Siempre hace buen tiempo

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El sacramento de la maceta

Barro , piedra y un humilde cordel. Es todo lo que necesita el decorador rural para alegrar la calle del pueblo. “Esparcirán sus olores / las pudibundas violetas / y habrá sobre tus macetas  / las mismas humildes flores: / la misma charla de amores / que su diálogo desgrana / en la discreta ventana, / y siempre llamando a misa / el bronce, loco de risa, / de la traviesa campana”. ¿Hace falta más para evocar el regreso al lugar de la adolescencia que esta estrofa de “Viaje al terruño” de  Ramón López Velarde? Olor, sonido e imagen despiertan el recuerdo dormido hasta recuperar la vivencia. Las pequeñas cosas pueden llegar a convertirse en sacramentos.  Porque es cierto que todo fluye, y sin embargo también todo queda.  El tiempo se para en el álbum de fotos que llevamos dentro; y eso, aunque no lo creamos, nos conecta directamente con lo indecible.

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En vos confío

 

Las carreteras se han vuelto agresivas y peligrosas. Pese a las multas, pérdida de puntos y campañas de tráfico, cada fin de semana se convierten en sepultura de cientos de personas  que dejan su vida en una curva o un adelantamiento. Lo tienen aún más duro los profesionales del volante, como los camioneros, que día y noche han de afrontar múltiples riesgos para ganarse el pan. El de la foto no se avergüenza en proclamar que Jesús, que dijo “yo soy el camino, la verdad y la vida”,  es su compañero de viaje. No sólo lleva su efigie bien grande junto a la puerta, sino también su sagrado corazón. Como si su cabina predicara por las carreteras aquella jaculatoria eterna: “Corazón de Jesús,  en vos confío”. Ante tantas agresiones como provocan la crisis, la competencia, la falta de trabajo, las enfermedades, las guerras,  y el miedo al futuro, ¿qué eslogan, qué rostro llevamos nosotros grabado en el alma para el camino?

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La aurora

Detrás del gran gigante dormido de la gran ciudad está amaneciendo. En sus casas, pisos y rascacielos la vida está a punto de arrancar. Pronto las calles estarán llenas de inquietos ciudadanos camino del trabajo y las fábricas, oficinas, tiendas y supermercandos bullirán con el ir y venir de las gentes. Pero ¿ habrán despertado realmente con el amanecer? ¿O seguirán dormidos como autómatas atornillando tuercas, realizando las tareas domésticas, dirigiendo empresas, comprando y vendiendo, llorando y riendo? Porque despertar es más que levantarse de la cama y quitarse las legañas. Despertar es percibir ese incendio de amor que es la vida, tomar conciencia de que somos notas de la gran sinfonía, pinceladas del inmenso cuadro de Dios. Despertar es encontrar el sentido de cada pequeña cosa y amanecer por dentro

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La taberna

La taberna se ha quedado vacía y sorda después de la juerga de anoche, del chochar de las jarras de cerveza y de los gritos de los bebedores. Se marcharon al amanecer dando tumbos calle arriba. Ahora la abuela contempla el silencio, como una estatua, sentada en su sillita, mientras la claridad de la mañana le habla de otros tiempos en los que corría adolescente entre risas y amigas por la plaza del pueblo vestida de canción y domingo. Ahora el tiempo cruza la estancia como un ángel que se hubiera instalado en su vida. Pero ¿no es la misma?, piensa. En ese silencio habitado sabe que no hay diferencia entre las dos, que en su pequeña taberna sólo hay un instante eterno de perenne alegría.

 


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El caballero de la triste figura

No es don Quijote, pero como si lo fuese. Salió a la cabalgata de gigantes y cabezudos, pero probabalmente trabaja detrás del mostrador de algún bar o barre las calles al amanecer en la pequeña ciudad. No cabalga en un caballo real, ni siquiera en Rocinante. En vez de llevarle el brioso corcel, es él quien arrastra colgado de sus hombros un gran caballo de cartón. Pero contribuye a la fiesta y al sueño de los niños que lo ven pasar por la calle como un caballero, como un quijote del pueblo para alimentar ilusiones y desfacer entuertos de quimera. No somos lo que somos o lo que la gente cree que somos. Somos en realidad lo que nuestro corazón quiere ser y sobre todo quiere y sabe dar

