huella,

y buscaba temblando la centella
de un sueño, una palabra, una alegría
para aliviar ese horror en que sufría
el ser sin ser, la vida sin estrella,

de pronto te asomaste a la ventana
y preguntaste al Padre de esta guisa:
-¿Qué te parece proclamar cariño

y que el hombre se sienta en la mañana
tu júbilo, tu lumbre, tu sonrisa?
-¡Bájate, Hijo, y llora como un niño!

Pedro Miguel Lamet
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Respirar la paz

(Foto: Barcas flotando. ©PMLamet)

Que respirar en paz la música no oída
sea mi último deseo, pues sabed
que, para quien respira
en paz, ya todo el mundo
está dentro de él y en él respira.


Esta estrofa de Antonio Colinas en “Letanías del ciego que ve” sintoniza bien con la imagen de barcas flotando quietas a la débil luz del crepúsculo. Frente al torbellino de un mundo atolondrado que se mueve al vértigo de noticias, el watsapp, y el consumo frenético parece imposible respirar esa música no oída que se esconde detrás del silencio, corazón de todo.
En primer lugar porque no somos conscientes de nuestra respiración, que es la frontera de contacto con la vida. Y después porque no vivimos, nos viven desde fuera.
Como las barcas de la foto para respirar y vivir hay que flotar. Que los éxitos y los fracasos, las penas y las alegrías crucen por arriba como galernas que pasan. En el fondo del mar y de nuestra conciencia todo sigue en paz, todo roza la eternidad en la que somos.


Que si insiste la muerte,
que si avanza la edad, y todo y todos
a mi alrededor parecen ir marchándose deprisa,
me venza el mundo al fin en esa luz
que restalla.
Y su fuego me vaya deshaciendo como llama
de vela: con dulzura, despacio, muy despacio,
como giran arriba extasiados los planetas.

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En mis 50 años de sacerdocio

Un momento de mi ordenación sacerdotal hace 50 años

Hace 50 años fui ordenado sacerdote por el obispo Ramón Echarren. Una efemérides llena de recuerdos que marcó mi vida y me llena de gratitud a Dios y a todas las personas que me han acompañado en esta maravillosa aventura. Hoy, junto a mi familia y hermanos de comunidad lo he recordado con esta homilía que os ofrezco, queridos amigos, para que os unáis en mi acción de gracias.

Pedrito, de bebé y con su primera sotana

HOMILÍA EN MIS 50 AÑOS DE SACERDOCIO

Celebramos este año el V centenario de la Conversión de San Ignacio, desde aquella herida que le cambió y ha arrojado tanta luz desde entonces en el mundo a través de nuestra Compañía. Salvando las distancias, en estos cincuenta aniversario de mi ordenación sacerdotal, quiero recordar que debo la luz también a una pierna quebrada, una tuberculosis ósea en la cadera que me mantuvo escayolado e inmóvil a mis seis años durante un año entero y luego más años hasta los once de edad, con sucesivos aparatos en la pierna, que impidieron arrancar a la vida como cualquier niño normal. Eso me permitió ver el mundo, los juegos, la familia, los acontecimientos como desde un balcón. Y también, como Ignacio, leer mucho: tebeos, aventuras y vidas de santos. De ahí, de ese distanciamiento, nació mi vocación a la Compañía de Jesús y al sacerdocio.

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Cuando no estoy

… y nada solo en el mar en que nadaba antes del tiempo.
CUANDO NO ESTOY

Cuando no estoy, estás tú
y cuando estás, amanece
ése yo  sin figura,
que, dormido, más que nombre
y deseo o poder o residencia
es río, manantial, ola y abrazo
de este pasar en busca de su Ser
que es tu presencia.

Me miro en ti, cuando camino
sin camino, como un niño
que acaba de nacer y nada solo
en el mar en que  nadaba 
antes del tiempo.

Te vuelvo a ver mirándote en el lago
detrás de la violeta y en el trino
de un jilguero que canta para nadie.

Soy un pedazo de ti en este mundo
y un ciego cegado de dulzura
que despierta si muere cada día.

Soy el fuego de un beso que tú diste
en tránsito a su hoguera, y una gota
de un agua que no cesa de brotar
y solo descansa si se olvida
de sí misma por refrescar la tierra.

Cuando no estoy, estás tú
y al tu venir, 
me llamas “siempre”.


Pedro Miguel Lamet

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La esposa prestada

Si cierro los ojos, salto al vacío que hay detrás, descubro que soy sin límites

Cuando me despierto de un profundo sueño es como si naciera de nuevo. Arranco a la vida en la mañana y eso a veces me genera pesadumbres. Se agolpan las preocupaciones, responsabilidades, miedos sobre el futuro.
Y sobre todo la gran pregunta: ¿Quién soy yo?

Leo en un libro de Sri Nisargadatta Maharaj, uno de los sabios orientales más profundos, el siguiente diálogo:
MAESTRO: ¿Qué conocimiento quiere usted?
DISCÍPULO: Mi verdadero Sí mismo.
M: Mientras piense que el cuerpo es usted, usted no obtendrá el verdadero conocimiento. En marathi hay una frase, “la esposa prestada”, la que tiene que ser devuelta. De modo semejante este cuerpo es una cosa prestada; usted tiene que devolverlo. Esta identidad con el cuerpo tiene que partir.
D: ¿Cómo va uno a lograr deshacerse de esta identificación?
M: Pruebe a investigar los estados de sueño profundo y de vigilia. Éstos están sujetos al tiempo. Sin la experiencia de los estados de vigilia y de sueño, pruebe a explicar lo que usted es.
D: Entonces yo soy sin palabras.
M: ¿Está usted seguro? Los Vedas también dijeron “Esto no es, eso no es”, y finalmente guardaron silencio, pues ello es más allá de las palabras.