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El pensador débil

 

Decía Gómez de la Serna que El pensador de Rodin es un ajedrecista al que se le ha quitado la mesa. Demasiado concentrado para poder pensar. Aunque sea menos artístico, prefiero este payaso que piensa desde el humor, es decir con la capacidad de reírse de los demás y no perder la sonrisa cuando se ríen de él. Y es que el humor es capaz de limar nuestras durezas, eliminar irritaciones y rencores y mantener a la gente alegre, aunque todo payaso tenga su fondo de tristeza. Pero ¿no son más patéticos y ridículos los que andan por ahí de guapos y perfectos? Quien nos hace reír es un cómico; quien nos hace pensar y luego reír es un humorista. El que ama lo débil desde su debilidad es un cristiano.

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Gigantes

Don Quijote los miraba amenazantes, lanza en ristre y con los ojos desorbitados, mientras el realista Sancho pretendía en vano disuadirle: «Que no son gigantes, mi señor, sino molinos». Probablemente fueron estos pacíficos y soleados molinos de Consuegra o similares los que inspiraron a Cervantes a mostrar en este episodio de su genial novela cómo nuestra obsesionada mente puede llegar a ver lo que quiere ver y no lo que en realidad hay delante de nuestros ojos. ¡Cuántos miedos, angustias y otros virus mentales dependen de una óptica apasionada y errónea! ¿Qué grandes o pequeñas locuras nos impiden ser en realidad felices? Aunque a fin de cuentas ni Sancho ni don Quijote tienen toda la razón. Porque son molinos, si, pero molinos cuyas aspas, gracias al ensueño, pueden convertirnos en gigantes.

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La consulta

El viejo despacho de la consulta del doctor, reproducido en un museo de Olivenza (Badajoz), no sólo tiene sabor a rancio. Habla por sí solo de una época donde el tiempo gozaba de otra dimensión. Es cierto que el instrumental médico era pobre y que la medicina ha progresado mucho tecnológica y preventivamente desde entonces. Pero me imagino en ese marco a don Pablo, el amable médico de cabecera de toda la vida, diagnosticando a sus pacientes a golpe de fonendo y grandes dosis de intuición; con aquel Rayos X de artesanía, su báscula elemental y la decrépita Underwood para escribir informes a dos dedos. Y se me antoja que todo era más personal, más humano, menos estándar y menos frío en orden a curar el alma. “¿Qué tal su esposo? ¿Y los niños?” “¡Ay, doctor, qué tranquila me ha dejado! No deje de venir a comer a casa cualquier día…”

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Sede vacante

Hay momentos mágicos que hablan por si solos. Como aquella tarde luminosa que, paseando, descubrí aquella terraza vacía besada por el sol y abierta al mar con su única butaca de mimbre estratégicamente orientada hacia el horizonte. No había nadie, pero aleteaba una presencia. ¿Quién se sentaba allí a contemplar la caída de la tarde? ¿Una anciana con su labor de croché? ¿Un lector empedernido amigo de la soledad? ¿O algún joven triste y enamorado añorando lo imposible? Yo no conocía a nadie en aquella casa ni podía entrar ni sentarme en aquel sito vacío. Pero por un instante supe que era todos los hombres que necesitan mirar más allá y esperar contemplativamente que desde el infinito asome blanca la vela lejana de una respuesta.

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Clónicos de Dios

Muchos muchos siglos antes que nadie hablara de clónicos ni tristes criaturas de laboratorio, apenas había amanecido el cosmos y tras el primer surgir de la Tierra separada del mar, una vez que Dios pintara de mil colores ríos, campos, montañas, frutas y pájaros, el creador se contempló a sí mismo y falto de espejo contigente, exclamó: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Y a su imagen, aunque de barro y viento, débil y sublime, capaz de reflejarle u olvidarle lo creó. Desde entonces todos somos mellizos, clónicos de un Dios. Y por eso los niños, cercanos aún a la fuente original de donde brotaron, no han perdido, sobre todo mientras duermen, ese sabor a infinito, esa placidez eterna en la que reposa en su interminable domingo el mismo Dios.

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