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Soy amor sin saberlo

Cuando hablamos de amor solemos referirnos a la consecuencia, a la concreción del amor. Casi nadie se da cuenta de que el amor estaba ya dentro de mi como una antorcha secreta en el fondo de la cueva antes de que nadie, ni siquiera yo mismo supiera verlo.

Sólo cuando un día se abre paso al exterior, porque algo o alguien lo llama, sale de la cueva.
Entonces solemos llamar amor a la manifestación del amor.

Es decir, caemos en la cuenta de que el amor existe en mi cuando lo movilizamos, cuando la antorcha se abre paso en medio de la oscuridad.

No sabíamos que el amor es la conciencia de unidad que está siempre en el fondo sin saberlo.
Saber que soy uno con el universo es amor.
Lo que llamamos amor es esa tendencia de la parte a juntarse con el todo; la necesidad de la antorcha de salir de la cueva para recuperar su identidad en la hoguera total.

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Soledad acompañada

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Hoy la gente sufre mucho porque se siente sola.

En la gran ciudad, rodeados de cientos de miles de personas andamos muy solos, como sonámbulos, como sombras.
Hiperconectados con internet, móviles, nuevos medios de comunicación, sentimos la gélida tristeza de no tener a nadie que nos quiera. Parece como si no hubiera nadie detrás del hilo o las ondas electromagnéticas.
Pues bien, eso es mentira..

Repito: ¡No es cierto!
No estoy solo.
Alguien me escucha, me coge de la mano, me acompaña.

Lo he visto en el amanecer y en el fondo de la transparencia perfecta de un vaso de agua. Me falta mirar con atención. Si me fijo, ese «algo» está detrás del accidente del amigo y del abandono del esposo. Hasta en la muerte del hijo y el frío que me saluda la mejilla cada mañana. En los imperceptibles latidos del campo y cuando hueles una manzana y sorbes con los labios la espuma de la cerveza… ¿No lo notas?

Cuando esa energía cálida se te haga presente, la percibirás en el fluir de tus venas y en los viejos recuerdos del trastero; en el beso del ser amado y el seno oscuro de la noche. También, cuando estás sin nadie. ¿No lo oyes? Si dices, ‟¡qué vida esta!», es que no has mirado bien.

Si estás atento a tu corazón, escucharas una secreta fuente, ‟aunque es de noche».

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Ignacio y Arrupe: Dos mundos, dos profetas

Extraordinario parecido entre Pedro Arrupe e Ignacio de Loyola

El 20 de mayo se cumplen 500 años de la herida que transformó al gentilhombre Íñigo en el futuro Ignacio de Loyola. De la herida de bomba, que le tronchó la pierna derecha, mientras, de forma quijotesca y contra toda esperanza, defendió la desmochada fortaleza de Pamplona contra los invasores franceses y le llevó al borde la muerte, surgió una luz que dura hasta ahora. En la casa-torre de su villa natal y durante la convalecencia de la carnicería que le practicaron lo cirujanos, aprendió los dos sabores del alma que le llevarían al discernimiento. Vacío y desazón mientras evocaba las hazañas que haría por la “señora de sus pensamientos” y la paz y llenumbre que le alegraba el alma cuando pensaba en seguir a Jesucristo a imitación de la vida de los santos que acababa de leer en los libros que proporcionó su cuñada Magdalena de Araoz.

Tras un largo peregrinaje y las luces que, como “un maestro de escuela” Dios le iba dando en sus viajes a pie por España y Europa, nacería la Compañía de Jesús, desde los moldes de una sociedad a caballo entre el medioevo y el Renacimiento, los libros de caballerías y la primera globalización de los viajes transoceánicos, entre la sociedad feudal y el  nuevo mundo cultural de Cisneros, Erasmo y Maquiavelo. Así supo sintetizar la mística y el sentido práctico, el Principio y Fundamento de sus Ejercicios (“En todo amar y servir”) y la eficacia intelectual de la Ratio Studiorum, la conversión de los Evangelios y el descubrimiento cósmico de la unidad de todo de la Contemplación para Alcanzar Amor.

La Historia de la Compañía es fruto de esa síntesis, con sus logros y sus defectos, pero con un indudable fruto: una legión de santos y una presencia eficaz de la Iglesia en el mundo de la teología, la misión, y la cultura.

Pero el mundo cambió y en el siglo XX surge Pedro Arrupe que, incluso con un parecido físico a Ignacio, lee su espíritu y sus Constituciones para el mundo actual, con su valentía de tender un puente entre Oriente y Occidente, el respeto y valoración de otras culturas mediante su “inculturación” y sobre todo la lucha por la justicia en un mundo desigual y desgarrado por las guerras, el hambre, el terrorismo, la injusticia social, las migraciones y el drama de los refugiados. Así la herida que arrojó luz y redescubrimiento del Dios-amor en el siglo XVI se abrió en el XX con el aliento profético de Pedro Arrupe hasta hoy mismo, con un espíritu que alcanza incluso hoy a la Santa Sede, con el providencial advenimiento del papa Francisco.

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